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Auge y caída de la capital de la modernidad en Europa

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Berlín, el techno y la caída del Muro. O la importancia política de una revolución musical que cambió la mentalidad de todo un país

Luis M. Rodríguez

02 Noviembre 2015 06:00

Fotografías de Tilman Brembs

Berlín y el techno. Dos palabras fundidas en un abrazo. Dos ideas que enmarcan una historia de amor fluctuante sobre la que se ha escrito mucho, puede que demasiado. Porque con el techno berlinés sucede un poco como con nuestra Movida: cuesta distinguir dónde acaba la realidad y dónde empieza el mito.

Seguro, el techno puso banda sonora al despertar de Alemania tras la caída del Muro. Se constituyó en una fuerza de experimentación social tremendamente significativa en aquellos primeros años de caos post-reunificación. Pero también es cierto que, a mediados de los 90, la escena techno en Berlín se había devorado a sí misma.

El imprescindible libro Der Klang der Familie, de los alemanes Sven von Thülen y Felix Denk —recién publicado por Alpha Decay en España—, relata de forma trepidante esa historia de auge y caída de boca de sus protagonistas. Recorre aquellos días de raves y clubs improvisados en sótanos y edificios abandonados, aquellas noches de baile y amor químico entre los escombros del pasado y la promesa de una Alemania nueva. Y el sabor que deja es agridulce.

Agridulce porque sabemos que aquel es un tiempo tan mágico como irrepetible. Pero también por lo que tiene de utopía fallida.


La familia no podía seguir creciendo y a la vez manteniendo la intimidad (Thomas Feldmann)


En aquellos primeros 90, la música electrónica de baile se elevó como vehículo de expresión de un afán de libertad desesperado tras décadas de represión y psiques politizadas por la Guerra Fría. El golpeo maquinal de aquellos ritmos nuevos fue tan fuerte que el techno acabó convertido en algo así como la nueva música folk de Berlín —y casi que de toda Alemania del Este—. Bailar se convirtió en una forma de hacer política al margen de la política. Pero el crecimiento de la escena también supuso una tremenda devaluación de su esencia original: la experiencia libertaria y colectivista al borde de la anarquía acabó convertida, como tantas otras veces, en negocio al servicio de unos pocos. Lo que nació como subcultura liberadora acabó convertido en marca comercial y en circo.

A partir de ahí el juego cambió, e incluso dejó de tener sentido para algunos. Como dice uno de los protagonistas en el libro: "Cualquier subcultura que se convierte en cultura ha agotado su curso".


Love Parade

Del uniforme negro a los amores ácidos

A mediados de los 80, Berlín Oeste era un islote perdido en mitad de la RDA. El Muro había convertido la sección occidental de la ciudad en un oasis tenso, oscuro y tremendamente subsidiado que, gracias a sus condiciones —ayudas del Estado, alquileres ridículamente baratos, facilidades para okupar—, ejerció de imán de todo tipo de seres bohemios con mucho tiempo entre las manos.


Todo en Berlín Oeste estaba tremendamente subsidiado. El coste de la vida era insignificante, y la preocupación por cómo juntar el dinero del próximo alquiler era mínima. Como resultado de todo eso, tenías un montón de tiempo en tus manos para vivir tus excentricidades de forma creativa (Kati Schwind)


Aquella realidad subvencionada dio lugar a una escena artística marcada por la experimentación y el exceso. Un Berlín lúgubre de cueros, rock oscuro, punk, heroína y speed que acabó consumido por su propia indolencia.

"Berlín se empezó a estancar en 1985", recuerda el productor Mark Reeder. "Por aquel entonces ya no había nada fiero. La frescura había desaparecido. Más y más gente se fue metiendo en las drogas. La música allí me sonaba a odio sintetizado".


Puedes ver Halber Mensch, el álbum de Neubauten de aquella época, casi como un documental. Hay una canción sobre beber, y el resto son sobre los efectos secundarios de un consumo permanente de speed y la privación de sueño (3Phase)


Muchos sentían que la ciudad necesitaba un cambio. Y el cambio llegó de la mano de un sonido nuevo.

En 1988, bajo la inspiración del Verano del Amor inglés, aparecía el primer club de acid house de Berlín en un sótano de Köpenicker Straße.

Aquel lugar, el Ufo, fue el comienzo de una historia radicalmente nueva.


