Reportajes

La cara oculta de Warp

Por Javier Blánquez

Warp

Los fastos se acercan. A quienes las celebraciones nos tiran para atrás como el olor de una sardina podrida, el fasto es infausto, innecesario, oneroso: como el crucificado al padre, le pediríamos a Steve Beckett –el único socio fundador del sello Warp que queda con vida– que aparta de nosotros este cáliz, porque la efeméride de los veinte años de vida del sello llega en un momento especialmente inoportuno, intrascendente en una trayectoria que fue intachable y que ayudó a cimentar el prestigio de la música electrónica en los años noventa. Por mucho que adoremos el logo de Warp hasta el punto de tatuárnoslo en la nalga izquierda si fuera necesario, hay que hacer uso del derecho de pataleta y decir alto y claro que este sello que funciona ahora –cómodamente instalado en unas amplias oficinas de Londres, con un catálogo amorfo en el que por un debut como el de Hudson Mohawke, el inminente “Butter”, te cuelan pestiños como el de Mäximo Park de cada dos años–, no es en absoluto el que arrancó en Sheffield en 1989 como una división más de aquella tienda de discos que servía acid, techno y hardcore a la clientela local, ni siquiera el que patentó la etiqueta ‘techno inteligente’, ni la que se gastaba los dineros en fichar a Aphex Twin –los mismos que ahora se dejan en grupos como Pivot o Born Ruffians–.Pero, por otro lado, es de bien nacido ser agradecido, y por mucho que Warp no nos haga perder el culo como antes, hay que reconocer que siguen amasando una piña de fichajes capaces de dar un mínimo de cinco buenos discos al año, y que el peso de su pasado es lo suficientemente importante como para tapar defectos del presente. Así, el ciclo 1989-2009 se completa esta semana –y trae a las tiendas una caja conmemorativa de dos décadas; la comentaremos en la sección de discos llegado el momento, que ya está en camino por correo aéreo–, y Playground ha querido rendir un homenaje al sello que, para muchos de los que escribimos aquí –y suponemos que para bastantes de los que leen allá– ha servido de flaubertiana educación sentimental en esto de la música moderna. ¿Cómo hacerlo? Se habló de un top 20 de Warp comentado. Pero todos sabemos que en ese top 20 están el “Tri-Repetae” de Autechre, el “Music Has The Right To Children” de Boards of Canada, el “Frequencies” de LFO y el “Selected Ambient Works II” de Aphex Twin. Así que haremos el otro top 20, el de los discos increibles que nadie reivindica, nadie recuerda, la cara oculta de un sello que nos podría da cien obras maestras sin despeinarse. Estas son algunas.

20. Rhythm Invention: “Inventures in wonderland” (1993)

Un crítico se preguntó, hace años, y con bastante razón, por qué a Spooky se le negaba la fama que se le daba sin pestañear a Orbital. La pregunta tenía su intríngulis, porque Spooky era por aquel entonces el dúo cumbre del house progresivo, y sólo perdían empaque ante Orbital en el aspecto melódico, nunca en el técnico. Ahora, podemos hacer la misma pregunta alterando los factores: ¿por qué Spooky, aunque no del todo bien, han pasado a los libros, y Rhythm Invention no?

“Inventures In Wonderland” es quizá la más lograda incursión del catálogo de Warp en territorio proggy, gracias a la ambición panorámica –breaks, samples psicodélicos, temas con desarrollo y clímax que entra a regañadientes; como una versión algo pálida del primer disco, el verde, de Orbital o el “Gargantuan” de Spooky– de dos productores norteños como eran Nick Simpson y Richard Brown –este último posteriormente en Swag y Cherry Bomb–. Quizá el paso del tiempo haya amarillenteado las texturas de este álbum que, posiblemente, necesitaría una

remasterización para sonar algo más brillante, pero trallazos como “Ad Infinitum (Full On Flange Mix)” siguen siendo tan poderosos como entonces. Típico producto de la edad dorada.

