Reportajes

Los mejores discos de la década. 3ª Parte

Del 50 al 21

50- Eminem: The Marshall Mathers LP (Aftermath, 2000) A pesar de sus evidentes intereses de conquista mainstream, “The Marshall Mathers LP” sigue siendo, con los números encima de la mesa, el disco de hip hop más relevante, aunque no el más brillante, de la década, no sólo por ratificar con ventas millonarias el estatus de pop-star de Slim Shady, por ensalzar su talento irrefrenable para la rima –ahí queda “Stan” para el recuerdo– o por reflotar comercialmente a Dr. Dre, sino, sobre todo, por inyectarle grandes dosis de controversia, polémica e inagotable repercusión mediática internacional al rap de nuestros días. 49- Crystal Castles: Crystal Castles (Last Gang-Pias, 2008) Los Sex Pistols del chiptune, y para quien necesite que se aporten las pruebas para corroborar esta aventurada aseveración, que recuerde el concierto del Sónar de 2008, en el que reventaron el sonido y acabaron a hostias con un gorila de seguridad. Crystal Castles son la cara mainstream de la música de videojuegos, que en manos de los de Toronto se convierten en una cosa fashion, aceitosa, vestida de chupa de cuero y trapos American Apparel, como mezclar al Comecocos y al Manic Miner con el conseje de la redacción de Vice en NY. Y más alláde la pose, las programaciones son retorcidas y las canciones obra de un tarado.

48- Mordant Music: SyMptoMs (Mordant Music, 2009) Al fin, casi una década en el underground ha salido a la luz de la manera en que se merecían. Los esquivos Mordant Music, equilibrio académico entre mal rollo dark y exploración rítmica off-club, condensan en “SyMptoMs” su ideario sonoro acudiendo a fuentes industriales como Coil o Current 93 a la vez que a autistas de la electrónica como Autechre o Shakleton, y haciendo de cada tema un viaje, y de todo el disco una apasionante aventura para oídos valientes.Y todo ello, teñido de gris hauntológico, para redondear lo sobresaliente.

47- Antony And The Johnsons: I Am A Bird Now (Secretly Canadian, 2005) Antes de caer en las redes de Isabel Coixet, Antony Hegarty ya era una celebridad en los ambientes bohemios neoyorquinos y uno de los personajes más fascinantes del panorama arty de la Gran Manzana. Aunque ya tenía otro disco publicado anteriormente, el público, primero indie y luego ya mainstream, y también la crítica, le descubrieron con “I Am A Bird Now”, soberbia actualización y estilización de las torch songs, baladas desesperadas de desamor a medio camino entre el estándar jazzístico y el desgarro pop, que en boca de Antony alcanzaban una nueva dimensión estética y emocional.

46- 50 Cent: Get Rich Or Die Tryin’ (Interscope, 2003) El debut más anticipado y esperado de estos años en el ámbito hip hop, la revalorización artística y comercial del gangsta rap de la Costa Este, el nacimiento y explotación del rapper total, tan eficiente para vender discos como para vender zapatillas, ropa o bebidas isotónicas o para participar en películas o videojuegos, el asentamiento de un nuevo sonido en el entorno más comercial del género y la primera piedra de un imperio que devolvió a Nueva York su posición de privilegio y máximo esplendor en el circuito musical negro. “Get Rich Or Die Tryin’” representa todo eso y, porsupuesto, también la lanzadera de “In Da Club”, el himno por excelencia de esta generación.

45- Aaliyah: Aaliyah (Blackground, 2001) El disco en el que Aaliyah y Timbaland inventaron el R&B moderno no fue póstumo por apenas unas pocas semanas de diferencia. Sin tan siquiera poder disfrutar del éxito y el reconocimiento que conllevaría la piedra angular de toda una escena y un movimiento, la cantante perdió la vida en un accidente aéreo mientras el mundo se rendía a los pies de una obra que, en vez de ceñirse a patrones consolidados y conservadores, prefirió la vía de escape, el quiebro y la vuelta de tuerca. Beats futuristas, sonidos nuevos, arreglos incomprensibles para la época y unas letras maduras,conscientes y ambiciosas marcaron el inesperado inicio de una leyenda.

