Reportajes

Se busca, vivo o muerto: la alucinante persecución y descubrimiento del bosón de Higgs

Un nuevo libro, disponible a partir de la semana próxima, y titulado “La Partícula al Final del Universo”, explica cómo la comunidad científica finalmente le dio caza a ‘la partícula de dios’

“La Partícula al Final del Universo”, de Sean Carroll, es un libro que explica la gran aventura científica de los últimos años: la búsqueda incansable, y el posterior descubrimiento, de la partícula más misteriosa de todas las que componen la materia y la energía del universo: el bosón de Higgs. Edita Debate y a partir de la semana próxima estará en librerías.

Ilustración de Joe Cummings

Una de las grandes aventuras científicas de nuestro tiempo es la de la búsqueda, y posterior hallazgo, del bosón de Higgs. Toda la teoría actual que describe e interpreta cómo está formada la materia y la energía del universo se hubiera venido abajo si esta partícula, de la que teorizó hace décadas el físico Peter Higgs como una condición necesaria para que todo el mundo observable obtuviera masa, no hubiera sido localizada: sin una prueba de su existencia, las teorías que explican el universo se habrían quedado en una mera especulación. Finalmente, el 4 de julio 2012, en Ginebra, llegaron las primeras demostraciones fidedignas de la existencia del bosón de Higgs, tras años y años de tests y millones y millones de dólares invertidos en el Gran Colisionador de Hadrones, una de las obras de ingeniería más meticulosas en la historia de la humanidad. Tras millares de intentos haciendo chocar haces de partículas a grandes velocidades, finalmente se obtuvo un rastro de energía que confirmaba que la partícula de Higgs existía.

Este año, Higgs ha obtenido el premio Nobel de física y el Príncipe de Asturias de las ciencias, como no podía ser de otra forma. Es la culminación de una búsqueda con final feliz, una búsqueda de años que el físico Sean Carroll ha reunido en un libro importante que hay que sumar a una larga producción de obras de divulgación científica: en “La Partícula Al Final del Universo”, este teórico del California Institute of Technonology (Caltech) narra el camino que llevó de la teoría de Higgs a la inversión en el LHC, los años de intentos siguiendo el rastro de una quimera y el descubrimiento final de esa parte infinitesimal y sub-atómica del universo que nos permite ‘existir’ materialmente. El libro lo edita la semana próxima la editorial Debate y aquí puedes leer un extracto, correspondiente al capítulo tercero.

La idea

Donde nos preguntamos por qué un grupo de personas con talento y ambición dedicarían sus vidas a la búsqueda de cosas tan pequeñas que no se ven.

La física de partículas es una actividad peculiar. Miles de personas dedican miles de millones de dólares a construir máquinas gigantes de varios kilómetros de diámetro, que lanzan partículas subatómicas a velocidades próximas a la de la luz y hacen que choquen entre sí, todo para descubrir y estudiar otras partículas subatómicas cuya repercusión sobre las vidas cotidianas de quienes no se dedican a la física de partículas es prácticamente nula.

Al menos, esa es una forma de entenderlo. Esta es otra: la física de partículas es la manifestación más pura de la curiosidad humana por el mundo en el que vivimos. Los seres humanos siempre nos hemos hecho preguntas y, desde la antigua Grecia, hace más de dos mil años, el impulso de explorar se ha transformado en un proyecto sistemático y de alcance mundial para descubrir las reglas básicas que rigen el funcionamiento del universo. La física de partículas surge directamente de nuestro insaciable deseo de entender el mundo: lo que nos motiva no son las partículas, sino el deseo humano de comprender lo que no entendemos.

Los primeros años del siglo xxi suponen un punto de inflexión. El último resultado experimental realmente sorprendente obtenido en un acelerador de partículas se produjo en la década de 1970, hace más de treinta y cinco años. (La fecha precisa depende de lo que cada uno entienda por «sorprendente».) No es porque los experimentalistas se hayan pasado todo este tiempo dormitando frente a sus aparatos, ni mucho menos. Las máquinas han mejorado a pasos agigantados y nos han permitido llegar a ámbitos que hasta hace bien poco parecían inalcanzables. El problema es que no han visto nada que no esperásemos encontrar de antemano. Para los científicos, que siempre anhelan una buena sorpresa, esto es algo extremadamente molesto.

