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¿Es posible el decrecimiento turístico en Barcelona?

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Hay una cosa en la que coinciden los hoteleros y los vecinos: la culpa de todos los problemas es del alquiler turístico.

Germán Aranda

18 Junio 2017 06:00

Fotografías de Stephen Lyne

Un zumbido de taladro de fondo dificulta la conversación. “Esta es la banda sonora del barrio”, se resigna Reme Gómez, bibliotecaria y miembro de la Asamblea de Barrios por el Turismo Sostenible en Barcelona.

La entrevista tiene lugar en un arbolado y acogedor patio interior de un centro de asociaciones del barrio Gótico, una especie de oasis vecinal cercado de bares, hoteles y pequeños comercios enfocados al turismo.  

Pero al lado, el ruido de las obras de un edificio colindante que acaba de comprar un sueco saltan un muro para instalarse en nuestros oídos. Para llegar hasta aquí en bicicleta, hay que sortear grupos de japoneses, estadounidenses y europeos que han hecho suyo el centro de la ciudad y ocupan el ancho de las calles dificultando el tránsito solitario de los barceloneses que van a trabajar.

En Barcelona viven algo más de un millón y medio de personas. La ciudad acogió a 8 millones de turistas extranjeros y nacionales en hoteles en 2015. Contando los pisos turísticos y aquellos que no duermen en la ciudad, la cifra podría casi doblarse, atendiendo a que el total de turistas extranjeros que visitaron Cataluña fue de 17 millones en 2016 y la mayoría pasan, al menos, un día en Barcelona.

El vaivén de visitantes crece durante el verano, época de calurosas contradicciones: los mismos que nos cuestionamos cómo vivir rutinas laborales entre cientos de miles de turistas que ocupan el espacio público deseamos huir de ello en las próximas semanas visitando ciudades turísticas que tal vez sufran el mismo problema. El problema, allí, tendrá nuestro rostro.

Pero la huida es temporal, a la vuelta de vacaciones volveremos a ver el daño que nos hacen las vacaciones de los otros.

Y por ello, están surgiendo reacciones un tanto polémicas, como pintadas que desean el regreso a casa de los turistas, o que los sitúan en una diana y se preguntan: "¿Por qué le llaman temporada de turistas si no se pueden cazar?". La "turismofobia" es la palabra de moda en la ciudad, pero la saturación que la precede tiene difícil solución y numerosas contradicciones.

Vida cara, saturación y precariedad

El tatarabuelo de Martí Cusó, biólogo de 27 años, tenía una ferretería en la céntrica Plaça Sant Jaume de la ciudad. Hoy hay una conocida franquicia de bocadillos.

Él estudió en el barrio Gòtic, donde se crió y donde todavía vive. Uno de los principales problemas que achaca al turismo es que, de las más de 20 familias de sus amigos de infancia, hoy solo queda una en el barrio. El resto se han ido.

En los últimos meses, el proceso se ha acelerado porque muchas viviendas están subiendo el precio del alquiler hasta un 25%. Seis amigos del círculo más íntimo de Reme, la bibliotecaria, están a punto de abandonar sus casas por este motivo o porque, directamente, los dueños no les dejan renegociar los precios: prefieren venderlos o convertirlos en alojamientos turísticos mucho más rentables que los alquileres mensuales.

La vivienda, aunque es el “más grave” de los problemas, según coinciden los tres miembros de la Asamblea entrevistados, no es el único. El recién creado Sindicat de Llogaters se ocupa de pedir la regulación de los precios del alquiler calculando el coste medio, contratos con más poderes para los inquilinos y un parque de vivienda pública mayor.

El comercio en los barrios del centro de la ciudad es caro y no está adecuado a las necesidades de los vecinos, sino de los turistas.

El tradicional mercado de la Boqueria se ha convertido en una especie de circo al que muchos vecinos han dejado de ir a comprar porque está atestado y los productos también ha cambiado. En el mismo mercado, se puede apreciar otro de los daños generados. “Se tiran montones de plástico que nadie recicla”, señala Daniel Pardo, otro de los miembros de la Asamblea.

