Reportajes

Los mejores discos del 2008

para PlayGround

Los mejores discos del 2008

Termina 2008, el año que ha visto nacer a PlayGround y que nos ha arropado con algunos de los discos más emocionantes y bonitos que hemos escuchado nunca. Nuestro interés ha sido siempre acercar la realidad de la música que realmente nos importa a todo el mundo, contarla tal y como la sentimos. Por eso hemos pensado en desordenar la lista que confeccionamos con los discos que más nos han gustado de entre todos lo editados este año. Y con desordenar queremos decir esto: dejar que sea el gusto y la empatía de cada uno los que conviertan a unos u otros montones de canciones en una cima a la banda sonora de su vida. Estos son los discos que no hemos dejado de grabar a nuestros amigos, los que no hemos podido parar de escuchar. Sólo esperamos que os pase (o haya pasado) algo parecido al dar con ellos.

Cut Copy “In Ghost Colours”

Como salido de un pacto angélico, Cut Copy anuncian con “In Ghost Colours” el verano del amor que se nos avecina a golpe de French House y saxos ochenteros. Tim Goldsworthy, co-director de DFA junto a James Murphy, produce una miríada de estilos y sonidos musicales, que aún en tiempos de bastardismo, suena por momentos a alquimia imposible.

M83 “Saturdays=Youth”

"Saturdays=Youth" nace de esa juventud a la que alude el título del disco, es toda su energía. Una edad que Anthony Gonzalez vivió invadido de devoción por los ochenta mientras crecía en los noventa y que hizo de Kate Bush, Tears for Fears o Cocteau Twins la banda sonora de su adolescencia. Gonzalez impone a gramática de un pop reconocible, dosificando la nostalgia en el latido de cada ritmo sintético, detrás de cada estribillo. Son canciones que de algún modo ya estaban en nuestra cabeza antes de sonar.

TV on the Radio “Dear Science”

TV on the Radio han tenido que relajarse un poco y abandonar esa obsesión por catalizar un sonido denso y enmarañado para así descubrir que las canciones chulas se escriben con tres cositas. Bueno, y en su caso echando horas y horas en el proceso de grabación. Poco preocupa ahora que el groove futurista de “Crying” le tienda el ojo a Prince o que "Stork & Owl” se muestre tan solemne como David Sylvian, ahora los fuegos artificiales de David Sytek y Tunde Adebimpe han conseguido que nuestros ojos no se despeguen del cielo hasta que a ellos les dé la gana. Y eso sólo tiene un nombre: fe (casi) ciega.

Jóhann Jóhannson “Fordlândia”

Tiene algo la escena neoclásica que en otras parcelas no se percibe: ambición, voluntad de trascender y capacidad de conmover. Estamos ante un disco decisivo de este estilo. “Fordlândia” sugiere imágenes del vacío de un pueblo fantasma, congelado por dentro, sin vida. Es un réquiem por los sueños rotos. Las señas de identidad mostradas por Jóhannsson anteriormente aquí se exacerban, se perfeccionan, se alinean al dedillo en una sucesión de imágenes de la desolación con lo más granado y tétrico de la música contemporánea/popular como sustentos estéticos.

Fleet Foxes “Fleet Foxes”

Hay artistas de folk cuyos discos piden ser reproducidos a un sonido bajito, para que los susurros penetren en el oído como una confesión íntima. En las antípodas están aquellos que exigen la bóveda de una catedral gótica para que sus voces resuenen hasta en el cielo. El primer disco de Fleet Foxes puede sonar armónicamente exagerado; pero algunos podrían responder que tan exagerado como los mejores Beach Boys. El quinteto de Seattle amplifica ciertas virtudes del grupo de Brian Wilson para elaborar una tesis audible del barroquismo aplicado al pop, en un un generoso ejercicio de melodías vocales comulgando al unísono en la búsqueda de la canción armónicamente perfecta.

