Reportajes

Pudieron ser deportistas de élite… pero prefirieron no hacerlo

Desde fuera, el deporte de competición puede parecer todo disciplina, fuerza y rectitud. Sin embargo, es mucho más

Alberto iba en moto con su hermano cuando empezó a sentir que se desmayaba. Le pidió que parara y, nada más poner un pie sobre el arcén, le siguió el resto del cuerpo.

Sin embargo, no se asustó. Todo lo contrario. Tendido en el suelo, pensó satisfecho: “Hoy he dado el 100%”.

No había mayor prueba que el hecho de que su cuerpo no hubiera podido resistirlo. Era habitual que, todos los miércoles, Alberto acabara el entrenamiento vomitando pero aquello era ir un paso más allá.

En el deporte de élite, vomitar, desmayarse... cualquier señal de autodestrucción que el cuerpo manifieste puede llegar a significar que se ha logrado trascender sus límites. Significa que ese día puedes irte a la cama sabiendo que has alcanzado la meta.

Aunque esa meta, como puede pensarse desde fuera, no es lograr ser el mejor. Es llegar al final de tu carrera pudiendo decir que has rozado el límite del cuerpo humano.

O al menos eso es lo que se deduce hablando con quienes pudieron llegar a convertirse en los números uno, y prefirieron no hacerlo.

Autoexigencia

Pensemos en el deporte como en una pista de atletismo que, cada día se va alargando un centímetro más.

Alberto Megino tiene 20 años y hace dos que decidió abandonar esa pista. Alberto era velocista, un campeón de España de los 60 metros lisos que aún conserva el mismo cuerpo musculoso y la misma mente obstinada.

Alberto compitiendo para el Barça

No es de extrañar porque, tal y como él mismo explica, el atletismo es más psicológico que físico. En primer lugar, porque es un deporte tan individual que “no puedes evitar darle muchas vueltas al coco”.

“¿En qué pensabas mientras corrías?”

En que me estaba cansando y que, en vez de parar, seguía corriendo”.

“¿Y por qué seguías?”

“Porque era un deber que tenía conmigo mismo”.

Pero, sobre todo, el control mental es muy importante por la misma razón por la que la que lo es en cualquier otro deporte: tu principal oponente no es otro que tu propio cuerpo. Un cuerpo imperfecto que no quiere someterse a los límites que solo la mente es capaz de imaginar.

“Pero por mucho autocontrol que tengas, hay momentos en los que la tensión te puede. Cuando me quedaba solo en un entrenamiento aprovechaba para gritar. También me iba a los lavabos a hacerlo".

Ahora bien, ¿cómo se pasa de ser un niño que se apunta a una actividad extraescolar para pasárselo bien con los amigos a un adolescente que vomita en una cuneta tras un entrenamiento extenuante?

La historia de Alberto es muy común. Podría decirse que él nunca decidió, de forma consciente, ser atleta. Un día se vio corriendo en medio de la pista casi sin darse cuenta.

Un profesor de educación física se dio cuenta de que destacaba en velocidad y le consiguió una prueba con el Barça. Acabó pasando 7 años en el club.

De hecho, llevaba una trayectoria en la que estaba convencido de que, tarde o temprano, habría conseguido llegar a unos Juegos Olímpicos. La cuestión es: ¿por qué lo dejó?

Alberto corriendo para el Barça

Todo empieza siendo un juego. Un hobby con el que te desfogas pero que, cada vez, te va exigiendo más y más hasta que se convierte en un trabajo”.

Alberto empezó a correr con mucha ilusión. Sin embargo, en la cuesta ascendente del deporte es inevitable que llegue un momento en que ese “¡qué ganas que tengo de ir a entrenar” acabe convirtiéndose en un “uff, tengo que ir a entrenar”.

De sobrepasar mis propios límites, llegaron las lesiones que me fueron frenando. Después de una baja, yo siempre volvía con mucha fuerza pero empecé a tener la sensación de que me dejaba la piel y no avanzaba”.

A pesar de las lesiones, es la desmotivación lo que Alberto señala como principal motivo para su retirada anticipada del atletismo.

Estar en un club grande como el Barça exige éxitos y llegó un día en el que se dio cuenta de que ya no estaba cuidándole como antes. Que ahora se volcaba con otros atletas.