19. The Black Dog: “Spanners” (1995)

Posiblemente, “Spanners” no sea el mejor disco del perro negro: ése habría que buscarlo en el vecino sello GPR, que por las mismas fechas ya había planchado el álbum “Temple Of Transparent Balls” y la reunión de maxis “Parallel”. Pero esta última incursión en Warp antes de la definitiva separación del trío es, posiblemente, la que se puede definir como quintaesencial, el más completo y el que aúna mayor número de signos y méritos. Es un disco laberíntico, de intrincados paisajes electrónicos de tanta complejidad estructural que es fácil perderse entre sus recovecos: programaciones de cubismo notorio, de depuración de los lenguajes del ambient, el techno de Detroit y el sonido a veces humorístico que colaban los futuros Plaid cada vez que Ken Downie se despistaba. También es el disco más mitológico, con un híbrido entre Anubis y Cerbero en la portada, el perro (negro) de tres cabezas que guarda la entrada al infierno, pero con rasgos del dios egipcio, constatando que The Black Dog estaban más cercanos a un culto órfico, mistérico, que a una máquina de hacer techno horizontal.18. RAC: “Structures” (1996)

En Rhythm Invention estaba Richard Brown. En RAC estaba Chris Duckenfield. Con el tiempo, estos dos cerebros acabarían conectando y dando forma a Swag, uno de los secretos mejor guardados del house inglés de la década anterior. Pero antes de eso, uno con la cyberdelia, y Duckenfield con el intelligent techno, estaban dando pruebas de que su gusto por la complejidad y la pasión no era una coincidencia cósmica, sino una manifestación de talento propia de la época, en la que salían productores de primer nivel como hongos. RAC nunca estallaron en Warp porque jamás dieron el salto al álbum –como sí hizo Disjecta, por ejemplo–, pero como mínimo bordaron la duración del EP largo, como este “Structures” que es IDM de manual, como una versión algo housificada de Autechre. Sonidos cronch, beats elásticos entre el techno y el electro pero con un cierto relax deep, melodías saturnianas y esos bleeps que, como el bonito, sólo se crían en el norte. Letra pequeña de Warp de cuando incluso la letra pequeña era de quince quilates.

17. Brothomstates: “Qtio” (2001) El finlandés Lassi Nikko mereció mejor suerte en Warp. Por alguna razón, ni el sello le renovó su confianza ni los potenciales fans que le esperaban supieron encontrarle, pero hoy queda claro que, de haberle asistido otra promoción o haberse cultivado otra estética en el momento electrónico en el que Brothomstates apareció, otro gallo le cantaría y este “Qtio” sería observado como una piedra fundacional de la IDM del siglo XXI. Pregunta: ¿por qué Prefuse 73 sí y él no? Si “Qtio” fue uno de los primeros temas en usar hip hop maquinal yentrecortado en un contexto IDM, al estilo de lo que Ko-Wreck Technique y Phoenecia ya estaban haciendo en el sello Schematic, ¿por qué se tuvo que llevar “Vocal Studies + Uprock Narratives” toda la fama? Posiblemente porque Brothomstates no se atenía a ninguna línea concreta, y donde en un ensayo introducía hip hop industrialoide salpicado de glitches, en otro se acercaba a la suma de melodía + cubismo sonoro propio de Autechre o Plaid, sin definir un lenguaje personal y contundente. De este modo, este maxi ha pasado como una rarera de Warp, cuando en realidad es un hallazgo estético pionero. Un ejemplo más de que la historia es injusta. Por suerte, en sellos como Arcola o Narita se reparó parte del daño.

