Reportajes

Del debut en directo de Sasha Grey y otras historias de Unsound

El festival electrónico de Cracovia se despide con el estreno de aTelecine, el proyecto ambient de la ex estrella del porno, y un puñado de conciertos tan polémicos (V/Vm) como memorables (Raime, Shackleton)

El balance final de Unsound sólo cabe calificarse de excelente: Raime, Shackleton, Ben Frost y Voices From The Lake firmaron directos apabullantes, a la vez que pudimos observar el perfil de Sasha Grey en su debut en directo con su banda ambient aTelecine.

1. Techno con moqueta

El suelo del Hotel Forum, un espacio abandonado que Unsound ha reconvertido en pista de baile para sus actividades nocturnas, está cubierto de moqueta, ese tipo de moqueta clara y mullida que suelen tener las recepciones y los salones de los hoteles de categoría. Limpia y suave, con dibujos como de piel de tigre, tiene ese tacto al pie que hace que los gemelos no se sobrecarguen y andar de un lado para otro sea como ir pisando por la superficie de la Luna. Comparado con el del Museo de Ingeniería, sede de los conciertos del sábado por la tarde, que es de cemento y metal –emplazamiento que antiguamente fuera una cochera de tranvías–, y nada amable con el tren inferior (el tren del cuerpo, o sea, el culo), el del Forum es un suelo high-class que permite una experiencia raver lujosa, y he aquí otro detalle más que hace que Unsound, como propuesta de festival, alcance un caché que pocos eventos en el mundo pueden igualar o incluso superar. Habituados como estamos –y también un poco hartos– a los espacios de piedra y al alquitranado, y al parqué como máximo exponente de la comodidad para el sufrido pinrel, el clubbing en moqueta se confirma como el último grito en confort. Si se le suma el techo bajo –no indicado para gente que padezca claustrofobia, cierto es– y un sonido bien ecualizado que combate a sus enemigos con firmeza –precisamente, la moqueta, el techo bajo y los plafones de madera, tres hándicaps mayúsculos para cualquier técnico–, sólo podemos hablar de dos noches de éxito en Cracovia.

El viernes y el sábado, Unsound sumaba a sus actividades de la tarde – las conferencias y conciertos de temática experimental que son la marca distintiva del festival y que ayer clausuró su décima edición con un importante salto cuantitativo en asistencia de público– las dos habituales noches centradas en las últimas convulsiones de las escenas techno y bass. La segunda fue forzosamente breve para un servidor; tiempo apenas suficiente apenas para comprobar que lo de Kuedo no es ni de este tiempo ni este lugar –futurismo radical con patrones rítmicos espásticos y sintes que parecían la anunciación de una invasión extraterrestre– y que el proyecto cubano de Mala, por el contrario, y a pesar de la virulencia de los bajos y la sensación de espacio inabarcable que extrae de su lectura insobornable del dubstep, es todo lo contrario: en directo se pierde más de lo preciso en un cierto ‘síndrome Gotan Project’ que en el álbum editado este año por Brownswood queda disimulado, o mejor integrado (equilibrio que, por su parte, tiene algo más dominado Cooly G, cada vez más suelta en su doble tarea de manejar el micro y el laptop a la vez para dar salida a su dubstep-soul casi maternal).

La noche anterior en el Hotel, en cambio, no fue tan especulativa y sí más rocosa (una roca con partes arenosas, eso sí), con momentos memorables – Shackleton, Voices From The Lake– como preludio de otros que arrojaron resultados algo menos concisos y que indican que todavía necesitan más horas de trabajo hasta conseguir la verdadera puesta a punto. En el caso de Interplanetary Prophets es normal: se trataba de una jam house a cuenta del escuchimizado Ital y Jamal Moss, alias Hieroglyphic Being y dueño del sello Mathematics, especialmente comisionada por Unsound y que se pudo ver por primera vez (y quizá última) en el marco del festival. Con cajas de ritmos analógicas repartidas por toda la mesa y la sensación de estar cuadrándolas de oído, Ital y Moss alargaron durante casi una hora su particular ‘jam the box’ construyendo ritmos macizos en los que los bombos y las cajas salían en estampida, aunque sin conseguir encontrar muchos matices: parecía un clinic enérgico sobre cómo hacer house primitivo, aunque privándose de las ráfagas ácidas y las exhibiciones vocales, con lo cual quedó un poco descompensado, demasiado cargado en el jacking.

