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"Si no llego a cometer adulterio, quizás no habría durado tanto con mi pareja"

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La infidelidad, como nunca antes te la habían contado

Kiko Amat

03 Marzo 2015 06:00

(Recientemente nos propusimos llevar a cabo un estudio sobre la infidelidad. El objetivo era analizar y comprender las complejas aristas que envuelven este proceso. Lo que sigue es el testimonio que Sujeto #2, mujer de 36 años, le transmitió a Kiko Amat. Puedes leer la anterior entrega de esta serie aquí)

«Yo tenía una relación de 11 años, desde los diecinueve. Sabía (o pensaba) que él era el hombre de mi vida, me quería casar con él, teníamos el nombre de nuestros hijos, y de repente vi que todo aquello me parecía muy claustrofóbico.

»Empecé a ser adúltera ocasional a partir del cuarto año con él.

»Adúltera regular al sexto año. Y a partir de allí sistemáticamente hasta los 11.

»Fue un adulterio gradual.

»Al cuarto año decidí que valía un beso con otra persona, al siguiente empecé a aceptar más cosas, y de allí hasta que me acosté con alguien por primera vez, y a partir de allí más veces... ¡Es que éramos novios del colegio! Nunca concebí que pudiese enamorarme de otra persona. Un día me dije que el adulterio era la única forma de saciar mi curiosidad sin romper aquello. Lo que yo sentía por él no iba acorde con mi curiosidad natural y lo que deseaba en la vida: conocer otras cosas, crecer, tener otras experiencias y todo eso.



»La cosa siguió y siguió porque no pasó nada. No hubo repercusiones. A mí nunca me han pillado, y cuando eso sucede al final pierdes el miedo. Es así. La primera vez que te das un beso con otro señor, llegar a casa es terrorífico, ves en la mirada de tu pareja que lo intuye. Pero ves que no sucede nada, noche tras noche. Y él jamás lo ve.

»Inevitablemente le quieres más, porque la cuestión es que le quieres muchísimo más. La culpa hace que le quieras el triple. Empecé a ser infiel y la consecuencia inmediata fue que le quería más a él, a su familia, a lo que me daban... Yo me sentía agradecida por que me sucediese aquello cada vez. Aquello era lo que me hacía feliz. También ayudaba que la persona con la que me relacionaba —mi primer amante, quiero decir— fuese un puto indeseable, y que yo no quisiera conocer a su familia ni nada parecido [risas]. Nunca quise, en un principio, que mis amantes fuesen mis novios.

»Así que el novio formal estaba incluso contento con la nueva situación. Porque cuando tienes 24 o 25 años te apetece que alguien te vea de otra forma, te mire con otros ojos. Y si pasa mucho tiempo sin que tontees con nadie o sientas algo por otro, te cabreas. Y te enfadas con el novio, que a su vez no entiende nada. En ese sentido era una pura vía de escape para la excitación y la sensación de libertad. Si no llego a hacerlo, quizás habría durado solo dos años con mi pareja. Gracias a estar con señores muy poco respetables conseguí durar 11 años junto a un señor respetable [ríe].


No puedes ser león y querer todo el rato acostarte con un avestruz



»Porque mi novio era el cliché de yerno perfecto, cumplía cada uno de los requisitos que un padre puede querer para su hija. Y para poder aceptar eso, esa estabilidad —tal como soy y con el tipo de impulsos que tengo— yo necesitaba estar con un tío que fuese un desgraciado. Eso me hacía falta para seguir con mi vida perfecta, una vida que yo sabía que era perfecta y me temo que lo hubiese seguido siendo. Por otro lado, quizás habría sido mejor no haber hecho nada de esto y haber durado solo dos años con mi novio. Lo he pensado mil veces. Esa es la paradoja.

»Todo el mundo se impone códigos y barreras en esto de la infidelidad, y uno de mis códigos era hacerlo solo con músicos. Que no fuese con gente real, que siempre sucediese con gente que yo consideraba fuera de mi realidad. Gente itinerante, de paso, que no encajara con mi vida perfecta. Así que siempre, desde el principio y con todos aquellos con quien sucedió, se planteaba como una relación muy platónica y muy idealizada. Solo hacia el final ya fui adúltera con gente real, con gente de mi mundo, gente que no se iba a la mañana siguiente a tocar al siguiente pueblo.

»La idealización inicial me sirvió para no sentirme del todo culpable. Era gente que no iba a intervenir en mi vida, que no iba a desear arrancarme de aquí, y eso convertía mis relaciones en confortables. Sí que había continuidad, pero estaba basada en dónde tocaban [carcajada]. Yo tenía la posición de poder en mi relación seria, pero en las itinerantes no. Ese era mi código, lo que yo necesitaba. La gente necesita cosas, porque cualquier relación te puede llenar hasta cierto punto: la manera de no violar tu código moral y no dañar a la persona que quieres es montarte tu filosofía, que acaba convirtiéndose en una Biblia.



»Nuestra logística incluía todos los clichés del adulterio. En aquella época empezaba el mensajeo, y yo lo utilicé, claro. Nunca tuvimos amigos en común, mi novio y yo. Yo tenía un mundo completamente separado de mi pareja, y jamás se cruzaban las dos vidas. Eso suele suceder cuando os conocéis desde tan jóvenes, tu pareja y tú. Él creó su mundo de amistades pijas, con las que yo podía estar de vez en cuando, y yo creé a mi propio grupo, que me aportaba la parte cultural. Claro, yo trabajaba en cultura, iba a festivales de música, y a él aquel mundo no le interesaba lo más mínimo. Así que él aceptaba que yo viviese de aquel modo, viajando a diversas ciudades, y lo que allí sucedía no le interesaba. Yo he viajado mucho y he mentido mucho [sonríe]. Cuando ya se crearon relaciones afectivas con los tres amantes que fueron importantes, me inventaba reuniones, me desplazaba a conciertos, etc.