El problema, dicho de otro modo, no es que los experimentalistas no hayan estado a la altura, es que la teoría era demasiado buena. En el mundo especializado de la ciencia moderna, la brecha entre los roles de «experimentalistas» y «teóricos» ha ido creciendo, en particular en la física de partículas. Lejos quedan ya los días en que un genio como el físico italiano Enrico Fermi podía proponer una nueva teoría de las interacciones débiles y, sin solución de continuidad, dirigir la construcción del reactor donde se produciría la primera reacción nuclear en cadena artificial autosostenible. Hoy en día, los teóricos de partículas garabatean en sus pizarras las ecuaciones que acabarán dando lugar a modelos específicos, modelos que pondrán a prueba los experimentalistas, que recopilan datos con máquinas de una precisión exquisita. Los mejores exponentes del campo teórico están muy al día de los experimentos, y viceversa, pero no existe nadie capaz de dominar ambos ámbitos.

Durante la década de 1970, la mejor teoría de la física de partículas de que disponemos recibió sus últimos retoques. Esta teoría responde al anodino nombre de «Modelo Estándar», y es la que describe los quarks, los gluones, los neutrinos y cualquier otra partícula de la que el lector haya oído hablar. Como los famosos de Hollywood o los políticos carismáticos, elevamos las teorías a un pedestal para poder despedazarlas mejor. En física, uno no se hace famoso por demostrar que la teoría que otra persona propuso es correcta, sino por poner en evidencia cuáles son sus fallos, o por proponer una mejor.

Pero el Modelo Estándar es obstinado. Durante décadas, cada uno de los experimentos que hemos podido llevar a cabo aquí en la Tierra ha confirmado diligentemente sus predicciones. Toda una generación de físicos de partículas ha ido ascendiendo por el escalafón académico, de estudiantes a catedráticos, sin disponer de un solo fenómeno nuevo que poder descubrir o explicar. La espera ha llegado a hacerse prácticamente insoportable.

Todo esto está cambiando. El Gran Colisionador de Hadrones, donde chocan partículas a energías que la humanidad nunca antes había alcanzado, representa una nueva era para la física. Pero no es solo que la energía sea más elevada. Se trata de una energía con la que llevamos años soñando, donde esperamos encontrar nuevas partículas que la teoría predice y, con suerte, alguna que otra sorpresa: es la energía donde la fuerza conocida como «interacción débil» oculta sus secretos.

Hay mucho en juego. Nos asomamos a lo desconocido y puede suceder cualquier cosa. Infinidad de modelos teóricos compiten entre sí por predecir lo que el LHC encontrará. No sabemos lo que habrá allí hasta que miremos. En el centro de todas las especulaciones se encuentra el bosón de Higgs, una humilde partícula que representa tanto la última pieza del Modelo Estándar como el primer atisbo del mundo que existe más allá del mismo.

Un gran universo compuesto de pequeñas piezas

Junto a la costa del Pacífico, en el sur de California, a una hora y media en coche de Los Ángeles, donde vivo, existe un lugar mágico donde los sueños se hacen realidad: Legoland. En Dino Land, Fun Town y otras atracciones, los niños se maravillan ante un mundo intrincado construido a base de Lego, esos pequeños bloques de plástico que se pueden ensamblar en infi nitas combinaciones.

Legoland se parece mucho al mundo real. En cualquier momento dado, el mundo que nos rodea contiene normalmente todo tipo de sustancias: madera, plástico, tejidos, cristal, metal, aire, agua, cuerpos de seres vivos. Objetos de todo tipo, con propiedades muy diversas. Pero, cuando las miramos más de cerca, descubrimos que esas sustancias en realidad no son tan distintas entre sí. Son simplemente distintas maneras de organizar una pequeña cantidad de bloques fundamentales: las partículas elementales. Como los edificios de Legoland, las mesas, los coches y las personas son ejemplos de la asombrosa diversidad que se puede lograr a partir de un reducido número de piezas sencillas que pueden combinarse de diversas formas. El tamaño de un átomo es aproximadamente una billonésima parte del de una pieza de Lego, pero los principios son similares.

