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"Soy un niño transexual con vulva. Es lo más normal del mundo"

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A Álex Vitó, de 11 años, la ley le permitió cambiar el nombre en el DNI por "uso común", pero no el género

Germán Aranda

30 Diciembre 2016 06:00

Fotos de Guillem Sartorio.

"Me llamo Álex, tengo once años y soy un niño transexual con vulva. Pero es lo más normal del mundo".

Se presenta así a quien haga falta, en cualquier lugar. Por eso, Lola, su madre, cree que su hijo Álex Vitó Caro "es un valiente". Aunque a veces bromea: “¡Tampoco hace falta que vayas por ahí con un cartel!”. Ríen.

Las sonrisas y el cariño predomina entre Jordi Vitó y Lola, los padres, y sus hijos mellizos Álex y Sara. El salón está iluminado por un gran ventanal que recoge la luz de la montaña de Collserola en este hogar de Barcelona. Bombones, café, pesebre y árbol de Navidad completan el cuadro del atardecer. 

El reciente número de National Geographic con una niña transexual en portada ha llevado un tema tabú a los quioscos de todo el mundo. La campaña 'No hay huevos', con Nacho Vidal como protagonista, ha agitado el asunto en España.

El verano pasado, nada más llegar al pueblo donde la familia pasa las vacaciones en la Cerdanya, Álex tenía algo urgente que contar a sus amigos del año anterior. A uno de ellos le dijo: “No sé si me conocerás, porque el año pasado era una chica. Pero ahora que sepas que soy un chico transexual com vulva y me llamo Álex”. Desde entonces lo repite las veces que haga falta, sin miedo.

Desde que sus padres y su entorno han aceptado que Álex es un niño —él y su hermana gemela Sara lo tenían claro desde muy pequeñitos—, el pequeño “es el niño más feliz del mundo”, dice orgullosa la madre.

El camino hacia esta normalidad no ha sido de rosas, pero tampoco un drama, gracias a una familia y a un entorno con más ganas de entender que de poner pegas. No se puede decir lo mismo de las administraciones.



Una infancia pintada de azul

Desde los tres o cuatro años de edad, Álex (entonces aún con nombre de niña) se iba siempre a la sección de niños en las tiendas de ropa. Y le decía a su madre:

—Escucha mamá, mi voz es de nene, yo soy un nene.

—No, eres una nena —respondía ella, que por aquel entonces poco podía imaginar que un niño de tres años iba a saber más que ella de ciertas cosas.

Pero la lógica de los niños y niñas es aplastante. Por eso Sara, la melliza de Álex, fue la primera en darse cuenta. “Si dice que es un niño, pues será un niño”, decía desde entonces.

A los padres les costó un poco más. “No hay información y yo no sabía absolutamente nada de transexualidad”, dice Lola. Poco a poco fueron entendiendo que Álex no quería ni ropa de niña, ni pendientes, ni una vida de color de rosa. El niño lo pintaba todo de azul, el mismo color de la sudadera y el pantalón tejano que viste en la entrevista.

“Yo veía que no era feliz. Siempre pedía juguetes de espadas y lloraba mucho cuando le ponía vestidos de niña. Una vez le dije que no era un vestido, sino una camiseta larga y me dijo: 'me lo voy a poner para hacerte feliz, mama'”.

Otro buen día llegó a casa y contó la ocurrencia fantasiosa de un amigo: “¡Ángel me ha dicho que si me tomo una pastilla y me meto en una máquina me convertiré en chico!”.

Pero más que una máquina y una pastillla, lo que le faltaba era un nombre y lo consiguió: Álex.


La importancia de un nombre

En el D.N.I ya aparece como nombre Álex Vitó. “Somos los cuartos de Cataluña en conseguirlo”, celebra su madre. Sin embargo, en su carnet de identidad el género que aparece es femenino. Sucede así porque sus padres registraron el cambio de nombre por uso común y no por género sentido. O sea, que un menor de edad en España se puede cambiar de nombre porque tenga un apodo habitual, pero no su género si este no coincide con su órgano genital. Algunas comunidades ponen más trabas para hacerlo también por la vía del uso común.



