Reportajes

El hombre que pasó su vida en un hospital y solo salió para ver el mar

La de Agapito Pazos Méndez es una historia poco común

"¿Fue lo tuyo vivir o no lo fue? ¿Tenía tu existencia algún sentido? Tan solo sé, Agapito, que viniste al mundo sin pedirlo, como yo. Como un juguete roto y sin arreglo llegaste abandonado en un cajón, lo mismo que Moisés, y aquella fue tu casa para siempre. Siempre allí, siempre dentro, siempre inmóvil.

Adiós, y muchas gracias, Agapito, por vivir hasta ahora... por recordarme a mí, que nada supe de ti y de tu existencia, que la vida es lo que más importa".

( Esquela virtual en recuerdo de Agapito Pazos).

1.

El 23 de abril de 2010 se fue de este mundo Agapito Pazos Méndez. Tenía 82 años, era gallego y había pasado más de siete décadas entre las cuatro paredes de un hospital, del que solo salió una vez para conocer el mar.

Así lo decía su padrón municipal: Hospital Provincial de Pontevedra, habitación 415, cama 2.

Lo que el padrón no decía era que esa cama estaba orientada hacia la ventana —la única conexión de aquel hombre con el mundo exterior—, que fue el hogar de un hombre tranquilo y que sobre ella descansó un secreto que nadie logró desentrañar.

2.

Si empezamos las cosas por el principio, esta historia ha de comenzar en una fecha indeterminada de inicios de los años 30, un episodio cubierto por la niebla que a estas alturas ya nadie recuerda con exactitud. O que no quiere recordar.

Cuentan la mayoría de versiones que a las puertas del Hospital de Pontevedra —por entonces, de la beneficencia—, un niño de unos tres años fue abandonado dentro de un cajón. Tenía una discapacidad psíquica y las extremidades atrofiadas. Nunca llegaría a caminar.

Las monjas le dieron cobijo y Agapito comenzó su vida en aquel lugar, sin saber que se convertiría en el epicentro de su limitado universo. Se integró fácilmente y poco a poco, fue parte inseparable de todo aquello.

Y así, sin grandes sucesos, fueron transcurriendo los años.

3. 

Aquel adulto con mente de niño amaba el queso, temía a las gaviotas y, quienes trataron con él, recuerdan que aunque tenía buen humor, también gastaba su pizca de mala leche.

"Era como un crío y, a pesar de lo poco que podía moverse, quería jugar y hacer trastadas. Si pasaba una monja, intentaba tirarle de la falda, y si tenía un objeto, lo lanzaba una y otra vez al suelo".

Habla Generoso Martínez, en conexión desde Ginebra. En torno al año 58, cuando tenía 4, este gallego emigrado a Suiza ingresó gravísimo por culpa de unas inyecciones caducadas. Permaneció allí hasta el 62 y en aquellos cuatro años fue compañero de travesuras de aquel paciente peculiar.

4. 

Una tarde de 1984, Agapito vivió su único día en el mundo. Varios trabajadores del centro se organizaron para llevarlo a la costa. Querían que viera el mar.

"Pusimos el coche contra un acantilado. Agapito quedó extasiado, con los ojazos fijos en las olas, sin decir palabra. Perdió el habla. Imagina qué sintió con el viento en la cara y ese mar lapislázuli", explicaba Franjo Padín, celador,  a la revista FronteraD. 

La excursión se completó con una merienda en casa de una de las enfermeras del hospital. En el menú, queso y un refresco. 

Tan sencillo como lo es cualquier día en la Tierra. O tan especial.

5.

La siguiente vez que Agapito salió por la puerta del hospital fue ya cadáver, en la primavera de 2010. Los periódicos se llenaron entonces con la extraña historia de aquel individuo de vida anónima. Sin mediar palabra, ya desde el otro barrio, Agapito logró conmover a miles de personas, que le enviaron  cientos de mensajes virtuales de despedida:

"Ojalá hubiera sabido de tu historia mucho antes... te aseguro que hubieras visto el mar muchas veces más. Descansa en paz y si tu espíritu te lo permite, no pares ni un segundo, ya lo estuviste demasiado tiempo".

"La muerte ha descubierto para nosotros tu especial vida, son miles a quienes tu historia impacta y conmueve, tal vez tu misión fue la de humanizarnos un poco más".

"No descanses en paz, Agapito. Ahora vuela... vuela... y sueña".

6. 

Generoso Martínez se explaya, desde su casa en Ginebra, sobre el proyecto que tiene entre manos. Está preparando una película sobre la vida de Agapito, una cinta en busca de colaboradores al que le dará el empujón definitivo a partir del otoño próximo, cuando se jubile y pueda viajar a Galicia con más frecuencia.

Si llega a buen puerto, destinará los beneficios a los niños ingresados en hospitales. Se llamará  La Gaviota Negra, en referencia a esas aves que representaban todo lo que le daba miedo a Agapito: el exterior, lo desconocido, la libertad.

“¿Me preguntas que si Agapito fue feliz? Si mi memoria vuelve a aquellos años en los que estuve yo... Los enfermos no están felices, están enfermos. Pero Agapito no tenía dolor, era discapacitado. Y la gente del hospital era como su familia, aquel sitio era su hogar”.

7.

Cuando se marchó, Agapito se llevó su secreto con él. Nadie supo jamás con certeza cómo llegó en aquel cajón, quién lo dejó allí. Ni tampoco por qué se decidió que viviera de por vida en un hospital, encerrado, pero bien atendido.

Los rumores tejieron durante años historias variadas, incluidas las que le daban a Agapito un padre ilustre que quiso deshacerse de él. Nadie lo recuerda ya, y quizá sea lo que menos importe a estas alturas.

Porque Agapito nunca buscó respuestas, y si alguna vez lo hizo, fue aquella tarde en la que perdió la vista en lo profundo y se preguntó qué significaba el azul infinito del mar.

A veces, las vidas más sencillas son las más complejas de explicar

(Imagen de cabecera: Yorgos Karahalis / Imágenes interiores: Zaria Forman)

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