La idea de que la materia está compuesta de átomos nos parece de lo más natural. Es algo que aprendemos en el colegio, mientras hacemos experimentos en aulas en cuyas paredes cuelga la tabla periódica de los elementos. Es fácil perder de vista lo asombroso que es este hecho. Hay cosas duras y cosas blandas; cosas ligeras y cosas pesadas; cosas líquidas, sólidas y gaseosas; cosas transparentes y opacas; cosas vivas y otras que no lo están. Pero, bajo la superficie, todas esas cosas están en realidad compuestas del mismo tipo de materia. En la tabla periódica figuran alrededor de un centenar de átomos, y todo lo que nos rodea no es más que una combinación de ellos.

La confianza en la idea de que podemos entender el mundo a partir de unos pocos ingredientes básicos viene de lejos. En la Antigüedad, varias culturas distintas (babilonios, griegos o hindúes, entre otros) inventaron un conjunto sorprendentemente consistente de cinco «elementos», de los que estaban compuestos todos los objetos. Los que nos resultan más familiares son la tierra, el aire, el fuego y el agua, pero había también un quinto elemento celestial: el éter o quintaesencia. (Sí, de ahí viene el nombre de la película de Bruce Willis y Milla Jovovich, El quinto elemento.) Como sucede con muchas otras ideas, fue Aristóteles el que desarrolló a partir de ella un elaborado sistema, según el cual cada elemento tendía a su estado natural particular: por ejemplo, la tierra tiende a caer y el aire a ascender. Mezclando los elementos en distintas combinaciones, podemos obtener las distintas sustancias que vemos a nuestro alrededor.

Demócrito, un filósofo griego anterior a Aristóteles, afirmó que todo lo que conocemos está compuesto por diminutas piezas indivisibles, que llamó «átomos». Por un desafortunado accidente de la historia, John Dalton, un químico de principios del siglo XIX, se sirvió de esta terminología para referirse a las partes que definen los elementos químicos. Hoy en día sabemos que los átomos no son en absoluto indivisibles: constan de un núcleo compuesto por protones y neutrones, alrededor del cual orbita un conjunto de electrones. Ni siquiera los protones y los neutrones son indivisibles, pues están a su vez compuestos por piezas aún más pequeñas denominadas «quarks».

Los quarks y los electrones son los verdaderos átomos, en el sentido de elementos indivisibles de la materia que el término tenía para Demócrito. Hoy en día los llamamos «partículas elementales». Los protones y neutrones del núcleo atómico están formados por dos tipos de quarks, conocidos juguetonamente como «up» («arriba») y «down» («abajo»). De manera que, a fin de cuentas, nos basta con tres partículas elementales para formar cualquier pedazo de la materia que percibimos directamente a nuestro alrededor: electrones, quarks up y quarks down. Un avance respecto a los cinco elementos de la Antigüedad, y una gran mejora respecto a la tabla periódica.

Pero reducir el mundo a tan solo tres partículas es un poco excesivo. Aunque los electrones y los quarks up y down nos bastan para dar cuenta de los coches, los ríos y los cachorros, no son las únicas partículas que hemos descubierto. De hecho, existen doce tipos distintos de partículas de materia: seis quarks, sujetos a la interacción fuerte y confinados dentro de conjuntos más amplios, como los protones y los neutrones, y seis «leptones», que pueden desplazarse independientemente por el espacio. También tenemos las partículas portadoras de las fuerzas, que los mantienen unidos en las diferentes combinaciones que vemos. Sin las partículas de fuerza, el mundo sería un lugar muy aburrido: las partículas individuales se moverían por el espacio únicamente en línea recta, y nunca interaccionarían entre sí. El conjunto de ingredientes que necesitamos para explicar todo lo que vemos a nuestro alrededor es bastante reducido, pero la verdad es que podría serlo aún más. A los físicos de partículas modernos les mueve el deseo de conseguir hacerlo mejor.

