Reportajes

El día en que nos infiltramos en el puerto de Barcelona

Acompañamos a dos voluntarios de la organización cristiana Stella Maris

Fotografías de Guillem Sartorio

Todos hablan del puerto pero, realmente, ¿quién ha estado allí? A los pies de Barcelona crece una mole logística: el puerto de mercancías se está ampliando a unos niveles que, más allá de las cifras, ningún ciudadano ni periodista puede concebir, y raramente ver con sus propios ojos.

Hay quienes sí pueden ver y recorrer las terminales de transporte marítimo con libertad. No son guardia civiles, ni autoridades, ni representantes de empresas navieras. Son Ramón Ribera y Ramón Sánchez, voluntarios del Apostolado del Mar de Barcelona, más conocido como Stella Maris.

Esta organización internacional cristiana, surgida en Glasgow en 1920, vela por las necesidades básicas y espirituales de la tripulación de los barcos. Como un sindicato de oficio, asisten a cualquier marinero que lo requiera sin importar credo ni nacionalidad: “Si no fuera por nosotros, nadie les atendería”, dice Sánchez mientras prepara la furgoneta para partir.

Ramón Sánchez se quedó sin trabajo como desarrollador de aplicaciones y Ribera se prejubiló como contable. No son religiosos, pero el trabajo les gusta. Ataviados con chalecos fluorescentes y cascos de obra, empiezan su recorrido semanal por los 2 millones de metros cuadrados de la terminal de mercancías de Barcelona.

Nosotros, como polizones, vamos en el asiento trasero.

La joya de la corona

Pasado el control de la Guardia Civil, nos adentramos en un laberinto de contenedores de colores. El transporte marítimo es el responsable del 90% de todo lo que vestimos, comemos y consumimos a nivel global. Sin embargo es un mundo oculto para la mayor parte de nosotros.

Yo creo que cuando encuentran algo ilegal es porque ha habido un chivatazo

“Ahora vais a ver la joya de la corona: el Moll Prat”, presume Ribera encendiéndose un cigarro al volante. Esta zona del puerto, que ya sobrepasa los límites de Barcelona y que sigue en obras, fue construida por la empresa china Hutchison y es la más automatizada del Mediterráneo. “Hace dos semanas atracó aquí el carguero más grande del mundo”, dice Sánchez. “Mide como 2 campos de fútbol”.

Al poner el pie en tierra nos quedamos estupefactos: no imaginábamos que en la costa había espacio para un muelle de tales dimensiones. Unos robots extraños se cruzan entre sí a gran velocidad emitiendo pitidos. Son grúas motorizadas que transportan contenedores hasta una hilera de enormes brazos que los depositan en la cubierta de los barcos.

Ningún contenedor está en el suelo más de un minuto, la precisión es abrumadora: “A mí me encantaría saber las matemáticas, cómo hacen que todo cuadre de esta manera", dice Sánchez, asombrado. “Yo digo que es imposible controlar todo esto: están los escáneres, pero son controles aleatorios. Yo creo que cuando encuentran algo ilegal es porque ha habido un chivatazo”, comenta su compañero.  

Huele a curry

Da vértigo. Subimos por una escalera temblorosa hasta la cubierta del MSC Mirella: es el primer barco que los Ramones han decidido visitar hoy. Nos reciben hombres con petos naranjas: “We are from the Seamen’s Club”, dice Ribera. Automáticamente nos dan la bienvenida y nos hacen firmar el registro.

El olor a curry es brutal. En la sala común, tres marineros comen arroz con pollo y nos ofrecen un plato. Los Ramones inician su trabajo: en una mesa libre, depositan calendarios, un boletín de noticias del país de origen de la tripulación y un tríptico con información de Stella Maris. “A estos no les dejamos estampitas porque son hindúes y los capitanes son rusos”, ríe Ribera.

De pronto, un hombre sikh se acerca: “¿Qué tienes?”. Se refiere a tarjetas de telefonía y de internet prepago. Los Ramones las venden a todos los marineros que se lo piden: “La semana pasada vendimos 80 en un día”, dice Sánchez, “muchas veces la carga y descarga va tan rápido que ni siquiera les da tiempo a bajar del barco”.

