PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

No fue una noche loca, las drogaron para violarlas

H

 

En Barcelona, un tercio de las agresiones sexuales son sospechosas de sumisión química

Alba Muñoz

28 Abril 2016 06:00

Imagen de Maroesjka Lavigne

Imágenes interiores de Stephen Lyne para PlayGround

Sandra preferiría estar pasando la resaca en su cama, pero unos policías han insistido en llevarla al hospital. La han encontrado durmiendo en la calle, con el botón del pantalón desabrochado y el sujetador suelto.

En el hospital le han hecho análisis, y después los médicos la han tratado con delicadeza, como si Sandra fuera a romperse. No sabría explicarlo, pero lo cierto es que se siente rara. Supone que la bebida le debió sentar mal.

Los médicos empiezan a hacerle preguntas y ella, una chica normal que salió de fiesta por Barcelona un sábado noche, no recuerda absolutamente nada: “¿Todos podemos tener una noche loca, no?”.

Con el paso de las horas, el equipo del hospital reconstruye lo que sucedió la noche anterior a partir de las pistas que encuentran en su cuerpo: hubo sexo. Penetración vaginal y oral. Pero Sandra no tiene heridas, ni signos de violencia o de haber sido forzada.

Ahora está desconcertada, siente vértigo: "¿Qué me han hecho?". Lo último que recuerda es haber conocido a un chico mientras ella fumaba en la calle, y que este le acarició el labio. Todo lo que sucedió después no existe en su memoria.

La historia de Sandra es un retrato robot, la reconstrucción de un caso cada vez más común en la noche barcelonesa. Sandra ha sido víctima de agresión sexual con sospecha de sumisión química y representa un patrón: una veinteañera drogada sutilmente por un individuo que busca sexo sin resistencia, sin dejar rastro en su cuerpo de su víctima, tampoco en su memoria. 

LEER MÁS. El beso del sueño: así han evolucionado las drogas de la violación

Según un estudio del instituto catalán de Medicina Legal, en 2011 un tercio de los casos de agresión sexual en Barcelona fueron sospechosos de sumisión química. En 2015, el 29% de las víctimas atendidas en el Hospital Clínic de Barcelona despertaron las mismas sospechas.

De leyenda a crimen frecuente

“Llegan muchas chicas con lapsus mentales, por eso empezamos a detectar casos sospechosos de sumisión química”, explica el Doctor Manuel Santiñà, del Servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología del Hospital Clínic, y jefe de una unidad especializada que centraliza la asistencia de todos los casos de agresión sexual que se presentan en Barcelona.

“Es un fenómeno que antes no se veía, o no había tantos casos como ahora. En los últimos 6 o 7 años ha ido en aumento”, dice Santiñà.



 




Los médicos empezaron a sospechar. A fijarse en los síntomas, patrones extraños que se repiten cada vez más. Sobre todo uno: la gran mayoría de las víctimas sufre amnesia total. Era inexplicable que hubiera tantas pacientes que no recordaran absolutamente nada. Por eso el personal sanitario empezó a considerarlas como posibles víctimas de agresión sexual bajo los efectos de una droga de abuso.



Y cuando el personal sanitario tiene esa sospecha, se pone en marcha un protocolo distinto. El médico solicita al juzgado de guardia la intervención de un médico forense, que se desplaza al hospital y lleva a cabo otro tipo de pruebas y analíticas. Fueron esos resultados los que, poco a poco, confirmaron las sospechas. Y en unos porcentajes muy superiores a lo esperado. 

En España no se empezaron a registrar de forma sistemática los casos sospechosos de sumisión química hasta 2015. Tampoco existen estudios epidemiológicos sobre un fenómeno cuya tendencia es de aumento en todo el mundo.


