Reportajes

La burbuja de los emprendedores… contada por ellos mismos

Las startups tecnológicas y su ecosistema parecían un nuevo boom. Pero solo lo parecían. La realidad es tan cruda como siempre ha sido la de montar una empresa

A las 11 de la mañana de un día laborable cualquiera, la actividad en Barcelona Activa es frenética. Un montón de personas con lanyards en el cuello hablan con cafés en mano esperando asistir a una conferencia sobre “coaching”. Otras están reunidas en salas “incubadora” o “laboratorio”, trabajando para que su startup sea la próxima que triunfe.

En 1997, cuando vio la luz esta iniciativa del Ayuntamiento, era difícil imaginar que casi 20 años después estaría creando 1.700 empresas al año, muchas de ellas startups tecnológicas. Entonces, en la zona sur de la ciudad en la que se encuentran sus instalaciones futuristas solo había grúas amarillas y obreros colocando vigas de acero.

La zona era la imagen elocuente de la burbuja de la construcción. Ahora, los edificios que estaban destinados a venderse como inmuebles caros han sido ocupados por un nuevo “ecosistema”, al que algunos grandes inversores como Bill Gurley (Twitter, Uber o Snapchat) no dudan en definir como la nueva burbuja: la de los emprendedores.

La nueva burbuja

“En España siempre se hace todo de manera excesiva. A finales de los 90 y a principios de los 2000 todo el mundo se lanzó a construir. Cuando la burbuja pinchó, todo el mundo se lanzó a emprender en el mundo tecnológico”, dice Carlos de Otto.

Después de 10 años en una firma de consultoría internacional, De Otto lanzó Rockola.fm, un Spotify antes de Spotify. La plataforma había obtenido 3 millones de descargas y levantado millones de euros de inversión.

Sobrevivió de 2007 a 2012. La llegada del gigante sueco y otros factores como la dificultad para entrar en nuevas rondas de financiación abocaron a De Otto a no tener un euro en la cuenta el mes después de cerrar Rockola. Tenía familia.

Cuando pasó eso desapareció su idea de emprender. Al menos como la había concebido hasta el momento. Telefónica le contrató y estuvo ahí dos años. Pero De Otto, acostumbrado a la emprendeduría, no pudo aguantar la estructura corporativa de una empresa grande. Y volvió a emprender a pesar de la oposición de su entorno más cercano.

Ahora, desde el Campus Google de Madrid, dirige otra startup, la app Bite. Está comenzando y ha vuelto a contar con la confianza de inversores que le ayudaron con Rockola. “Con el tiempo maduras las cosas, vas más despacio”, asegura.

“Incluso si te va bien, como fue mi caso, al día siguiente ves cómo los dioses se alinean contra ti y todo se hunde. Esto no es para todo el mundo”, dice De Otto.

“Hace 20 años, los estudiantes de Administración y Dirección de Empresas soñaban con hacerse ricos en los bancos de inversión. Ahora, los estudiantes solo quieren ser el próximo Mark Zuckerberg. Eso, por un lado está bien, porque hay más ideas y la gente emprende. Pero por otro lado es un peligro. Mucha gente piensa que montará una startup y se hará millonaria, pero eso no pasa casi nunca”.

Querer ser Zuckerberg

Esto es lo que le pasó a Pablo Olóndriz, de 27 años. Actualmente es gerente de BigSEO, una empresa que no es suya, relacionada con el marketing online. Trabaja para otro después de decenas de golpes en la carrera de emprender.

“Comencé a viajar por el mundo y me di cuenta de que yo quería esa vida. Quería dinero para viajar y poder ganarlo con un ordenador desde cualquier lugar del mundo en el que estuviera”.

Olóndriz lo reconoce: “Yo no quería cambiar el mundo. Quería hacerme rico e inventar cualquier cosa que me hiciese rico sin trabajar para otros”.

Desde su vuelta de aquel viaje, emprendió decenas de proyectos. Todos fracasaron. “Pensaba que esto consistía en tener una buena idea, atraer inversores y saberse mover. Pero no. Es un mundo que genera más expectativas que las oportunidades reales que existen”.