Una joven entra en pijama en el comedor y nadie se sorprende: se llama Snata, es la esposa del segundo oficial

Stella Maris vende tarjetas sim para teléfono e internet a precio de coste. A cambio, las empresas suministradoras pagan una bonificación mensual que les sirve para costear la gasolina de la furgoneta. Por el interés que ha suscitado entre la tripulación, podría decirse que estamos ante un producto de primera necesidad: nada más comprar una tarjeta, el cocinero se asoma a una ventana para llamar.

Aunque oficialmente la principal misión del Apostolado del Mar es evangelizadora, en la práctica parece que su cometido es la asistencia humanitaria a los marineros del siglo XXI.

A bordo del MCS Mirella trabajan 22 hombres procedentes de la India: “Nueve meses, el contrato es bueno”, dice uno de los comensales. Cobra 1.200 dólares al mes. Como él, cada vez más hombres aceptan salarios y horarios más duros. Hasta dentro de 8 meses no volverá a su casa.  

La princesa del Mirella

De pronto una joven en pijama aparece en el comedor y nadie se sorprende. Se llama Snata y es la esposa del segundo oficial. El cargo de su marido le da el privilegio de poder viajar con él. Es la única mujer a bordo: “¡Es muy complicado!”, ríe, “hasta me alegro de cuando vienen mujeres de los servicios migratorios”.

Esto es muy normal. Las banderas se ponen a conveniencia, por los impuestos

Snata quiere hacer uso de uno de uno de los servicios más importantes de Stella Maris: el transporte gratuito. A cualquier hora, un trabajador puede llamar al Apostolado del Mar de Barcelona y un voluntario acudirá al muelle para llevarlo donde quiera, ya sea el Camp Nou, a comprar productos electrónicos (los más solicitados, según Sánchez) o a hacer turismo exprés.

Sin este servicio, los marineros de los buques mercantes no podrían salir del puerto: algunos muelles quedan a más de 10 kilómetros de la ciudad y los únicos autobuses que hay están pensados para los trabajadores del puerto. En una terminal diseñada para las mercancías, nadie parece acordarse de los marineros que viajan a bordo del barco y que lo hacen funcionar.  

El cigarro inflamable

Siguiente parada: sector de mercancías inflamables. Desde la furgoneta vemos, como si de una península desubicada se tratase, la Ciutat de la Justícia de Hospitalet de Llobregat y una torre de control del aeropuerto. Al otro lado, hacia el interior, hay centrales de Enagas, Gas Natural, Lukoil. La de Barcelona es la mayor terminal de productos petrolíferos del Mediterráneo.

“Los barcos descargan la gasolina y las empresas la almacenan directamente. También traen gas líquido y lo tratan aquí mismo”, cuenta Sánchez. Antes de entrar en el amasijo de tubos que es el siguiente barco, nos interpela el único ser humano a la vista: el guardia civil que vigila el amarre nos alerta de que éste no puede fotografiarse.

El viejo Maersk Elizabeth está presidido por un mensaje: “No smoking. Security first”. El guardián nos deja entrar y un joven en chándal nos recibe en la cabina de mandos. Huele a gas y a tabaco. En la mesa brilla un paquete de cigarrillos: “El capitán está durmiendo” dice el joven oficial, “ahora yo estoy al cargo”.

Por lo general, el silencio impera dentro de la jerarquía de la tripulación

En el barco trabajan 15 hombres, entre rumanos, macedonios y filipinos. El capitán y el oficial son italianos y la bandera es de Panamá: “Esto es muy normal. Las banderas más habituales son las llamadas de conveniencia, por los impuestos. Las que más se ponen son de Liberia, Panamá y Malta”, cuenta Ribera.

La tendencia es que en los barcos que transportan mercancías haya una macedonia de nacionalidades. Al salir, la tripulación nos observa desde debajo de la pasarela: algunos llevan pasamontañas y sus ropas y caras están llenas de suciedad.

Silencio a bordo

 “Las condiciones a veces son muy duras”, dice Sánchez. En el año y medio que lleva como voluntario, dos marineros de origen asiático han querido confesarle algo durante una visita: “Parecía algo malo, pero en seguida venían superiores y se callaban. Yo les decía que vinieran a la sede de Stella Maris, que allí podrían hablar". No fueron.

