Reportajes

Los mejores discos de la década. 4ª Parte

Del 20 al 1

20- Björk: Vespertine (One Little Indian, 2001) “Mis auriculares me han salvado la vida / tu cinta me ha encantado hasta dormirme”. Éste es el estribillo de “Headphones”, canción de 1995 –del álbum “Post”–, que ya contenía el germen de “Vespertine”: sólo había que cambiar la cinta de casette por el iPod, que estaba al caer, y subir el volumen. ¿Qué había estado escuchando Björk entre la confección de “Homogenic”, gloria orquestal, y esta fantasía de naturaleza, rocío de la mañana y paisajes extraterrestres? De la participación de Matmos, Thomas Knak (Opiate) y Martin Console se deduce que el primer indie-pop conlaptops, el que estaban haciendo sus paisanos múm, o The Notwist: pop en miniatura y entre las brumas del sueño, con descripciones de espacios agradables –el locus amoenus medieval, quizá, entre arpas y campanillas– y un uso de la electrónica digital, los clicks’n’cuts más finos del momento, para reivindicarse como pionera y reina de facto de la emergente indietrónica.

19- Clipse: Hell Hath No Fury (Arista, 2006) “Lord Willin’”, su predecesor, tiene los hits; “Hell Hath No Fury” tiene la actitud. La cabezonería y atrevimiento inconsciente de un grupo que podía haber optado por una vía mucho más asequible para el gran público tras el éxito de singles como “Grindin’” es el primer gran atributo de un disco que, además, atesora una de las producciones musicales más radicales y acongojantes del hip hop moderno. El sonido minimalista, sin melodías, con beats duros y cortantes se adapta a la perfección a la crónica a pie de calle de una vida dedicada en exclusiva a los trapicheos, el tráfico de cocaína yel modus vivendi de cualquier hustler contemporáneo.

18- Godspeed You Black Emperor!: Lift Yr. Skinny Fists Like Antennas To Heaven! (Kranky, 2000) Las Torres Gemelas no habían caído por entonces, pero el segundo disco de la comuna canadiense –situada estratégicamente en los márgenes de la izquierda protestataria, y antisistema– ya anticipaba lo que podría considerarse una edad oscura de occidente. Bush no se había sentado aún en el despacho oval, pero Godspeed You Black Emperor! estaban por la labor de sugerir unos tiempos de tiranía global liderados por Estados Unidos. Pero más allá de las greñas y la costra de suciedad en su piel, y de un discurso político que ya parece superado, GYBE! asombraron con el doble CD que lanzó al moribundo post-rock a una segunda edad de plata, ésta no a partir de la fusión de electrónica y bajos y del uso incorrecto de las guitarras, sino construyendo largas y densas secuencias instrumentales que suben y bajan, que erigen un monumento épico para, acto seguido, demolerlo con golpes furiosos de electricidad y misticismo religioso. Una montaña rusa emocional, de una intensidad insoportable, que roba el aire.

17- Stars Of The Lid: And Their Refinement Of The Decline (Kranky, 2007) Cuando nació el post-rock, Stars Of The Lid ya estaban ahí, junto con Tortoise, Rachel’s y, sobre todo, Labradford. Labradford fueron evolucionando poco a poco hacia la música clásica contemporánea –tras una borrachera de Arvo Pärt y Henryk Górecki–, pero su aventura se quedó truncada antes de alcanzar una cima. A Stars Of The Lid, en cambio, les dio tiempo suficiente para ir puliendo los defectos de su ambient intoxicado con clarinetes y cuerdas hasta llegar, casi quince años después de destaparse como uno de los referentes de Kranky, a la cumbre del post-rock ambiental,ahora ya disfrazado de la mejor esencia neoclásica. Ambicioso como pocos otros discos de su cuerda, “And Their Refinement…” se divide en dos partes: el primer CD es frágil y suave, es un eficiente masaje ambiental que induce a un dulce coma, pero el segundo, algo más atonal, invadido por los oboes, con las notas trastocadas de lugar, es el giro desasosegante y desarmante que necesitaba el cojunto. Una experiencia que hay que vivir a solas y de noche.