Tiempo tendrán de ampliar campo, que fue exactamente lo contrario que ocurrió con Juju & Jordash, que tienen tantísimo campo delante –su último álbum, “Techno Primitivism”, mezcla Autechre con deep house, Steve Reich con dub y todo tipo de ritmos de baile oblicuos– que prefirieron no complicarse de entrada, tirar por su lado más Detroit, y guardarse las cartas raras para el final. En su caso, el directo no estuvo a la altura del disco, circunstancia que sí se dio con Voices From The Lake: si el debut homónimo de los italianos Donato Dozzy y Nuell es una larguísima pista de más de 70 minutos de techno hipnótico y caldoso, el live set es bastante más oscuro y espeso, con cambios de velocidad súbitos –o cómo pasar de un momento casi Frankfurt, a 180 bpms, y sin darte cuenta estar a 90 en plena tensión desacelerada y de ahí al ambient planeador para volver a subir el tempo con envoltura de drones chirriantes– sin variar nunca el concepto: jugar con el techno como si fuera arcilla y ellos fueran Dios. Justo después les tomó el relevo Shackleton, que parece empeñado en demostrar con cada aparición –ya sea en clubes, en Sónar o en CDs grabados en su estudio doméstico– que tiene uno de los directos electrónicos más maleables, hipnóticos y elegantes del momento. El inglés estuvo hora y media dándole todo tipo de formas –esféricas, cuadriculadas y metidas dentro de sí, como un agujero negro o un calcetín sucio– a aquello que antaño conocimos como dubstep, y que en sus manos ya es otra cosa: música tribal, viajera, de ritmos envolventes y en movimiento hacia espacios desconocidos. Tenía competencia dura, pero la noche fue enteramente suya. Y ahí fuera, cómo no, en el frío del otoño polaco, la niebla conjurándose en las orillas del río Vístula.

2. Tres formas distintas de morir

Black Rain, el vetusto proyecto experimental y pseudo-industrial con brotes de techno arisco que renació hace poco meses con una reedición de temas compuestos a mediados de los 90 – “Now I’m Just A Number: Soundtracks 1994-1995”, y que originalmente era una banda underground, hoy únicamente comandado por Stuart Argabright, hombre que se parece mucho a Mixmaster Morris circa 2001–, tuvo dos oportunidades para mostrar su sonido en Unsound. La segunda fue en el Hotel Forum, justo a la misma hora que Interplanetary Prophets, y tiró de bombo para calmar a la jauría. La primera fue unas horas antes en un espacio la mar de cuco, el Feniks Dance Club –originalmente un cabaret con luces rojas de burdel, mesas reservadas, espejos y, aquí también, una gruesa moqueta roja–, y ahí se le colgó el ordenador dos veces por la ventilación insuficiente. De este modo, su directo, muy esperado por venir recomendado por los últimos heraldos del darkismo –los sellos PAN y Blackest Ever Black; de hecho, lo de Feniks era un showcase de PAN en el que también se sumaron la electroacústica cut-up de Ben Vida y el ruidismo a propulsión de Helm– acabó muriendo por culpa del calor.

Con esto queremos decir que en Unsound no todo sale bien, y que el error de cálculo forma parte del programa tanto como los estrenos a ciegas que luego salen bien. Hay, pues, formas y formas de morir, algunas más elegantes que otras, y el salto al vacío forma parte del juego, sobre todo en un festival que tiene como hilo conductor el lema “The End”, la idea del fin –de la vida, de la civilización, de los tiempos, del mundo, de lo que sea–: era lógico que también hubiera muerte (figurada). La muerte del ordenador es una de ellas, poco romántica pero muy de nuestros días. Luego estuvo la muerte tétrica y apocalíptica de Lustmord & Biosphere con su espectáculo Trinity. Aquello se presentaba en un cine gigantesco a pocas calles del centro histórico de Cracovia –el Kino Kijow, en programa doble al que había que sumar V/Vm–, y con el apoyo de las proyecciones en la pantalla la pareja nos dio su particular idea del apocalipsis nuclear, que es tan sinónimo de destrucción y extinción de toda vida como Messi lo es de gol. La música fue un duelo entre el ambient según Lustmord –negro y abrasivo como el alquitrán, peleando por subir decibelios y dejarte el tímpano como un gruyère– y el ídem según Geir Jenssen, más sutil y con algún indicio de bombo; ganó, evidentemente, el más bruto de los dos, y por momentos el chorreón de capas espesas le vino bien a unas imágenes que permitían una lectura demasiado lineal: espacios desérticos en los que parece esconderse algo maligno, el descubrimiento de una estación de ensayos nucleares, la exploración de sus edificios y sus trabajadores, el lanzamiento de la bomba H y los efectos letales de la explosión en el entorno. Por momentos, Trinity pecó de obvio (la detonación precedida por un silencio), y era tan estático que uno podía acabar durmiéndose –juro que tenía al lado un tío roncando, a la izquierda– o sufrir heridas importantes –juro que tenía al lado un tío tapándose los oídos, a la derecha–. Pero en general, provechoso, sobre todo cuando el cuerpo se ponía a temblar.

