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La misteriosa existencia del guarda de museo

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Así es el día a día de alguien cuya vida consiste única y exclusivamente en vigilar cuadros.

Sergio C. Fanjul

03 Mayo 2015 06:00

—En portada, Museum Guard, de Duane Hanson

La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por una insistente luz estroboscópica que sería el horror para cualquier epiléptico. Dominaba el espacio, de techos altos e impolutas paredes blancas, una gran pantalla en la que solo se veían interferencias y un molesto zumbido atronaba en los oídos. Era, cómo no, una instalación de arte contemporáneo que se exhibía en un importante centro de arte madrileño.

No había nadie más pululando por allí (o al menos, en la densa penumbra, no se veía nadie) así que, agotado por la luz intermitente y el ruido insoportable, después de un breve paseo por la sala sin sacar nada en claro (sino todo lo contrario), decidí salir, algo agobiado. En mi camino a la puerta casi me tropiezo con un extraño ser en el que no había reparado. Pegada a la pared había una silla y, sentada en ella, oculta en la negritud, estaba la silueta inmóvil de un guarda de sala. ¿Cómo podía aquel trabajador aguantar no sé cuántas horas vigilando aquel ambiente hostil del que yo huía horrorizado a los dos minutos? Era un héroe de la clase trabajadora.

Ser guarda de sala en un museo o sala de arte no es, desde luego, bajar a la mina. Tampoco exige un desgaste intelectual excesivo ni parece generar demasiado estrés. Sin embargo, su dureza es otra: la resistencia a la inactividad y al paso del tiempo, el ponerse cara a cara con los abismos insondables de nuestro propio ser. He oído decir que el guarda de sala es afortunado porque dispone de todo el tiempo del mundo para pensar y, encima, rodeado de obras de arte. Pero para resistir el silencio, el aburimiento y el paso del segundero cada vez más lento, cada vez más lento, cada vez más lento, sería recomendable ser un maestro de la meditación zen.

La dureza del guarda es la resistencia a la inactividad y al paso del tiempo


Lo cierto es que hay abundantes visitantes a los museos a los que llama la atención, casi más que lo que allí se expone, la figura del guarda de sala. Paseando meditabundo, regañando al personal, mirando a una esquina o tratando de evadirse de esa cárcel hecha de belleza de la mano de una novela furtiva o un vistazo al smartphone. Para desvelar sus misterios contacté con alguno de ellos.

En las entrañas del Museo Reina Sofía, coloso del arte contemporáneo, trabajan 94 guardas de sala unas 37 horas y media a la semana. Además, les acompañan 80 guardias de seguridad externos. María Jesús San Juan es jefa de planta, es decir, está por debajo en el rango de los llamados porteros mayores, y se dedica a coordinar la actividad de los guardas en una de las plantas del museo. “Nuestro trabajo es sencillo: vigilar que no suceda nada y que la gente no se aproxime demasiado a las obras de arte”, dice, “si alguien lo hace le tenemos que decir amablemente que no lo haga”. San Juan lleva 29 años en el museo. Cuando empezó era estudiante de Magisterio y se metió en el Reina para ganar algo de dinero durante su paso por la universidad, trabajo que compaginaba con dar clases particulares. Pero, circunstancias de la vida, acabó vinculada laboralmente a este museo por casi tres décadas.



Los guardas del museo cambian de sala cada día y tienen descansos para no quemarse. Para muchos, sobre todo los jóvenes, el mejor puesto es la sala del Guernica, la gran joya del museo. Ahí es donde hay más tránsito de visitantes (a los que hay que prohibir sacar fotos) lo que hace más ameno el trabajo; también uno se siente importante custodiando un cuadro clave de la historia del arte universal, sobre todo teniendo en cuenta la vinculación que tiene con la trágica historia española. Otros guardas, entre los que predominan los más veteranos que no buscan “protagonismo” y valoran la tranquilidad, prefieren salas más reposadas. Algunos se deleitan escudriñando una vez más los cuadros porque, aunque no es necesario tener formación artística para llevar a cabo esta labor, hay quien la tiene.