16. Chris Clark: “Ceramics Is The Bomb” (2003) Aunque últimamente ha corrido bastante tinta en su loor, Chris Clark quizá tenga que sufrir durante mucho tiempo el ser visto, oficiosamente, como uno de los segundones de Warp, siempre a la sombra del que fuera su modelo original –el rastro del Aphex Twin de “I Care Because You Do…” se apreciaba en el melodioso, juguetón y alambicado “Clarence Park”–, por mucho que después se arrimara más al turbo-rave de Mark Bell y a las polirritmias de un Squarepusher sedado. Pero hubo un punto de inflexión, y de relleno o futuro descarte editorial –como les ocurrió a Plone–, Chris Clark se afianzó en la casa y pudo entregar, de una tacada, dos discos para el recuerdo: “Empty The Bones Of You” (2003) y “Body Riddle” (2006). El cambio está aquí, en su primer EP tras el debut en largo, y cómo la infantilización de las notas da paso a un túnel oscuro de pseudo-gabber, plug-ins desmadrados y una técnica de programación de ruidos, ritmos a contrapié y efectos satánicos comparable a la de los grandes del braindance. Chris Clark dijo: soy más malo que todos vosotros. Y luego se quitó el nombre de pila para atravesar las puertas del Olimpo, con un laurel en la frente.

15. Autechre: “Basscad,Ep” (1994) El sol con el que Autechre han iluminado la música electrónica moderna es tan fulgente que incluso les eclipsa a ellos mismos cuando no son capaces de alcanzar los niveles de “Incunabula” (1993), “Amber” (1994) o “Tri-Repetae” (1995). Eso ha tenido una parte positiva –como el Real Madrid, podrán vivir eternamente de su pasado y medrar hasta el momento en que caiga otro título gordo–, pero también la negativa en el sentido de que los fans les exigen siempre más, y si no hay más, se paga con frustración. Y es que el pasado pesa y no pasa, y hasta obras menores como los EPs de la primera etapa de Sean Booth y Rob Brown alcanzan una categoría mayestática. “Basscad,Ep” son las remezclas encargadas a propósito de “Basscadet” –uno de los instantes más convulsos y bellos de “Incunabula”, y sólo por la fantasía de campanillas y exploración interestelar de Beaumont Hannant ya vale para tenerlo como un clásico al que se le ha quitado el polvo no muy a menudo. Pero hay más: un remix de Seefeel aislacionista y pulsante que anticipaba el desembarco del grupo en Warp con el monumental “Succour” (1995), el original en versión expandida y dos lecturas más de los propios Autechre –“Tazmx” y “Basscadubmx” que son los primeros signos de los “Tri-Repetae” y “Anvil Vapre Ep” por venir.

14. Sote: “Electric deaf” (2002)Software inestable y máquinas que parecen a punto de reventar. O es que los altavoces van mal: cuando suena la cara A del maxi de Sote, el primer acto reflejo es el de comprobar que los altavoces estén bien conectados, porque la circulación del sonido, y cómo se encallan esas baterías, no parece normal. Pero sí es normal, siempre y cuando asumamos que por aquel entonces estaba naciendo el breakcore, o la versión irónica, animal y edípica –por aquello de matar al padre, que podría ser Aphex Twin, Luke Vibert o Autechre, en los que kid606 se cagaba habitualmente– del intelligent techno de siempre.Y ahí estaba Ata Ebtekar, alias Sote, un iraní afincado en San Francisco que envió dos piezas de locura máxima a Warp y a los jefes se les cayeron los huevos al suelo de azulejos: como una odisea rave psicodélica y machacona, y más sucia que las uñas de Pocholo, durante diez minutos se desarrolla el aquelarre de “Electric Deaf”, un viaje perturbador y a la vez excitante por las lindes de la electrónica violenta y épica. Poco a poco el sonido se estabiliza –sobre todo en la percusión y a medida que entran los pulsos melódicos–, pero a la vez serefuerzan los bajos y se afilan los breaks para tender líneas de conexión entre el drum’n’bass, el dub, lo industrial y el placer por la música que nace de la informática. Insania máxima.

13. Joey Beltram: “The Caliber Ep” (1994)

Joey Beltram acabó grabando en Warp quizá porque el ambiente lo reclamaba. En estos años se había asistido a una peculiar guerra entre los de Sheffield y sus rivales belgas, R&S Records, por la exclusividad en la licencia del material de Kenny Larkin y Aphex Twin, guerra que quedó en tablas. Joey Beltram era uno de los acorazados insignia de R&S, a ellos les había cedido clásicos como “Mentasm” o “Energy Flash”, y Warp no se negaba a perder su pedazo del pastel del hardcore techno, y menos cuando se acababan los días del rave. “The Caliber Ep” no pertenece a la mejor etapa del de NY, pero es el mejor plástico que se puede adaptar a las necesidades de Warp, no tanto por “Caliber” y “Drome”, que están en la estela de Underground Resistance y el sonido Axis de Jeff Mills, sino por “Electric” –donde asoma el Beltram de R&S– y, en especial, “Orion”, que es un latigazo de techno ciberdélico, expansivo, explorador de espacios siderales a bombo limpio.

