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"Me esposaron las manos. Me colgaron del techo. Luego me quitaron los pantalones"

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Ildar Dadin ha saltado a los medios por una carta en la que relata las torturas que sufría en una prisión rusa. Por desgracia, su relato se parece demasiado al de cualquiera que haya sufrido el sistema penitenciario de Rusia. Hablamos con la esposa de Dadin para conocer su historia

Margaryta Yakovenko

18 Diciembre 2016 07:20

"¡Nastia! Si decides publicar la información de lo que me pasa, intenta que llegue lo más lejos posible. Esto aumentará las posibilidades de que yo siga vivo".

Así comienza la carta que el preso político Ildar Dadin le dictó a su abogado el 31 de octubre para que se la pudiera pasar a su esposa Anastasia Zotova. Lo que sigue es un duro relato de los abusos y torturas que Ildar soporta a diario en la colonia penal IK- 7 de Karelia (Rusia).

El 1 de noviembre, la carta apareció publicada enteramente en un medio ruso por decisión de Anastasia. Si no llega a ser por ella, tú no estarías leyendo esto en estos momentos. Ildar, posiblemente, no seguiría con vida.

I. El castigo

Todo comenzó en las elecciones rusas de 2012. Ildar fue elegido como observador y estando en su centro de votación vio con sus propios ojos como se metían en las urnas decenas de votos de golpe. Cuando intentó denunciar el fraude, unas personas vestidas de paisano le invitaron a subir a un coche junto a otros observadores.

"Los llevaron a las afueras de Moscú, a un bosque, donde les dijeron que si se quejaban acabarían muertos", relata Anastasia desde Moscú. Las amenazas no sirvieron de mucho. Una vez que Ildar confirmó que las elecciones estaban amañadas, pasó de ser una persona corriente a activista en un país en el que el activismo está penado con la cárcel.

Tras participar en varias manifestaciones en la Plaza Bolotnaya, Ildar fue detenido en 2012. A la primera detención le siguieron varias más acompañadas de multas hasta que en 2015, tras haberle condenado a arresto domiciliario, el activista fue sentenciado a 3 años de cárcel por protestas reiteradas. Hacía apenas un año, el Gobierno había aprobado la ley 212.1 que permite mandar a alguien a prisión por participar en reuniones públicas. Ildar fue la primera víctima de la represiva medida.

"Ildar no participaba en manifestaciones masivas, solo en piquetes individuales (una forma de protesta en la que solo se manifiesta una persona), pero los policías cuando lo detuvieron falsificaron el protocolo de detención para convertir a Dadin en el primero de los acusados según esta ley", explica su esposa. Esa ley a la que se refiere es inconstitucional según muchos activistas.


Todo comenzó en las elecciones de 2012. Ildar vio como se metían decenas de votos de golpe en las urnas. Cuando intentó denunciar el fraude, varias personas lo metieron en un coche y le amenazaron con la muerte en medio de un bosque


Una vez condenado, el activista acabó en una cárcel moscovita hasta que un día desapareció.

"Ni yo ni sus familiares, padres o hermanos sabíamos a dónde lo habían mandado. A los abogados tampoco les dijeron nada. Es ilegal que no den la información ni a los familiares ni al abogado pero es lo que suele pasar siempre. Lo buscamos durante un mes entero pero no podíamos encontrarlo por ninguna parte hasta que dió con él un trabajador de la Cruz Roja rusa. Estaba en Karelia", rememora Anastasia.


Anastasia

Ildar Dadin con su esposa Anastasia.


Ildar fue trasladado a Karelia el 10 de septiembre. Ella fue la primera en ir a visitarle pero le prohibieron la entrada. Su abogado consiguió verle el mismo día en el que Ildar le dictó la carta. Según cuenta su esposa, antes de que llegara el abogado, su marido intentó ponerse en contacto con ella por misivas en las que le insinuaba que "no estaba bien". La correspondencia nunca llegó a su destino.


II. Relato desde el infierno

"Los funcionarios le recibieron con una paliza. Le obligaban a abrirse de piernas hasta que sus genitales tocaran el suelo. Le colgaban de sus manos esposadas por detrás de la espalda para que sintiera un dolor inhumano. Las palizas se las daban con los pies y con las manos. Le amenazaron con violarle y matarle. El director de la colonia le dijo directamente: 'si te quejas, te mataremos y te enterraremos junto a la valla'".

Anastasia narra las torturas hablando rápido, como si tratara de evitar que sus pensamientos ahonden demasiado en el sufrimiento de su pareja. Intenta dar los detalles justos para que la historia se presente en todo su horror. La atrocidad se desenvuelve en toda su dimensión en un documento oficial del Consejo para el Derecho del desarrollo de la Sociedad Civil y Humana que visitó la colonia después de que ella publicara la carta.