La ley 3/2007 determina que para cambiarse de nombre y de sexo en la partida de nacimiento y en el DNI es necesario ser mayor de edad, tener nacionalidad española, presentar un informe médico o psicológico y llevar dos años en tratamiento. Pero ya para empezar, Álex no cumplía el requisito de ser mayor de edad. En su caso ni siquiera podía preguntarse lo ofensivo o inadecuado de los otros requisitos.

La madre de un niño en una situación similar, Natalia Aventín, consiguió recientemente que el Tribunal Supremo fallara hacia la inconstitucionalidad de esta ley por discriminar a los menores de edad, así como a los inmigrantes sin la nacionalidad.

Natalia y el colectivo trans están a la espera de que el Tribunal Constitucional dé una sentencia, que si es favorable abriría las puertas a que los menores de edad puedan también cambiarse de sexo y nombre en sus documentos oficiales.

El cambio de nombre, hace alrededor de un año, fue el momento definitivo para que Álex se sintiera pleno y feliz. A partir de entonces, se lo explicaron a compañeros de colegio, profesores, familiares y amigos, con un éxito absoluto: todos aceptaron quién es él y comenzaron a llamarlo por su nuevo nombre. La escuela tampoco puso pegas para poner su nombre en las notas.

De vez en cuando algunos se equivocan al nombrar a Álex, pero él es comprensivo. “No pasa nada, mama”, es una frase que refleja la paciencia que tuvo hasta que sus padres aceptaron definitivamente que es un niño. Aunque resulta difícil imaginar un matrimonio más comprensivo que éste.

Muchas veces los padres son el primer escollo para la aceptación de un menor transexual. En este caso, la inquietud de Jordi y Lola por aprender, comprender y hacer feliz a su hijo les lleva incluso a pedir disculpas. "Yo le pedí perdón y me arrepiento de no haberlo visto antes", reconoce Lola con cierto disgusto, aunque en la mirada de Álex hacia ella sólo hay amor y ni una pizca de resentimiento.

“La única que nunca se ha equivocado es su hermana, porque yo mismo al principio me equivocaba un montón”, recuerda Lola, “con el nombre y con el artículo”.

“En verano del año pasado, fuimos a una boda, él ya llevaba ropa de niño —le encantan los trajes de corbata— y se había quitado los pendientes. Pero cuando le llamabas por su nombre de entonces se enfadaba, porque había chicos y chicas de su edad que se confundían y le preguntaban: “¿Eres un niño o una niña?”. Así que ‘la mama’ metía la pata cuando decía el nombre”, relata Lola.

Poco después, llegó el gran día. “Hace un año y medio, cuando cumplí los diez, lo dije en clase y todo el mundo lo entendió. Todo el mundo me preguntaba por qué y a qué vestuario iría y yo les decía que al de chicos, al de chicos, y ellos ‘ah vale, vale’”, cuenta el propio Álex.

“A veces a los pequeños les cuesta menos entender esas cosas”, dice Lola, aunque en su caso incluso el abuelo de más de 80 años ha aceptado con normalidad el nuevo nombre y el género sentido de su nieto.

En el Registro Civil, en cambio, no fueron tan comprensivos. Les dijeron, por desconocimiento, que sería imposible el cambio de nombre. Aunque a la hora de la verdad, cuando llevaron las pruebas de uso común de su nuevo nombre, el cambio en el D.N.I. les resultó más fácil. Con el género, sin embargo, no se podía hacer nada. “Me dijeron que de ninguna manera, salí de allí destrozada”, cuenta Lola, decepcionada con la falta de tacto del funcionario que les atendió.


"La única que nunca se ha equivocado con el nombre y el artículo es su hermana", dice Lola, su madre

Médicos sin tacto


Más allá del cambio de nombre, la falta de información y el desconocimiento de médicos y psicólogos sobre cómo tratar a  jóvenes —y en especial a menores— transexuales fueron el gran escollo para Álex y su familia.

Al comentar los comportamientos de Álex con su psicóloga (tiene déficit de atención), Lola creía al principio que su hijo era una niña lesbiana. “No, no, escúchale bien, es otra cosa”, respondió la psicóloga. Así se abrió un poco el camino, pero al mismo tiempo la terapeuta dijo que era mejor “esperar a que esas cosas afloraran más de cara a la adolescencia”.

“Pero él seguía insistiendo y sufriendo, era como si estuviera siempre a la espera de que reconociéramos del todo la situación, así que buscamos una unidad de referencia”, cuentan Jordi y Lola.