»Ahora sería mucho más difícil inventar algo así, pero en aquella época estabas incontactable, nadie podía localizarte a las 12 de la noche en otra ciudad, nadie podía tomarte una foto. Era desagradable cerrar el Facebook, pero era la única medida crucial. En lo demás ni te preocupabas. Estabas desaparecida durante un par de días, y punto.

»Aquello tenía tanta fecha de caducidad, lo veo ahora. Nunca piensas que una infidelidad será importante. Hasta que vuelve a suceder. Hasta que estás inmerso en algo que no habías previsto, y las cosas empiezan a complicarse (sentimentalmente, quiero decir).


Ser el otro es horrible, mucho peor que ser el marido o la mujer engañadas



»Mi adulterio era pura curiosidad, en cierto modo. Cuando regresaba a casa (por la mañana) en un estado horroroso, sí sentía culpa; pero la curiosidad puede más que la culpa. Y aguantas porque no le das importancia, y sabes que por otro lado enriquecerá tu vida espiritual. Para hacer algo así tienes que ser egoísta. Si piensas más en el otro no lo haces. Lo mío no era deseo, esa es una motivación más de tíos; lo de necesitar acostarse con alguien. En mi caso era admiración cultural. Me apetecía tener aquello (la relación sexual) como souvenir, pero lo importante no era el sexo. Nunca me acostaría con alguien porque fuese guapo, ni aunque yo estuviese del revés [ríe].

»En muchos casos incluso me sobraba el acto físico, pero era la única forma de conseguir intimidad con una persona que me interesaba por otras razones. Unas cañas también me habrían servido, en cierto modo; pero acostarme con ellos era más íntimo.

»La fantasía de continuidad con los amantes se presentó en algunos casos. Sabes que nada va a ser igual con tu pareja cuando empiezas a hablar de verdad con el amante. Y aquello inocente u ocasional se desarrolla en amistad. Y el amante te cae bien, encima. Hay gente que te puedes tirar 50 veces y no entra jamás en tu vida, pero otras que te tiras 2 y ya entran para siempre. Ahí (cuando empecé a ser amiga de uno de mis amantes) supe que no iba a estar toda mi vida con mi pareja. Cuando la fantasía se verbaliza, aunque te recrees en algo que no es real. Cuando lo pones en común con el amante. Cuando le hablas a la otra persona de tu pareja. Ahí la cagas. Porque aquello era sagrado. Nunca nadie sacaba ese tema; estaba prohibidísimo. Ese es el momento crucial: cuando habláis de tu pareja, y le cuentas al otro cómo es (porque él te pregunta mucho). Y se rompe la última barrera que te habías puesto.



»Hubo 30 casos no recíprocos, y 3 casos de reciprocidad. 3 casos en que mis amantes y yo sentíamos lo mismo el uno por el otro y deseábamos la misma cosa. Ya éramos más que amantes. Eso es lo jodido. Lo ideal es que la otra persona no te corresponda, que también seas algo pasajero para ellos. Están los casos habituales en que haces de aquello la salida a una pulsión, pero cuando hay reciprocidad empiezas a mentir a dos personas. Porque el amante también está de golpe y porrazo en una situación incómoda, no sabe cuándo puede llamar, no puede verte... Así que tú intentas que se sienta más cómodo, porque no quieres perderle tampoco. Lo intentas hacer bonito, aunque sea imposible. Ser el otro es horrible, si estás enamorado. Es mucho peor que ser el marido o la mujer engañadas. ¡Estás solo en la vida! Yo podía volver a mi vida normal, pero mi amante no.

»No se puede hacer algo así y pensar que aún estás siendo sincero. Yo decidí terminar con una pareja que era toda mi vida por todo aquello. Es destructivo, al final. A mí me destruyó por completo. No puedes ser león y querer todo el rato acostarte con un avestruz. Porque igual lo que sucede es que no eres tan león. Algo falla. Igual yo me convencía de que debía formar parte de aquel mundo, del mundo estable de mi pareja y su familia, pero yo era otra cosa. Y si no llego a ser adúltera lo habría aclarado antes. El adulterio sistemático es destructivo, siempre. Algo va a romperse, por uno u otro lado.

»Siempre hubo recaídas. Las habrá eternamente. Hay un tipo de personas que no puedes ver, porque algo va a suceder y lo sabes. Con muchos de ellos no quieres ni siquiera conservar una amistad; ni siquiera te caen tan bien [ríe]. Hay otros casos de amistad relativa, cuando volverles a ver es agradable, pero tampoco quieres ser su amigo real ni saber con quién están ahora. Hagas lo que hagas, tus amantes siguen formando parte de tu persona y de tu vida. Porque suelen estar en tu círculo no-compartido, y cuando rompes con tu pareja el que pierdes es el compartido, no el tuyo.

»Yo no digo que no vaya a ser infiel nunca más, aunque el ideal es no hacerlo. No tener aquella doble vida. Pero la monogamia desde tan temprano es una putada, y es la causante de que luego te sucedan cosas así. »

(Según se lo contaron a Kiko Amat)

Le quieres muchísimo más, la culpa hace que le quieras el triple




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