16- Arcade Fire: Funeral (Merge, 2004) Debut seguro de sí mismo, dinámico y de emociones compulsivas, “Funeral” puso en el mapa indie a uno de esos grupos que ya desde su primera señal de vida transmiten las sensaciones y los ademanes de las bandas destinadas a ser más grandes de lo que a ellas mismas les gustaría. Con una poderosa base rítmica, instrumentos de cuerda y una excitante mezcla de folk, pop de cámara y rock épico, los canadienses convertían el drama y la tragedia post-romántica en el vehículo de una puesta de largo a la que muchos ya definen como el “Ok Computer” de esta década.

15- Cannibal Ox: The Cold Vein (Def Jux, 2001) Y de repente el hip hop abstracto o “marciano” se volvió físico, agresivo, violento, orgánico y, sobre todo, callejero. En su primera gran obra maestra post-Company Flow, El-P armó una producción infernal a base de beats obesos, imaginería sci-fi, sintetizadores nucleares, añadidos electrónicos y sonidos barrocos que logró unir su visión caótica y post-milenarista del hip hop con los intereses y gustos de la escena, siempre reticente a esta variación cerebral. A la artillería sonora se le sumaron las admirables aportaciones líricas y vocales de Vast Aire y VordulMega, dos MCs atípicos y conflictivos que nunca llegaron a grabar la ansiada continuación de esta bomba de racimo.

14- LCD Soundsystem: Sound Of Silver (DFA-Emi, 2007) Si aceptamos que el primer disco de LCD Soundsystem prometía más de lo que finalmente dio –aunque no fuera en absoluto un mal disco, ni siquiera decepcionante–, entonces está claro que “Sound Of Silver” fue una metáfora del acto de sacarse la espina, que penetra en la carne, duele y hace sangrar. Catarsis disco-rock como pocas, la del segundo asalto de James Murphy y sus amigos tuvo cuidado de fortificar todos los puntos débiles para presentar a la afición hipster el disco que estaban esperando, una gravación que al principio convencía y que con el tiempo ha ido venciendo porque, másallá del hype de DFA y la fusión de música disco, electro, punk y krautrock, lo que Murphy siempre tiene por debajo son buenas canciones: “Get Innocous!” citando de refilón a Kraftwerk, “All My Friends” empezando como Steve Reich y acabando como unos Joy Division eufóricos, los zarpazos de “North American Scum” que recuerdan a Suicide… La cúspide de la escena guapa de Nueva York.

13- The Avalanches: Since I Left You (Modular-XL, 2001) Alguien dijo, uno de esos oráculos de pacotilla que hacen bulto en el mundo, que este disco no aguantaría “ni cuatro meses” en nuestros reproductores. Han pasado casi diez años y el primer álbum –y único, e insuperable– del sexteto australiano The Avalanches sigue asombrando como la primera vez, inflamando el corazón de felicidad. Con el sampler como única arma y toneladas de vinilos de deshecho, “Since I Left You” es una misiva apasionada a lo más básico de la cultura popular. Como Daft Punk in love, las piezas de este mosaico lo mezclan todo –ópera, soul, sevillanas,Madonna, pop ochentas, house, lounge y mucho más– en una telaraña fascinante. Nadie lo ha superado y puede que ya no se consiga jamás.

