Reportajes

Cuando el edificio en el que trabajas planea matarte

El Síndrome del Edificio Enfermo es un succionador de salud invisible y peligroso

Fotografías de Li Wei

Quizá no quiera sepultarte bajo un archivador gigante y que parezca un accidente.

Puede que no pretenda que tropieces fatalmente y caigas al vacío desde la azotea.

Probablemente sea solo un bloque de hormigón sin intenciones criminales, pero el edificio en el que trabajas puede estar desgastando tu salud de una manera mucho más sutil, lenta y silenciosa.

Mucho más peligrosa.

Hasta hace unos años, el Síndrome del Edificio Enfermo era una enfermedad rara, una patología sin mucha explicación médica.

Sin embargo, el constante aumento de personas que ven su salud mermada por culpa del edificio en el que trabajan lo ha convertido en una enfermedad común de nuestra era.

"Desgraciadamente, y debido a que cada vez hay mas casos de gente afectada, poco a poco comienza a existir más conciencia, pero de momento, los más sensibilizados son los afectados y sus allegados", lamenta Álvaro Olaiz, arquitecto y cofundador de la Asociación de Profesionales de la Bioconstrucción Ekian

La Organización Mundial de la Salud lo define como el conjunto de molestias y enfermedades que un edificio causa en sus ocupantes y cuyo origen está en el mal estado del inmueble.

La mayoría de edificios enfermos no tiene ventanas que permitan una ventilación natural

¿Qué síntomas genera el Síndrome del Edificio Enfermo? Muchos y muy variados y, en ocasiones, difíciles de detectar: irritación en las vías respiratorias, escozor en los ojos, dolores de cabeza, fatiga, falta de concentración, náuseas, mareos, ansiedad...  Son causados por el SEE si desaparecen cuando se deja de acudir al edificio.

Hay otras dolencias más llamativas, como los casos de lipoatrofia semicircular: la aparición de zonas de carne hundida en los muslos de los trabajadores, principalmente mujeres, por causas relacionadas con la electricidad estática y los materiales de los muebles de oficina.

Los edificios enfermos —un 30% de los edificios modernos, según la OMS— suelen tener unas características comunes, producto de una construcción poco comprometida con el bienestar de las personas:

1. Son herméticos, los clásicos bloques de oficinas en los que las ventanas no pueden abrirse.

2. Tienen un sistema de ventilación forzada y existe una recirculación del aire: no se abren las ventanas (porque no se puede) y abusan de los sistemas de climatización.

3. Con frecuencia son edificios de construcción ligera y poco costosa.

4. Suelen tener moquetas y otras cubiertas de material textil.

"No hay que olvidar —señala Olaiz— que la gran mayoría de los materiales utilizados tanto en los edificios como en los muebles, alfombras, etc., contienen sustancias que pueden generar tóxicos químicos que terminamos inhalando".

Todo ello repercute en la calidad del aire y fomenta que el ambiente en el que pasamos más tiempo al día, nuestro trabajo, pueda convertirse en una lenta amenaza para nuestra salud. 

Sustituir materiales por otros más naturales, ventilar los espacios de manera natural, rediseñar la red eléctrica con criterios de bioconstrucción... Las posibles soluciones son muchas, aunque cada caso es particular y requiere de un diagnóstico individual.

Pero hay más. Quizá el punto más polémico en torno a esta cuestión es el de la contaminación electromagnética.

Día a día, y especialmente en gran parte de los entornos laborales, vivimos rodeados de una nube de electrosmog que nuestros ojos no ven, nuestros dedos no tocan y nuestros oídos no escuchan. Y sin embargo, está ahí.

Tanto los cableados eléctricos que recorren las oficinas para que tengamos dónde enchufar el ordenador y, sobre todo, todo lo inalámbrico (wifi, teléfonos, teclados y ratones sin cable, etc.) genera campos electromagnéticos. Una contaminación a la que no prestamos atención porque, simplemente, no la vemos.

Aunque se trata de una cuestión altamente controvertida y muy discutida entre diferentes bandos de expertos, hay indicios de que la excesiva exposición a la contaminación electromagnética podría causar daños graves en la salud.

Los expertos no se ponen de acuerdo, pero la OMS califica las radiaciones electromagnéticas como posible cancerígeno

De hecho la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, dependiente de la OMS, incluyó en su informe de 2011 a las radiaciones electromagnéticas en su lista de "posibles cancerígenos para humanos".

Algunos expertos hablan, además, de otros posibles efectos en la salud de quienes están constantemente expuestos a sus efectos, como depresiones, alteraciones cardíacas, posibilidad de abortos y trastornos en nuestro sistema inmunológico, entre muchos otros.

"No se trata de crear alarmas innecesarias —advierte Olaiz— pero la suma de todos los factores acarrean una serie de trastornos que pueden derivar en problemas más graves".

Joan Carles López es geobiólogo y experto en radiaciones del hábitat. López alerta de que la contaminación electromagnética en los entornos laborales está aumentando: "Los edificios no se diseñan bien, solo se piensa en que esté todo intercomunicado, toda la tecnología a nuestro alcance, sin tener en cuenta los efectos que pueda tener sobre la salud de quien está ahí todo el día trabajando".

Las empresas tienden a reducir costes y eso implica, por ejemplo, abandonar las centralitas telefónicas por cable y sustituirlas por inalámbricas, potenciar el uso del wifi en lugar del internet por cable... Es una amenaza invisible en la que no reparamos pero que va ganando terreno a nuestro alrededor: "Todo ello hace que el lugar de trabajo se convierta en un riesgo potencial".

Vivimos rodeados de una nube de electrosmog que nuestros ojos no ven, nuestros dedos no tocan y nuestros oídos no escuchan

¿Hay soluciones?

López lo explica con una sencilla metáfora: "La contaminación electromagnética es como hacer una barbacoa: si estás demasiado cerca de las brasas, te vas a quemar muy pronto, pero si tienes un palo largo con el que puedas ir girando la carne, puedes estarte un rato haciendo la barbacoa sin peligro".

Todo se reduce, entonces, a una cuestión de distancia. Ya que es poco realista imaginar una oficina (o incluso, una casa) sin red eléctrica o aparatos inalámbricos, deberíamos tener las precauciones mínimas para evitar posibles daños: "Se trata de aplicar soluciones sencillas: alejar los dispositivos inalámbricos, cambiarlos por otros... Hay que ir alejando de las personas todo lo que pueda resultar dañino".

"Y, sobre todo —continúa López­­­­­­— dar información. Que los trabajadores y las empresas sepan que existen estos riesgos. Se están obviando como si fueran cosa de otro planeta y, con la cantidad de dispositivos nuevos que han entrado en nuestras vidas en los últimos cinco años, hay un riesgo real que deberíamos tomar en serio".

Ahora, después de haber leído toda esta información, calcula las horas que pasas al cabo de la semana encerrado en el edificio en el que trabajas. Tradúcelo a meses, a años.

Si tu vida va a suceder entre cuatro paredes, al menos pregúntate si son seguras.

A veces, los enemigos más letales son los más silenciosos

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