12. DJ Mujava: “Township Funk” (2008)

No por reciente hay que dejarlo correr. “Township Funk” fue, para muchos DJs y seguidores de los fenómenos diaspóricos del electro, el tema decisivo del pasado año 2008: un productor de Sudáfrica que no había salido de su pueblo, que organizaba fiestas domésticas en la onda del kwaito local, que de repente ofrece al mundo un track que en realidad está fechado en 2006 y que es el sonido por el que Warp había estado suspirando durante una década larga. Se sabe que el origen del sello en Sheffield había sido el sonido bleep de The Forgemasters, Nightmares On Wax, LFO y Sweet Exorcist. Ninguno de estos proyectos dio más: algunos por efímeros, otros por incidir en su propia evolución. DJ Mujava acaricia esas bajas frecuencias que laten con violencia y les adosa una percusión africana y una producción de manos profesonales y erige con todo eso un himno que siempre que suena revoluciona el gallinero. Bandera de un mundo multilateral en lo sonoro, “Township Funk” ha sido arma de destrucción masiva para Diplo o para Kode9, cada uno en lo suyo, y es uno de los signos claros de la transformación actual de la música de baile hacia, quizá, un nuevo paradigma. El futuro se está escribiendo; ésta es una de las primeras páginas.

11. Boards Of Canada: “In A Beautiful Place Out In The Country” (2000) El primer disco de Boards Of Canada no se toca: está en el top 5 de la historia, por mucho que Santi Carrillo se empeñe en negarlo, en plan agente del KGB que borra de las fotos la mancha en la calva de Gorbachov. El segundo, “Geogaddi”, tampoco: magia es la palabra, pues te traslada de un lugar a otro en un abrir y cerrar de ojos. Al tercero, “The Campfire Headphase”, le tenemos cariño, aunque se comprenden algunas críticas: típico sonido pastoral del dúo de Edimburgo, pero de tacto áspero, sensación árida, de campo de trigo mal segado, es como cuando a tu camiseta favorita le cae lejía; la quieres igual, y aunque no salgas a la calle con ella, te la pones para dormir. Así, los EPs de Boards of Canada en Warp quedan en segundo plano, como es lógico, pero también injusto. Los cuatro cortes de “In A Beautiful Place Out In The Country” –en especial “Amo Bishop Roden” y “Kid For Today”– deben ser tenidos en cuenta, sobre todo porque son la transición lógica de “Music Has The Right To Children” –nostalgia infantil y ritmos entrecruzados, emoción y ritmo– y “Geogaddi” –reflejo arcádico, sereno y naturalista de una electrónica que sigue enamorando–. El título lo dice todo: este disco es paz.

10. Eternal: “Mind Odyssey” (1992)

La cara A es un trabucazo de los que cortan el aire como un rayo en las fiestas de techno nostálgico. “Mind Odyssey” apareció en Warp en un momento en que la serie ‘artificial intelligence’ parecía marcar el destino del sello, y en el que la famosa serie de maxis con funda violeta daba el necesario contrapeso bailable a la sobrecarga de abstracción y seriedad experimental. Además, este himno de Eternal se alejaba incluso del techno americano para abandonarse al éxtasis de la oleada de música rave inglesa que emergió tras el colapso del hardcore.Breakbeats y pianos hay, sin duda –lo subrayan los dos remixes musculosos de la cara B–, pero la evolución y los toques agudos de las voces ultra-pellizcadas son las propias del house progresivo que por entonces Sasha pinchaba en sus maratonianas fiestas regadas con agua y trocitos de píldora de MDMA puro como el corazón de Fresita. Típico track de ‘hands up in the air’ por el que no pasa el tiempo. Incluso yendo sobrio va y se eleva el corazón.