El mejor puesto es la sala del Guernica, allí uno se siente importante custodiando un cuadro clave de la historia del arte universal


Sí: Raúl Hernando, por ejemplo, tiene 50 años y es licenciado en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid. Comenzó de prácticas en el Museo del Prado, porque no encontraba trabajo de lo suyo (entonces sí que se valoraban en las pruebas los conocimientos culturales; ahora prima lo psicotécnico), y lleva 18 años en el Reina Sofía, aunque como especialista en pintura española del XIX pegaba más en el Prado. Sin embargo no le hace ascos a este. Le gusta Picasso, claro, pero también las pinturas sobre la España negra de Zuloaga o Solana o las esculturas de Medardo Rosso. Ahora disfruta con la exposición del Kunstmuseum de Basilea y recuerda con especial cariño la retrospectiva de Antonio López o los “mogollones” de la visitadísima muestra de Dalí: “Se ve claramente cuando a una exposición la gente viene por moda y se convierte en una cuestión meramente social”, dice, “hay gente que viene al museo a charlar y a pasear como si fuera al parque, sin mirar los cuadros, y cuando llueve el museo se llena”.

“Aquí se oye de todo: desde la típica gente que dice que eso lo podría pintar su hijo a los que preguntan dónde tenemos el Guernica en color”, cuenta Hernando. Con la gente, a la ahora de reprenderles (los visitantes tienden a tocar las esculturas bien pulidas), hay que ser muy calmado y amable, cosa que se lleva mejor cuanto más experiencia tiene uno. “Los problemas de este trabajo son de tipo psicológico: aquí no existe el entretenimiento que hay en una oficina”, explica, “así que uno tiene que pensar en positivo, porque si se pone a darle vueltas a sus problemas está perdido”.



De todas formas, aunque un guarda no tenga formación en arte, con el paso de los años en este trabajo puede llegar a aprender bastante. No solo de la mera observación de las obras en horas infinitas, sino porque en muchos museos los guardas de sala son de los primeros que son llevados en visita guiada por las exposiciones. “Yo he aprendido muchísimo y estoy muy interesada”, dice San Juan, “solemos tener oportunidad de hablar con los comisarios y hasta conocer a algunos artistas”. Por cierto, hay un vigilante en La Casa Encendida de Madrid, de los que van con porra y uniforme marrón, que es muy dicharachero y echado p’alante, así que se empapa bien de la teoría que rodea la exposición y, en días en los que no hay mucha afluencia, si le caes bien, te la explica: “¿Qué cree usted que el artista ha querido decir con esta obra?”. Por supuesto, esta no es la función de los guardas o los vigilantes, ni están formados para ellos, pero oigan, esta espontaneidad se agradece: el conocimiento debe fluir. 

Nos preguntan si tenemos el Guernica en color


Gracias a guardas y vigilantes, el arte está en lugar seguro. Porque no sería la primera vez que alguien atentase contra una obra de arte. La obra de Rembrandt La ronda nocturna, en el Rijksmuseum de Amsterdam, ha sido atacada al menos en tres ocasiones: por un ex chef de la marina, por un profesor de escuela motivado por la voz de Jesucristo y por un paciente de psiquiátrico, que la regó con ácido sulfúrico. La estatua Caridad, de Damien Hirst, fue pintada con un espray en 2012. La mona lisa, de Leonardo Da Vinci, en el Louvre, también ha sido víctima de varios ataques con piedras o pintura. Ahora está bien protegida en una caja de protección. Por no mencionar el destrozo que los miembros de Estado Islámico cometieron contra las piezas arqueológicas en el Museo de Nínive, en Mosul; una barbarie que causó indignación mundial. Aunque, claro, contra estos radicales solo hubieran servido guardas de sala armados con AK-47. 

Pero además, también pasan cosas curiosas en los museos. “Una vez vino una señora con la palma de la mano abierta y hablando en voz alta, cada vez más alta, hasta que alguien le llamó la atención”, relata San Juan. “La señora dijo muy en serio: ‘le estoy enseñando el museo a esta mosca, así que tengo que hablar en alto”. Ignoramos de si se trataba de algún tipo de performance dadaísta. Otra cosa que se ha visto a menudo, sobre todo por los vigilantes nocturnos, es a Ataulfo, el fantasma que dice la leyenda que habita en el museo. Y es que el museo fue levantado por Hermosilla y Sabatino como hospital, en el XVIII y hasta 1965, y aquí murieron multitud de personas de las que algunas fueron enterradas en el solar. Algunos dicen que Ataulfo es un sacerdote que fue torturado en la Guerra Civil. Otros hasta han llegado a decir que es el fantasma de Picasso. En cualquier caso lo raro no es que haya un fantasma, sino que no haya cientos. “Yo en tres décadas ni lo he visto ni lo he sentido”, zanja San Juan. 