"Le obligaban a abrirse de piernas hasta que sus genitales tocaran el suelo. Colgaban sus manos esposadas para que sintiera un dolor inhumano en la espalda. Las palizas se las daban con los pies y con las manos. Le amenazaron con violarle y matarle"


El 10 de septiembre de 2016, Dadin fue trasladado a la colonia penal de Krelia IK-7 en la ciudad de Segezha. El 11 de septiembre, el preso fue llamado al despacho del jefe del centro S. L. Kossiev para realizar un informe. Dadin se negó a realizarlo así que el jefe del centro le sacó al pasillo para que tres trabajadores empezaran a pegarle.

De los golpes recibidos en la cabeza, el preso cayó varias veces al suelo. Cuando acabó la paliza, Dadin fue llevado entre 5 trabajadores a la celda de aislamiento. Dentro, le metieron la cabeza en el váter y tiraron de la cadena. Le volvieron a pegar una paliza y le dejaron encerrado en la cámara.


Ildar Dadin detenido.


Al día siguiente le volvieron a sacar de su celda. Le pusieron un gorro tapándole los ojos, le obligaron a ponerse de rodillas y a quitarse los pantalones. Le esposaron las manos detrás de la espalda. Enganchándole de las esposas, los funcionarios de la prisión le colgaron de manera que los dedos de sus pies apenas tocaran el suelo. Le quitaron los calzoncillos.

Permaneció colgado en esa posición 30 minutos mientras los trabajadores de la prisión discutían si iban a violarle ellos mismos o llamarían a algún recluso para que lo hiciera. Cuando el dolor físico se hizo insoportable, Dadin suplicó que lo bajaran. Aceptó firmar el documento que le pusieron delante sin siquiera leerlo. Lo volvieron a condenar a 15 días más de aislamiento.

Estando en aislamiento sufrió palizas en otras 6 ocasiones. El Consejo para el Derecho del desarrollo de la Sociedad Civil y Humana encontró señales de las esposas en los brazos de Dadin dejadas en un ángulo que confirman su versión de que fue colgado.


III. Un eslabón más del engranaje

Tristemente, la historia del activista no es más que una de tantas. En su caso el relato ha despertado mucha repercusión porque se trata de un activista conocido, calificado por Amnistía Internacional como "preso de conciencia". Pero detrás de su historia se oculta una cadena de violaciones sistemáticas, una tragedia diaria que ocurre en cientos de cárceles rusas donde los funcionarios son omnipotentes y los derechos de los hombres una arrugada y sucia servilleta a merced del viento.


Detrás de la historia de Dadin se oculta una cadena de violaciones sistemáticas, una tragedia diaria que ocurre en cientos de cárceles rusas donde los funcionarios son omnipotentes y los derechos de los hombres una arrugada y sucia servilleta a merced del viento


En la investigación que realizó el Consejo en IK-7 se descubrieron relatos prácticamente idénticos. El preso identificado con la inicial K. fue maltratado con un martillo de madera, usado para comprobar las rejas, con el cual los guardias le pegaron en la cabeza. Lo mismo denuncia el preso identificado bajo la inicial J. que nada más entrar en la colonia fue castigado a 7 días en la celda de aislamiento.

A los presos musulmanes se les prohíbe rezar amenazándoles con palizas. Si se niegan a comer cerdo, se les tortura o castiga con la celda de aislamiento. A uno de ellos lo pegaron tan fuerte que quedó sordo de un oído. A otro le dislocaron un hombro. A un tercero le rompieron una costilla e hirieron en los pies.

Cuando el Consejo fue a recabar las denuncias de los reclusos, el coronel que acompañó a la comitiva, A. V. Fedotov, se negó a proporcionar los archivos de audio y de vídeo de la prisión con la excusa de que estos solo se guardaban durante 30 días. Según Anastasia, que sigue el caso de su marido a través de una página web en la que recaba más denuncias de otros presos, la directora del Comité ruso de los Derechos Humanos, Tatyana Moskalkova, ha podido ver las grabaciones y asegura que en las cintas hay episodios recortados.


Una activista sostiene un cartel en el que pone "Rusia será libre" delante de la prisión IK-7.


En las confesiones, todos los reclusos del IK-7 se refirieron a la cámara de aislamiento número 14 como la peor de sus pesadillas. Uno de ellos, inscrito bajo la inicial N. sostiene que la llaman "la cámara de las torturas". "Es la más alejada, nadie oye lo que pasa en ella. Cuando llega el invierno, apagan la calefacción de la celda, abren la puerta a la calle y te dejan sentado dentro solo en calzoncillos. Pueden sacarte al patio donde hace 25 grados bajo cero y dejarte ahí durante unas 6 horas", relata en el documento del Consejo.

Según Anastasia, aunque las torturas suceden en toda Rusia, Karelia se lleva la palma cuando hablamos de impunidad. "Según me han contado, el jefe de los servicios penitenciarios de Karelia tiene amigos en la cúpula moscovita. Todo apunta a que los abusos suceden bajo su absoluto acuerdo. Sabe que nadie le investigará", sostiene Anastasia.