09. Two Lone Swordsmen: “Tiny Reminders” (2000)

El Andrew Weatherall de hogaño nos puede hacer pensar que el de antaño estuvo sobrevalorado en su día: no puede ser que la abuela rockera que nos quiere colar su rockabilly con cuatro samples fuera el que tiempo atrás demoliera las fronteras del dub, el electro y el techno acorazado con tanto sentido del futuro. Pero no lo estuvo: es sólo que el hombre está gagá y pide a gritos un andador como el vecino pederasta de “Padre De Familia”. En todo caso, Weatherall, una vez finiquitada su primera etapa gloriosa, la de productor de Primal Scream y One Dove y los primeros maxis en Sabres Of Paradise –el sello–, necesitaba reorientarse, y Two Lone Swordsmen fue un proyecto que necesitaba maduración y calma. El estallido definitivo de su alianza con Keith Tenniswood fue éste, un “Tiny Reminders” que, en cualquier caso, lo que explica es la madurez del futuro Radioactive Man –aquí hay electro chispeante, microscópico, salpicado de bajos dub y nubecillas de polvo sonoro, que hablan de un diálogo inédito hasta el momento entre Drexciya y Pole–, y en el que las dinámicas rítmicas, melódicas y armónicas son maquinales hasta el tuétano, asfixiantes en su rigidez robótica –“Neuflex” es la Piedra de Rosetta del álbum– y fascinantes en su proyección futurista. Tocó techo, y desde entonces Weatherall sólo ha podido ir, poco a poco, acercando sus morros al suelo.

08. Squarepusher: “Venus nº 17” (2004)Hay dos maneras de estar a favor de Squarepusher –y muchas de estar en contra, pero los detractores aquí no son bienvenidos–: una es enrocarse en la defensa de sus primeros discos, el “Port Rhombus Ep” en Warp y el LP “Feed Me Weird Things” en Rephlex. Si uno se queda aquí, no corre riesgos: toda esta música es de otro planeta, la que engrandece la leyenda de Squarepusher. La otra manera de estar a favor del barbudo al que descubrió Aphex Twin tocando el bajo en el metro de Londres es sosteniendo la teoría de que su mejor disco posible es “Ultravisitor”: ahí tenemos su pasión no disimulada por el jazz y el onanismo instrumental, pero también un regreso a sus espasmos de drum’n’bass con inclinación al tremendisco épico. Sólo ocurre que, siendo “Ultravisitor” el mejor disco reciente de Tom Jenkinson, algo le faltaba: más mala leche, quizá; más acid, más barbaridades, un coro de niños maléficos, más sonidos Tom & Jerry en forma de breakbeat y sonidos de rayo láser, que es lo que incluye este EP descomunal en el que tres revisiones distintas, y con todos esos elementos, de “Venus nº 17”, nos congraciaron con la idea de Squarepusher como un absoluto genio. Eso sí, cuando le da la gana. Aquí le dio, y ya ven.

07. LFO: “Tied Up” (1994)

Salvando el primer “LFO”, track que ha marcado para bien la carrera posterior de LFO, dos son los cortes que han elevado hasta el máximo la temperatura del dúo de Leeds, uno firmado por Mark Bell ya en solitario –el estremecedor “Freak”, una de las pocas rodajas de vinilo capaces de poner a hervir la sangre en el tiempo récord de un puñado de segundos–, y el otro todavía con la asistencia del díscolo Gez Varley, que por aquel entonces ya estaba pensando en su inminente futuro como renovador del techno-dub, dialogando de tú a tú con los innovadores de Berlín. Ese tema es “Tied Up”, incluido en el maxi que hizo de puente durante la larga espera que separó a “Frequencies” de “Advance”. Cuatro versiones en vinilo, más las posteriores remezclas –una, la de Spiritualized, que es un clásico del top mantra–, que dan una idea del potencial destructor que LFO podían atesorar si les hubiera dado la gana de afilarse las uñas en el sonido post-rave. Beat electro machacón, texturas rugosas, voces de duende con un plan maligno y un parón a medio tema –que es como el agua turbia de un río en calma– que aniquila neuronas y resistencias.