Bon Iver “For Emma, Forever Ago”

Justin Vernon eran de esos que se tomaban la vida a la tremebunda hasta que hubo de huir a las montañas para refugiarse de una ruptura doble (el fin de una relación sentimental y la desaparición de su banda). Allí, cazando versos para alimentarse, fue acumulando acordes y versos que eran sus lamentos, en una soledad de nieve infinita. Visto así el folk tiene mucho de romántico, es encontrarse uno ante el infinito. Es saber detenerse para auscultarse entre las frenéticas multitudes. Y es por tanto aprender a escuchar también a la melancolía, si es que de ella deben surgir tantas cosas bellas.

Fennesz “Black Sea”

Fennesz describe su mundo con cuatro notas, lo pinta en tres trazos, y al instante estás dentro: amplios horizontes cenicientos, cielos arremolinados, ese momento del día en el que la luz sigue a la negritud o viceversa. “Black Sea" acompaña glitches exiguos con texturas de guitarra sin apenas maquillaje digital. A ratos, suenan los rasgueos acústicos sin retoques, desparramados sobre una tela ambiental serena, y desde ahí se bascula entre lo llano y lo abrupto; entre el oleaje fuerte y la marea baja; sorteando orografía rocosa y flotando en calma chicha hasta arribar a buen puerto, un puerto de reposo y recogimiento.

Flying Lotus “Los Angeles”

La mayor virtud dentro de los temas de Steve Ellison está en haber sabido rescatar del olvido una serie de sentimientos ocultos pero latentes, esos que están tan fuera como dentro, y haberlo hecho, además, sin aburrir: justo en ese punto que divide lo complejo y lo divertido. "Beginners Falafel", "Riot" o "Parisian Goldfish" nos regalan ese sabor a electrónica ácida en la boca, ese tembleque en la rodilla de difícil solución. Pero también hay esquinas inesperadas, donde la música toma un cariz distinto, tocando con la yema de los dedos caminos divergentes.

The Sea and Cake “Car Alarm”

The Sea and Cake siguen siendo esa banda de Chicago adicta a un pop elegante, sutil y adulto, solo que detenida en la acción, en el proceso, como una foto movida. Porque “Car Alarm” enseña contornos y formas vivas, más expresivas, en movimiento, que palpitan y respiran. Una inmediatez surgida del directo, que brota desde la electricidad de “Aerial” (el corte que abre el álbum) y contagia al resto del disco, afectado por la inercia del sonido, por la velocidad.

Deerhunter “Microcastle / Weird Era Cont.”

Después del genial y salvaje “Cryptograms” (Kranky, 07) la banda suena más luminosa y accesible y las líneas de fuga más definidas, aunque la suciedad de su ideario estilístico siga igual de rugosa en apariencia e igual de precisa en esencia. Frente a aquel disco, “Microcastle” es una pequeña criatura que gana con las escuchas y que define el contaminante éter del reciente debut de Atlas Sound desvirgando la furia en cuarenta cautivadores minutos llenos de ambient, dream-pop y shoegazing.

Kid Cudi “A Boy Named Kid Cudi”

Algo extraño hay detrás de las rimas de Kid Cudi que, más que a un simple rap, las acercan a un himno generacional al que volvemos a mirar con empatía, pues en ellas Scott habla sin vergüenza alguna sobre sí mismo y los motivos por los que fuma hierba, a sabiendas de que un alto porcentaje de sus colegas y seguidores del hip hop consumen esta substancia, no por rebeldes ni diversión, sino porque con frecuencia, hay algo allí dentro de sus mentes estancado que siempre buscan suprimir o “liberar” en algún momento.

Lindstrøm “Where You Go I Go Too”

El debut en solitario del productor y remezclador noruego dice de la manera más clara posible lo que para él es el cosmic o space disco. Música profunda y preciosista que no se preocupa porque el contador de los beats por minuto ande perezoso. De esa que sólo escuchas cuando te apetece escuchar, pero que gozas cuando lo haces.