El bosón de Higgs

El Modelo Estándar de la física de partículas consiste en: doce partículas de materia, más un grupo de partículas transmisoras de las fuerzas que las mantienen unidas. No es la representación más pulcra del mundo, pero concuerda con todos los datos. Hemos reunido todas las piezas que necesitamos para describir satisfactoriamente el mundo que nos rodea, al menos aquí en la Tierra. Tenemos evidencia de que en el espacio existen cosas como la materia oscura y la energía oscura, que, por si acaso hiciera falta, nos recuerdan obstinadamente que aún nos quedan muchas cosas por entender. Porque el Modelo Estándar no las explica.

En general, el Modelo Estándar se divide nítidamente entre partículas de materia y partículas portadoras de las fuerzas. El bosón de Higgs es diferente. Esta partícula, que debe su nombre a Peter Higgs, una de las personas que propusieron la idea en la década de 1960, es una especie de patito feo. Técnicamente, es una partícula transmisora de fuerza, pero distinta de las que estamos más acostumbrados a encontrarnos. Desde el punto de vista de un físico teórico, el Higgs parece un añadido arbitrario y caprichoso a una estructura por lo demás hermosa. Si no fuese por el bosón de Higgs, el Modelo Estándar sería el paradigma de la elegancia y la virtud; en cambio, con él, es un lío. Y encontrar al culpable del desaguisado no ha resultado ser una tarea sencilla.

Entonces, ¿por qué tantos físicos estaban convencidos de que tenía que existir el bosón de Higgs? El lector oirá explicaciones como: «para proporcionar masa a otras partículas» y «para romper simetrías». Ambas son ciertas, pero no es fácil hacerse una idea rápida de lo que significan. Lo fundamental es que, sin el bosón de Higgs, el Modelo Estándar tendría un aspecto muy diferente y no se parecería en nada al mundo real. Con el bosón de Higgs, encaja perfectamente. Los físicos teóricos intentaron por todos los medios encontrar teorías que no incorporasen un bosón de Higgs, o en las que el bosón fuese muy distinto del que predice el Modelo Estándar. Muchas de estas teorías no superaron la prueba de la confrontación con los datos, y otras eran innecesariamente complicadas. Ninguna parecía aportar una verdadera mejora.

Y ahora hemos encontrado el Higgs. O algo que se le parece mucho. Dependiendo del cuidado que pongan al referirse a él, los físicos dirán cosas como: «Hemos descubierto el bosón de Higgs», o «Hemos descubierto una partícula de tipo Higgs, o incluso «Hemos descubierto una partícula que se parece al Higgs». El anuncio del 4 de julio describía una partícula que se comporta de forma muy parecida a como se supone que debería hacerlo el Higgs: se desintegra en otras partículas aproximadamente de la manera en que esperábamos que lo hiciera. Pero aún es pronto y, mientras seguimos recopilando datos, queda mucho margen para la sorpresa. Los físicos no quieren que sea el Higgs que todos esperamos; siempre es más interesante y divertido encontrar algo inesperado. En los datos actuales hay pequeños indicios de que la nueva partícula podría no ser exactamente el Higgs que esperamos. Solo saldremos de dudas con más experimentos.

Por qué es importante

Una vez me hicieron una entrevista sobre física de partículas, gravitación, cosmología y demás en una radio local. Era 2005 y se cumplía el centenario de 1905, el «año milagroso» de Albert Einstein, cuando publicó un conjunto de artículos que pusieron patas arriba el mundo de la física. Hice lo que pude para explicar algunos de esos abstractos conceptos, gesticulando con las manos, algo que no puedo evitar hacer ni siquiera cuando sé que estoy en la radio.