12- J Dilla: Donuts (Stones Throw, 2005) Independientemente de los condicionantes trágicos que le han marcado desde el primer día, “Donuts”, publicado muy poco tiempo después de la muerte de J Dilla, es el gran golpe de genio del productor de Detroit y un referente decisivo en la evolución de la vertiente instrumental del género, así como en el nacimiento de nuevas corrientes o nuevos artistas relevantes en la actualidad (el caso de Flying Lotus, por ejemplo). Creado entre rachas incansables de trabajo en su último año de vida, con cientos y cientos de samples volcados, cortados, retocados y reformuladoscon mano maestra, beats históricos desperdiciados en fogonazos de minuto y medio y un concepto de cajón de sastre en apariencia casual pero estilísticamente coherente y sólido, “Donuts” es el testamento más vivo, vigente y emocionante de la década

11- Panda Bear: Person Pitch (Paw Tracks, 2007) El último disco en solitario de Noah Lennox al margen de la disciplina de Animal Collective ha sido de crucial importancia para construir una nueva estética para el indie-rock americano. El grunge y el lo-fi –pese al revival actual– son ya el pasado, y el futuro está en una reconstrucción del lenguaje de la psicodelia tomando el folk como base, el pop como objetivo, y la electrónica como medio. Panda Bear arma canciones soleadas que podrían ser las de The Beach Boys hoy, las viste con sonidos que podrían ser los de Fennesz y las lanza a un público rockero anonanado que seidentifica con el mensaje, pero se queda en shock ante las formas. Sin “Person Pitch”, el impacto de “Merryweather Post Pavillion” no hubiera sido posible. ¿El huevo o la gallina? En este caso, la gallina. 10- Ghostface Killah: Supreme Clientele (Epic, 2000) Poseído por el espíritu de Marvin Gaye, James Brown y Curtis Mayfield, Ghostface Killah se ganó el respeto eterno de los headz con la publicación de este disco, gran foco de resistencia del hip hop neoyorquino en plena crisis de identidad del rap ortodoxo y soberana reivindicación de los samples de soul y funk como parte fundamental en la construcción de un discurso tradicional y fiel a las leyes y los métodos creativos del género. Exultante, poderoso, puro fulgor negro, con poso histórico, emoción callejera y largo recorrido más allá de la coyuntura, “Supreme Clientele”también pasará a la historia como el mejor título de Ghostface hasta la fecha, como la mejor referencia del entorno Wu-Tang Clan surgida en el siglo XXI y, por encima de todo, como la máxima influencia del mejor disco de hip hop de la década, “The Blueprint”.

9- Sigur Rós: Ágaetis Byrjun (Fat Cat, 2000) El triángulo mágico del post-rock en esta década está formado por “Cold House”, de Hood, “Rock Action”, de Mogwai y, por supuesto, “Ágaetis Byrjun”, el segundo álbum de Sigur Rós. Éste llegó primero, de hecho, y provocó una conmoción entre la población indie, que descubrió a un grupo abstraído de cualquier lazo ortodoxo con el rock, con un cantante de voz aguda, letras inventadas y gusto por los desarrollos largos y dilatados. Los islandeses proponían un acercamiento entre un concepto de cierta ascendencia rock, con una base rítmica sólida que no escatimabaen subidas y bajadas de intensidad, a medio camino entre el rock progresivo y el post-rock de la época, y una clara influencia de la música contemporánea, expuesta con arreglos de cuerda y atmósferas a caballo entre la new age menos mística y el ambient más melódico. Superdotados a la hora de transmitir emoción extrema y sumir al oyente en un estado de catarsis permanente, Sigur Rós ofrecían aquí el paso de gigante que necesitaban para salir de las fronteras nórdicas y establecerse como el grupo de post-rock más longevo y exitoso de estos diez años.