44- Plastikman: Closer (NovaMute, 2003) Antes de la fiesta, antes del flequillo, antes de la pijada del twitter-DJ y el culto ciego al gadget, Richie Hawtin alcanzó aquí su cumbre en profundidad, seriedad y proyección hacia la historia del techno. Con sus discos de sesión –en realidad puzzles de bucles trabados como un encaje de bolillos–, como el apoteósico “DE9: Transitions”, aportó una nueva dimensión al arte del DJ, pero con “Closer” propuso un lenguaje mucho más perdurable: minimalista e irrespirable, lento como una tortuga y simple como una ameba, pero a la vez grandioso como un león, este últimoálbum de su alter ego arty, Plastikman, fusionó el dub y el techno post-Basic Channel con gotas de acid y una sensación de caverna oscura que transformó el club de templo de ocio a iglesia pagana. Luego, como ya se ha dicho, llegó Ibiza y Richie se estropeó, pero esta obra maestra es 100% Ibiza-free.

43- The Field: From Here We Go Sublime (Kompakt, 2007) Desde aquí, alcanzamos lo sublime: pocas veces un disco ha prometido tanto desde el título y ha acabado dando el doble en el interior. En efecto, el que fuera el debut del sueco Alex Willner en Kompakt alcanzaba cotas de sublimación, de éxtasis irresistible con una fusión que hasta entonces se había trabajado poco en el terreno techno: el deslizamiento de capas ambientales propias del shogaze y bombos trance con un fondo pop en las melodías. El primer álbum de Kaito tenía el trance, pero no la espacialidad. El ídem de Superpitcher tenía el shoegaze, pero no el trance.The Field lo tenía todo en tracks que despegaban como un globo aerostático y, a los pocos segundos, alcanzaban las alturas de un transbordador espacial. Trabajo hipnótico y bello como pocos, este es uno de los puentes más sólidos que unen los territorios de la electrónica y el indie.

42- Portishead: Third (Island, 2008) El mismo disco de Portishead de siempre, pero distinto. O sea, igual de bueno, igual de sorprendente, igual de virgen como nos sonaron, más de una década atrás, “Dummy” y “Portishead”. Aquí Geoff Barrow y Adrian Utley sacaron a relucir sus influencias en library music y doom metal, buscaron una textura fría y rechinante, y a la vez le extendieron una alfombra suave a la voz angustiada de una Beth Gibbons que, cuando más fuma y más le pega al alcohol, mejor garganta tiene. Para certificar el triunfo, hits imposibles como “Machine Gun” o “The Rip”. Histórico. 41- Lindstrøm: Where You Go I Go Too (Feedelity-Smalltown Supersound, 2008) Todo en este disco horroriza de entrada al anciano: teclados a lo Jean-Michel Jarre, una obertura de casi media hora que explora el cosmos como lo hacían Tangerine Dream con el pulso metronómico de un Cerrone –o sea, ampuloso– o un Moroder –o sea, escapista–. Luego, dos piezas más que completan una hora de viaje galáctico y de vuelta a casa. E incluso los ancianos, pese a sus prejuicios, han tenido que admitir que esta odisea sideral de Lindstrøm es obra de un genio. Nadie ha viajado más, ni más lejos, ni con más aventuras por minuto cuadrado, que el Homero del space-disco. 40- Sufjan Stevens: Illinoise (Asthmatic Kitty, 2004) Segundo capítulo de un improbable proyecto de cincuenta discos, a razón de uno por cada uno de los estados que componen el mapa político y geográfico de Norteamérica, “Illinoise” es la personal interpretación de Sufjan Stevens del Medio Oeste estadounidense y su legado musical. De base folk-pop, pero engalanado con mucho confeti orquestal, arreglos propios del musical y toda una iconografía cinemática de absorbente calado emocional, este es el álbum con el que Stevens se doctoró en la compleja carrera del pop de autor con ascendencia indie y proyección universal.

39- Justin Timberlake: Future Sex/Love Sounds (Zomba, 2006) Del look aniñado y la estética descuidada a los trajes con corbata y los primeros gestos de autor. El segundo disco de Justin Timberlake es mucho más que la continuación de un éxito y una fórmula: es el testimonio en vivo y en directo de un proceso de maduración y crecimiento personal y artístico sin parangón alguno entre sus compañeros de viaje por la alargada estela del pop urbano. Vigilado de cerca por el mejor Timbaland de este periodo, pero ya cómodo con sus arrebatos de productor y compositor, Justin sorprendió a fans y haters con una impecable, vibrante y muycompleja actualización estética y sonora, repleta de hits y videoclips de altura formal y conceptual, que despejó cualquier duda sobre su talento y relevancia.