Antes de eso, llegaba la gran polémica de Unsound. Muchos lo entendieron como una trampa y quisieron irse, aunque la configuración de los asientos del cine impedía salir con facilidad al foyer, donde se podía fumar, comprar palomitas e ir al wáter, así que en la práctica V/Vm –el que fuera el alias más duradero y primigenio de Leyland Kirby antes de centrarse en su estética actual, identificable con el sonido que extrae como The Caretaker– logró atrapar a todo el mundo en su delirante resurrección, convirtiendo el espacio del Kino Kijow en una ratonera. Para mucha gente el problema, posiblemente, fuera no saber exactamente lo que es un “concierto” de V/Vm –el último fue en 2006; lo de Unsound fue una resurrección especial para enterrar ya definitivamente el proyecto sin posibilidad de volver (aparentemente); hay gente que todavía recuerda la que se armó en Sónar en 2000 cuando Kirby se pasó buena parte de la actualización arrojando pedazos de carne a la gente–. V/Vm se ordena a partir de una reacción violenta contra los principios de la escena electrónica experimental, tan seria ella, con sus músicos tras los portátiles con gesto impertérrito, sin ningún indicio de humor, y sus directos siempre han sido una performance caótica en la que se mezclan pogo, ruido, sinsentido, crooning, hard rock y el intento de convertir la situación en una revuelta.

La cosa fue así: antes de entrar, te daban un globo (no te decían para qué), y aparecía en pantalla un vídeo que resumía el funeral de Jorge VI, el último rey de Inglaterra, mientras un grupo de personas cargaban con dos ataúdes que depositaban en el suelo. Acabado el vídeo y tras una serie de indicaciones –el nombre del espectáculo, “Proper Kaputt”, más una serie de consejos y chistes marca de la casa–, del primer féretro surgió un personaje que parecía encarnar el espíritu de Rank Sinatra, uno de los personajes más odiosos y delirantes del universo V/Vm, el crooner de la voz satánica que transforma hits pop en una cacofonía histérica: cubierto de papel higiénico, con dos caretas –una con un mechón, otra que parecía un masa de carne pulposa–, haciendo playback con “Earth Song”, una de las canciones más kitsch de Michael Jackson. Del otro ataúd surgió Kirby, con careta de cerdo –la careta clásica de V/Vm–, revolviéndose por el suelo mientras atronaba un tema de Billy Idol, todo a un volumen estruendoso (antes se había acercado al técnico de sonido para decirle que aquello estaba muy bajo, que subiera al máximo), todo sin ton ni son, caos por el caos. Y así durante una hora de pogos, de invasión de las primeras filas, de versiones karaoke de canciones románticas de la peor calaña – “(Everything I Do) I Do It For You”, de Bryan Adams–, de guitarras de plástico, espontáneos en pelotas y explosiones de globos que crearon un estado entre el público de reacción violenta a favor (algunos se sumaron al despiporre e invadieron el escenario), la perplejidad y el asco. Uno de los consejos que apareció en pantalla antes de empezar ya lo dejaba claro: “si no aceptas lo que es V/Vm, te garantizamos que vas a odiar hasta el último minuto de lo que vas a ver”. Kirby, enemigo público número uno del esnobismo electrónico, sabía lo que se hacía.

3. Buffet cósmico

El sábado por la tarde, Unsound tenía un doble programa. En horario diurno, y en el acogedor Muzeum Manggha, estaban programados los directos de dos artistas del sello Spectrum Spools –la factoría analógica comandada por John Elliott, de Emeralds– y dos de la rama más ambiental de Tri Angle. Los chicos de Spectrum Spools fueron Bee Mask, que sentado ante su laptop y su taza de café repasó los diferentes aspectos de su sonido de vocación retro –desde la electroacústica académica al kosmische de raíces alemanas, sobre todo en el tramo final, donde interpretó una versión abreviada de “Vaporwave”, cara A de su último vinilo–, y Container, que se lanzó por el tobogán de un techno de textura guarra y bombos inclementes más en consonancia con el sonido holandés de principios de los 90, sobre todo el del sello Bunker, que con las anárquicas jams rítmicas, y no particularmente acidorras, de su recomendable “LP” (2011). Se supone que el álbum próximo, a editarse en noviembre, será más Unit Moebius que Klaus Schulze.

