Reportajes

Una sociedad que da la espalda al dolor es una fábrica de adictos a los opiáceos

Por qué necesitamos aprender a dejar de sufrir dolor sin pasar por la farmacia


oi oi

"No es que su padre fuera un alcohólico ni nada por el estilo, pero desde que Allison le vio aquellas navidades un poco pasado de vueltas discutiendo con su madre tuvo claro que eso de beber no iba con ella. Cuando cumplió los 14, su mejor amiga Martha empezó a agarrarse sus primeras borracheras y fumar algún porro que otro, pero ella prefería centrarse en entrenar para los campeonatos regionales de gimnasia.

Durante un tiempo todo siguió más o menos igual, hasta que un mes y una semana antes de cumplir los 15, a Allison se le escurrió la mano mientras ensayaba en las barras asimétricas y se rompió el tobillo al caer. La primera operación no fue del todo bien, así que hubo una segunda. A Allison le recetaron unas pastillas llamadas OxyContin y a las que la gente llama coloquialmente "Oxy". Allison siempre se reía para adentro cuando alguien decía "Oxy" porque le sonaba a una mezcla entre la marca de ropa surfera "Roxy" y el cantante de Black Sabbath "Ozzy", así que siempre se imaginaba a Ozzy Osbourne haciendo surf.

Es cierto que sus padres habían notado que Allison tomaba más pastillas de las que el médico le había indicado, pero lo que nadie imaginaba es que un mes y una semana antes de cumplir los 18, la chica aplicada y deportista que ni bebía, ni fumaba, ni iba a fiestas, acabaría muriendo de una sobredosis de heroína..."

Un país entero enganchado a las pastillas

Lector de PlayGround cabreado: — A ver, paren rotativas, este giro de guión tan exagerado no se lo cree nadie ¿Quién se ha inventado esta historia, el director de Requiem por un sueño? ¿Cómo que una sobredosis de heroína?

Redactora, para servirle: — Dame un momento, anda. La historia me la he inventado yo, pero lo triste es que, en realidad no estoy contando nada que no haya pasado decenas de miles de veces. El caso de Allison no para de repetirse en Estados Unidos, y es el principal motivo por el que el país está viviendo su peor crisis de adicción a los opiáceos de la historia.La situación es tan bestia que, en ciudades como Nueva York, la cosa está peor que con la crisis del crack de los 80's.

El patrón es el siguiente: una persona (en demasiados casos, un adolescente) sufre algún tipo de enfermedad o lesión. El médico, que puede o no tener ciertos incentivos por parte de las farmaceúticas, le receta un opiáceo como el OxyContin, que genera una gran dependencia en un periodo corto de tiempo. Cuando esta persona deja de tener receta, ya se ha convertido en un yonqui de manual y pasa a comprar las pastillas en el mercado negro. Como las pastillas en la calle son caras, llegados a cierto punto, el adicto saca cuentas y, finalmente, opta por pasarse a la heroína, que es más barata, tiene un efecto similar y le sirve para evitar el horrible síndrome de abstinencia que producen los opiáceos. Para que os hagáis una idea de lo hardcore de este asunto, el 75% de adictos a la heroína empezó su adicción consumiendo opiáceos de prescripción médica.

El problema ha llegado a tal extremo que ya no solo hablamos de jóvenes y adultos. Cada día llegan a los hospitales americanos más niños con sobredosis por Oxycontin, una medicación que, a pesar de sus evidentes riesgos, los médicos prescriben sin que les tiemble el pulso a muchos menores.

Las cosas por aquí no están mucho mejor

Lo de arreglarlo todo con pastillas es también un problema creciente en España. Entre el 2000 y el 2012 nuestro consumo de ansiolíticos y somníferos se ha disparado un 57%, el de antidepresivos se ha triplicado en los últimos 10 años y, a la mínima que algo nos duele un poco, nos tragamos los ibuprofenos y los paracetamoles como su fueran Lacasitos.

Parece que nos hemos vuelto incapaces de soportar el dolor, ya sea físico o emocional, y casi en modo automático lo abordamos de la misma forma: anestesiándolo. Habrá quien piense que "para qué vamos a andar pasándolo mal habiendo medicinas para evitarlo". Pero, teniendo en cuenta que una persona muere cada cinco minutos en Estados Unidos como consecuencia de alguna medicación con receta, igual deberíamos replantearnos si solucionarlo todo metiéndole mano al botiquín es realmente una buena idea. Y más teniendo en cuenta que la misma empresa que vende en OxyContin en Estados Unidos está intentando expandir su rentable negocio a otros países, incluyendo España, donde las pastillas llevan ya unos años a la venta.

Si partimos de que dolor es inevitable y de que drogarnos sistemáticamente para evitarlo no nos está funcionando demasiado bien, tratar de cambiar el chip para intentar dejar de evitarlo y pasar a aprender a gestionarlo y tolerarlo mejor podría ser una alternativa mucho más conveniente a largo plazo. Para eso tenemos dos opciones: una apunta directamente al cuerpo. La segunda, pasa por liberar nuestra mente.