38- Cut Copy: In Ghost Colours (Modular, 2008) Los sonidos se despliegan ante tus oídos como una serpentina, como una lluvia de confetti analógico. Todas las canciones de “In Ghost Colours”, además de ser de una precisión inconmensurable, llevan implícito un mensaje de optimismo insobornable: lo transmite la voz, lo sugieren la simbiosis entre guitarras y máquinas, e incluso nos dicen que los patéticos New Order de estos últimos años rabian y matarían por haber podido grabar ellos este disco que, cada vez que suena, te dibuja una sonrisa y te eleva los brazos. Pop-dance on fire. 37- Boards Of Canada: Geogaddi (Warp, 2002) Tras firmar el que posiblemente sea uno de los tres mejores discos electrónicos de la era moderna –no diremos el título, lo sabes perfectamente, eres fan–, Boards of Canada no lo tenían fácil para continuar. Sumado a eso su inexcusable pereza, que retrasó el lanzamiento de “Geogaddi” en cinco años, las dudas se cernían sobre los hermanos Sandison, cómodos en su torre de marfil a las afueras de Edimburgo. Pero salió a la calle este “Geogaddi”, con su portada naranja, sus fractales y sus mensajes diabólicos insertos en el minutaje ylos títulos de las canciones –insistieron en que era una broma–, y pudimos respirar aliviados: la electrónica del corazón, infantil y algo espectral –en lo que se avanzaron de largo a corrientes como el hypnagogic pop y la hauntolgy–, y el trasfondo folk del álbum, alcanzaban aquí una nueva cumbre. Sonidos de madera, atmósfera pastoral, beats lentos y refulgentes, melodías ensoñadoras, un fondo de profunda tristeza con un charco de felicidad en el fondo. La electrónica emocional pertenecía a Boards of Canada, y ellos nos lo dejaron bien claro.

36- Villalobos: Alcachofa (Playhouse, 2003) Podría haberse llamado “Cebolla”, porque pocos discos hay con tantas capas –de sonido– que al final te acaben haciendo llorar. La historia de Ricardo Villalobos y este “Alcachofa” es en parte similar a la del “Closer” de Plastikman: fue el disco grabado antes del advenimiento del minimal como nuevo paradigma en la actualidad techno, y también antes de que la fama les colocara como reyes del clubbing extremo. Es el disco de un chileno en Berlín grabando música extraña –entre el house y la IDM, con infinidad de detalles que sólo se pueden escuchar con un microscopiode tímpano– y encontrándose con que, de repente, todo el mundo le identifica con dios. Luego, la fama le llevó a pinchar más, a festejar más, a drogarse hasta por el ojal, aunque eso no supuso en ningún caso una mengua de creatividad: fue a más. Pero con “Alcachofa” Villalobos sentó las bases del nuevo juego, la gramática a partir de la cual se iba a redactar el house moderno. Años después, esta alcachofa sigue emocionando y obligando a verter por el lacrimal. Llorando.

35- Hood: Cold House (Domino, 2001) Magistral volantazo expresivo, tránsito irreprochable del avant-rock depresivo al pop electrónico mezclado con rap experimental, “Cold House” se ventiló de un plumazo dos grandes tótems de la música underground contemporánea: por un lado, a los propios Hood, que después de redescubrirse a sí mismos con esta obra maestra fueron incapaces de superar o igualar semejante brote de inspiración; y por el otro, al post-rock, subgénero que ya por entonces vivía momentos de cambio y evolución y que asistió aquí a un derroche de ideas y desplantes instrumentales que se acabarían convirtiendo en su propia condena.

34- Animal Collective: Merryweather Post Pavillion (Domino, 2009) Animal Collective tendían hacia una progresión lógica como ésta: del folk arty y progresivo de “Feels” a una posibilidad más ensortijada, psicodélica y de mil matices, como la que acabó cristalizando en “Strawberry Jam”. Pero a ese disco, un prodigio de uso del ruido en un contexto accesible, le faltaban las canciones que Noah Lennox (Panda Bear) ya estaba puliendo en su cueva como pequeños rubís. “Merryweather Post Pavillion” es, pues, cuando se juntan el hambre y las ganas de comer, y con un fondo más electrónico y una búsqueda activa de la melodía yla estructura de canción, no sólo han encontrado los neoyorquinos su disco más digestivo, sino también el más atemporal, el que les perpetuará en la historia de los grandes. Que hayan sido el grupo más influyente de la década, como afirman algunos de sus palmeros, es exagerado. Pero que esto sea una obra maestra no lo debe dudar nadie.

33- Programme: L’Enfer Tiede (Lithium, 2002) Desde la introducción, que invoca la imagen de una caída inevitable (¿del mundo? ¿de toda una generación?), “L’Enfer Tiede” se persona como el equivalente musical de Michael Haneke. Un universo sórdido, perturbador, de aspereza radical en el que se exponen los grandes virus y fuentes de conflicto de la vida contemporánea (la soledad, la tensión racial, la pobreza, la desesperación o el colapso del sistema) sin ceder ni un solo segundo del recorrido a la demagogia o al sermón progre.Máxima economía de medios, gestos y palabras; noise-rock con fraseados rap y nostalgia industrial; la repetición y reiteración como metáfora sonora de un universo al borde del abismo; mal cuerpo. El tiempo del lobo era esto.