Byetone “Death of a Typographer”

El año pasado ya estaban en Raster-Noton amenazando con diversificar el sonido del sello y saltar, de manera natural, de las exploraciones profundas en materia de textura a exploraciones densas en materia de ritmo. Pero hay que advertir también que les hacía falta un giro para no aburrir, para no quedarse con el público minoritario que siempre les ha correspondido, y ese giro llega ahora, convincente, de la mano de Byetone, el proyecto personal de Olaf Bender, 33% de Signal y socio con Alva Noto en esta bendita casa que ahora se nos vuelve raver. “Death of a Typographer” está más cerca del techno clínico y polar de Sleeparchive que de la electrónica taladrante e hiriente de Ryoji Ikeda, y eso supone una doble gozada, pues no sólo persiste un poso avantgarde marca de la casa sino que este sonido supone un chorreón de vigor y adrenalina que apenas se ha encontrado en discos recientes de la esfera techno más indagadora.

Joe Crepúsculo “Supercrepus”

"Supercrepus" sigue la línea que Joe Crepúsculo trazó en "Escuela de Zebras", a la que le añade un inusitado romanticismo patético, una nostalgia preñadísima de irrevocables recuerdos de primer amor y un uso del lenguaje con mil recovecos. Lo que en el papel parece de fácil digestión, Joe se empeña en hacérselo difícil al oyente: trufa sus (breves) canciones de imposibles arreglos electrónicos; su voz a veces se erige fantasmal y otras veces parece poseída por el espíritu de un viejo vicioso.

Dusk + Blackdown “Margins Music”

Compuesto como una oda narrativa a la vida en los márgenes de la urbe, “Margins Music” supone también un paso más en el camino de un dúo que en estos cuatro últimos años ha sido protagonista del dubstep. Un paso que por un lado cierra el ciclo, pero por otro se apoya en los fundamentos del género para su defunción. El frenesí sonoro y vital que sirvió para identificar a la electrónica londinense se mantiene, aunque de incitador al baile pasa a trazador de imágenes. Ya no sólo se trata de clubs o fiestas, sino de los mercados matutinos donde la clase trabajadora comprueba su sino entre cajas que ensucian las calles, del color de piel que te convierte en sospechoso, del frío húmedo en una estación de metro atenazando los sueños en silencio.

Mount Eerie “Lost Wisdom”

En realidad las composiciones de Phil Elverum siempre apelan a los sentimientos más primarios: nacer, vivir, amar, tener miedo, morirse de amor, amar hasta la muerte, querer morirte, desaparecer al fin. Su “Lost Wisdom” es toda una obra maestra del folk melancólico que entre el mejor Leonard Cohen y los guiños al primer disco de Simon & Garfunkel te enseña que es posible improvisar y ser feliz escuchando canciones tristes.

Damien Jurado “Caught in the Trees”

Covertido en amante, víctima o espectador, Damien Jurado mide la distancia que va de la mentira al arrepentimiento, estancado en el momento en que el amor pierde color, reconstruyendo escenas que son pruebas, instantes o derrotas en un álbum que ha calmado la culpa que asolaba al cantautor de Seattle para darle voz al rumor de personajes que interpreta en primera persona.

The New Year “The New Year”

En “The New Year” el piano gana espacio y funciona como la base de canciones que apuntan a un significado común tomadas en conjunto. Este disco es un paso hacia una honestidad diferente para Matt y Bubba Kadane. Una visión sobre el paso del tiempo, la soledad, el placer frustrado y la necesidad de sentirse cercano a alguien. Habla de la felicidad en tercera persona, siempre en claroscuro.

