Reportajes

“Oí mi propio grito”

Esta es la historia de mi lucha en los tribunales para conseguir que se hiciera justicia con el hombre que me violó

1. LOS ARBUSTOS

Andrea entra por la puerta sonriendo. Hacía mucho que no veía a su abogada, desde el juicio. En realidad, desde el día en que esta le comunicó la sentencia del juez. Hoy Andrea tiene 25 años y estudia Educación Social en la universidad. Ha venido hasta el centro de Barcelona para contar lo que vivió el 31 de diciembre de 2012. Antes de empezar pide un cigarro a su abogada, que empuja la cajetilla con los dedos. Es como si las caladas transportasen a Andrea a otro lugar. Su sonrisa parece parte del humo que expulsa hacia el techo; acaba disipándose.

«Era fin de año y salí de fiesta con una amiga. Nos tomamos unas copas y terminamos en una discoteca. Allí me encontré con mucha gente, uno de ellos este individuo. Lo conocía de vista, de hola y adiós, vivía a dos calles de mi casa.

»Mi amiga y yo salimos a una zona de fumadores y él se dirigió a mí. A mi amiga no le gustó, estaba muy baboso. Intentó apartarlo y me preguntó: '¿Le conoces?' Yo dije 'Sí, tranquila, vive en mi barrio'. Estuvimos conversando los tres un rato y en un momento dado él se fue, nos despedimos.

»Hasta ahí lo recuerdo todo perfectamente.

»Nosotras volvimos a entrar a la discoteca y al rato me lo encontré. A partir de entonces sólo tengo flashes. Me acuerdo de salir por la puerta de la discoteca, trás él. Después bajé unas escaleras. Vi unos arbustos, estaba estirada entre unos arbustos. Sentí dolor, grité. Me penetró por el ano y oí mi propio grito. Lo único que recuerdo es ese dolor. Nunca había practicado sexo anal.

»Luego ya me recuerdo volviendo. Me levanté y me dirigí a la fiesta, buscaba a mi gente. No encontré a mi amiga pero sí a unos conocidos. Me preguntaron: '¿Qué te ha pasado?'. Yo iba con una falda de tubo y unas medias normales. Pues bien, lñevaba una media por fuera, rajada, y la otra estaba perfecta, era muy raro. Yo me reí, creo que dije que había tenido un problema en el lavabo, algo así.

»Seguí bailando hasta el final de la noche y me fui a dormir, tan a gusto».

2. EL DEMONIO BAJO LAS SÁBANAS

Andrea despertó alrededor de las 14.00 horas de la mañana siguiente. No fue hasta ese momento, al volver a abrir los ojos, cuando intuyó lo que había ocurrido. Esa noche, el agresor tenía 35 años, estaba casado y era padre de un hijo. Ella tenía 22.  

»Cuando me despierto me entra el demonio dentro. Me tapé con las sábanas. ¡No puede ser!, ¡no puede ser!, ¡no puede ser! Me dolía todo, me sentía mal, me sentía sucia, me daba asco. No es que supiera lo que me había pasado, me vinieron flashes. Sobre todo me sentía muy sucia, me daba asco mi propio cuerpo. Si hubiera podido salir de él, hubiera sido la situación perfecta.

»Estuve tres días sin poder sentarme de lo que me dolía. 

»No es que fuera consciente, pero algo no había ido bien. Había tenido relaciones esporádicas con otras personas otras veces, también en una noche de fiesta, pero nunca me había despertado con ese dolor y sobre todo con esas sensaciones. Ese remover por dentro, ese malestar, esa necesidad de taparme con las sábanas porque no quería escucharme siquiera.

»Los flashes empezaron a llegar. Recordar que había gritado en una supuesta relación consentida no me cuadró. El dolor y el grito es lo que recuerdo mejor. También me vino a la mente un momento en el que él se desabrochaba los pantalones. El plano era de cintura para abajo.