32- M83: Dead Cities, Red Seas & Losts Ghosts (Gooom, 2003) Cualquiera de sus tres últimos álbumes podía haber ocupado esta posición, pero el fulgor, la majestuosidad, la grandilocuencia bien llevada de “Dead Cities, Red Seas & Losts Ghosts”, el segundo de su carrera, se han acabado imponiendo. La melancolía del shoegaze, la épica del rock sinfónico, la proyección sensorial del rock cósmico y la catarsis melódica del pop de los 80 se buscan y se encuentran en un maremoto de sintetizadores analógicos, guitarras en tensión y voces espectrales que te estremece y te vapulea. Emoción en cascada, a borbotones, sin control. 31- Lil Wayne: Tha Carter II (Atlantic, 2003) Aunque la crítica española más perezosa ha descubierto a Lil Wayne con “Tha Carter III”, al que rápidamente han querido convertir en su obra maestra, es su predecesor el disco clave en la trayectoria del rapper. Musicalmente es un portento, gracias a una ecléctica y muy astuta selección de productores, entre ellos Cool & Dre, Heatmakerz, Robin Thicke o Batman, que ayudan al MC a dar el salto de calidad que se intuía en algunos momentos de “Tha Carter”, todavía marcado por los tics de su primera etapa post-Hot Boys. Y líricamente es, con diferencia, su mejor grabación,un compacto y convincente ejercicio de superación personal que le confirmaba como la gran alternativa a Jay-Z y Nas.

30- TV On The Radio: Desperate Youth, Blood Thristy Babes (4AD, 2004) Con el paso de los años, el art-rock y el art-pop se han convertido en moneda de uso común en el circuito indie y a nadie ya le sorprende que se presente un grupo desconocido, con aires bohemios y canciones angulares, con toda la confianza para comerse el espectro completo del rock marginal. Pero lo que hoy se pueden permitir Dirty Projectors o los últimos Animal Collective ha podido ser porque, antes que nadie, TV On The Radio cortaron la baraja y se colaron, con su álbum de debut, en listas de lo mejor del año y en los primeros iPods que salieron al mercado. No inventaron nada: sólollevaron a un público mayor y exigente su cruce bien elaborado de rock espinoso y electrónica doméstica, creando una burbuja en la que cuelgan noise, synth-pop, rock neoyorquino de vanguardia y algo de gospel como de los cuadros de un museo.

29- Fuck Buttons: Tarot Sport (ATP, 2009) Como ocurría con el sonido cósmico, el trance tenía un mal nombre… hasta que Fuck Buttons le dieron la vuelta y, con pruebas en la mano –este “Tarot Sport” que enciende la sangre–, demostraron que molaba. Piezas de diez minutos de hipnóticas repeticiones, cabalgatas rítmicas propias de Underworld o el techno centroeuropeo de los noventa, murallas de ruido espacial a todo gas, y un sentido de la épica, casi atlética, que obliga al dúo inglés, acompañado por Andrew Weatherall en la cabina de producción, a entender este disco como una carrera hacia lo desconocido

28- DJ Shadow: The Private Press (Island, 2002)El genio del sampler cayó en desgracia con “The Outsider”, pero antes de eso se había dado otra vuelta por el cielo en forma de este segundo álbum que añadía color y dimensión psicodélica al ya lejano “Endtroducing…”. Con un rango de influencias que van de la música electrónica de dormitorio al soul y al blues-rock, pasando lógicamente por el hip hop, DJ Shadow cortaba muestras precisas ir componiendo este puzzle alucinante tintado de noche, de luces de neón, melancolía y recuerdos de viejos fantasmas. Lo hizo sin pensar en nadie nada más que él mismo, y se lo acabó apropiando la eternidad.

27- Mogwai: Rock Action (Southpaw-Pias, 2001) Cuando Mogwai empezaban a repetirse y sentirse acorralados por ellos mismos, por una fórmula que había pasado de la sorpresa a la previsibilidad en muy poco tiempo, “Rock Action” surgió como un revulsivo que se ha acabado imponiendo como su mejor título y como el disco emblema del post-rock de finales de los 90 y el giro de década y siglo. La solución a sus problemas estaba a la vista, pero no era fácil ponerla en práctica: rebajar los decibelios, añadir otro tipo de arreglos, incluir más voces, incorporar un aliento más pop y buscarle los tres piesa la melodía. El resultado de la fórmula, inesperado y bellísimo, convenció hasta a sus detractores.