8- Kanye West: Late Registration (Roc-A-Fella, 2005) Si con “The College Dropout” Kanye West se planteó, y lo consiguió, asestar un golpe de efecto a la escena hip hop, con “Late Registration”, consciente ya de que el género se le había quedado pequeño, aspiraba a conmocionar el mundo de la música pop. El gran mérito de todo el proyecto reside en la manera en cómo el productor y rapper expande las posibilidades de su discurso musical sin traicionar su estética y su propio sello, cómo avanza hacia una suavización de su propuesta sin añadirle mermelada. Así es como logra que Adam Levine, cantante de Maroon5, Jamie Foxx o Brandy no parezcan fuera de contexto ni fuera de lugar, ni tampoco que se tenga la impresión de que se han escrito canciones específicas para ellos para darle un enfoque más comercial. Idéntico proceso se vive con los múltiples arreglos de cuerda, la introducción de instrumentación o la colaboración en el estudio de Jon Brion: piezas complementarias y novedosas dentro de un engranaje preciso, profundo y coherente que durante buena parte del recorrido flirtea con la más pasmosa genialidad.

7- M.I.A.: Arular (XL, 2005) Se podría hablar durante horas del porqué de la pujanza de la música del tercer mundo en el lenguaje occidental. ¿Nos gusta el exotismo? ¿Es una forma de sentinos mejor después de haber invadido medio oriente próximo? ¿Está en conexión con el fenómeno del turismo low cost y los destinos veraniegos en el Asia subdesarrollada? No importa: “Arular” es, sobre todo, fruto del turismo musical, un fenómeno nuevo que persigue ritmos infecciosos fuera de las grandes urbes del mundo rico, y en el que Diplo ha sido un pionero. Aprovechando que estaba amancebado con M.I.A. –pielzaína, con origen en Sri Lanka y estudios de arte en Londres–, juntos y en colaboración con productores de la escena grime y dancehall le dieron forma al primer y mejor manifiesto para una nueva música global citando entre sus temas al favela funk carioca ( “Bucky Done Gun”) y a las diferentes variedades surgidas del rap en los guetos de medio mundo –Atlanta, Kingston, Londres–. M.I.A. despacha letras políticas y flow de tigre mientras por debajo suena electro, crunk, ritmos de bambú y la tecnología al servicio de la primera electrónica global.

6- The Knife: Silent Shout (Rabid, 2006) ¿Es pop o electrónica? Hay preguntas que no tienen respuesta, porque lo que aquí se sacaron de la manga –de su túnica– los hermanos Karin y Olof Dreijer se escapa a cualquier catalogación conocida. En efecto, hay sintetizadores fríos como el hielo y cortantes como un sable, tonos de oscilación mareante y unas texturas –rugosas y pulidas a la vez– que pueden hacer pensar en el post-techno de grupos como Pan Sonic. Es, posiblemente, el disco que haría Plastikman si tuviera que contratar una cantante. Pero estas comparaciones se quedan cortas, porque “Silent Shout” va más allá. La voz de Karin, que es bastante björkoide y operística, alude a bosques y glaciares, y todo el disco tiene un punto extemporáneo y extraterrestre que sólo se concibe como es debido situado en otras tierras, en otros planetas, quizá. Instantánea de un paisaje de fantasía, pero a la vez con canciones y melodías de lo más terrenal, The Knife no sólo sacaron aquí un disco único al que ni siquiera la respuesta en solitario de Karin como Fever Ray se le acerca, sino un disco desasosegante, extasiante, que equilibraba en la balanza de las certezas el peso de las dudas. Junto con el boom de la novela negra, el mayor fenómeno cultural que nos ha dado Escandinavia en esta década es The Knife.

5- Daft Punk: Discovery (Daft Life-Virgin, 2001) Hubo fans que presentaron reticencias al principio. Era normal. “Homework” (1997) había sido la perfecta proyección del house hacia el mainstream, y a cada minuto que pasa se va ganando la condición de mejor disco de baile de la era moderna. Y “Discovery”, sencillamente, fue un cambio tan súbito –comandado por las trompetas filtradas y el deje meloso en la voz (¡con autotune!) de Romanthony en “One More Time”– que nos pilló con el calzón a media asta. Pero empiezan a sucederse los hits, uno tras otro, en aplastante sucesión lógica, y “Discovery” empieza a atraparte en unared pegajosa de azúcar, euforia desatada, sano sentido de la vergüenza, acudiendo a referencias uncool para la época como el electrofunk a lo Cameo o los solos de heavy metal en “Aerodynamic” –si The Avalanches hiceron la versión fina, Daft Punk se atrevieron con la difícil, la versión gruesa– que han acabado creando escuela. Disco meteorito en su día –vino del espacio, como los protagonistas del musical anime que llegó después, “Interstella 5555”–, diferente a todo lo que existía, “Discovery” no se conformó con ser raro y consiguió lo imposible: crear una escena y un sonido desde cero que alcanzaría su cumbre, seis años después, con la respuesta de Justice. Eso sí, no lo superará ni el tato, eso está clarísimo.

