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El cariño es el trabajo peor pagado del mundo

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9 historias que son millones de historias

Alba Muñoz

11 Noviembre 2015 06:00

Fotografías de Yijun Liao.

“Siempre dije que yo no iba a esforzarme como mi madre. ‘¡Vaya vida esclava llevas!’, le decía. Es demasiado buena, siempre está cuando la necesitas, incluso cuando no le pides ayuda, y eso que también trabaja fuera de casa. Resulta que llevo algunos años independizada y me he dado cuenta de que estoy repitiendo muchas de sus acciones, a veces me río de mí misma porque hago cosas que jamás pensé que haría. Por ejemplo, a mi novio le cuesta encontrar cosas en casa. Desde el trabajo, tengo que decirle: ‘tercer cajón, a la derecha’. Supongo que yo me esfuerzo más en buscar, o en guardar las cosas, no lo sé. Por lo que dices, el trabajo emocional debe de ser eso que nos pasa a muchas: acabamos haciendo de madres aunque no queramos”.


El trabajo emocional debe de ser eso que nos pasa a muchas: acabamos haciendo de madres aunque no queramos



Auri tiene 29 años, trabaja en publicidad y es una de las nueve mujeres que han respondido a nuestra pregunta: ¿Te consideras una trabajadora emocional?

"Para saber si lo era, me bastó con pedirle a alguien que me hiciera la pregunta con mi novio delante. Si hay risitas vengativas, o miradas acusadoras, o chispas de rabia 'con amor', es que algo de abeja obrera emocional tienes", propone Auri.

Según el reportaje que publicaba Rose Hackman hace tres días en The Guardian, por trabajo emocional se entienden actos pequeñitos como recordar un cumpleaños, acariciar una espalda cuando alguien está triste, escuchar, saber que el champú está a punto de terminarse.

También actos más trabajosos, como cuidar de los ancianos de la familia, anticiparse a las necesidades de ropa limpia que los hijos necesitarán durante toda la semana. O una serie de empleos para los que las mujeres son consideradas "más aptas", como azafata, recepcionista o enfermera.

En definitiva, trabajo emocional es ese punto extra de cariño y de cuidado con el entorno. Un cúmulo de esfuerzos domésticos, y de sensibilidad, que nos dan bienestar a lo largo de nuestras vidas.

Y llegado el caso, nos convertimos en el relevo de nuestras madres. Y de ser cuidadas pasamos a cuidar.

Estas son las respuestas que hemos obtenido, y las preguntas que nos han surgido al leerlas.

2. Irene

27 años, traductora

“Mi compañero de piso tiene 19 años y lo siento como si fuera mi hermano pequeño. Se llama Joan y es muy mono pero tiene un nulo gusto estético que le hace ir siempre con la misma ropa fea y viejísima. Llevo mucho tiempo intentando convencerlo para llevármelo de compras, no porque yo sea superficial sino porque quiero que los demás también vean el fantástico ser humano que es. Bello tanto por dentro como por fuera. El fin de semana pasado conseguí que entrara diez minutos a una tienda. Cada vez que abría la puerta del probador con algo nuevo yo no podía evitar gritar emocionada:

- ¡¡¡¡¡Qué guapo!!!!


Siempre intento convencer a mi compañero de piso de que se compre ropa. No porque yo sea superficial, sino porque quiero que los demás también vean el fantástico ser humano que es, bello por dentro y por fuera



Me sentía como si fuera su hermana mayor de sangre o incluso su madre y estuviera orgullosa de haber parido un hijo tan bien hecho. Ahora no puedo esperar a que sea su cumpleaños el mes que viene para regalarle más ropa y verlo siempre así de radiante. Si no fuera porque está en juego nuestra amistad le tiraría también la ropa vieja y fea que debe tener desde hace 10 años y que él no se da cuenta del mal que le hace”.

¿Por qué las mujeres proveen de apoyo emocional al mundo?

¿Y si en realidad es algo que les gusta hacer, del mismo modo que a Irene le complace ver a su compañero de piso bien vestido?

¿Acaso se trata de algo malo?

No lo es. Cuidar a los demás es, en muchas ocasiones, un gesto espontáneo que produce placer a ambas partes. Son muchos expertos que hablan de una creciente necesidad de "feminizar" las sociedades, la política, hablan de educar en inteligencia emocional y empatía.

Pero otras veces cuidar a los demás es una obligación injusta, antiquísima, que siempre ha dependido de las mujeres.

3. Elena

37 años, profesora y realizadora audiovisual

"Frente a mis hermanos hombres, la más encargada de los cuidados he sido yo. Era la responsable de cuidar de mi hermano pequeño en lugar de mi hermano mayor. Él tenía el privilegio de tener un cuarto propio y dedicar su tiempo a estudiar o lo que quisiera. Sin embargo yo he estudiado con mi hermano pequeño encima. Pasé tantas horas con él que, sin querer, me llamaba 'mamá' en vez de Elena.


