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Del kalashnikov al restaurante: ¿son ahora las FARC socialdemócratas?

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Un ex combatiente de las FARC, su asesor jurídico, el exviceministro de Justicia colombiano y una jurista que negoció en La Habana analizan la transición de la guerrilla a partido político y los retrasos de ambas partes en el cumplimiento del acuerdo.

Germán Aranda

19 Mayo 2017 08:10

Foto: Getty Images

Suena un violín, banda sonora de cena romántica. Una pareja vestida de etiqueta se sienta en la mesa de  un restaurante. “¿Todo esto tan caro? Aquí tiene que haber un error. Aquí dice caso Odebrecht, esto no es nuestro…”.  

Ni rastro de fusiles, botas y selva. Es otra estética. Parece un nuevo anuncio de tarjetas de crédito, pero es la estrategia comercial de las FARC para empezar a vender su mensaje político. “No es justo que sigamos pagando la cuenta de la corrupción” es el eslogan.

Mientras la socialdemocracia francesa se ha disuelto ante el extremo-centro sexy de Macron, mientras Europa pierde garantes del Estado del Bienestar en sus élites políticas, en Colombia, donde nunca ha existido la socialdemocracia, podrían ser las FARC quienes inyecten un poco de discurso de izquierdas en un estado tradicionalmente conservador.

De los kalashnikov del campo a las corbatas del Congreso, donde ingresarán con diez escaños (cinco en el Senado, cinco en la Cámara) más los que consigan en las elecciones, las FARC han conseguido dar un vuelco a su imagen pública con la aceptación social más alta de su historia. Esta es de un 17%, según una encuesta de Gallup del pasado marzo.

¿Estamos presenciando a los antisistema entrando en el poder? No exactamente. “Las FARC tienen un programa político socialdemócrata. Nos pensamos que son más radicales de lo que son y muchas de sus peticiones son simplemente cumplir la Constitución”, afirma Farid Benavides, doctor en Ciencia Política en la Universidad de Massachussets, profesor de Relaciones Internacionales en la Universitat Pompeu Fabra y exviceministro de Justicia de Colombia.

El esfuerzo mental, sin embargo, es grande: no es fácil aceptar a los líderes de lo que hasta ahora era un grupo armado de unos 17.000 hombres financiado a base de secuestros y narcotráfico erigiéndose en portavoz y en esperanza de la izquierda y la lucha contra la corrupción en Colombia.

"¿Si están en el monte, para qué quieren baños"?

Mientras se fragua esta transformación, después de aprobarse en abril la creación del partido de las FARC en la Cámara, los retrasos en el cumplimiento del pacto de paz alcanzado en La Habana y presentado en septiembre pasado en Cartagena amenazan el proceso. El Estado no está cumpliendo sus compromisos y las FARC aún no han entregado las armas al ritmo esperado.

Así resume el cambio de look de las FARC y sus retrasos en la entrega de armas Juanita Goebertus, que durante 6 años formó parte del Comisionado de Paz de Colombia y coordinó el equipo técnico y jurídico que negoció con las FARC en La Habana, donde tuvo lugar esta escena: “Uno de los miembros de las FARC llevaba una camiseta que mostraba el cambio de imagen de la guerrilla hacia un aspecto más moderno. Era una camiseta con un stencil de un comandante. Le dije: ‘qué camiseta más chula'. Y me respondió que me regalaría una. ‘Cuando entreguen las armas’, respondí. Aún estoy esperando que entreguen las armas y que me manden la camiseta”.

El Estado asumió en los acuerdos de paz varios compromisos: crear campamentos para que los guerrilleros se reintegren a la sociedad civil, seguridad para protegerlos de ataques, reparto equitativo de tierras y mejor educación en áreas rurales, ayuda a los cultivadores para sustituir las plantaciones ilícitas, comisiones de justicia para reparar a las víctimas y amnistías y rebajas de pena para ex FARC arrepentidos y mayor apertura y participación del sistema político.


