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Mi primera película porno feminista

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Contradicciones de una feminista que consume porno "normal"

Alba Muñoz

21 Junio 2016 07:21

Soy feminista y consumidora ocasional de porno, pero del de siempre, del de pim-pam-pum. Parto de la base de que soy contradictoria y por ello bastante normal.

Hace un tiempo empecé a cuestionarme el consumo de escenas sexuales en las que los actores masculinos anónimos, o directamente feos, tienen a chicas jóvenes o mujeres explosivas a su merced. He visto escenas que catalogaría como violencia o abuso, pero sobre todo he visto un porno repetitivo y torberiano que, como feminista, cuesta confesar que a veces veo.

Hoy voy a contar qué tal me va con mi primera película porno feminista. He elegido el corto A Feminist Man, de Erika Lust, para iniciarme. 


Soy feminista y consumidora ocasional de porno, pero del de siempre, del de pim-pam-pum. Parto de la base de que soy contradictoria y por ello bastante normal



Mayo del 68



El vídeo empieza con la frase “El intelecto es pura excitación”, seguido de imágenes en blanco y negro de mayo del 68. “Vamos mal”, pienso. Una voz femenina habla en francés. Añora su juventud revolucionaria, la Sorbona, y por encima de todo, a su joven profesor.

Despacho luminoso con filtro sepia, cigarro humeante y viejas ediciones de libros. Ella, con una horquilla en el flequillo, lo mira con admiración y deseo. Él, repeinado, con chaqueta a cuadros y gafas de pasta, escribe en la pizarra: “Feminismo, liberación, sexualidad”.

Voz en off: "¿Puede haber algo más erótico que un hombre feminista? Puede mantener una conversación intelectual apasionada, pero también lamerte magistralmente"

En este punto observo que tengo la mano en la barbilla y en ningún otro sitio. Estoy atenta, pensando que no me creo al actor. En el porno convencional los actores no aspiran a que nadie les crea: el guión es una excusa que ni siquiera ellos mismos creen. Recuerdo la risita de la víctima de un padrastro malvado, o una mujer supuestamente dormida desabrochándose el sujetador en un acto de sonambulismo selectivo… Esa inverosimilitud hace que el espectador se relaje y se concentre en lo que ha venido a hacer: masturbarse.

Supongo que estos primeros segundos ya marcan una diferencia: no estoy en posición, no sé lo que me espera. Dos personajes interactúan y hay una historia. Debo esperar.

Envidia cochina

La chica está sentada encima del escritorio, él agarra una silla, se sienta frente a ella y con suma delicadeza, le separa las piernas. Voz en off: “¿Puede haber algo más erótico que un hombre feminista? Puede mantener una conversación intelectual apasionada, pero también lamerte magistralmente”.

Aquí me río un poco, no sé, por la idealización del hombre feminista como el tío-total. Se me ocurre que un enemigo podría ser un gran contrincante en un debate… y también en la cama. Ahora me excita más pensar en esa hipótesis. “Mierda, no seas troll, concéntrate”. Después de unos besos, llega algo interesante: el profesor desabotona la faldita muy despacio, dejando a la vista las bragas flower power de la alumna.


Aquí me río un poco, no sé, por la idealización del hombre feminista como el tío-total



Cuando la cosa se calienta, el realismo echa el freno. La pareja tiene que lidiar con la ropa: el profesor le quita las bragas y la camiseta con cierta dificultad. Entonces vemos un cunnilingus de verdad. Ella no va depilada, tiene un cuerpo común, bello y carnoso. Vuelven a los besos y él le quita el sujetador, yo me fijo en el cuerpo de ella hasta que vuelven al cunnilingus. “Muy bien”, pienso, “así se hace”.

Casi en el ecuador del vídeo, lo que siento, sobre todo, es envidia.


Mente feminista, coño machista


Si elimináramos los planos de genitales de este film, podría ver esta escena una tarde de sábado junto a mi abuela y mi madre. Diría que se aproxima más a la escena caliente de una película común —con la diferencia de las imágenes de sexo explícito— que a una porno tal y como la concibo, es decir, como un género totalmente utilitarista.

Pero si este vídeo tiene que servir para masturbarse, entonces tengo un problema que podría resumirse así: mente feminista y coño machista. Me preocupa ser una analfabeta visual de mi propio deseo. Me preocupa que mi cuerpo hable un idioma distinto que mi mente. 

¿Es sólo cosa mía?

A lo largo de mi vida he construido mi imaginario sexual a partir de flashes infantiles —escenas de película vistas desde el pasillo cuando ya tendría que estar en la cama, tráfico escolar de fotocopias de Son Goku hentai, El Jueves, Canal + codificado…—, a partir de bacanales entre muñecos, vivencias que merecen estar en el olimpo del recuerdo y finalmente, del porno. Diría que, en general, todos tenemos una serie de recursos fantasiosos que ordeñamos cuando hace falta: nuestra propia película porno mental.