Solo en el último año y medio las autoridades sanitarias han empezado a preocuparse de verdad, y no porque antes no se dieran casos, sino porque casi siempre eran indetectables en los análisis protocolarios de sangre y orina. Esto, a pesar de los avisos que en 2010 hizo la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, que alertó del uso extendido del Rohypnol (de la familia de las benzodiacepinas), la ketamina y el GHB como droga de la violación en nuestro país.

De modo que en España, la sumisión química ha pasado de ser prácticamente una leyenda, desdeñada por médicos, jueces y fuerzas del orden, a ser sospechosa de estar detrás del 20% a un tercio de las agresiones sexuales en el caso de Barcelona.

La capa invisible

Los datos recopilados por los hospitales desmienten dos grandes mitos sobre la droga de la violación.

El primero son las sustancias que se emplean. Las más famosas no son las más utilizadas. El alcohol etílico (etanol), las benzodiacepinas y sus análogos (como el zolpidem o la zopiclona) superan con creces a la ketamina, GHB o la famosa burundanga (escopolamina).

El segundo es el método: los polvos en la bebida son cosa del pasado. Según el Insituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF), el simple contacto es suficiente. Es habitual que el agresor roce zonas mucosas como los labios o el lagrimal del ojo. También funcionan simples caricias, soplidos, o incluso conseguir que la víctima ojee un periódico o acerque la vista a un mapa.

En definitiva, las cualidades de las sustancias las convierten en armas perfectas para las intenciones huidizas del atacante: la dosis adecuada hace efecto en unos 5 minutos, borra la memoria de la víctima durante unas dos o tres horas y después desaparece de su organismo.

Es como dar una capa de invisibilidad a alguien que ya sabe cómo borrar tus recuerdos.

Barcelona, el epicentro

Los hechos ocurren de noche y los fines de semana, en un ambiente festivo y de ocio. En Barcelona, las víctimas son casi en su totalidad mujeres (un 93%, según los últimos datos del Hospital Cínic, de 2015). Además, son muy jóvenes. Sus edades oscilan entre los 18 y los 27 años.

En los registros de este hospital barcelonés también se ha detectado una tendencia creciente. En primer lugar, las agresiones sexuales aumentan en general. De 115 casos registrados en 2003 se ha pasado a 248 en 2015. 

De todas las víctimas de agresión sexual atendidas por el Clínic el año pasado, el 57% fueron extranjeras. Las que son sospechosas de haber sufrido sumisión química fueron el 66% según el estudio del año 2011; del año pasado, por el contrario, no hay datos.



Hace 5 años la mayoría de mujeres drogadas para abuso sexual en Barcelona fueron turistas o estudiantes estadounidenses o europeas (49%) y latinoamericanas (25,5%). Esto, según los especialistas, se explica porque ellas son más vulnerables y tienen más dificultades a la hora de reconocer y actuar en el entorno. Tienden a volver a sus países sin denunciar.

Es muy habitual que las víctimas hayan bebido alcohol de forma voluntaria antes del ataque, y que el agresor, o agresores —se han confirmado casos en los que dos personas actúan de forma coordinada— son hombres que acaban de conocer en un 60% de los casos. El segundo perfil más habitual del agresor es la pareja, ex pareja o amigo de la víctima, y sólo en un 15% se trata de completos desconocidos.

Las 4 diferencias

Hasta aquí, los perfiles de las mujeres drogadas para una posterior agresión sexual coinciden en buena medida con las víctimas no sometidas químicamente. Sin embargo, hay cuatro grandes diferencias en sus síntomas visibles respecto a las violaciones convencionales.



Uno: Según el estudio citado de 2011, el 80% de los casos sospechosos de sumisión química presentaban amnesia total, frente al 20% de las mujeres que no fueron drogadas.

Dos: De las pocas víctimas de sumisión química que recuerdan algo del ataque, describen con menor frecuencia violencia o intimidación frente a las víctimas de agresión sexual al uso.

Tres: Al no mostrar resistencia física, las víctimas de sumisión química presentan muchas menos lesiones que las demás.

Cuatro: En general, tardan más en acudir a urgencias o al médico.