En efecto, aunque 2017 ha sido declarado por la UNESCO como el año mundial del Turismo Sostenible, el crecimiento de viajes genera un gran impacto ambiental traducido en mayor gasto de agua, generación de residuos y gases contaminantes escupidos por aviones, cruceros y vehículos de todo tipo.

La movilidad se ha complicado tanto en las calles (sobre todo en puntos calientes como Las Ramblas, por donde los vecinos casi ni transitan) como en el transporte público.

Pero, además, el modelo de negocio tiene algunos vencedores más claros que el resto. “El negocio es muy rentable porque el sector de la hostelería es el que peor paga”, denuncia Daniel. O sea, que los que presumen de que el turismo genera puestos de trabajo son muchas veces los mismos que se benefician de sueldos muy bajos.

PlayGround ha tenido acceso a un documento todavía no publicado del Ayuntamiento que muestra que el salario medio anual de los que trabajan en alojamientos turísticos es de 21.869 euros al año. En restauración, sin embargo, la cifra cae a 13.490 al año que, en el caso de las mujeres, se reduce a 12.592. Este salario obliga al pluriempleo, a la mendicidad o a vivir muy lejos de Barcelona para subsistir en una ciudad con el precio del alquiler disparado.

La dependencia del turismo como motor económico de la ciudad es otro de los factores que preocupa a los críticos. “¿Qué pasaría si países del Mediterráneo dejaran de tener conflictos y empezaran a atraer de nuevo a turistas? ¿O si hay un atentado en Barcelona y caen en picado las visitas?”, se preguntan Daniel y Reme.

Un modelo planetario como rescate de la crisis

En junio del pasado año, el Secretario General de la Agencia de la ONU para el Turismo (UNWTO), Taleb Rifai, expresó en un vídeo institucional que el turismo nos volvería “mejores personas”.

Dio una cifra llamativa: si en 1950 casi 25 millones de turistas internacionales cruzaban las fronteras (menos que los que recibe hoy solo España), hoy son alrededor de 1.200 millones.

En otra charla del mismo ciclo, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto afirmaba que el turismo como modelo de negocio podía ser "el factor clave" para afrontar la recuperación económica en el mundo.

España y Barcelona han sido un claro ejemplo de ello: ante la caída de la actividad económica en casi todos los sectores, el turismo ha sido como un flotador. Y, como todo flotador, puede reventar.

Para que no acabe de hacerlo, ante el descontento de unos vecinos que empiezan a creer que hay que poner freno al turismo (un 48,9% se expresaron así, según datos del Ayuntamiento recientemente publicados), la alcadesa Ada Colau ya ha tomado algunas medidas para mitigar los efectos.

Una de ellas es el PEUAT, el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos, que frena la apertura de este tipo de alojamientos y de hoteles en el centro de la ciudad.

Aunque en la Asamblea por un Turismo Sostenible agradecen la voluntad del Ayuntamiento de combatir el problema, avisan de que esto puede tener daños colaterales. “Se abrirán hoteles en otros barrios y eso llevará a más barrios el aumento de precios. Durante el día, los turistas saturarán los mismos puntos”.

El Gremi d'Hotels (gremio de hoteles), por su parte, critica el PEUAT por motivos muy diferentes. Toda la culpa de los efectos nocivos del turismo masivo se la echan a los pisos turísticos. “Si se eliminaran todos los pisos turísticos, o los ilegales, los hoteles tendrían margen para volver a crecer”, expresa Manel Casals, director general del Gremi.

Para defenderlo, se arma con estadísticas que muestran que, entre 2009 y 2016, el crecimiento de plazas de hotel en Barcelona ha sido de 60.000 a 71.000, repartidas en un total de 413 hoteles. Con los números que maneja, en cambio, estima en 100.000 las plazas las que ofrecen pisos turísticos legales e ilegales .