El entrevistador parecía contento, pero, cuando ya habíamos terminado y mientras recogía su equipo de grabación, se le encendió una bombilla en la cabeza. Me preguntó si le podría responder a una pregunta más. Por supuesto, le dije, y volvió a sacar el micrófono y los auriculares. La pregunta era sencilla: «¿Por qué habría de importarle a alguien todo esto?». Al fi n y al cabo, no iba a ayudarnos a encontrar la cura del cáncer, ni a fabricar un teléfono inteligente más barato.

La respuesta que se me ocurrió entonces me sigue pareciendo razonable: «A los seis años, todo el mundo hace preguntas como esta. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué caen las cosas? ¿Por qué unas cosas están frías y otras calientes? ¿Cómo funciona todo esto?». No tenemos que aprender a interesarnos por la ciencia: los niños son científicos natos. Todos esos años que pasamos formándonos y las presiones de la vida real acaban con esa curiosidad innata. Empezamos a preocuparnos por conseguir trabajo, conocer a alguien especial, criar a nuestros hijos; dejamos de preguntarnos cómo funciona el mundo y empezamos a preguntarnos cómo podemos hacer que nos funcione a nosotros. Más tarde encontré estudios que demostraban que a nuestros hijos les encanta la ciencia hasta que alcanzan edades de entre diez y catorce años.

Hoy en día, después de más de cuatrocientos años dedicados concienzudamente a la aventura de la ciencia, tenemos muy pocas respuestas que darle al niño de seis años que llevamos dentro. Sabemos tanto sobre el mundo físico que las preguntas aún sin respuesta tenemos que encontrarlas en lugares remotos y ambientes extremos. Así es en la física, al menos; en campos como la biología o la neurociencia no es difícil encontrar preguntas cuyas respuestas aún se nos escapan. Pero la física —al menos el subcampo de la física «fundamental», que estudia los elementos básicos que constituyen la realidad— ha hecho que avance tanto el horizonte de nuestra comprensión que necesitamos construir aceleradores y telescopios gigantes para recopilar nuevos datos que no encajen con nuestras teorías actuales.

Una y otra vez a lo largo de la historia de la ciencia, la investigación básica —la que se lleva a cabo por mera curiosidad, pues no ofrece ningún beneficio tangible inmediato— ha demostrado, casi a su pesar, que sí que proporciona enormes beneficios tangibles. Allá por 1831, un político inquisitivo le preguntó a Michael Faraday, uno de los padres de la idea moderna del electromagnetismo, sobre la utilidad de esa cosa nueva de la «electricidad». Su respuesta apócrifa fue: «La desconozco, pero estoy convencido de que algún día su gobierno nos hará pagar impuestos por ella». (Las pruebas de que esta conversación se produjese son escasas, pero la historia es tan buena que la gente sigue contándola.) Un siglo más tarde, varias de las mentes más preclaras de la ciencia se las veían con el nuevo campo de la mecánica cuántica, arrastrados por varios resultados experimentales desconcertantes que terminarían por sacudir los cimientos de toda la física. Por aquel entonces era algo bastante abstracto, pero con el tiempo dio lugar a los transistores, los láseres, la superconductividad, los diodos emisores de luz (LED, Light-Emitting Diodes) y todo lo que sabemos sobre la energía nuclear (y las armas nucleares). De no ser por la investigación básica, el mundo actual sería un lugar completamente distinto.

Incluso la relatividad general, la deslumbrante teoría del espacio y el tiempo de Einstein, tiene aplicaciones prácticas. Si alguna vez ha utilizado un aparato GPS (Global Positioning System: Sistema de Posicionamiento Global) para ver cómo llegar a algún lugar, ha hecho uso de la relatividad general. Una unidad GPS, como la que incorpora su teléfono móvil o el sistema de navegación de su coche, recibe señales de un conjunto de satélites en órbita y a partir de una medición precisa del tiempo de esas señales calcula por triangulación la ruta hasta un punto sobre la superfi cie terrestre. Pero, según Einstein, los relojes que están en órbita (y, por tanto, sometidos a un campo gravitatorio más débil) marcan el tiempo un poquito más rápido que los que se encuentran al nivel del mar. Un efecto pequeño, desde luego, pero que se va acumulando. Si no tuviésemos en cuenta la relatividad, las señales GPS irían perdiendo precisión (y utilidad) progresivamente y, al cabo de un solo día, el error en la localización sería de varios kilómetros.

