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Así es la vida oculta en el país más opaco del mundo

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Hablamos con Suki Kim, una infiltrada entre la élite de Corea del Norte

Luis M. Rodríguez

16 Marzo 2015 06:00

"El tiempo allí parecía transcurrir de manera diferente. Cuando vives aislado del mundo, cada día es exactamente igual que el anterior. Esa monotonía consigue desgastarte el alma, hasta tal punto que acabas convertido en un objeto, en un algo que respira, trabaja y consume, que se levanta con el sol y se acuesta cuando empieza a oscurecer. Es una vacuidad muy honda, que crece cada día que pasa, y con ella te vas volviendo más y más invisible e insignificante".

Las líneas que acabas de leer bien podrían ser la descripción de una parte de nuestras vidas: de la cama al trabajo, del trabajo al súper, algo para cenar, algo que ver en la tele y vuelta a empezar. Jornadas cada vez más largas, horas cada vez más cortas, tareas que se acumulan y que apenas dejan tiempo para desconectar. La vida como espiral, como concatenación de deberes y rutinas que acaban desgastando el ánimo.

Pero el párrafo de arriba esconde una diferencia fundamental. Una variable de desigualdad que queda condensada en cinco palabras: cuando vives aislado del mundo.

Y no precisamente por voto propio.

Suki Kim, fotografiada por Arnau Bach

La escritora de origen surcoreano Suki Kim sintió ese brutal aislamiento en sus carnes cuando hace unos años logró infiltrarse en Corea del Norte como docente de la Pyongyang University of Science and Technology (PUST), una insólita universidad privada gestionada por cristianos evangélicos, enteramente financiada con capital extranjero, y situada en las proximidades de Pionyang.

Suki, naturalizada estadounidense desde los 13 años, acudió a la PUST en calidad de profesora de inglés, pero su intención real era otra. Ella quería descubrir y describir, desde el terreno, la realidad cotidiana y el aparato psicológico que define y sustenta a la nación más opaca del mundo.


¡Mantén firmes los pies sobre tu patria y la vista fija en el mundo!



En PUST convivió durante dos trimestres con los hijos de la élite norcoreana. Con ellos compartió la claustrofobia de la formación marcial y la vigilancia ineludible, mientras secretamente almacenaba notas en unas memorias USB que siempre llevaba consigo.

De vuelta en Nueva York, su experiencia quedó plasmada en Sin ti no hay nosotros, un libro de lectura absorbente que Blackie Books acaba de poner en circulación en nuestro país.

Una prisión camuflada de campus universitario


Plano digital del campus de PUST

"Cuando entré por primera vez en el edificio principal de PUST, uno de los guardas me saludó desde la garita. Las paredes de la escalera estaban adornadas con los retratos de Kim Il-sung y Kim Jogn-il y con fervorosos lemas como '¡Mantén firmes los pies sobre tu patria y la vista fija en el mundo!' o '¡Pensemos a nuestra manera y creamos a nuestra manera!'".

Proyectada en 2001 por iniciativa del profesor James Kim –un cristiano evangelista de origen coreano y nacionalidad estadounidense que ya dirigía otro centro similar en China– y finalmente puesta en marcha en octubre de 2010, PUST es una auténtica anomalía en Corea del Norte.

En medio de un estado socialista, en el que el proselitismo religioso está prohibido y en el que el gesto de poseer una biblia se castiga con la pena de muerte, aparece una elitista institución de enseñanza privada (la única del país), de valores declaradamente cristianos, con profesorado íntegramente extranjero (todas las clases se imparten en inglés), situada a escasos kilómetros de la capital.


Secretamente, almacenaba notas en unas memorias USB que siempre llevaba consigo



Suena a incoherencia, pero Kim Jong-il lo consideró una buena idea. Incluso cuando partía de un hombre, el profesor Kim, al que pocos años antes había perseguido por motivos políticos.

Cuando se le pregunta a Suki Kim por la razón de ser de la escuela, su respuesta es doble. Por un lado está el dinero. Dinero para el régimen, en forma de regalías y de ahorro. Oficialmente, PUST se describe como un proyecto conjunto en el que participa el régimen de Pionyang, pero la realidad es que son donantes mundiales, principalmente iglesias surcoreanas y estadounidenses, las que financian enteramente la escuela, en la que el profesorado trabaja sin sueldo, de manera que a Corea del Norte la institución no le cuesta un céntimo.