Además, les acusa de alojar a los turistas que más molestan a los vecinos, puesto que, defiende, los turistas de negocios representan casi la mitad del total de los hoteles en temporada baja y estos apenas pisan la ciudad.

En el mayor control de la regulación de pisos turísticos pone de acuerdo a dos actores tan antagónicos como el Gremi d’Hotels y la Asamblea de Barrios por el Turismo Sostenible. El aumento de controles y fiscalización de pisos turísticos ilegales ha sido adoptado recientemente por el Ayuntamiento, a pesar de las difíciles marañas legales que hay en torno a las webs de economía (no tan) colaborativa.

A quien no le gustó la medida fue a AirBnb, con quien PlayGround ha intentado ponerse en contacto. El pasado mes de mayo, en la presentación del balance anual de la empresa, la empresa acusó a la Alcaldía de buscar el conflicto, y defendió que el “home sharer es su principal activo” y no los grandes propietarios con varios pisos. Hicieron gala, además, de un impacto anual de 1.000 millones de euros para la ciudad.

¿Turismo de calidad o decrecimiento?

Si en el Gremi d’Hotels insisten en eso que llaman ”turismo de calidad”, una especie de príncipe azul del turismo que gasta mucho y no molesta, en la Asamblea tienen claro que se trata de “un problema de cantidad, que es lo que genera la mala calidad”. Les da bastante igual que el que llega sea pobre o rico, joven o viejo, hortera o 'cool'.

Y para llevar a cabo soluciones, dicen, no es suficiente con la voluntad del Ayuntamiento, al que consideran un poco más cercano —en intenciones— a ellos. Miran al gobierno regional.

Responde al teléfono una fuente de la Direcció General de Turisme que prefiere no identificarse. Se echa a reír cuando escucha a hablar de propuestas que hablan de limitar los vuelos en el aeropuerto de El Prat o los cruceros.

Le reconocen al Ayuntamiento competencias en los pisos turísticos y los méritos para regular el turismo masivo. Por su parte, asumen la responsabilidad de promocionar otros lugares de Cataluña para que se disperse la gran afluencia que soporta la ciudad.

Insisten en el mantra: “¿Dónde estaría Barcelona si no fuera por el turismo?”. Y apuntan a que la tesis del monocultivo turístico no es del todo cierta, “porque cuando vienen más turistas también se estimulan otros sectores como por ejemplo la agricultura, porque los turistas comen”.

Por muchas respuestas o gestiones que les den las instituciones, los miembros de la asamblea hacen hincapié en que sus “principales interlocutores” son los vecinos de la ciudad.

Por eso creen que todo empieza por la movilización y defienden que performances como lanzar huevos a un hotel pueden resultar útiles para dar visibilidad a la lucha. Tampoco creen que haya que tomarse en serio las pintadas que ponen al turista en un punto de mira y a las que Casals, del Gremi d'Hotels, define como “violencia”. Para ellos, más bien, "violencia" es ser expulsados de sus casas.

Los miembros de la Asamblea reconocen más simpatía hacia un inmigrante que hacia un turista cuando andan por Barcelona “porque este último nunca llega a tener un vínculo con la ciudad”. Y la comparación con los refugiados es inevitable: “Pueden circular millones de personas si vienen de dónde quieres y con el dinero que quieres pero no si vienen de dónde no quieres y sin nada”.

Aunque la promoción cero de la ciudad como marca turística es un punto de partida exigible para los activistas, la única vía que ven factible es la del “decrecimiento” turístico, término que el Ayuntamiento ha llegado a acuñar, aunque para los activistas las políticas de dispersión del turismo por barrios periféricos o hacia temporadas bajas no es sino "un crecimiento camuflado".

La palabra decrecimiento la usan desde hace años economistas críticos que cuestionan la sostenibilidad del capitalismo, madre del modelo turístico del "todo vale si hay pasta".

Lo que se ha visto menos es a un presidente celebrar la contracción de su PIB, o a un gran empresario abriendo una botella de champán por haber reducido beneficios. 

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