»Intenté contactar con mi amiga, con la que había estado fumando, pero dormía. Después de fin de año todo el mundo está muerto. No pude localizarla. Contacté con otra amiga muy íntima y tuve claro que tenía que conseguir una pastilla del día después. No sabía si había utilizado preservativo, no sabía nada. Lo primero que pensé fue: 'Por favor, pastilla al menos, me quito esto'. Le pedí a mi amiga que me acompañara al ambulatorio. Era mediodía, las tres de la tarde, aproximadamente.

»Le medio expliqué. Le conté todo lo que recordaba y cómo me había despertado. Me dijo que eso no era normal».

3. CSI

Andrea fue a las urgencias de un ambulatorio acompañada por su amiga. Allí la derivaron a un hospital comarcal cercano a Barcelona. Allí le hicieron pruebas forenses por si quería poner una denuncia. Le tomaron muestras del tejido bucal, vaginal y anal capaces de determinar el ADN de su agresor, pero esas muestras no fueron analizadas hasta dos meses más tarde, cuando no quedaban restos orgánicos. Sólo el Hospital Clínic de Barcelona actúa con diligencia en casos de agresión sexual. Por eso lo habitual es que desde otros hospitales, incluso más allá del área metropolitana de la ciudad, se derive allí a las víctimas. No fue el caso de Andrea. 

«En el ambulatorio me tocó una estúpida. Le dije que quería la pastilla del día después, que no tenía claro que hubiera sido una relación consentida. Su respuesta fue: 'Hombre, eso lo tendrías que saber, ¿no?'. Yo me quedé muerta, de forma indirecta estaba pidiendo ayuda, y creo que los malditos médicos tienen un protocolo. Pero se lo pasó por el forro. Me sentí muy cuestionada.

»Al final me dio la pastilla y me recomendó que fuera al hospital central de mi zona. Entonces volví a casa. Yo estaba removida por dentro, no tenía claro qué había pasado, no sabía ni qué decir. Pensé: ¿Qué hago yo plantándome en el hospital diciendo no sé qué?

»Fui al día siguiente. Me acompañaron dos amigas. En el transcurso les conté lo que pensaba que había ocurrido. Les hablaba de forma visceral, no podía hacer una narración ordenada y perfecta de los hechos. No lo puedo hacer ahora… Me dijeron: '¿Estás segura de lo que nos estás contando? ¿No irías muy borracha?' ¡Lo decían sin ninguna malicia! Quién narices va a imaginarse algo así. Luego fueron atando cabos. Yo con ellas he salido de festival, saben que no soy así, sabemos cómo funcionamos. Es el imaginario… cuando pensamos en una violación, imaginamos otra cosa.

»Me hicieron la revisión y encontraron dos fisuras en el recto. Tenía un hematoma en la cara interna del muslo y rascadas en las piernas.

»Me preguntaron si quería hacer venir al médico forense para que el reconocimiento médico tuviera validez jurídica. Me tiré atrás, salí del edificio y hablé con mis amigas. Ellas me decían que no podía haber sido consentido. La amiga con la que fumaba esa noche, que sospechó de él desde el primer momento, me dijo que llamara al forense aunque luego no quisiera denunciar.

»Instintivamente, supongo que influida por CSI, había guardado las braguitas que llevaba esa noche. Se las di al forense, pero no sirvió para nada. No las analizaron hasta semanas después. Perdí unas braguitas monísimas.

»Lo mismo pasó con todas las pruebas que me hicieron. Yo entregué algo, me expuse, es mi vida, pero tardaron dos meses en analizarlo todo. En el caso de que él negara ningún tipo de relación, yo quedaba al descubierto».

4. MUÑECA

Delante de una situación traumática hay dos tipos de reacciones psicológicas: el trastorno por estrés post traumático, en el que la víctima tiene un recuerdo bastante claro de lo que le ha pasado que vuelve en forma de flashbacks y pesadillas, y lo que sufre Andrea. Las víctimas de agresión sexual con sumisión química suelen padecer amnesia total o parcial, pero en su cerebro pueden quedar recuerdos disociados que se manifiesten de forma espontánea, o mediante los estímulos psicológicos.