“Los únicos 500 euros que teníamos ahorrados nos los gastábamos en alquilar una oficina 3 días para negociar con inversores y que vieran que éramos algo. Pero al final, ni nos daban dinero y nosotros lo perdíamos en una oficina, cuando no teníamos nada y podíamos trabajar desde casa. También nos dejábamos mucho dinero en Facebook Ads cuando ni siquiera teníamos un producto sólido.”, explica Olóndriz.

“Y queríamos presentarnos a concursos, entrar en incubadoras... Películas como La Red Social han hecho mucho daño. Existen miles de negocios alrededor de las startups. Nosotros queríamos darnos a conocer de alguna manera pero eso no sirve de nada. En este mundo solo triunfa la empresa que se saca en el resto de los mundos: con trabajo duro, con suerte y sin postureos. Y como siempre, es más importante la rentabilidad de cualquier empresa que la obsesión por el crecimiento, que no tiene reflejo en la realidad”, añade.

Olóndriz entró en una espiral de fracaso. De hecho, estaba tan obsesionado con el fracaso como parte de su camino hacia el éxito que aprendió a convivir con él. Recurrió a las drogas para evadir la dureza de su realidad, hasta que enfermó por ansiedad, como él mismo relata en su blog, en unos posts tan sinceros como descarnados sobre la experiencia de emprender.

Después de acudir a un especialista, dio un giro radical en su vida y se olvidó de emprender. No descarta volver a lanzarse por su cuenta, pero siempre será sin prisas y cuando vea el momento. “Puede ser dentro de 5 ó 20 años. No es algo fácil, no es como en las pelis. Ahora veo las cosas con perspectiva”, dice.

Emprender en España es fácil

Una historia muy diferente es la de Pau Sendra. Tiene la misma edad que Olóndriz y ahora mismo es el CEO de Waynabox, una app que aprovecha los asientos vacíos de las aerolíneas para vender viajes de fin de semana “sorpresa” por 150 euros. De marzo a diciembre de 2015 facturó más de 1 millón de euros. Y ya cuenta con 15 empleados.

Es, además, su primera experiencia emprendedora. Su idea, “presentada en un PowerPoint”, como él reconoce, entró en el programa Lanzadera, una incubadora de startups creada por Juan Roig, dueño de Mercadona y el tercer hombre más rico de España según Forbes. “Nuestra idea original era crear un Interraíl con aviones, y terminamos con lo que hoy es Waynabox”.

Para Sendra, al contrario de lo que dicen otros, emprender en España es fácil: “En España hay créditos blandos como los de ENISA para los que apenas te ponen condiciones ni avales. Las ayudas públicas son muy accesibles. También es un país en el que el coste del talento humano es mucho menor que en otros. Contratar a un programador en España te cuesta 30.000 euros y en Francia 100.000”.

Sendra cree que tantas startups fracasen se debe a problemas de enfoque: “Yo conozco mi caso, pero para crear una startup tienes que venir a resolver un problema que tengas, no ir a hacerte rico de la manera que sea. Además nosotros veníamos todos del sector aeronáutico, teníamos un conocimiento, un buen equipo y los inversores confiaron en nosotros desde el primer momento. Si fracasas es que no se fían de ti, porque no tienes un buen equipo o no tienes ni idea de en qué te metes”.

Sendra espera ampliar su plantilla este año y, al igual que su mentor Roig, defiende que las startups —no solo las tecnológicas, sino los proyectos empresariales sólidos— son la manera de crear riqueza y empleo.

En un punto intermedio se encuentra Xevi Salvans. Lleva un año en el ecosistema. Junto con un grupo de amigos y una inversión inicial procedente de su entorno más cercano, ha creado DuNeed, una aplicación que pone en contacto a ofertantes de servicios con clientes de a pie. Ahora mismo están en fase de lanzamiento aunque, lo que en un inicio estaba planeado no se ha cumplido. “Tenemos contratiempos como todo el mundo que monta una empresa”.