Su momento había pasado. 

La última vez que Alberto corrió fue en una final de Cataluña. Lo recuerda como el peor día de su carrera.

Corrí unos 30 ó 40 metros y el isquiotibial se plantó. Me dijo que ya no me dejaba correr más. Me caí y me quedé llorando en el tartán sin poder terminar la carrera”.

Parece una escena sacada de un melodrama estadounidense, pero lo cierto es que Alberto guardó sus zapatillas habiendo cumplido a rajatabla su máxima.

Mi ley era: hasta que las piernas aguanten. Ahora solo de pensar en correr me empieza a doler la pierna”.

“Y hablar de todo esto, ¿te duele?”

“No. Pasé unos años muy felices. Sí que me frustra no haber podido acabar aquella carrera pero lo recuerdo todo como una época de la que me siento orgulloso. Incluso, aunque me pueda doler alguna vez, me gusta sentirlo”.

Decepción

Pensemos en el deporte como en una deuda que, de repente, ya no puedes pagar. Hay muchos momentos en los que te planteas dejarlo todo y volver a sentirte libre pero no quieres que todo el esfuerzo y el sacrificio que has invertido se queden en nada, así que sigues adelante.

Tania Ribas empezó a nadar desde muy niña solo por aprender. Después empezó a participar en competiciones pequeñas y acabó ganando una medalla de Cataluña muy pronto. Eso la motivó a seguir. Sin embargo, conforme iban creciendo las exigencias, vio como sus amigos lo iban dejando uno a uno.

“O bien empezaban a aparecer las lesiones o la gente se quemaba. Cuando haces natación a ese nivel sabes que, por delante, existe un camino muy duro y con unas exigencias muy altas que a lo mejor no te compensan”.

Tania compitiendo

No había cumplido 15 años cuando Tania ya había conseguido medallas de oro, plata y bronce de España y fue llamada a la selección catalana. No es de extrañar lo que pasó después.

Cuando la Federación ve que hay algún nadador que destaca, le propone presentarse a las pruebas para ingresar en un Centro de Alto Rendimiento. Allí puede estudiar, entrenar, comer y dormir sin desconectar de su objetivo. Sin embargo, ella no quería ir.

“El día que hice la prueba estaba rodeada de chicos que iban mucho más rápido que yo. El entrenador era muy duro y estaba cohibida. No me sentía cómoda y sé que lo hice mal. Además, yo ni siquiera quería hacer la prueba”.

“Entonces, ¿por qué fuiste?”

“Cuando empiezas a hacer deporte a ese nivel sientes que tienes la obligación de hacerlo bien y llegar a lo más alto. Si no lo consigues es como si abandonaras o como si no te esforzaras. Da igual que, en realidad, te estés esforzando al máximo”.

Ni siquiera quiso saber los resultados porque ya había tomado una decisión.

Al principio de cada año escolar, pasaba un mes interna allí. Había visto de primera mano las exigencias que había y cómo todo giraba exclusivamente en torno a la natación. A mí me gustaba la vida que llevaba en mi pueblo y sabía que en el CAR no me sentiría en casa y lo pasaría mal”.

“¿Es posible que detrás de aquella decisión estuviera el miedo?”

“No quería ir, en parte por miedo y, en parte, porque sabía que no lo iba aprovechar”.

Tania describe su decepción con el deporte con la metáfora de un vaso de agua que se fue llenando gota a gota mientras descubría que le gustaba nadar pero no competir.

Tania consigue una medalla de oro

Para estar ahí tienes que ser muy competitivo. Conozco a gente que ha llegado muy lejos y que se pone la meta de vomitar al acabar de entrenar. Yo no no tenía ganas de vivir así para llegar un día a una competición”.

Al final, la gota que derramó el vaso la acabó vertiendo su propio entrenador.

Tania siempre le había pedido ir a circuitos para los que el club no tenían suficientes nadadoras. Sin embargo, cuando por fin pudieron formar equipo, no la convocaron.

Era la época en la que Tania ya había decidido priorizar los estudios sobre la natación y su trayectoria ascendente se había detenido.

“Lo viví con mucho desencanto. A mí me daba igual el resultado, yo solo quería ir pero el entrenador no me dejó porque había dejado de superarme”.