Pero las aplicaciones tecnológicas, aunque importantes, no son en última instancia lo fundamental para JoAnne Hewett, para mí, o para cualquiera de los físicos experimentales que dedican tantas horas a construir equipos y a revisar datos. Cuando se producen, son estupendas, y todos estaremos encantados si alguien utiliza el bosón de Higgs para encontrar un remedio para el envejecimiento. Pero esa no es la razón por la que lo buscamos. Tratamos de encontrarlo porque somos curiosos. El Higgs es la última pieza de un rompecabezas que llevamos muchísimo tiempo intentando resolver. Encontrarlo es en sí mismo nuestra recompensa.

El Gran Colisionador de Hadrones

No habríamos encontrado el Higgs sin el Gran Colisionador de Hadrones (otro de esos nombres tan poco afortunados para algo que encarna la pasión humana por los descubrimientos). El LHC es la máquina más grande y compleja jamás construida por los seres humanos, al exorbitante precio de nueve mil millones de dólares. Los científicos que trabajan en el CERN esperan que sea productivo durante al menos cincuenta años. Pero no son tan pacientes: preferirían realizar descubrimientos capaces de cambiar el mundo cuanto antes, y se lo agradecemos.

Se mida como se mida, el LHC es colosal. Se concibió en los años ochenta y el permiso para su construcción se obtuvo en 1994. Mucho antes de que se pusiese en marcha, el LHC ya había saltado a los titulares, pues hubo varios intentos de detener su construcción en los tribunales, alegando que podría crear agujeros negros capaces de tragarse el mundo entero. Ninguno de ellos tuvo éxito, y el colisionador gigante entró plenamente en funcionamiento en 2009.

El 13 de diciembre de 2011, físicos de todo el mundo —y unos cuantos mirones interesados— se congregaron en salas de conferencias y frente a sus ordenadores para escuchar dos presentaciones de los investigadores del LHC. El asunto que se trataría era la búsqueda del bosón de Higgs, un tema muy frecuente en los seminarios de física, en los que el mensaje casi siempre es: «La búsqueda va bien. ¡Deseadnos suerte!». Esta vez era diferente. Desde varios días antes, en internet circulaban rumores de que no nos darían el mensaje habitual, sino que esta vez nos dirían: «Pues sí, es posible que estemos viendo algo. Puede que por fi n hayamos obtenido evidencia de que el bosón de Higgs está realmente ahí».

La respuesta es que sí, que había indicios de que el LHC estaba realmente viendo el Higgs. Pero solo eran indicios, nada definitivo. El LHC hace chocar entre sí protones a energías increíbles, y dos enormes detectores experimentales observan las partículas que surgen de esas colisiones. El número de veces que dos fotones (partículas de luz) de alta energía que se producían a una determinada energía era ligeramente mayor de lo que cabría esperar si no existiese el bosón de Higgs. Lo cual era una prueba de que probablemente algo pasaba, sin duda, aunque aún no podía considerarse un descubrimiento. Pero todo pintaba bien. Rolf Heuer concluyó la rueda de prensa con un guiño: «Nos vemos el año que viene con un descubrimiento».

Y eso hicieron. El 4 de julio de 2012, dos nuevos seminarios nos pusieron al día sobre la búsqueda del Higgs. Esta vez no se trataba de indicios sugerentes; habían encontrado la partícula, no cabía duda. Miles de físicos de todo el mundo aplaudieron con una mezcla de satisfacción y de alivio: el LHC era un éxito.

Encrucijada

La física de partículas se encuentra en un momento crucial. Forma parte fundamental de la prolongada búsqueda de la humanidad para entender cómo funciona el universo, pero también es muy cara. Y su futuro es incierto.