Stella Maris ha actuado como mediadora y en defensa de los derechos laborales de marineros en numerosas ocasiones a lo largo de su historia. Incluso ha forzado inspecciones sanitarias a raíz de denuncias. Esa vez ni Sánchez ni la organización pudieron hacer hacer nada. Por lo general, el silencio impera dentro de la jerarquía de la tripulación y la acción depende del contacto de los marineros con el Apostolado.

Subimos a un barco que transporta gasolina. La tripulación: 20 hombres, todos filipinos. El capitán es británico. Pedimos ver los camarotes, no nos dejan.

En el comedor, dos marineros se muestran entusiasmados con las estampitas de San Telmo, patrón de los marinos. Dicen que cobran 1.500 dólares al mes por 9 meses de travesía. Al dejar el barco, Ribera exclama: “Los filipinos son muy católicos, de los más simpáticos. Los rusos a veces nos miran mal, piensan que vamos a venderles algo. ¡Y luego nos piden mujeres y vodka!”.  

Año viejo

Abordamos el último barco y nos recibe una tripulación china muy joven, con cara de pocos amigos. Nos adentramos en la nave y huele a suciedad. Las estancias que vemos desde el pasillo están destartaladas: hay basura por el suelo, decoración de año nuevo en muchas las puertas y una mesa de ping pong aguarda en un cuarto lleno de bombonas de oxígeno. Nos lo han advertido: zarpan en 20 minutos.

El capitán parece recién levantado. En su mesa hay rollos de papel higiénico y su sofá es una cama improvisada. Se muestra alegre, más de lo habitual: “Parece que venir con una mujer cambia las cosas”, apunta Ribera.

El barco tiene 17 años, es del gobierno chino y la tripulación trabaja para una empresa de Singapur. Aparece Kevin, el ingeniero, va bien vestido y acepta que le retraten a cambio de hacerse una foto conmigo. Entre risas, muy animado por la visita, explica que transportan cemento desde Brasil a través de Argelia, y que ahora se dirigen a Alejandría, Egipto.

El salario, dice Kevin, está dejando de ser suficiente: “Las casas son muy caras en China”. Lleva 10 años navegando y asegura que quiere dejarlo: “Demasiadas tormentas, las familias no quieren que sus hijos trabajen en el mar”. Ayer fue a comprarle un bolso y zapatos a su mujer “porque él pasa mucho tiempo fuera”. También fue al casino, pero sólo a mirar.  

El patrón

La jornada de Los Ramones ha terminado y nos reunimos con el diácono Ricardo Rodríguez-Martos. Ex capitán mercante, desde hace 31 años es el director de Stella Maris y una figura vital en la asistencia de los marineros en el puerto de Barcelona.

Polizones, incumplimientos de contrato, problemas sanitarios, tripulaciones que abandonan el barco y tripulaciones abandonadas… Son muchos los problemas a los que esta organización gestionada por el Arzobispado de Barcelona hace frente gracias a la subvención pública.

Más de una vez, Rodríguez-Martos ha tenido que paliar las deficiencias y asumir responsabilidades que, asegura, corresponden sobre todo a los armadores, las autoridades portuarias y al Estado Español, firmante del convenio de la OIT sobre servicios de bienestar al marinero: “El problema es que el convenio no prevé penalizaciones si en los puertos no se ofrecen esos servicios de bienestar”.

De modo que un mundo en el que el transporte marítimo tiene cada vez más importancia, entidades benévolas como Stella Maris son las encargadas de asistir a marineros que, cada vez más, pertenecen a países con menos recursos: “Para un pakistaní, 700 dólares al mes y una tele mejor que la del vecino ya supone una mejora de su estatus”.

Según Rodríguez-Martos, el trabajo en el mar siempre ha sido duro, pero ahora se ha deshumanizado: “Las tripulaciones se han reducido, ahora hay muchas nacionalidades mezcladas. Antes era diferente: el largo viaje tenía algunas recompensas. Vivíamos nuestra cultura dentro del barco".

Ahora las navieras ya no son empresas con historia y escudo, sino grupos financieros anónimos que contratan por obra y servicio. Gracias a la carga y descarga automatizada, la estancia en el puerto se reduce y los trabajadores apenas pueden bajar del barco. Son náufragos entre contenedores: "Esto impide el ocio, comunicarse con las familias, es muy duro y estresante. Los hombres de mar siempre dicen que los de tierra los han olvidado”.

Los marineros del siglo XXI son náufragos entre contenedores de mercancía

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