El hecho de poseer una biblia se castiga con la pena de muerte



El segundo de los motivos tendría que ver con una oportunidad de mejorar su imagen de cara al exterior.

"Creo que para el gobierno es una muy buena propaganda, porque presenta una imagen de una nación próspera. Porque la escuela tiene un gran aspecto, los estudiantes tienen una pinta estupenda. La mayoría de estudiantes norcoreanos no disfrutan de ese tipo de instalaciones y tú como visitante no llegas nunca a ver la imagen del resto de Corea del Norte. Allí están con profesores extranjeros, y los medios que los visitan son medios extranjeros. Si yo trabajara ahora mismo para algún medio de comunicación y me mandaran por primera vez allí durante tres días, me volvería con la imagen de que a Corea del Norte le van bien las cosas. Y esa es precisamente la premisa de su propaganda".

Estudiantes haciendo ejercicios en PUST. Fotografía de Suki Kim

Los profesores y los estudiantes conviven en el campus de PUST. Ocupan bloques de dormitorios adyacentes en un recinto vallado que además es vigilado por un grupo de jóvenes mujeres guardias.

La vida de unos y otros está reglamentada de forma estricta desde que se levantan hasta que se acuestan. Los alumnos tienen prohibido abandonar el recinto, alternan sus clases con tareas comunitarias como la guarda de edificios, la limpieza del monumento dedicado al Gran Líder o la poda –a mano, con tijeras– del césped. También los profesores gozan de escasa libertad: cada libro de texto, cada tema de redacción y cada actividad lectiva, por anecdótica que sea, debe recibir la aprobación de 'las contrapartes', aquellos funcionarios del régimen norcoreano encargados de supervisar y autorizar sus lecciones y sus movimientos.


Casi ninguno de los alumnos sabía qué país había sido el primero en llevar al hombre a la luna



Así pasó Suki seis meses de su vida, siendo testigo de un orden y una rutina aniquiladora.

Seis meses en los que se vio constantemente vigilada, sin poder salir del campus, más allá de un puñado de excursiones milimétricamente organizadas en las que siempre están acompañados por sus "escoltas".

"Nada entraba o salía de allí. Todo era tan estático que a veces resultaba difícil asociar las cosas a una fecha concreta", escribe en su libro.

Cuestión de (des)confianza

En PUST todo son reglas para los docentes. Acallar la más remota muestra de curiosidad por el mundo exterior. Nunca hacer comparaciones que den a entender que la vida fuera de Norcorea es mejor. Nunca hablar de política. No entrar en asuntos demasiado personales, y no mostrar demasiado entusiasmo al hablar de la cultura propia. No hablar de cristianismo, ni de Jesús, ni de iglesia. No usar pantalones vaqueros por ser considerados un símbolo de América. Nunca mencionar los nombres propios de los líderes, que allí son considerados deidades. Y sobre todo, jamás dar a entender que hay algún problema con el país.

Soldado norcoreano ayuda a un niño a disparar en una atracción en la Pyongyang Fun Fair. Fotografía de David Guttenfelder

Esas recomendaciones llegan, además, acompañadas de una advertencia: siempre existe la posibilidad de que las preguntas de alumnos y supervisores sean en realidad una prueba.

Una respuesta no satisfactoria podría costar la expulsión inmediata del país.

O algo bastante peor.

Todos acatan por eso.

"Al ser tan graves las posibles consecuencias, al final traicionas tus sentimientos. Simplemente es algo que no haces, sigues la corriente y no expresas lo que piensas", reconoce Kim.


Si trabajara para un medio de comunicación y fuera allí durante tres días, volvería pensando que a Corea del Norte le van bien las cosas



En ese contexto de recelos y cautelas constantes, hasta la pregunta más inocente se puede convertir en un problema.