IV. El sistema contra el hombre

Cuando las torturas se denuncian, el sistema legal simplemente obvia que existen. Ahí es donde entran organizaciones como el Comité Antitorturas que intenta paliar las deficiencias del sistema jurídico ruso.

"En Rusia existe algo llamado Comité de Investigación que debe investigar las denuncias a las personas que trabajan para el gobierno. Ellos son los que deben hacer todas las investigaciones sobre las acusaciones de abusos y torturas. El Comité, diciéndolo suavemente, hace su trabajo francamente mal y habitualmente no hace nada en absoluto", explica el presidente del Comité, Igor Kalyapin.

Desde que la oenegé comenzó a funcionar en 2000, han recibido 1945 denuncias de personas torturadas principalmente en los cuarteles policiales pero también en las prisiones. 127 funcionarios judiciales han sido juzgados gracias a su actuación. Pero Kalyapin advierte que el número de casos que reciben es solo una parte muy pequeña de la realidad.


A los presos musulmanes se les prohíbe rezar amenazándoles con palizas. Si se niegan a comer cerdo, se les tortura o castiga con la celda de aislamiento. A uno de ellos lo pegaron tan fuerte que quedó sordo de un oído. A otro le dislocaron un hombro. A uno tercero le rompieron una costilla e hirieron en los pies


"La cantidad de quejas que recibimos no es representativa del número total de torturas porque no todas las personas denuncian los malos tratos, ni mucho menos. Es muy improbable que una persona que haya sufrido torturas vaya a denunciarlas a los servicios de seguridad estatales, y mucho menos que los cuente por ahí. Creo que esto pasa porque la gente tiene miedo, la policía sigue representando al poder, no es alguien con quien quieras volver a meterte", sostiene.



La cantidad de relatos que lleva años escuchando hacen que el caso de Dadin no le sorprenda para nada. "Su historia es muy típica, es real que haya sufrido abusos y torturas, no es el único que las sufre. El hecho de que el Comité no haya encontrado nada tampoco me sorprende, han hecho el trabajo que suelen hacer normalmente. Por eso nosotros ocupamos su lugar, porque el Comité "no ve", "no recuerda"", asegura Kalyapin.

A lo que se refiere es a la investigación realizada por el Comité de Investigación de la Federación Rusa, que también acudió al IK-7 tras la publicación de la carta. El 14 de diciembre Anastasia recibió la contestación del Comité, en la que se le denegaba la apertura de un expediente de procedimiento penal contra los trabajadores de la colonia porque "no hay pruebas" y "no se han podido confirmar" los abusos.

"No hay garantías jurídicas para los rusos", asegura Anastasia. "En mayo de este año en una de las colonia apalizaron a un preso hasta la muerte. Tenemos el nombre del preso, tenemos a los testigos del acto pero aún así no hemos podido conseguir nada. Los asesinos se sienten invencibles, les decimos que mienten, que pegan, que torturan pero de facto no podemos hacer nada. No tenemos poder. Y ellos saben que pueden matar a las gente sin que les pase nada".


"La gente no denuncia los abusos porque tiene miedo, la policía sigue representando el poder, no es alguien con quien quieras volver a meterte"


V. La esperanza

Anastasia asegura que en Rusia demasiada gente se ha resignado a ver la tortura como una práctica normalizada y habitual. Ella se niega a aceptar esa "normalidad". "Para los defensores de derechos humanos, los abogados, los periodistas, esto no es normal. Vamos a intentar acabar con esto, poner centenares de denuncias", sostiene con firmeza.

Desde que puso en marcha su página web, ha reunido decenas de testimonios de ex-presos y de familiares de reclusos que muestran que su marido no es el único que sufre. "Creo que con Ildar todo estará bien porque su caso ha interesado a nivel europeo, así que tengo esperanza de que no le maten. Pero ahora hablo a diario con presos que sufren torturas, escucho a diario sus horribles relatos y entiendo que están en un auténtico campo de concentración. Esto es un gulag. Es un sistema de violación de derechos. No puedes simplemente aceptarlo. Yo no puedo", asegura Anastasia.


"Esto es un gulag. Es un sistema de violación de derechos. No puedes simplemente aceptarlo. Yo no puedo".


Cuando las investigaciones en el IK-7 acabaron, Dadin fue trasladado a otra prisión. A día de hoy, no se sabe en qué lugar se encuentra. Su mujer no tiene contacto con él, se resigna confesando que "así es como funciona el sistema ruso".

A pesar de todo, sigue luchando, intentando cambiar un sistema que lleva existiendo desde que se inventaron los campos de trabajo, desde que las ideas disidentes eran motivo suficiente para meterte entre rejas. "Yo no temo por mi vida. Pueden hacer lo que quieran, pero yo no tengo tiempo para tener miedo", insiste Anastasia. Sabe que el miedo nunca ha servido para acabar con la barbarie.

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