Esto se debe a los propios efectos incapacitantes de las sustancias: cuando vuelven en sí, las víctimas pueden sentirse extrañas, pero pueden no detectar grandes diferencias con los efectos de una buena resaca. Ellas no vivieron lo sucedido, no fueron conscientes. Sólo su cuerpo y su intuición pueden mandar alguna débil señal.

En el cabello está la respuesta

De ahí surge uno de los efectos más inquietantes de la sumisión química: si las sustancias no son detectables por los métodos habituales, si no hay signos de violencia ni lesiones en los genitales de la víctima, y si ella no puede aportar datos claros sobre lo ocurrido, ¿cómo denunciarlo?, ¿cómo demostrarlo?

Sólo los análisis de cabello funcionan como prueba. A través de esta costosa técnica es posible encontrar restos de las sustancias hasta muchos meses después. Pero tal y como afirmó el pasado mayo el toxicólogo forense del INTCF Emilio Mencías, los análisis de cabello sólo pueden realizarse en centros especializados y no en los hospitales: “Y los jueces no suelen pedirla”.

Como consecuencia, las violaciones bajo los efectos de sumisión química son casi imposibles de demostrar, son delitos que quedan impunes. Aunque el modus operandi se repite ante las autoridades, la mayor parte de los pocos casos que llegan a los juzgados se archiva por falta de pruebas.

En buena medida esto se debe a que cada hospital tiene su protocolo, si es que lo tiene. En 2012, Manuel López Rivadulla, catedrático de Toxicología Forense y autoridad en la materia, afirmó: "El 90% de los casos de abusos sexuales por sumisión química que se dan en España se nos escapan".

La versión oficial de los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica que se ocupa de los casos de agresión sexual en Barcelona, es que no tienen constancia de que se produzcan casos de sumisión química en la ciudad: “No está probado porque no hay rastro de esas sustancias”.

No fue un sueño

“Casi 1 de cada 3 personas atendidas por agresión sexual en Barcelona presentó sospecha de sumisión química. Se trata, según nuestro conocimiento, de la proporción más elevada comunicada hasta la fecha”. Estas fueron las conclusiones del estudio del instituto catalán de Medicina Legal en 2011.

En el resto de países que han empezado a estudiar el fenómeno, la magnitud oscila entre el 6 y el 23% entre todos los casos de abuso sexual.

El aspecto más cruel de estos ataques es que sus víctimas no se identifican como tales. No perciben la agresión, y si presienten algo, lo más fácil es que crean que fue culpa suya: se les fue la mano con el alcohol, que se descontrolaron saliendo de fiesta. ¿A quién no le ha pasado?

 En el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses calculan que el 80% no denuncia, y que la mayoría lo hace "por vergüenza". Probablemente esa no sea la palabra más precisa. Puede que se acerque más la inseguridad de la víctima sobre sus intuiciones, las dudas sobre su propia percepción.

No poder probar su tesis, y que ella misma estuviera deshinibida y hubiera bebido alcohol cuando sucedió, puede causar reparos.

Estamos ante crimen casi onírico, un sueño nebuloso, algo que otros dicen que te ocurrió. Un rumor que te deja las mismas sensaciones de una noche loca, y que te susurra que es mejor que lo olvides, sin más.

Lo poco que conocemos de estos ataques se lo debemos a los casos que terminan en el hospital, una minoría. Lo más turbador es imaginar cuántas víctimas se quedaron en casa pasando la resaca.

LEER MÁS. El beso del sueño: así han evolucionado las drogas de la violación

Esta artículo forma parte de #NoFueUnSueño, una investigación sobre el aumento de casos de sumisión química en Barcelona formada por 4 capítulos. Aquí puedes leer la segunda entrega, una entrevista con la abogada Ester García, especializada en violencia y agresiones sexuales mediante drogas de abuso. Aquí la tercera, una entrevista con la psicóloga Anna Torres.


share