El Ufo no sólo era frío y húmedo, sino mohoso y sucio. Cuando salías de allí, parecías un obrero de la construcción (Mark Reeder)


Tekknozid

"Berlín era una ciudad musical, pero no tenía una cultura de música de baile", nos cuenta el periodista Felix Denk. "Para nosotros fue interesante descubrir cómo una ciudad más enraizada en el rock experimental se convirtió en una ciudad de raves".

De la abrasión punk y el odio sintetizado a la hipnosis rítmica y el amor ácido. Ese fue el camino. O como dice Uwe Reineke en el libro: "Antes, golpeabas contenedores metálicos. Ahora, una pequeña máquina plateada de Roland estaba tomando ese lugar".


El acid house era algo totalmente diferente, radical. A finales de los 80, el acid house era más punk que el punk (Alec Empire)


Bailando por un futuro nuevo

Confeccionado a partir de más de 150 entrevistas, Der Klang der Familie nació con la intención de ser el relato oral del despertar techno en la capital alemana. El resultado, aún siendo una historia parcial, acaba siendo mucho más que eso.

"Al principio, simplemente queríamos contar la historia de cómo empezó la música techno", explica Sven. "Fue trabajando en el libro cuando nos dimos cuenta de hasta qué punto la historia del techno está entrelazada con la narrativa de la reunificación alemana".

Es así. La desaparición del Muro supuso un nuevo comienzo para casi todos en la capital alemana. Muchos jóvenes del oeste encontraron en el este su Disneylandia particular, su campo de juegos. Aquella ciudad gris les recibía con mil y un espacios vacíos pendientes de explorar. Para los ossis más vanguardistas, la excitación estaba al otro lado, en lugares pioneros como Ufo.

Mientras sus mayores aún miraban con recelos a sus vecinos "del otro lado", los caminos de los más jóvenes se empezaron a cruzar gracias al techno. En cierto modo, la reunificación sucedió en los clubs antes que en la calle. La pista de baile fue el lugar más democrático para miles de jóvenes con ganas de explorar la vida en el marco de un futuro enormemente incierto.


Cuando vimos E-Werk, nos quedamos mudos. Aquel edificio curvo, todo aquel equipo y los transformadores. Supimos al instante que debíamos hacer una fiesta allí. A nadie le preocupaba que fuera ilegal. Por aquel entonces ya no había nadie al cargo. En el Este, no estaba en absoluto claro qué pertenecía a quién (Jonzon)


E-Werk

"La caída del Muro fue un enorme catalizador para todo tipo de energías", nos cuenta Sven. "Para mucha gente joven, aquella fue la primera vez que pudo juntarse con gente igual del oeste, por primera vez podían hacer lo que les diera la gana. Podían bailar, perderse en la música, vestir como quisieran. Y luego estaban las drogas, que, por supuesto, ayudaron. El éxtasis fue la perfecta droga empática para hacer que la gente bailara y se interesara por el otro. De repente empezó a estar bien visto el comportarse de forma sensual, las demostraciones de alegría, hablar con desconocidos. Aquello echó por tierra un montón de barreras. La idea de lo que significa ser alemán, empezó a cambiar gracias a eso".


Todas las cosas que solían separar a la gente, no existían en el techno. La sociedad con la que soñabas se creó a sí misma en aquel entorno; sin prejuicios, miedos o vergüenzas fuera de lugar (Rok)


Primera Love Parade

El gran logro de Der Klang der Familie reside en su habilidad para contar una historia conocida con un detalle y un calado inédito, definitivo. Aquí sólo hablan los protagonistas —Dimitri Hegemann, Dr. Motte, Westbam, Wolle DXP, Tanith, Elsa For Toys, Mark Ernestus...—, y nadie se calla nada. Hay su dosis de nostalgia, sí, pero los recuerdos no aparecen lavados. Y el escenario que pintan esos recuerdos sirve para entender la relevancia de una revolución musical culturalmente a la altura de las vividas anteriormente con el rock, el pop y el punk.

De la mano de quienes hicieron la historia viajamos a lugares míticos como Ufo, las fiestas Tekknozid, el primer Tresor, E-Werk, Planet, Eimer, Tacheles, Hard Wax o Bunker, revivimos la importancia de la conexión Detroit-Berlín de la mano de las primeras visitas de Underground Resistance, y asistimos al crecimiento de la Love Parade desde sus inicios como "manifestación" de unos cuantos 'outsiders' hasta acabar convertida en un monstruo multitudinario al servicio de las marcas y el marketing político.