4- The Streets: Original Pirate Material (Locked On-679, 2002) Es el mejor debut de la década. Las razones son tantas que no habría espacio para detallarlas todas, pero ahí van algunas: primero, las letras, demasiado inteligentes para lo que eran entonces los discos de rap, y sobre todo el rap inglés, incapaz de encontrar una respuesta al de sus homólogos yanquis. Y llegó Mike Skinner, el geezer perdedor sin una libra en el bolsillo, que vive en una ratonera y se alimenta de McDonald’s, y se lanzó a poner negro sobre blanco su vida y sus penas, sus frustraciones y sus alivios fugaces en un club, sus paseos abatido por la noche rumbo acasa, donde sólo le espera la X-Box y un horizonte sin futuro, en el que sólo hay peleas en la calle, robos de cartera y un pálpito de esperanza. Segundo, el sonido: mientras el garage inglés, por entonces, se descomponía en peleas de gallos gangsta –So Solid Crew y demás chusma–, The Streets optó por bases ágiles salpicadas de pianos, cuerdas y melancolía, adecuadas para quien habla de “sexo, drogas y estar en el paro” y no de ir violando por ahí a la gente. Y si sumamos el songwriting al soundwriting y a la poesía costumbrista, además del momento crucial en que un disco así era necesario, tenemos a The Streets en la cima de su creatividad. Emocional, urbano y con canciones que merecen una mención: “Let’s Push Things Forward” y su trompeta, el ska de “Dont’ Mug Yourself”, el final destrozado con “Weak Become Heroes” y “Stay Positive” “Original Pirate Material”, obra en loor a la música (y la vida) urbana inglesa, es demasiado bueno para ser verdad.

3- Jay-Z: The Blueprint (Roc-A-Fella, 2001) El 11 de septiembre de 2001, fecha de publicación de “The Blueprint”, cayeron las Torres Gemelas y cayó la dictatura del bling bling. Mientras miles de bomberos luchaban por su vida para salvar la de otros, el hip hop empezaba a digerir un cambio de rumbo trascendental, un punto de inflexión, una nueva fluctuación expresiva que ha tenido una importancia primordial en esta década que ya dejamos atrás. En medio de una vorágine de bounce rap, revueltas sonoras sureñas, pop-rap y supremacía mediática de un sonido electrónico, facilón, digitalizado, el gran Rey del género, el único tipo capaz dealterar dinámicas por sí mismo, decidió dejar atrás todo eso, contratar a dos productores debutantes, Kanye West y Just Blaze, y volver a la esencia, al hogar materno del rap: banda sonora de soul y funk, bases elaboradas a partir de samples y beats analógicos, letras con poso y sentimiento e intención clara y deliberada de firmar un clásico para la posteridad. En nueve años nadie le ha podido hacer sombra.