¿Deporte para mejorar nuestra tolerancia al dolor?

La percepción que tenemos de nuestro propio dolor tiene muchísimo que ver con el nivel de sufrimiento que este nos produce. Poniendo un ejemplo por el que todos hemos pasado, si al día siguiente de hacer mucho ejercicio hemos tenido agujetas de morirnos, aunque nos dolieran una parte de nosotros siempre estaba pensando: "Joder, eso es que me esforcé". Por lo tanto, la lectura que hacemos de ese dolor es, puesta en una balanza, más bien positiva.

De hecho, según ha demostrado la ciencia, el deporte podría ser la respuesta a muchos de nuestros males. Varios estudios han demostrado que los atletas tienen una mayor tolerancia al dolor, por eso son capaces de seguir corriendo con una lesión dolorosísima para el común de los mortales. Como explicó el doctor Jonas Tesarz tras concluir su análisis al respecto en la Universidad de Heidelberg, este hallazgo puede tener consecuencias clínicas importantes: "Podría ser recomendable un tratamiento a base de ejercicio para centrarse en el desarrollo de sus capacidades para lidiar con el dolor y mejorar así su tolerancia, en lugar de centrarnos directamente en aliviar el umbral del dolor".

¿Por qué hincharnos a pastillas con consecuencias terribles para nuestra salud en lugar de aprender a que el dolor "nos duela menos"? La tolerancia al dolor es algo que en las artes marciales se entrena como cualquier otra capacidad física, y todos nosotros podríamos llegar a lograrlo.

¿Es la meditación la medicina definitiva para dejar de sufrir?

"El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional", dice Amelia Melo, del Dojo Zen Kannon de Barcelona. Melo es budista, una religión con un acercamiento al dolor muy distinto al de, por ejemplo, la tradición católica, mucho más centrado en sufrir y pagar por los pecados.

Según Melo, todas las culturas (orientales y occidentales) han llevado siempre mal el dolor. La diferencia es que el budismo asume que no tenemos forma de evitarlo, así que lo que propone es un camino para gestionarlo mejor. "El budismo pretende ayudarnos a observar nuestro dolor físico y emocional con una distancia, y la medicación precisamente lo que hace es tapar, porque lo que no queremos es observar ese dolor y tener que lidiar con él".

La meditación es la "medicina" que ofrece el budismo para aprender a observar el mundo más allá de nuestra percepción, que siempre está extremadamente limitada por nuestros pensamientos y emociones. El objetivo final es reconectar con nosotros mismos, y sentir el dolor tal y como es no suena tan descabellado si lo que queremos es que nuestra mente y nuestro cuerpo vuelvan a conectarse.

Puede que, a priori, esto suene a propaganda hippie, pero internet está lleno de estudios y testimonios que consideran que la meditación podría sustituir los tratamientos con medicamentos en casos tan complicados como el dolor crónico. Y, en el caso de patologías mentales como la ansiedad, el insomnio o la depresión, parece bastante difícil cuestionar que la meditación sea un sustituto más natural y eficiente a las pastillas.

"Felicidad" a cualquier precio

Culturalmente tenemos muy arraigadas dos ideas que pueden tener mucho que ver el estallido de la popularidad de los analgésicos.

La primera, es que damos por supuesto que el objetivo en la vida es ser feliz, algo que últimamente suena bastante más a una estrategia de marketing que otra cosa. La segunda, que es consecuencia de la primera, es la creencia de que "la felicidad es la ausencia de dolor". Si lo que tenemos que lograr es ser felices y la forma de lograrlo es sacar el dolor de la ecuación, decirle ciao con una pastillita parece lo más lógico.

El psicólogo Tal Ben-Shahar, sin embargo, tiene una definición distinta de felicidad: "la experiencia total entre placer y significado". Y si no queremos quedarnos a medias y conformarnos solo con la parte del placer, si tenemos propósitos y queremos crecer, las hostias (literales y figuradas) nos van a caer. Así que, inevitablemente, habrá dolor en nuestra felicidad, pero aprender a tolerarlo será una pieza clave para vivir en paz. Piensa por un segundo en la gente serena y sabia que conoces, los que no se crispan rápido y siempre tienen buenos consejos: seguro que todos ellos han pasado por mucha mierda y se han enfrentado a ella, no le han dado la espalda.

Lector de PlayGround, más bien desconcertado: — ¿Me estás diciendo que para crecer como persona no me pudo tomar un paracetamol o un Valium en la vida?

Redactora intentando explicarse: — No hombre no, lo que quiero decir es que si la actitud es de negar el dolor sistemáticamente, será bastante más complicado que vivas en paz.

Piensa en un karaoke: hacer el ridículo es inevitable, pero morirte de vergüenza es opcional. En la vida es lo mismo, no puedes librarte del dolor, pero sufrir o no está de tu mano. Y lo mismo que la vergüenza se cura agarrando ese micro cochambroso y cantando una de Mónica Naranjo, el sufrimiento se supera aceptando que el dolor es algo natural enfrentándote a él, en lugar de convencerte a ti mismo de que si cierras los ojos fuerte, se irá.

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