26- N*E*R*D: In Search Of… (Virgin, 2001) La portada era icónica del nuevo ocio: un negro en calzoncillos, jugando a la consola. En la década en que los videojuegos estuvieron casi a punto de superar al fútbol como opción de ocio global, la panda de The Neptunes hacía esfuerzos con “In Search Of…” por apuntalar la otra revolución, la de establecer el R&B sintético como el nuevo pop. A la larga, toda la escena urban acabó consiguiendo su objetivo, aunque N*E*R*D tuvieron que sufrir un severo varapalo: la versión electrónica del álbum –la buena, la que está en el 26 de esta lista– fue retirada de las tiendas y substituida por otra tocadapor instrumentos reales. Hoy, nadie se atrevería a cometer tal suicidio comercial. Ergo, tenían razón.

25- Luomo: Vocal City (Force Tracks, 2000) ¿Qué es para ti “Tessio”?, le preguntaron una vez a Luomo. Y él respondió: “una canción para la eternidad”. “Tessio”, en efecto, es el tema que sostiene la carrera entera de este finlandés educado en los cuarteles de Chain Reaction –meca del techno dubby y profundo– y que en “Vocal City” despachó un álbum seminal, el comienzo de la era de prestigio del (deep) house microscópico. El álbum se gana el cielo en el detallismo obsesivo y en los aires improvisados, como de jazz futurista, que gasta, pero también por el impulso sexual que late bajo su superficie resplandeciente.

24- Scarface: The Fix (Def Jam South, 2002) Eternamente infravalorado pese a merecer con todos los honores un puesto destacado en el Top 10 de los mejores rappers de todos los tiempos, Scarface encontró en “The Fix” el vehículo ideal para reparar los errores históricos cometidos con su figura. Unión todavía hoy por descifrar entre la esencia del blues, presente en unas letras profundas, sentidas, melancólicas, de una madurez escalofriante, y la emoción del soul, personificada en los samples de un Kanye West en plena borrachera creativa y, en líneas generales, en una producción confabulada para armar unclásico inmortal, esta es la gran obra maestra que el hip hop quiso regalarle al ex miembro de Geto Boys.

23- Outkast: Stankonia (Arista, 2000) En Outkast se puede encontrar resumida buena parte de la música negra contemporánea, y “Stankonia” es la exposición más clara, directa, amena e inspirada de toda su discografía. El cóctel molotov de funk, rap, electro, soul, p-funk, g-funk, crunk, pop o incluso rock que se plantea aquí viaja más allá del melting pot y el crossover para instalarse en una categoría propia, inimitable, de personalidad arrolladora. Disco bipolar, con doble cabeza y doble personalidad, chulesco pero sensual, cómico pero comprometido, aventurado pero con raíces, “Stankonia” es elestallido orgásmico de un tándem condenado a la incontinencia.

22- Jóhann Jóhannsson: Fordlândia (4AD, 2008) La escena neoclásica, superpoblada y repleta de medianías, estaba esperando su opus magna, la obra de referencia que le diera nuevas alas y afán de trascendencia, perdurabilidad, el disco capaz de hacerla saltar a otro nivel. Jóhann Jóhannsson ya lo había intentado con “IBM 1401, A User’s Manual”, su predecesor, pero ese plus de brillantez y derroche de ideas e inspiración lo ofreció con “Fordlândia”, título capaz de competir con la plana mayor de compositores contemporáneos, de perfil más académico, que, además, contiene una compleja y fascinante intención conceptual en el título ylas partituras. Acariciando el cielo, más cerca que nunca de Arvo Pärt.

21- Dizzee Rascal: Boy In Da Corner (XL, 2003) Diecinueve años recién cumplidos, salido del arroyo, ni una puta libra en el bolsillo y un cabreo monumental. Una guarra del instituto le acusaba de haberle preñado, y él respondía en una “I Luv U” furiosa que sonaba como el apocalipsis: ritmos metálicos, inhumanos, casi gabber, y por encima la voz del genuino gángster londinense. Cuando el grime empezaba a hacer chup-chup en las calles, llegó Dizzee Rascal para hacerse con el cetro: un disco autoproducido, rimado con el estómago, más violento que toda la saga “Saw” junta, y revolucionario en el contexto de la música urbana. Cemento y sangre, en el mismo pack.

CUARTA PARTE de la lista, del 20 al 1. PRIMERA PARTE de la lista, del 200 al 100. SEGUNDA PARTE de la lista, del 100 al 51 .

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