La búsqueda del bosón de Higgs no es solo una historia de partículas subatómicas e ideas esotéricas, sino también de dinero, política y envidias. Un proyecto en el que participan tantas personas, una cooperación internacional sin precedentes, y un buen número de importantes avances tecnológicos no se llevan a buen puerto sin ciertas dosis de confabulaciones y trapicheos, y algún que otro engaño.

El LHC no es el primer acelerador de partículas gigante que ha tratado de encontrar el Higgs. Antes estuvo el Tevatrón, en el Fermi National Accelerator Laboratory (Fermilab), a las afueras de Chicago, que entró en funcionamiento en 1983 y se apagó definitivamente en septiembre de 2011, después de una productiva vida que incluyó el descubrimiento del quark top, pero no el Higgs. Después vino el Gran Colisionador de Electrones y Protones (LEP, Large Electron-Positron Collider), activo entre 1989 y 2000 en el mismo túnel subterráneo que alberga ahora al LHC. En lugar de hacer chocar protones, relativamente masivos y que tienden a producir caóticas salpicaduras de partículas al encontrarse, en el LEP las colisiones eran entre electrones y positrones, su partícula gemela de antimateria. Esa configuración hizo posible realizar mediciones muy precisas, pero en ninguna de ellas se reveló el Higgs.

Y, finalmente, el Supercolisionador Superconductor (SSC, Superconducting Super Collider), al que Hewett se refería con melancolía. El SSC era la versión estadounidense del LHC, solo que más grande y mejor, y se esperaba que estuviese listo antes. Se propuso en la década de 1980 y estaba previsto que funcionase a energías casi tres veces mayores que las que algún día alcanzará el LHC (cinco veces mayores que las que consigue actualmente). Pero el LHC puede alardear de una enorme ventaja respecto al SSC: se construyó.

Tras apenas dos años en funcionamiento, el LHC nos ha obsequiado con un verdadero descubrimiento: una partícula que se parece mucho al bosón de Higgs. Supone el final de una era, pero también el comienzo de otra. El Higgs no es simplemente una partícula más. Es una partícula especial, que podría interactuar de manera muy natural con otras clases de partículas que aún no hemos detectado. Sabemos que el Modelo Estándar no es la respuesta definitiva: la materia oscura que han cartografiado los astrónomos es una prueba evidente de ello. El Higgs podría ser el portal que conecte nuestro mundo con otro que se encuentra apenas fuera de nuestro alcance. Una vez encontrada la nueva partícula, tenemos por delante décadas de trabajo para llegar a conocer sus propiedades y para saber hasta dónde nos puede llevar.

El futuro a largo plazo de la física de partículas está aún por definir. Hace un siglo, o incluso cincuenta años, era posible realizar un descubrimiento fundamental utilizando un equipo que podía montar un solo científico con la ayuda de su equipo de estudiantes. Puede que esa época haya terminado. Si el LHC solo nos proporciona el Higgs, será cada vez más complicado convencer a los gobiernos reticentes para que dediquen aún más dinero a la construcción del siguiente colisionador.

Una máquina como el LHC representa una inversión de miles de millones de dólares, pero también de miles de personas-años de esfuerzo por parte de científicos entregados que dedican sus vidas a profundizar un poquito más en los misterios de la naturaleza. Personas como Lyn Evans, que ayudó a construir el LHC, o JoAnne Hewett, que estudió innumerables modelos teóricos, o Fabiola Gianotti y Joe Incandela, que lideraron sus respectivos experimentos hasta alcanzar un logro histórico, han hecho una apuesta enorme. Han apostado por que esta máquina nos conducirá a una nueva era de descubrimientos, y lo que han puesto en juego son muchos años de sus vidas profesionales. El descubrimiento del Higgs supone una reivindicación de todo el trabajo realizado. Pero, como dice Hewett, lo que queremos de verdad es que algo nos sorprenda, descubrir algo que nadie hubiese previsto. Eso es lo que realmente nos pondría las pilas.

Históricamente, a la naturaleza se le ha dado muy bien eso de sorprendernos.

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