He estudiado con mi hermano pequeño encima. Pasé tantas horas con él que, sin querer, me llamaba mamá



Ya de adulta la cosa ha continuado por ese camino. He estado siempre más al tanto del cuidado de nuestra madre. Siempre sabía cuándo tenía cita con el médico y realizaba el acompañamiento. Es verdad que cuando ha habido cuestiones más importantes como enfermedades la cosa se reparte un poco más, pero en el día a día los cuidados han recaído más en mí". 

Quizá el problema no sean los cuidados, ni el trabajo doméstico, ni el trabajo emocional en general. Puede que el problema sea la posición que estas actividades ocupan en nuestra sociedad.

Un lugar, demasiadas veces, invisible.

4. Sara

31 años, periodista

"En mi trabajo, existe una tarea invisible que no apunto en la agenda del día con el resto de quehaceres, pero que está ahí, es una labor con la que cargo a la espalda y que a veces también supone un ligero esfuerzo que no siempre es reconocido. Se basa en canalizar las emociones de un equipo que trabaja codo con codo mil horas al día, tratar de que haya empatía, simpatía, comprensión y naturalidad, hacer de muro de contención de polémicas y malos rollos...


En la oficina hago un trabajo invisible porque mi felicidad depende de que los que me rodean sean felices; si se viera recompensado, me parecería increíble



En definitiva, hacer todo lo que una tiene en su mano para disfrutar de esos seres extraños que son tus compañeros de trabajo, a los que tienes que ver más tiempo que a tus propios amigos, y a los que, si te lo montas bien, acabas cogiendo un cariño muy saludable.

Yo lo hago encantada porque mi felicidad depende de que los que me rodean también sean felices, pero ahora que planteas la cuestión, si se viera recompensado, me parecería increíble".

Digamos lo que se dice: a las mujeres se les da bien hacer varias cosas a la vez, son mejores limpiando, mimando.

Estas aptitudes de mantenimiento físico y emocional son a menudo consideradas como algo natural e intrínseco al género femenino.

Se trata de conocimientos que no se aprenden en ninguna academia, sino en la familia, en la sociedad. Nadie presume de ellos, nadie tiene un diploma.

La lógica parece la siguiente: si a ellas no les cuesta hacer este trabajo, tampoco debería suponer un coste monetario.

5. Silvia

30 años, quiromasajista

"Trabajo en casa como quiromasajista y me siento como una terapeuta emocional. Cuando vienen pacientes procuro que todo esté perfecto, desde el portal hasta el aroma de la casa. Siempre les recibo con alegría y con interés. Nunca entro a la consulta directamente, primero pregunto cómo están y a veces les invito al sofá para charlar.


Tengo pacientes que me visitan porque mi humanidad, así lo llaman, les ayuda casi más que la terapia. Pero no el tiempo extra no me lo pagan



Eso ha hecho que tenga pacientes que me visitan porque mi humanidad, así lo llaman, les ayuda casi más que la terapia. Aunque trato de mantener una distancia como terapeuta y no soy excesivamente cariñosa, eso me ha llevado a estar 3 horas con una persona y a cobrar una. Me sale trabajar así: doy muuuucho, pero a nivel económico es muy triste. Nunca he reclamado nada, y ahora mismo no me compensa".

Mirándolo bien, todas estas cosas se aprenden jugando.

Niñas que dan de comer a bebés de plástico, que juegan a cocinitas, que barren y friegan y fingen a estar muy ocupadas.

Pero estas "capacidades" nunca abandonan a las mujeres, las persiguen aunque no formen parte de su manera de ser. Incluso cuando son adultas, incluso cuando son ejecutivas.

6. Mónica

35 años, comercial en una empresa de importación y exportación

"Recuerdo un meeting con muchos compañeros masculinos en el que jugué un rol central. Al terminar se me pidió que recogiera la sala de juntas. También añado que en mi oficina se pide a las mujeres que rieguen las plantas y que se encarguen comprar el regalo de jubilación del compañero porque tienen más 'sensibilidad'".

¿Qué ocurre cuando a la niña no le gustan esos juguetes? ¿O cuando no se le da bien sonreír?

¿Qué pasa si no les gusta escuchar los problemas de la gente?

A veces, esas mujeres tienen que pedir perdón por no ser como se espera que sean.

7. Nadia

37 años, farmacéutica en un centro sociosanitario

“Hace poco ha habido una nueva incorporación, una subalterna a quien se le explicó claramente que hasta que no aprendiese a realizar un trabajo concreto, no podría desarrollarlo sin mi supervisión. Pues bien, llevaba una semana en su puesto cuando incumplió lo que se le dijo y actuó sola. Tuve que arreglar el lío, y después le eché la bronca: en mi ámbito, un error puede tener consecuencias negativas en los pacientes.