Así fueron a parar a la unidad de identidad de género del Hospital Clínic de Barcelona (antes llamada "de trastorno de género”, según puntualiza Jordi). Y lo que se encontraron allí les decepcionó.



“Para empezar, lo llaman disforia de género, un enfoque bastante patologizante, y luego son incapaces de diferenciar entre orientación sexual (que es hacia lo que te sientes atraído) e identidad (o sea, si te sientes hombre, mujer u otras variables). Todo lo que se escapa de lo heteronormativo parece catalogado como incorrecto”, reflexiona Jordi.

La disforia de género es el diagnóstico psiquiátrico asignado a las personas que sienten una discordancia entre el género que se les da al nacer y su identidad de género. Es el término predominante entre las autoridades para hablar de transexualidad y es un avance con respecto al uso del término "trastorno", habitual hasta hace poco. Pero aun es insuficiente y queda lejos del sentir del colectivo.

Jordi, como gran parte del entorno trans, no está de acuerdo con esta forma de catalogar. “No se trata de un niño que quiere ser niña ni de una niña que quiere ser niño ni nada de eso. Se trata de un niño transexual o de una niña transexual. Y tampoco es necesario que un psicólogo le diga a mi hijo que es un niño para que lo sea”.

“¿Tú has ido a un psicólogo para que te digan que eres un hombre cis?”, pregunta Lola. “Pues entonces tampoco hace falta para un niño transexual. Y si no es un trastorno, mi hijo no necesita ir al psicólogo y psiquiatra cada seis meses como pretenden en el Clínico”.

La disconformidad y presión de las familias está consiguiendo que el Clínico pierda importancia y una nueva unidad más cuidadosa y menos patologizante llamada Trànsit, también asociada a la sanidad pública, vaya ganando fuerza en Barcelona. Es Tránsit, de hecho, quien le receta a Álex los bloqueadores hormonales para frenar el crecimiento de los pechos. "Por ahora acepta bien tener vulva", dice su madre.


"Una puerta maravillosa"

Para la familia de Álex, el mundo trans también era un universo desconocido. “Nunca supe nada sobre el tema y nuestro hijo nos ha abierto una puerta y es una puerta maravillosa”, cuenta, y recuerda la gente “magnífica” que conoció por ejemplo cuando participaron en la marcha del Orgullo Gay y un hombre mayor se emocionó al ver cómo Álex era aceptado y bien tratado por sus padres y amigos.



Quien más luz hizo entrar por esa nueva puerta de la que habla Lola fue Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales donde los padres van entendiendo de la mano y con orientación de la agrupación la situación de sus hijos.

Juntos luchan por dar visibilidad a una condición generalmente más asociada al mundo adulto o adolescente pero que sufre por desconocimiento y prejuicios en todas las edades. Poca gente piensa en un menor de edad cuando le hablan de una persona transexual.

Para dar visibilidad y recaudar fondos para la asociación, Nacho Vidal —cuya hija es también una niña trans— ha protagonizado una campaña de venta de una caja de huevos personalizados y simbólicos, bajo el lema “No hay huevos”, refiriéndose a la valentía de desafíos como salir del armario.

Jordi y Lola decidieron acudir a Chrysallis por un anuncio en el periódico y poco después del suicidio de Alan, un adolescente trans de 17 años que se quitó la vida en Nochebuena del pasado año asediado por un ‘bullying’ constante en el instituto. “Lloré mucho ese día”, cuenta Lola.

Álex ha tenido la suerte —que no todos tienen— de encontrarse un entorno amable que le ha aceptado y apoyado. Un compañero de clase salió en su defensa cuando un niño de un curso inferior le dijo que no podía estar en el baño de chicos. “Sí que puede, es un chico”, le defendió su amigo.

No obstante, Lola reconoce estar "con miedo" de cara a posibles abusos cuando llegue a la adolescencia. "Se conocen desde pequeños, pero a la edad del pavo se vuelven un poco majaras y tampoco sé cómo será en la discoteca..."

Y una vez ya todos han entendido lo que Álex es y él y su hermana gemela siempre supieron, ahora ya puede disfrazarse de niña en carnaval o en las obras de teatro del colegio. Se explica: “Es que os tenía que hacer entender a todos lo que era, ahora ya sí que es sólo un disfraz”.  

 


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