"Recuerdo cuando mis estudiantes me preguntaban cosas como ¿encuentras Pionyang bonito? Era una pregunta tan simple, y sin embargo tenía dificultades para responder. Porque es una pregunta sobre la que tenía un montón de pensamientos complicados. Por un lado pienso que es la ciudad más fea del mundo. No porque sea una ciudad físicamente fea... Físicamente es aburrida, es una ciudad de cemento y hormigón. Pero lo que simboliza es espantoso. Nadie está autorizado a estar en esa ciudad, sólo personas seleccionadas pueden vivir en la ciudad. Para alimentar a la población de Pionyang el resto del país trabaja como bestias. Lo que simboliza es... en el libro lo describo como un monstruo succionador. Pero a la vez es su hogar. Y a ellos les tengo aprecio. Así que al final era una cuestión complicada. Recuerdo evitar tener que responder. Por eso era tan complicado estar allí. Sabía por qué me estaban preguntando aquello. No tienen permitido ir a ninguna parte, rara vez habían salido de su ciudad, saben que nunca van a poder salir de su país. Por mucho que proclamen que su país es el mejor del mundo, que su ciudad es la más bonita del mundo, la realidad es que ellos nunca van a ver el resto del mundo".

Los estudiantes que asisten a PUST son escogidos a dedo por el gobierno entre las mejores familias. Son hijos de doctores, de científicos, de abogados o de oficiales del partido. Vienen de un entorno privilegiado, y se forman para ocupar puestos de relevancia en el futuro del país. "Nada que ver con los desertores con los que había tenido contacto previamente", bromea Kim. "Algunos de ellos tienen mejor aspecto que cualquier persona que hayas conocido nunca. Realmente la mayoría de los alumnos son jóvenes bien parecidos. Hasta eso cuidan".

Pero aquella bonita fachada pronto se empezó a agrietar.

Aquellos chicos, en teoría algunos de los mejores estudiantes de todo Corea del Norte, un país con un índice de alfabetización del 99%, eran incapaces de pensar de manera crítica y llegar a conclusiones propias.


Por mucho que proclamen que su país es el mejor del mundo, la realidad es que ellos nunca van a ver el resto del mundo



También mostraban una asombrosa falta de cultura general en cuestiones relacionadas con el mundo. Eran incapaces de reconocer en fotos el Taj Mahal, las pirámides de Giza o incluso la Torre Eiffel. Casi ninguno de los alumnos sabía qué país había sido el primero en llevar al hombre a la luna. Pese a ser estudiantes de carreras científicas y tecnológicas, no tenían ni idea de en qué año se habían inventado los ordenadores (cuenta Suki en el libro que un grupo de alumnos, después de mucho deliberar, aventuró que podía haber sido en 1870) y nunca habían oído hablar de personajes como Steve Jobs o Mark Zuckerberg, o de invenciones como internet.

Suki Kim impartiendo clase en PUST

A nivel de carácter, había rasgos desconcertantes. Por un lado los alumnos se comportaban de forma muy respetuosa, obediente, aplicada y seria. Por otro, a los profesores del centro les empezó a llamar la atención la facilidad con la que los alumnos mentían y se inventaban historias inverosímiles para excusar ausencias o retrasos o cuando eran preguntados sobre cómo empleaban su poco tiempo libre.

"Había diferentes niveles de mentiras", explica Suki. "Estaban las mentiras que contaban porque sus supervisores se lo pedían. Estaban las que soltaban por puro hábito. Y también las cosas disparatadas que les habían enseñado y que creían verdad".


Los amigos se te asignan desde arriba y su misión es delatarte si cometes deslices



Cosas como que el coreano se habla en todos los rincones del mundo, que un científico de sus país había encontrado la manera de transformar la sangre de tipo A en tipo B, o que jugar al baloncesto te hace crecer más.

Historias inverosímiles que habían escuchando toda su vida y habían terminado creyendo. Porque la organización de Corea del Norte se sustenta en fantasías. Especialmente todo lo que tiene que ver con sus líderes, figuras casi sobrenaturales a las que se presenta como expertos en todo, como el principio y fin de todo.

En un país donde el gobierno lleva décadas inventando su propia verdad, ¿como esperar que los hijos no mientan?



Amigos intercambiables


Exhibición de Kimjongilias, flor híbrida nombrada en honor del líder Kim Jong-il. Fotografía de Suki Kim

Otro aspecto llamó la atención de Suki. Es lo que llama el 'buddy system', la manera en que los estudiantes solían moverse siempre en parejas.