Por el camino van quedando certezas. Entre ellas, la inocencia idealista que envolvía a aquella primera escena, la sensación de libertad y provisionalidad que reinaba en aquellos días. Y, sobre todo, la idea de que los espacios eran la verdadera estrella de la fiesta entonces.


“Para mí, Berlín significaba hoodies y ropas con las que podías saltar vallas. Calzado recio. ¿Qué vas a hacer si quieres explorar algo, y estás ahí con tus gafas de sol y tu poncho? (Johnnie Stieler)


Lo fascinante de clubes como Tresor o E-Werk, más allá de la música, fue la manera en la que un cierta actitud vital fue trasladada a la arquitectura. Es algo que está implícito en sus nombres. En aquellos lugares, un sentimiento de asombro ante la historia del edificio iba de la mano con el placer de su apropiación y su transformación en algo distinto. Era una manera de crear valor social sobre las grietas legales de un sistema que acababa de colapsar.

"La excitación de aquellos días tenía que ver con esa sensación de que podías hacer lo que quisieras, y nadie iba a interferir en tus planes", nos cuenta Sven. "Esa sensación de que podías tomar partes de la ciudad por una noche, o más tiempo, y nadie te iba a molestar, porque existía un vacío absoluto de poder y de control. Es una de esas coyunturas que se dan una vez en la vida. Como un accidente histórico".



Más allá del arcoíris

Para los protagonistas de Der Klang der Familie la euforia duró hasta que el crecimiento exponencial de "la familia" a la que hace referencia el título acabó con la posibilidad de preservar cualquier tipo de intimidad. El sentimiento de comunidad dejó paso al negocio. La Love Parade se había vuelto un esperpento multitudinario tomado por las marcas, llegaron los egos, las tensiones, los recelos, y cosas como Somewhere Over The Rainbow de Marusha acabaron de reventar los ánimos.


La subcultura estaba sentada. La siguiente pregunta era: ¿cómo convertir esto en una gran declaración de principios pop? (Westbam)


"Aquel disco fue uno de los clavos en el ataúd del movimiento", comenta Disko en el libro. "Fue un intento de moverlo hacia las listas y hacia revistas para adolescentes como Bravo. En todo movimiento juvenil, alguien tiene que jugar ese papel. Siempre ha sido así. Pero Marusha vino de una de las personas que habían forjado la escena; fue una patada en los huevos de toda la comunidad. Al final, el techno se había visto reducido a calcetines feos, pestañas verdes y música mierdosa".

Tocaba volver a las catacumbas. Reformular conceptos, recuperar el sentido de aquello desde el underground.


En Tresor, entrabas y estabas directamente en el centro del infierno. Tenía una intensidad muy diferente. Tenías que participar, o largarte a casa (Tilman Brembs)


E-Werk

Dos décadas después, en eso seguimos, en Berlín y en el resto del mundo. Aunque nada se parecerá nunca a aquellos primeros años de experimentación entre el detrito de un pasado macabro y la promesa de un nuevo futuro. Una experimentación que iba mucho más allá del techno, y que se desarrolló en varios ambientes de manera paralela. Porque el Berlín de los 90 también es el Berlín de espacios artísticos como la Galerie Berlin Tokyo o Kunst un Technik, el de clubs menos notorios pero igualmente importantes como Elektro o Cookies, el de escenas como el digital hardcore o aquella música improvisada radicalmente reduccionista que acabó siendo conocida como echtzeitmusik.

Todo aquello fue el caldo de cultivo del Berlín de ahora como meca europea del techno para la “easyJet set”. Una meca que lucha por mantener viva una parte del espíritu de aquellos inicios, mientras pelea por asegurar su futuro como industria.

En ese contexto, hace algunos años, el productor y DJ inglés Ewan Pearson lanzaba una recomendación a la comunidad clubber de la ciudad desde el documental Feiern. "No os olvidéis de ir a casa", decía. Es una ilusión pensar que la felicidad puede extenderse indefinidamente, sugería el británico.

Meses después, en una de sus columnas para la revista Groove, Pearson se retractaba. En vista de la naturaleza única de los clubes berlineses, y del peligro de cierre que se cierne sobre muchos de ellos, el inglés avisaba: el deber de todos los ravers es luchar por su supervivencia, disfrutar de la belleza especial de estos lugares. Mientras duren.

Como en aquellos primeros días de la escena, vuelve a ser una cuestión de libertad.


(You Gotta) Fight For Your Right (To Party)


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