Kanye West “808s & Heartbreak”

"808s & Heartbreak" se apoya en dos elementos de estilo: las voces grabadas con AutoTune (una especie de vocoder), y las bases y los poquísimos samples que se disparan desde una Roland TR-808, caja de ritmos a la que devuelve su finalidad inicial: la de registrar demos. Aunque se abandona en las rimas (¿sus peores?), logra acercarse a la verdad como nunca. Es su más fría, pero también su más confesional, colección de canciones.

Sigur Rós “Með suð í eyrum við spilum endalaust”

En ocasiones parecen Radiohead en un universo paralelo, en una dimensión en la que Thom Yorke todavía no ha publicado un disco en solitario, pero eso de combinar shoegazing, minimalismo y aires etéreos puede generar monstruos. Sigur Rós van más al grano que nunca.

Erykah Badu “New Amerykah Pt. 1 (4th World War)”

“New Amerykah Pt. 1 (4th World War)” es el inicio de una trilogía que Erykah Badu piensa cerrar antes de un año en la que intenta catalizar el momento social de la actualidad: hay llamamientos a la Nación del Islam, criticas a los sistemas de sanidad, educación y prisiones de Estados Unidos, recuerdos del huracán Katrina, retratos de adictos a las drogas. Un disco variado y prieto como un puño que expande los límites del hip hop, porque hablar sólo de este estilo es quedarse con la mitad de la historia.

Why? “Alopecia”

Yoni Wolf no necesita cantar más afinado, tocar mejor o estar de moda. Le basta con todo lo que tiene que decir sobre una realidad tan decididamente bizarra como la que escupe en cada palmo de “Alopecia”. Es la mezcla de un pop hecho con los despojos de un recopilatorio de muchos y muy grandes éxitos que vuelven a la vida (malolientes y tambaleantes, claro) con la cadencia y el ritmo natural de esa voz con la que el ex-cLOUDDEAD remata sus frases. Un diario más paranoico, perverso y culpable, estancado en la idea de un final desagradable; abducido por un sonido tan fuerte y engordado, lleno de vértigo.

Grouper “Dragging a Dead Deer Up a Hill”

Gracias a un puñado de discos y colaboraciones (con Xiu Xiu, con Inca Ore…) y sobre todo de la mano de este “Dragging a Dead Deer Up a Hill” Liz Harris ha definido su sonido sobre la base de las capas superpuestas, las voces susurrantes, los efectos, los pedales, las estructuras delicadas, las letras sobre el amor y la pérdida, los ecos que viajan de una pared a otra, dentro de una cueva o en el interior de un acantilado. Ella está viva, respira, tiene órganos internos, entrañas que laten como las de los demás. Se siente humana.

DJ/rupture “Uproot”

DJ /rupture llena sus sesiones de nombres que nunca antes habías escuchado, y lo que consigue siempre es que esa libreta en la que van apuntándose las tareas –escuchar mas de X, comprarse el maxi de Y, buscar información de Z– acabe siempre llena de nuevos renglones. Según los créditos de “Uproot”, el mix-CD se grabó en septiembre del año pasado, lo que significa que hace doce meses /rupture ya estaba al corriente del dub digital de Clouds y del dubstep fantasmagórico de Moving Ninja, por no hablar de Nokea, Istari Lasterfahrer, Ekstrak, Dead Leaves o Jenny Jones. Escuchar a /rupture siempre es una experiencia física, no se debe olvidar, pero también es como ir a clase, abrir los libros y ponerse a hacer los deberes.

Portishead “Third”

La vuelta al mundo de los vivos –los que siguen sacando discos- de Geoff Barrow, Beth Gibbons y Adrian Utley les ha devuelto la ilusión por seguir haciendo música –o así lo expresaron hace algunos meses en el blog de su página oficial- y la necesidad de expresar otra vez la angustia que recorre cada centímetro de “Third”, un tercer disco que ha tardado diez años en llegar, agolpando complejidad y formas más enredadas que dejan el término trip-hop en las antípodas de lo que está pasando ahora.