El equipo de DuNeed se toma emprender como si se tratara de cualquier otro proyecto empresarial. “No por el hecho de estar en una startup tecnológica cambian las cosas”. "Es verdad que hemos pedido un ENISA y ahora mismo estamos en una incubadora. Hay facilidades y está bien, porque es un mundo en el que mucha gente llega nueva, te sientes solo y no sabes por dónde ir y eso te ayuda, pero nada más”, añade.

No todo es crecimiento

Como en todo el panorama empresarial, no solo en el de las startups, hay empresas que han contribuido a generar esa burbuja. Algunas de ellas, hasta hace poco fueron modelos a seguir para muchos jóvenes emprendedores que querían triunfar en España. Era el caso de la empresa de Wi-Fi Gowex.

La compañía de Jenaro García ganaba miles de millones y su estilo encajaba perfectamente con el ecosistema de las nuevas empresas. Pero Gowex resultó ser un bombazo de verdad. Todo era falso, un crecimiento llevado al extremo por encima de un valor de mercado real. Después de una estafa millonaria, la empresa saltó por los aires y sus responsables terminaron en prisión.

Rubén —nombre falso; la fuente prefiere mantener su anonimato— fue empleado de Gowex entre marzo de 2013 y abril de 2015:

“El mismo verano que me incorporé, estaban haciendo una ampliación de capital en la empresa, que pasó de ocupar una planta baja en Castellana 21, a ocupar dos pisos del edificio. Era una cosa rara, porque los que llevaban allí más tiempo no entendían. ¿Cómo podían ampliar una oficina donde no paraban de repetirse viernes negros, con varios despidos?”, dice Rubén.

“Empecé en el Call Center. A los dos meses me promocionaron al departamento de Comunicación para llevar las redes sociales, las relaciones con medios a nivel nacional e internacional, escribir en el blog de la empresa... Era traductor, intérprete, editor y autor de notas de prensa que iban a Bolsa directamente para la cotización de la empresa. Yo no tenía ni idea. Era todo incomprensible”, explica Rubén.

Para Rubén, “la empresa daba la impresión de ir bien, pero no iba nada bien”. “Teníamos un CEO carismático, como lo son muchos fundadores de startups. Pero ese carisma se traducía en vulgaridad y agresividad, que ejecutaba a través de sus dos primeros subordinados. Eran como perros de presa. Ellos negociaban con nuevos inversores, etc.”, añade.

¿Son las startups el futuro?

Según datos de Startupexplore, la mayor comunidad de inversores y emprendedores de España, las startups han generado 3.781 nuevos puestos de trabajo en 2015, un porcentaje realmente bajo sobre el medio millón que se ha creado en España. Y prevén crear 7.010 en 2016, aunque la cifra podría ser mucho mayor: según datos de esta firma, cada empleo directo en una startup genera otros 7 indirectos.

En España cierran en sus primeros cinco años de existencia el 80% de las empresas nuevas, según datos del INE. Por otro lado, según un panel de la incubadora Top SeedsLab, dentro de ese 80%, en el grupo de las startups el 47% fracasa por vender productos que no encuentran mercado. Es decir, casi la mitad de startups fracasan por inventar servicios totalmente inútiles.

Además existen estudios como “El surgimiento y la caída de las Startup: creación y destrucción de ingresos y empleo” ( The rise and fall of startups: Creation and destruction of revenue and job by Young companies), de la Universidad de Stanford y la escuela de negocios IESE, señalan que los beneficios, los empleos y, en general el crecimiento económico que generan las startups se cimienta sobre las pérdidas de otros sectores que ya ocupaban un nicho en el mercado. Por lo que, en sí, el crecimiento no es tan real.

El empleo real que generan las startups es poco. El crecimiento económico no está a la altura de la conversación que produce. Y aunque todos los días nazcan proyectos, incubadoras, nuevos marcos reguladores y ayudas públicas para promover este tipo de empresas, los propios emprendedores sugieren que la obsesión por ser el próximo Zuckerberg ha generado una burbuja. La cuestión es: ¿hasta cuándo?

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