Dicha Comisión de la Verdad, donde se encontrarán víctimas y excombatientes para esclarecer los crímenes cometidos y pedir disculpas, se puso en marcha el pasado mes de abril.

La falta de lavabos en los campamentos fue una de las últimas quejas que expresaron las FARC. “Un altísimo cargo del Gobierno implicado en el proceso llegó a decir: “pero si están en el monte, ¿para qué quieren baños?”, cuenta el exviceministro de Justicia Benavides, que opina que “este tipo de actitudes muestran un desprecio hacia las FARC, a las que no están tomando en serio como seres humanos”.

Por su parte, el asesor jurídico de las FARC Enrique Santiago, lamenta: “Solo dos de las 26 zonas veredales transitorias de normalización (ZVTN) han sido construidas por el Gobierno Nacional, cuando todas deberían haber concluido en diciembre”. También denuncia retrasos en la aplicación de amnistías y en las normas de reincorporación de los excombatientes.

Vacíos de poder y nuevas violencias

La creación de una fiscalía encargada de perseguir el paramilitarismo también va tarde, denuncia Santiago. Juanita Goebertus reconoce que este punto es clave para evitar nuevas violencias: “Por ahora este cuerpo de investigación tiene un perfil demasiado bajo”.

El nuevo auge de los paramilitares (se firmó la paz con ellos en 2008, pero el fenómeno está retomando fuerza) no solo amenaza la vida de los guerrilleros desmovilizados, sino que el vacío de poder dejado por las FARC abre espacio para que los paras se impongan en zonas rurales como las del Chocó.

Desde las FARC, Santiago cifra en 150 los asesinatos cometidos por los paramilitares desde que se firmó el acuerdo de paz. Varias voces aseguran que están compinchados con sectores del Ejército para frenar el proceso de paz.


Los paramilitares están ocupando el lugar que han dejado las FARC en algunas áreas rurales. "El Estado tiene que llegar no sólo con su fuerza armada", advierte la jurista Juanita Goebertus, que estuvo como técnica en las conversaciones por la paz en La Habana


Para detener la violencia de los paramilitares y de otras bandas de crimen organizado, “el Estado tiene que llegar no solo con su capacidad armada sino también con sus servicios básicos, porque si no es muy fácil que otros criminales copen esos espacios”, asegura Goebertus.

La lentitud en la sustitución de los cultivos ilícitos por otras actividades también “es un caldo de cultivo”, según Goebertus, para la irrupción de nuevas violencias. “No se sabe hasta qué punto las FARC participaron en la conversión de la coca en pasta y después en los laboratorios, pero sí en el cultivo. Y los eslabones del proceso que dejan libres los asumirán otros criminales si el Estado no llega antes, como ya está sucediendo”, remata.



Yezid Arteta, que conoce bien la vida en la selva después de haberse pasado 14 años combatiendo con las FARC y como ideólogo del Secretariado, dice en conversación con PlayGround: “Si se restituyen las tierras, un terrateniente que las tiene de manera ilegal contrata a un par de sicarios y mata a los campesinos que la están ocupando”.

El senador Armando Benedetti, por otra parte, alertó recientemente de que los paramilitares estarían también ofreciendo dinero a excombatientes de las FARC para alistarse en sus filas.

Y el pasado día 3, un grupo de disidentes de las FARC que no aceptan la desmovilización secuestró a un funcionario de la ONU en Barranquilla.

O sea, que el reciclaje de la violencia post-FARC puede llegar tanto a las zonas que dejan huérfanas de mando como contra los excombatientes que no se integren al mundo laboral.

Pese a los atascos del proceso y los peligros de una violencia capilar que tomará nuevas formas, todas las partes mantienen el optimismo de que el proceso de paz saldrá adelante y celebran, por ahora, la histórica reducción del índice de homicidios en el país.