06. The Other People Place: “Lifestyles Of The Laptop Café” (2001)Perdón por la batallita: cuando apareció este disco, se rumoreaba que detrás estaban los miembros de Drexciya –como años atrás lo estuvieran en Elektroids–. Había en el escueto libreto interior una dirección de email, y decidí escribir, pidiendo una entrevista, y de paso felicitar al anónimo autor de tan bella música. Al cabo de unos días respondió James Stinson, accedió a la entrevista y pidió las preguntas por email. Las envié, pero nunca obtuve respuesta porque una semana después había muerto. No es que la coincidencia añada más drama al final de Stinson –y, por tanto, del dúo que formaba con Gerald Donald, Drexciya y todos sus afluentes–, pero sí genera la duda de qué habría pasado de haber durado más años en este mundo. ¿Habría seguido grabando discos de tanta humanidad como este “Lifestyles…”? Porque lejos del electro explosivo y reivindicativo de Drexciya, que es como Malcolm X cruzado con Kraftwerk, aquí Stinson persiguió un relax, un futurismo amable, utópico, humanista –bastante “2001. Una Odisea En El Espacio”, por ejemplo–, con ciertos elementos de tensión que quedaban cortados de raíz cuando sonaban voces femeninas, o los ritmos se ralentizaban como buscando la posición correcta para dormir la siesta. Y este fue otro disco al que no se le hizo ni puñetero caso. Ya va siendo hora, ¿no creen?

05. Link & E621: “Antacid” (1995)Warp siempre pareció un buen hogar para Mark Pritchard (aquí identificado como Link) y Tom Middleton (a la sazón E621), pero ellos preferían dedicarse a su propio sello, Universal Language, o a ir vendiendo su material por ahí como chamarileros sin rostro: jungle, acid, electro, techno, ambient, todo cabía en la casa de los dos fieras de Global Communication. Warp lo que más se pudo llevar en su golden era fue la recopilación “Theory Of Evolution”, panorámica de rarezas y virtuosismo electrónico entre la que relucía este “Antacid” que no es propiamente ácido, ni bleepesco, ni technoide, ni electroso, sino un poco de todo, en la mejor tradición de la IDM inglesa que no le tenía miedo a los clubes. La mejor edición del lote “Antacid” es, sin duda, el doble pack promocional que reunía el maxi original –con la versión primera del tema y otra más escorada hacia el techno, “Antacid II”– y el de remezclas, con la más electro old school que ellos se servían como Jedi Knights, y otra también rota, pero más freak, que entregaba el por entonces desconocido Wishmountain, a quien años después hemos conocido como Matthew Herbert.

04. THK: “France” (1992)

La clave de “France” es el saxo. No dura mucho, es sólo un fogonazo –o sea, nada que ver con el saxofón coñacísimo del “Infinity” de Guru Josh, que no hacía tanto tiempo que había sido éxito mundial en su primera versión; luego nos llegaría el politono del verano pasado–, pero es un saxo lo suficientemente poderoso, y con personalidad, como para rellenar los huecos que quedan libres en el “Mars Mix” de esta producción, una de las pocas que grabó el finlandés Thomas Kukula, alias THK.En un track que es depuración arty del sonido hardcore, con sus progresiones armónicas de breaks letales y notas de piano con rabia, y hacia la mitad suena ese saxo –o trompeta de gitano cabral– que dura un suspiro y le da empaque mayúsculo a una de esas piezas clave del rave de arte y ensayo, muy cerca de los pandemoniums de Acen o de otro de los títulos claves de Warp, el “Devastating Beat Creator” –ver más abajo– de Kid Unknown. El “Jupiter Mix” y el “Sweet Ecstasy Mix” también tienen su rollo, pero son menos épicos.