2- Radiohead: Kid A (Parlophone, 2000) La única salida posible después de “Ok Computer” era algo parecido a esto. Radiohead venían de firmar la obra definitiva del pop de los 90 y la idea de perfeccionar ese legado o prolongarlo con algunos añadidos no hubiera tenido sentido. No si te llamas Radiohead y eres el grupo de rock más importante de los últimos veinte años. Quizás por eso “Kid A” arranca con “Everything In Its Right Place”, una preciosidad minimalista en la que no intervienen guitarras, baterías, bajos o cualquier otro elemento propio de una base rítmica tradicional: quien esté buscando un nuevo “No surprises”,venía a decirnos, mejor se va a otra parte. Y así, de esta guisa, en la mayor parte del álbum, con algún caso memorable de ruptura con cualquier ortodoxia rock como el inserto ambient de “Treefingers” o el ramalazo warpiano de “Idiotheque”, aún hoy la mayor gloria compositiva de los británicos. Maltratado en su momento por el público rockista de la formación, que ahora tararea sin problemas sus canciones cuando las interpretan en vivo e incomprendido por un sector amplio de la crítica musical (todavía se recuerda con especial estupefacción aquella boutade de un plumilla patrio que aseguraba que “The Bends” era mejor disco que “Kid A”; imaginamos que hoy seguirá enrojecido de vergüenza), el disco gozó y goza de la veneración de aquellos a los que el baile de referencias que influyeron decisivamente a Thom Yorke y compañía (de Autechre a Aphex Twin, pasando por Boards Of Canada, Kraftwerk, Can o el free-jazz) no suponía ninguna sorpresa y de la admiración incondicional, entregada y emocionada de aquellos a los que nos llegó profundamente al alma que una banda de su estatus y trayectoria apostara decididamente por un disco electrónico heredero de Warp, ajeno a cualquier connotación de música popular. Por algo es nuestro disco de “rock” favorito de esta década.

1- Burial: Untrue (Hyperdub, 2007) Si lo que encontró en los temas de su primer disco, “Burial” (2006), fue un sonido característico –con un drum break chasqueado, ahogado entre ambientes difuminados de luz y ruido a lo lejos, en la soledad de la noche–, lo que aquí adquirió William Bevan con su segundo y desarmante álbum fue la perfección a la hora de plasmar en música el estado de ánimo más profundo, el de la derrota en la madrugada, aquel en el que el corazón se parte y los párpados caen como paredes de plomo. El estado de ánimo sonámbulo, y no necesariamente depresivo, en el que se confunden lossentidos y todo al fondo es luz blanca, paz y un leve desasosiego. Con “Untrue”, todo eso se vive despierto, con los ojos alerta, con los poros de la piel abiertos: disco de iPod para paseos nocturnos o regresos a casa en bus, con el tiempo desintegrado, éste es también el momento en el que el dubstep certifica su mayoría de edad creativa y comercial. De todos los géneros surgidos del espectro electrónica, el dubstep ha sido el más milagroso, el que se ha afianzado contra pronóstico, y en parte ha sido por la humanización que del bajo denso y el ritmo roto le ha dado Burial en esta fantasmagoría de voces filtradas, con el pitch modificado sobre la marcha, que ora son espectros, ora ángeles. Equivalente en este decenio a los grandes discos derrumbados de otras eras –el que le cae más cerca sería el “Dummy” de Portishead por afinidad de sentimiento, no de sonido–, “Untrue” es la mezcla entre el ambient granulado de Pole y el dubstep distópico de Kode9, del dub hipnótico de Basic Channel y los espíritus del hardcore continuum inglés, con citas subliminales a Photek, Dillinja, Goldie y al padrino del garage americano, Todd Edwards, a la vez que se filtran detalles de The Caretaker y de todo lo bello, misterioso, sobrecogedor y sobrehumano que nos ha dado la música off-club en estos años. Del soul imposible de “Etched Headplate” al ambient solitario de “In McDonalds”, del abrupto final de “Raver” al paseo celestial de “Archangel”, todo “Untrue” es un pulso a la eternidad. Pulso que, claro es, con un golpe suave de muñeca, lo gana fácilmente.

TERCERA PARTE de la lista, del 50 al 21. SEGUNDA PARTE de la lista, del 100 al 51 . PRIMERA PARTE de la lista, del 200 al 100.

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