Los combates de Yezid

Resulta extraño conversar sobre disparos y granadas en una cafetería de Barcelona con muebles nuevos y aire acondicionado. Arteta, que ayudó al gobierno noruego en su mediación del conflicto, escribe desde la ciudad española sus columnas de opinión para la revista colombiana Semana. Hoy es un respetado analista del conflicto.

Recuerda cuando abandonó el movimiento estudiantil para ingresar en las FARC allá por el año 82, cuando “en la ciudad había mucha pantomima alrededor de la lucha armada y muchos estudiantes andaban con la boina del Che y las botas sucias de barro”.

Dos combatientes de las FARC, en el campo colombiano / Getty

Eran épocas en que la guerrilla aún tenía legitimidad entre la izquierda, en parte, gracias a un Estado violento y autoritario que tenía al campo abandonado a su suerte. Las FARC nacieron, con libreto comunista, del descontento rural ante la desigualdad.

Yezid recuerda especialmente dos de sus combates en las FARC. El primero de su vida, en el que fue emboscado por el Ejército en un cañón en la región de El Patía, y tuvieron que esperar a la noche para que un campesino les guiara a ciegas a huir del desfiladero.

Y el último, que le llevó a la cárcel. “Ese día pensé que me iba a morir”, dice. Fue un ataque de cuatro Blackhawk y aviones de combate encerrándoles en una media luna de tierra entre un lago y un río de la región del Cauán. “Yo disparaba al helicóptero”, relata, y señala a su pierna izquierda, donde recibió dos tiros de fusiles, y a su brazo derecho que fue herido por metralla de granadas. Consiguió huir, pero al día siguiente le capturaron cuando intentaba camuflarse en un pueblo cercano.

De la lucha política a la máquina de guerra

Entre los 80 cuando ingresó en las FARC y el año 2006, cuando salió de la cárcel, la guerrilla y Colombia vivieron una profunda transformación. Para Arteta, el momento clave es el año 90, “cuando las ofensivas militares se recrudecen y las FARC acaban dejando en segundo plano la lucha social y política para centrarse en la militar”.

“En la guerra, hermano, se pierden las formas y se necesita mucho dinero y hombres formados rápidamente para el asalto”. Él no lo dirá explícitamente, pero las FARC se empezaron a convertir en un negocio y en un crimen con casi nulo apoyo entre la sociedad, al menos la urbana.

El debilitamiento de las FARC permitió que se iniciaran las conversaciones de paz con el gobierno en La Habana y bajo sigilo en 2012. Después de cuatro años de charlas, más de 50 años de conflicto y unos 220.000 muertos, Colombia firmó la paz con un histórico acuerdo levemente reformulado después del rechazo de las urnas en referéndum.

El presidente colombiano Juan Manuel Santos y el líder de las FARC, Timochenko, en la firma del acuerdo de paz en Cartagena. / Gobierno de Colombia

“Aunque firmar el acuerdo era muy difícil, sabíamos que era lo más fácil del proceso de paz”, advierte Juanita Goebertus, que recuerda el inicio de las conversaciones y tardes de llanto ante la imposibilidad de que las FARC cedieran en la negociación."Lloré mucho", rememora.

Pero el cumplimiento del acuerdo por parte de ambos bandos será aún más duro y está ahora sobre la mesa con graves retrasos y los primeros reciclajes de la violencia, ya “en una lógica electoral” de cara a 2018, advierte Goebertus.

Dependiendo de quién gane las elecciones del año que viene, el proceso puede perder ritmo y calidad, toda vez que los ‘uribistas’ (apoyadores del ex presidente Uribe) se opusieron frontalmente al acuerdo liderado por el actual presidente Juan Manuel Santos. Y tienen opciones de llegar al poder.

Y mientras tanto, la otra guerrilla colombiana, el ELN, observa de reojo cómo avanza el proceso al tiempo que negocia con el gobierno por un acuerdo similar de paz en Quito. de su éxito puede depender un nuevo acuerdo de paz con los otros combatientes comunistas.

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