Fue el final de su vida bajo el agua. Ahora Tania acaba de realizar Fregant el cel (rozando el cielo), un corto documental sobre antiguos deportistas que, como ella, decidieron dejarlo.

“Cuando presentaba la idea en clase, mi tutora siempre lo enfocaba desde el fracaso porque la mayoría de los deportistas se esfuerzan por llegar y no lo consiguen, pero no es una historia sobre el fracaso... Es simplemente una historia sobre cambiar de camino”.

Dos hermanos gemelos llamados Éxito y Fracaso

Del techo de la habitación de Clàudia Dasca cuelga una bandera de Londres 2012. Por la posición en la que se encuentra debe de ser lo primero que ve al levantarse y lo último al acostarse.

Parece lógico cuando dice que s u objetivo siempre fue ir a las olimpiadas para nadar con los mejores, y sabiendo todo lo que tuvo que hacer para conseguirlo. Aquel año ocurrió. Después lo dejó.

Llevaba nadando desde los 5 años y compitiendo desde los 9. Cada entrenamiento, cada competición era un granito de arena que la acercaba a su sueño.

“Competir a alto nivel requiere un sacrificio constante en el día a día. No puedes salir un sábado a cenar con tus amigas sabiendo que entrenas el domingo; sabes que fallar en un entrenamiento repercute en tu objetivo final”.

Clàudia, a la derecha, con Mireia Belmonte, en el centro

“Y, para soportar ese nivel de presión, ¿no acaba siendo más importante la mente que el cuerpo?”

“Yo diría que se trata de un 40% físico y un 60% mental. En cada entrenamiento se prepara tanto la mente como el cuerpo. Entrenas tu mente a poder rendir en esas condiciones. La verdad que, cuando estamos dentro nos parece que todo lo que hacemos es normal pero, cuando lo dejas, ves que todo eran burradas”.

A pesar de la mente extremadamente racional que Clàudia posee y de haber cumplido fielmente todos los pasos a seguir en su carrera a las olimpiadas, no consiguió clasificarse hasta agotar la última de las tres oportunidades que tenía.

“Cuando no conseguí la marca los dos primeros días, no me lo podía creer. En esos momentos lloras y te frustras porque sabes que no podías haber entrenado más de lo que lo has hecho y no lo entiendes”.

Además, el azar le tenía otra sorpresa preparada. Cuando quedaban solo tres meses para ir a los juegos tuvo un accidente de moto y se rompió dos huesos del pie. Logró recuperarse a tiempo para participar pero, cuando compitió, no estaba en su mejor momento. Se había perdido demasiado entrenamientos y subió de marca. Quedó en vigesimoquinto lugar.

“Entonces, ¿por qué lo dejaste y no volviste a intentarlo en Río?

“Porque sé lo que supone preparar unos juegos, todo el sacrificio... Yo ya había conseguido mi objetivo. Lo he vivido una vez y ya está”.

Claudia aplica ahora toda la disciplina que adquirió durante su época de nadadora a sus estudios de medicina.

Clàudia compitiendo

“Cuando tengo que estudiar pienso que si me podía levantar a las 5 para entrenar, también me puedo levantar ahora a las 6 para estudiar. Los hábitos que te ha dado el deporte los aplicas en otro ámbito pero de la misma forma”.

Mucha gente compagina sus estudios con el deporte de élite.

“Ahora mismo diría que la única que puede vivir de la natación en España es Mireia Belmonte porque tiene muchos sponsors”

Aunque compaginar deporte y estudios, para tener un medio de vida, es una pescadilla que se muerde la cola.

Cuanto más estudies, menos resultados vas a obtener en el deporte y viceversa. Mucha gente se queja de que si dejaran de estudiar conseguirían llegar más lejos y, sin embargo, no quieren. En el deporte siempre está presente ese dilema”.

En unos meses, veremos a los mejores deportistas del momento desfilar en la ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos de Río como si fueran héroes. Los veremos lucir chándales relucientes diseñados para la ocasión.

Una parafernalia que, una vez más, esconderá la cara B del deporte de élite. El sufrimiento, el sudor, el vómito y esa pista que crece centímetro a centímetro sin parar hasta que, algún día, nadie sea capaz de pisarla.

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