Los cachorros de Tri Angle rebajaron el caos y la polución y, a cambio, trajeron melodía y sugestión hipnótica. No tanto WIFE, que efectuó el primer concierto de su recién estrenada carrera en Unsound y que tiene un corte más pop/R&B de recodos azucarados–, pero sí Vessel. El autor de uno de los discos techno del año –techno nebuloso, pero techno al fin y al cabo–, el demoledor “Order Of Noise”, estuvo casi una hora desgranando capas ambientales y ritmos meticulosos con resultados dispares, como un contraste violento entre el frío polar y un calor hirviente: mientras en algunas partes rozaba la obviedad y se enredaba en un ambient sin misterio, en otras conseguía alinear los astros –el bajo mullido, el beat asimétrico, las texturas fantasmagóricas– para crear instantes de belleza pura. Se entiende que tiene que ir puliendo el directo e ir produciendo más material para acabar de bordarlo. Cuando todo encajaba, los pelos de los brazos se ponían firmes.

4. Sasha Grey

El proyecto aTelecine lleva funcionando desde 2008 –cuando Sasha Grey todavía estaba trabajando en la industria del porno, ocupando un espacio destacado y señalada por Belladonna como su sucesora y la futura número 1 del género–, pero no fue hasta 2011, cuando Sasha se retiró del cine X, que la banda empezó a funcionar con regularidad, primero elaborando maquetas –que se pudieron escuchar en Myspace– y más tarde editando discos en Pendu Sound. Tras un par de años de maduración, aTelecine por fin estaba listo para ser llevado al directo y el espacio elegido fue Unsound, y Unsound escogió el lugar más cool, cerrado e industrial-friendly para que Sasha Grey e Ian Cinnamon desarrollaran su lenguaje parapetados tras dos laptops, cubiertos por la oscuridad –a ella sólo le llegaba luz desde atrás, envolviendo su rostro en sombras; pero sí, era ella– y con proyecciones al fondo que mostraban escenas bucólicas de naturaleza poética y planos de Sasha con gesto misterioso, retorciéndose las manos y revolviéndose el pelo.

¿Fue extraordinario el debut en directo de aTelecine? Musicalmente, todavía les queda recorrido por andar: han variado su posición y del sonido industrial destartalado de la trilogía “A Cassette Tape Culture” han pasado a una especie de ambient denso inspirado en partes iguales por Coil y Biosphere, salpicado de voces –un recurso muy noventas, utilizado sin sentido narrativo y con dudoso gusto decorativo– y con elementos de space-rock, localizable en ciertas guitarras sampleadas como si quisieran hacer suyo el lenguaje de Flying Saucer Attack, más un fase de beats convulsos a lo The Third Eye Foundation. En lo conceptual, aTelecine proponen un viaje sensorial apoyado en la música, capas y más capas de ambient que pretende invadir el cuerpo y la mente, y también en las imágenes. Pero están en ese estado primigenio en el que todo es muy evidente y muy basado en referentes que todavía les pesan demasiado. Lo extraordinario, en cambio, fue tener a un icono como Sasha ahí presente, con los cascos adornando su mata de pelo oscuro, tomándose la música en serio, empezando a andar un camino que todavía tiene que ser largo y sacrificado.

En otras palabras: entre aTelecine y Raime, los auténticos Lord Sith de la onda dark en la actualidad, media un abismo. En el que posiblemente fuera el mejor directo de todo Unsound –sin contar a Shackleton–, Joe Andrews y Tom Halstead nos avanzaron las delicias envenenadas de su inminente álbum de debut – “Quarter Turns Over A Living Line” sale en cuestión de tres semanas vía Blackest Ever Black– con un despliegue de mantos analógicos oscuros y ciertos momentos de techno amortiguado, sordo y visceral que creaban una sensación de estar capturado y atado por hilos invisibles. La música, quieta y persistente, paralizaba el cuerpo. Ese momento de Raime fue como introducirse lenta y persistentemente por un agujero negro, aplastado con paciencia por unas capas de texturas que sonaban livianas pero que pesaban como el plomo y que turbaban los sentidos. Un agujero negro del que se salió luego escupido con violencia por el directo feroz de Ben Frost –también en première mundial–, que se presentó con dos baterías para rememorar su pasado en bandas de punk y metal, y que marcó un hito de salvajismo dentro del programa de Unsound y que rubricó un balance final que sólo se puede calificar de excelente (y al borde del cum laude).

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