La chica estaba en el baño llorando, pasé 30 minutos con ella, consolándola, animándola, la abracé. Me disculpé por si había sido muy brusca



La chica se marchó, así que cuando terminé lo que estaba haciendo salí a buscarla. Estaba en el baño, llorando, pasé 30 minutos con ella, consolándola, animándola, la abracé. Me disculpé por si había sido muy brusca, aunque no creo que lo hubiera sido. No me imagino a un hombre haciendo lo que yo. De hecho, lo que suele ocurrir es que los hombres mayores que yo, incluso si son subalternos, me cuestionan”.


Ocurren paradojas extremas.

El trabajo emocional puede convertirse en una condición para no ser despedida, aunque no fuera un requisito cuando la persona fue contratada.

Es como si el valor añadido que aporta una trabajadora se convirtiera en lo que más se valora (y al mismo tiempo se infravalora) de ella.

Porque nunca va a contar como un concepto facturable. Es muy importante, pero no un trabajo de verdad. De hecho, es más probable que una empresa pague a un coach profesional que el hecho de que recompense a una empleada por años de sonrisas, buen ambiente, o cuidado del espacio de trabajo.

8. Alexa

28 años, project manager en una empresa de comunicación

"Intento mantener al equipo animado y motivado para sacar lo mejor de ellos. Mi jefe me dijo que eso es por mi manera de ser, y que gracias por eso mi culo está a salvo en la empresa. Le diría a mi jefe que me esfuerzo porque es mi trabajo, pero que a veces los mandaría a la mierda porque simplemente no estoy bien. Ahora resulta que mi trabajo no es parir campañas, sino que reside en mis capacidades emocionales.


Para mí, un trabajo codiciado es aquel en el que pueda decir que tengo un mal día y que todo el mundo haga su trabajo lo mejor que pueda. Y que después, nadie piense que soy una zorra



Me pregunto si mi sueldo irá acorde algún día, o si llegaré al puesto de dirección. Para mí un trabajo codiciado es aquel en el que puedo decir que tengo un día malo y que todo el mundo haga su trabajo lo mejor que pueda para irse a casa. Y que después, nadie piense que soy una zorra".

Caray. Muchas mujeres enfadadas.

Tal vez sea bueno recordar que todos esos cuidados gratuitos, menos mal, también recaen en las mismas mujeres. Que gracias a la ayuda de redes femeninas de amigas y parientes muchas otras superan problemas y callejones sin salida.

El trabajo emocional, en las trincheras femeninas, también da la fuerza cuando se necesita.

Carolina León, el último de estos testimonios, nombra a Almudena Hernando y su libro Fantasía de la individualidad (Katz Editores, 2012): "Se supone que todos somos independientes y autónomos y es el ideal de nuestra sociedad, mientras que en realidad los vínculos y los lazos que aseguran la vida en común están en la identidad relacional, en el trabajo nunca valorado de ensalzar el afecto y el cuidado, la caricia y la escucha".

9. Carolina

41 años, escritora y librera

"Llevo divorciada casi siete años. Mis hijas tenían entonces tres y ocho años. Ahora diez y casi quince. Al principio fue muy duro: yo sufrí la separación como un fracaso personal y no se lo quería dejar ver a mis hijas. Hice todo lo que se me ocurrió al alcance para que se desarrollaran como personas fuertes, con sus opiniones y su identidad […] que tuvieran a su alcance otros referentes de mujeres independientes y fuertes, otros adultos alrededor con los que hacíamos picnics o domingos en el parque. Gente, gente, manifestaciones y grupos.

A veces me he sentido muy sola, es verdad. Pero ahí estaban Elisa o Elena o Silvia, traían cómics o les enseñaban música que no les ponía yo, y que recibían de un modo distinto que si hubiesen venido por mí.


Yo sufrí la separación como un fracaso personal y no se lo quería dejar ver a mis hijas


 



Tantas mañanas en que me he levantado depre, llorando en el desayuno, y Valentina ha tenido que mirarme a los ojos para decirme 'no estés triste, mamá'. Y yo decirle: 'No es nada, no pasa nada'. Y pensar si estoy traspasándoles un rol de apoyo emocional excesivo, que no corresponde a su edad. 

Una mañana la miraba a los ojos, no triste, orgullosa, y le decía que 'Valentina, tú vas a ser alguien muy importante, vas a hacer feliz a muchas personas'. Y la enana me espeta: 'Mamá, yo ya soy importante, soy tu hija'. Bueno, ese día lloré por dos". 



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