“Ser guarda de sala al principio se hace duro”, cuenta U., que trabajó dos años en el Guggenheim de Bilbao, “pero en seguida aprendes a ocupar tu mente en la lista de la compra o repasar mentalmente películas o discos. O inventando historias ficticias de los visitantes de la sala”. Entre los hitos de la breve carrera de U. se cuentan el haber encontrado el hocico de un perro asomando del bolso de una visitante, haber visto a celebrities como Susan Sarandon o Edward Norton, o el haber sido requerido por los turistas para posar con ellos, cosa que, por cierto, está prohibida. Los guardas de sala no son obras de arte. ¿O sí lo son? 

Tienes que pensar en positivo, si te pones a darle vueltas a tus problemas, estás perdido


Son varios los artistas que han utilizado a estos trabajadores en sus trabajos creativos y algunos han llegado a ser verdaderos performers, incluso sin quererlo. Por ejemplo, el artista Tino Sehgal puso a guardas a cantar, mientras se paseaban por el espacio, la frase: “Esto es propaganda. Ya lo sabes, ya lo sabes”. Algunos visitantes les preguntaban asombrados. “Sí, soy parte de la exposición”, respondían. En una retrospectiva de Martin Creed, en la Hayward Gallery londinense, un guarda tocaba escalas, arriba y abajo, en un piano. “Aquella situación resultaba macabra. Creed y el Southbank Centre habían convertido a aquel vigilante en un útil a disposición de sus necesidades. Eso sí, su jornada, su salario y sus condiciones eran las mismas por tocar una nota en staccato que por no hacerlo”, escribió Virginia Lázaro en el fanzine El Burro después de asistir al asunto. En 2010 el Reina Sofía realizó un taller infantil titulado The watchmen, ¿Quién vigila al vigilante? en el que los niños se acercaban a la figura del guarda, interpretando su papel, siendo conscientes de las técnicas de vigilancia que existen en el museo y reflexionando sobre lo que significa vigilar y ser vigilado.

“En cuanto entras por la puerta entras en un micro mundo independiente”, dice J., que trabajó en el Thyssen-Bornemisza, “el espacio y el tiempo son muy relativos. Sinceramente no tengo ni idea de en qué gastaba mi tiempo. De vez en cuando me llevaba apuntes para estudiar algo. Pero se hace muy incómodo y se supone que tampoco se puede. Así que a socializarse. Si te toca con algún compañero que te cae bien la cosa funciona. Pero como no puedas hablar con alguien por algún motivo el día se hará muy largo. Empezarás a darle vueltas a todo y a nada. Para amenizar esos momentos sólo tienes que asegurarte de tener suficiente batería en el móvil para lo que sea”. Las condiciones laborales, según cuenta, tampoco eran para echar cohetes.

Cuenta J. que las anécdotas que ocurren en un museo son parecidas a las que contaban en la serie Museo Coconut, de Flipy, Ernesto Sevilla, Joaquín reyes y otros chanantes. En concreto en el Thyssen había un fan fatal de Gaspar David Friedrich al que llamaban el Loco de Friedrich y, al parecer, resultaba ser un hombre bastante desagradable. A E, que trabaja en otro museo que prefiere no identificar, un vecino de James Joyce le contó su historia personal. “Otro día, a una señora le fui a decir que no se podía hacer fotos con el móvil y me dijo que aquello no era un móvil sino una caja de maquillaje. Luego, hay gente que monta verdaderos escándalos porque no quiere dejar la mochila en consigna. Estoy pensando en escribir un diario con todas las cosas que me pasan allí”, dice E.

En busca de un mejor empleo que trabajar en un oscuro garito (cobrando en negro), P. entró a trabajar subcontratado por una empresa de seguridad en el Musac de León, que se convirtió en su segunda casa porque, según cuenta, a veces hacía jornadas de once horas (las rotaciones de sala en sala se realizaban a cada hora). “Cualquier intento de mejorar las condiciones laborales se zanjaba con un ‘si no te interesa me busco a otro’, así que aguanté un par de exposiciones y me largué”, cuenta P. En jornadas laborales de ese calibre, aunque fuera por pura estadística, también sucedían anécdotas. “Un día nos colaron un enano del Frente de Liberación de Enanos de Jardín. Aparte de eso, y dormir la mona en alguna esquina escondida o emborracharse a baso de orujo en el trabajo (a riesgo de que se te cayese el pelo), no pasaba nada reseñable. Bueno, venían muchos abuelos en busca de calefacción o aire acondicionado”.

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