03. Polygon Window: “Quoth” (1993)En este preciso instante, el mito no estaba aún formado. No se hablaba ni de genio, ni de Mozart del ambient, ni de freak; tampoco se hacían bromas con su barba, su mirada de Lucifer ni su desaseo corporal. Lo poco que se sabía de Richard D. James era que había publicado una barbaridad en el sello Rabbit City –la primera versión de “Didgeridoo”, un taladro zumbón de techno con breaks–, que tenía un sello excéntrico llamado Rephlex, que llevaba haciendo música desde pequeño y que montaba fiestas en su pueblo que, se decía, eran una salvajada. Y entonces, esto: la antesala de “Surfing On Sine Waves”, un maxi en vinilo transparente, de portada cobriza –se dice que las escaleras que baja Aphex Twin son las del metro de Bilbao; que algún nativo nos lo confirme– que sonaba a piedra contra piedra, a techno brutal fuera de la influencia de Detroit, con mayor influencia del hardcore inglés y belga y la escuela italiana de barbaridades anónimas –Lory D, Leo Anibaldi–. Cuatro tomas de un “Quoth” que es intelligent techno en su facción más agresiva, una dentellada al aura snob de las recopilaciones “Artificial Intelligence” y un primer síntoma de la ciclotimia de Aphex: lo siguiente, después del álbum como Polygon Window, sería su monumental y quieto “Selected Ambient Works II”.

02. Kid Unknown: “Devastating Beat Creator” (1992)

En su primer maxi para Warp, “Nightmare”, Patrick Fitzpatrick –alias DJ Nipper– ya mostró su actitud gángster sampleando a Ice-T. Pero lo mejor estaba por llegar en esta filigrana brutal de hardcore de arte y ensayo en la que se mezclan de la manera más perfecta todos los elementos que trabajan en la construcción de un clásico: el sample vocal revisado y reubicado, la punzada de sintetizador agudo propia de los primeros The Prodigy, el breakbeat acorazado y los atmósferas de fondo sugiriendo tensión, expectativa, para luego cargar el pesode la arquitectura del track, cómo no, en la entrada súbita de las cajas y los bombos. Frenazo, acelerón, barroquismo creciente y sonidos mentales, tanto en las voces de monigote como en los riffs rave, que aquí reciben un tratamiento Warp al 100%: el giro hacia la mitad, con nueva secuencia de piano, está más cerca de la inminente familia del intelligent techno que de la música piyuli que campaba a sus anchas por los prados en los que se celebraban fiestas. Si hay un tema en el catálogo de Warp que dé idea de locura y alucinación, que sea capaz de transportarte a un plano mental descoyuntado, es éste. Y, por supuesto, el mensaje, también de Ice-T: “death is my sect, guess my religion”.

01. DJ Maxximus / Something J: “Mercedes Bentley vs. Versace Armani” (2001)

El primer beat es electro, pero no hay que confiarse. Aquí no asomarán ni Kraftwerk ni Model 500, ni mucho menos Hasheem. Porque las primeras voces son rave –una de mujer mala, otra de bicho verde–, y entonces es cuando comienzan a gruñir los lobos y a aspaventar los brazos los orangutanes sobre un colchón de bajos más hinchados que el pene de Manuel Ferrara y unos beats que, ahora sí, se han transformado en el clásico chasquear del 2step que, por aquel entonces, dominaba el underground británico. Un mazazo, este “Mercedes Bentley vs. Versace Armani”: antes de que llegaran beatmakers como El-B, Steve Gurley o Ed Case, dos alemanes del Berlín bohemio estaban poniendo patas arriba la música de baile experimental con una revisión dislocada, lateral y bastante burra del garage inglés. La gran pregunta es: ¿es esto el antecedente del wonky actual? Por aquel entonces, figuras como Zomby o Rustie quedaban aún lejos, inimaginables. Pero Something J y DJ Maxximus anticiparon un método de trabajo –desfiguración del lenguaje urban inglés del momento, desde la periferia– que ni siquiera Squarepusher pudo imaginar cuando grabó su hit paralelo “My Red Hot Car”. ¿El mejor maxi de Warp de esta década? Ni lo dudes por un segundo, forastero.

Mercedes Bentley Vs. Versace Armani (Something J Nu Skool Rave Edit).mp3

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