Me preocupa ser una analfabeta visual de mi propio deseo. Me preocupa que mi cuerpo hable un idioma distinto que mi mente


En la fase juvenil, en la que la pornografía online es un lugar prohibido donde se ven cosas increíbles, aparece una primera enciclopedia extrema y creada desde un punto de vista masculino. Superada esa fase, en la edad adulta, el porno de consumo más habitual se convierte en un almacén de clips perfectamente catalogados: trío, anal, bukake, tetas grandes, orgía. Esos fragmentos, además, van directos al clímax, y se ofertan para usar y tirar.

Y algunas mujeres, a falta de alternativas, hemos tirado de ahí también. Porque funciona. ¿O será que nos ha terminado funcionando a la fuerza?

Ahora que hay alternativas y mi mano sigue en la barbilla, muy precipitadamente me pregunto: ¿Puede una salir del porno de siempre cuando hablamos de pajas? ¿tengo la sensibilidad atrofiada?, ¿hay solución?, ¿debo buscarla?

Me ha gustado, pero siento pena


El profesor está sentado, su cuerpo brilla por el sudor. La alumna, desnuda, se agacha y le hace una felación. Seguidamente los dos retiran con cuidado los objetos que hay en la mesa: el profesor la tumba y, como es académico, sigue besando y lamiendo su entrepierna.

Entonces llega el coito, que solo se percibe por el movimiento rítmico de los pechos de ella. Besos, caricias, besos mientras tanto. Se ponen de pie, él le hace el amor por detrás y la directora no ofrece ningún plano de la penetración. Ardientes, vuelven a la mesa, ella se tumba de nuevo y él le lame los pezones. Al final llega “el plano”, pero dura unos segundos, porque ella lo monta a él y la cámara parece empañarse por el calor. Entonces él la penetra con fuerza, es la traca final. Se corren como es habitual en el mundo real, el uno dentro del otro.

Felices, se sonríen y se besan como dos enamorados. Y se fuman un cigarrillo cómplice con un mapa físico a sus espaldas. Se acabó.


Lust enseña en esta película el sexo que quiero en mi vida, pero todo cambia cuando estoy a solas y es mi cerebro canalla y toxicómano quien está al mando



Me ha gustado, pero siento pena.

He sentido un ligero calor. Mis pupilas, poros y probablemente mis "glándulas húmedas" hayan reaccionado a lo que estaba viendo. Pero no me he enterado. Mi cerebro no estaba ahí, la escena no era suficientemente bestia o distinta de lo cotidiano.

Creo que me he excitado, pero no hasta el punto de llegar a las manos. Siento pena porque lo que he visto es deseable, bello, aplicable a la vida real. Lust enseña en esta película el sexo que quiero en mi vida, pero todo cambia cuando estoy a solas y es mi cerebro canalla y toxicómano quien está al mando. 

Digo toxicómano porque después de la dosis, llega ese vacío.

Trankimazín


Con el porno pasa lo mismo que con los efectos especiales: llega un punto en que parece que siempre hay que ir a más, y muchas veces, eso implica bastante menos. Pobreza argumental, destrucción del erotismo, conservadurismo a favor de más y más de lo de siempre.

Puede que en el futuro siga existiendo esa brecha entre el porno de cada día y el erotismo de calidad. La vanguardia, la pornografía aspiracional que tantas mujeres están ayudando a crear, y el todo a cien que te quita el hambre.

Pero debo ser sincera y poner sobre la mesa un segundo motivo para el consumo ocasional de pornografía online al uso: la masturbación rápida es un mecanismo más para paliar la ansiedad y el estrés que la vida urbana y precaria genera. Se puede comer, llorar, ir a dar una vuelta o buscar un alivio rápido abriendo una pestaña de incógnito. 

El porno no domina mi vida pero ocupa un pequeñito lugar, y no me siento totalmente cómoda conformándome. Entonces, siendo prácticos: ¿se puede elegir mejor en momentos de urgencia? Si al mismísimo sexo real le cuesta reivindicarse como un espacio vivo y de libertad, ¿por qué el porno iba a ser distinto?

Todo parece sucumbir a la rutina, la desidia, los miedos y la frustración.

A pesar de todo lo anterior, siempre he creído que las mujeres no lo sabemos todo de nosotras mismas. Es la ventaja de haber crecido en una sociedad que nos ha ignorado y reprimido por sistema: todas somos un pequeño Kepler o Galileo Galilei de nuestros propios cuerpos. Yo intuyo que hay más. Eso, al menos, es lo que cuentan las mujeres que tienen experiencias sexuales con otras mujeres, ya sea de forma puntual o regular. Y no, no es obligatorio hacerse lesbiana.

Sólo digo que hay otra dimensión, que puede que de vértigo o pereza, pero pasa, necesariamente, por nosotras mismas.


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