Aquellas "amistades" parecían ser fruto de simpatías sinceras. Pero con el tiempo notaron que esos pares solían cambiar de curso a curso, y los que habían sido "amigos" dejaban de repente de tratarse.

"Después de un tiempo te das cuenta de que eso viene asignado por el sistema. Todo te viene asignado. El colegio te es asignado, tu puesto de trabajo te es asignado. Y lo mismo pasa con este sistema de dúos, o parejas de 'amigos'. Algunos de ellos sí acababan siendo mejores amigos, pero no fueron ellos los que decidieron que querían sentarse juntos, y compartir habitación e ir a todas partes juntos. Claramente, aquello era un deber, una asignación".

Amigos que te asignan desde arriba. Amigos cuya misión es además delatarte si cometes deslices.

"Con el tiempo empecé a notar que es un sistema problemático, porque también tienen un sistema llamado 'Unidad de Crítica Diaria', donde se reúnen cada sábado para criticar al otro. Es como una especie de terapia de grupo. El grupo se reúne y cada uno empieza a hablar de lo que sea que hizo el otro durante la semana, a sacar sus trapos sucios. Este sistema de informes y denuncias básicamente significa que no pueden confiar en el otro".


Estudiantes de carreras tecnológicas, nunca habían oído hablar de Steve Jobs o Mark Zuckerberg, o de invenciones como internet



"Los chicos me contaron que los trabajos allí son asignados en función de tres cosas: su posición según el songbun (el sistema oficioso de castas que existe en Corea del Norte), sus notas escolares y los informes de sus amigos. Y eso importa. Porque significa que ellos dictan tu suerte. Lo que pasa en esas reuniones críticas realmente decide tu destino. Lo que tienen son relaciones condicionales que les obligan a comportarse de la 'mejor' manera posible. Para mí es una manera de controlar a la gente, y de hacer que las relaciones personales no lleguen a desarrollarse, porque siempre habrá un sustrato de desconfianza en medio. Hacer que la gente no confíe en el otro es una de las mejores maneras de controlar a la población".

El adiós a un líder

Cosas del azar, la despedida de Suki Kim de PUST vino a coincidir en el tiempo con la muerte de Kim Jong-il. 20 de diciembre de 2011. Todos en Corea del Norte estaban de luto cuando a ella le tocó abandonar el país.

"Fue realmente un día traumático. Les acababa de enseñar Harry Potter, algo que me costó mucho conseguir. Justo después de que acabamos de ver la película, les llamaron a una reunión repentina. Creo que fue en esa reunión cuando fueron informados. Después de aquello, ninguno de los chicos volvió a cruzar una mirada conmigo. Lo que veía eran caras de absoluta conmoción. Una tremenda tristeza. Una tristeza traumática. Lo que vi fue pena sincera".

Funeral de Kim Jong-il

¿Puede un pueblo querer a un dictador sanguinario?

"Era su figura paterna. Es lo único que conocían. Era quien había creado el mundo en que vivían. Sé que para la gente es difícil ponerse en su piel, pero imagina que cada espacio de tu cerebro está dedicado a él. Y todo lo que ves, todo lo que oyes, todo lo que respiras... todo menos el cielo en ese país es y va sobre el Gran Líder. Y de repente se ha ido. ¿Cómo no van a estar tristes? Era como si su mundo se estuviera derrumbando frente a sus ojos".

Como ella misma explica en las notas finales de Sin ti no hay nosotros, la imagen que Suki Kim ofrece no es una imagen completa de Corea del Norte, pero sí es una imagen poco habitual, observada desde una posición de privilegio que pocos extranjeros han tenido, y narrada de una manera que empapa.

Suki escribió el libro siendo consciente de que irritaría al régimen norcoreano, al presidente de la PUST y a los que fueron sus compañeros allí. Sabía que parte de sus revelaciones podrían incluso poner en peligro a algunos de los que fueron sus alumnos (por eso cambió sus nombres en la narración), pero sentía que tenía una obligación que atender: la de contar sin adornos la realidad de la República Popular de Corea del Norte, con la esperanza de que las vidas de los coreanos de a pie, incluidas las de sus queridos estudiantes, puedan mejorar algún día.

En Pionyang y más allá de Pionyang.


El mundo es mente. Todos creemos lo que queremos creer. Si nos dejan

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