Sr. Chinarro “Ronroneando”

Las canciones de “Ronroneando” han devuelto a Antonio Luque sobre los espacios sin luz y la pista de una poesía sustentada (más que nunca) en una vista única del paisaje (o de las cosas) y las ganas de reírse de uno mismo sin convertirse en algo autoparódico. No hay nada patético, pusilánime, rancio o sombrío en él: sólo su propio genio.

Foals "Antidotes"

El verano pasado irrumpieron en nuestra vida con "Mathletics", un vídeo que, siendo sinceros, nos dejó bastante descolocados, como lo hacen las bromas serias, y les perdimos la pista hasta que en febrero nos encontramos una copia de la revista Mojo abandonada en un tren. La publicación le daba una alta puntuación a "Antidotes", con una crítica tan bien articulada que era imposible creer que los de Oxford eran otro bluff de los muchos que surgen en el Reino Unido cada año. Morbo y curiosidad nos llevaron de inmediato a comprar el disco. Tras la primera escucha caímos fulminados. Sonaba al segundo disco que Bloc Party tenían que haber parido, y a Battles en canciones como “Red Sock Pugie”, “Heavy Water”, “Two Steps, Twice” o la tremenda “Big Big Love (Fig. 2)”, porque se acercan al rock progresivo de la misma manera que lo hacen ellos y otros grupos como Holy Fuck. Lo que los diferencia de todos ellos y de grupos de post-rock y dance-punk que a estas alturas ya huelen, es el enfoque pop que dan a todas y cada una de las canciones aún cuando tienen progresiones, arritmias, y muchas más partes que el típico estribillo-verso. “Antidotes” es un cóctel de guitarras inusuales, ritmos de baile, feedback y un teclado que lo puede todo. Sin duda uno de los mejores debuts del año, de un grupo al que todo el mundo debería ver en directo por lo menos una vez en su vida porque sus canciones alcanzan otra dimensión progresiva y experimental en la que es imposible dejar de bailar.

Crystal Castles "Crystal Castles"

Ethen y Alice son famosos porque jamás le han dicho la verdad a los medios. Son tan recalcitrantes y punk que a menudo decepcionan a quienes los conocen en persona –empezando por fans–, y aunque la blogosfera en compañía de algunos medios se han esforzado por terminar con la carrera de estos canadienses usurpadores del 8bit y el arte gráfico ajeno, poco le ha interesado a los melómanos menos exigentes. No cabe duda que éste es el nuevo punk, el ácido de la generación digital. Nos duele en el alma decirlo porque no somos unos chavales neo góticos con zapatillas picudas, ni pijos excesivamente coloridos, pero sin Crystal Castles el 2008 habría sido muy, muy aburrido, al menos para los medios, los clubes, y miles de chavales post-emo del la www circa 2006.

Lil Wayne “Tha Carter III”

Con la comunidad hip hop entera rendida ante sus rimas, Lil Wayne ha superado la barrera que le separaba del gran público con más de un millón de copias vendidas de “Tha Carter III” en su primera semana en las tiendas. Pero el ruido de las cajas registradoras no resuena tanto como la voluntad de seguir creando –recientemente a confirmado los planes de reeditar “Tha Carter III” junto a un buen puñado de temas nuevos- del que es ya el estandarte indiscutible del rap del siglo XXI.

Vampire Weekend “Vampire Weekend”

Seguramente que de todo lo que se ha hablado sobre Vampire Weekend en estos últimos doce meses queden más en el aire detalles como la ropa cara y las maneras discretas de estos cuatro estudiantes de Columbia y su apropiación de parte del sonido que se ha cocinado en África en las últimas décadas que lo que verdaderamente importa: las canciones de uno de los discos más refrescantes de los últimos tiempos. Puede que al hombre blanco le guste lo exótico, pero nada le gusta más que el pop, y de eso Ezra Koenig y los suyos saben un rato.

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