«A través de pesadillas recordé que había habido penetración vaginal y que quiso meterme el pene en la boca. Yo pensaba 'no, no, no', pero no me podía mover. Era un cuerpo inerte. No sabía por qué me estaba pasando eso, no tenía capacidad de reacción. También recordé cuando me puso boca abajo. La sensación que tengo es que yo era un muñeco.

»Hasta que salí del hospital no empecé a sentirme víctima de algo. No lo sentía del todo, sino a medias, como si una prima mía fuera la víctima, algo muy extraño.

»En la misma puerta del hospital llamé a una tía mía que trabaja con asociaciones de mujeres, que tiene experiencia y formación en estos temas. Llegó en taxi a los pocos minutos. Me recomendó acudir a Ester García, una abogada especializada en estos temas. Así que quien me asesoró, después de pasar por dos un ambulatorio y un hospital, fue mi tía. Tuve mucha suerte. Otra persona no habría hecho nada al respecto. Ahí se hubiera quedado todo, en la puerta del hospital fumando con mis amigas.

»Una semana después vine al bufete con mi tía. Yo estaba hecha una mierda, sobre todo porque no podía contárselo a mis padres. Tenía que protegerlos de una cosa tan gorda, siendo hija única… Llega un momento en la vida en que los hijos también cuidan a los padres. Hasta que las cosas no tuvieran cierta forma, no iba a irles con este bombazo».

5. ¿ESTÁS SEGURA?

La abogada de Andrea explica que su clienta llegó espantada, como si ya supiera que no la iba creer. Ester García vio indicios claros de delito y la ayudó a armar un relato. El día en que fueron a la comisaría a denunciar, había un agente masculino y otro femenino. El caporal pidió a García que se reuniera con él en otra estancia, y en ese momento la policía mujer aprovechó para hacer preguntas agresivas a la joven. El caporal le enseñó una fotografía a la abogada: "Va a ser este. Casualmente vive muy cerca de ella. Se lo digo porque hay chicas que quieren empezar a tener relaciones, se lían y luego no les gusta...". El caporal insinuó que se trataba de una venganza. "Me parece que se equivoca", respondió la abogada. Andrea también tuvo suerte en esto. Las víctimas de agresión sexual que denuncian asesoradas por un abogado son muy pocas.

«Me sentía en un juicio constante aunque sólo estuviera relatando lo que recordaba. La policía es una figura que me cuesta, imagina tener que contarles mis desgracias.

»Me dieron un álbum de fotos con hombres que tenían el mismo perfil que la descripción que yo había dado. Color de pelo, de piel, estatura… pero yo habría podido dibujarlo. No tuve problemas, señalé a la persona con la que había estado.

»Entonces me di cuenta: no era tan fácil. Aquello suponía ponerle el letrero de 'se busca'. 'Sí, es él, no hay duda, pero joder, Andrea, ¿qué estás haciendo?', me decía. La policía quería que la denuncia fuera lo más inminente posible y no sé hasta qué punto querían que yo estuviera asesorada. Les dije yo denunciaría cuando me diera la gana, cuando creyera que estoy preparada para hacerlo. ¿Cómo voy a hacer algo así… es una acusación muy gorda. Yo no puedo meterme en este lío sin tener claro lo que ha pasado… había muchas cosas que no podía recordar...»

Días previos a la denuncia en comisaría, los Mossos d'Esquadra llamaron muchas veces a Andrea. La presionaron para que interpusiera la denuncia lo antes posible. Y cuando fue a hacerlo, volvieron a hacerla dudar.

«Volví a sentirme cuestionada. Cuando terminé de contarlo todo, la policía me preguntó, a solas: '¿Estás segura de querer denunciar?'. Me hizo dudar. Entonces entró Ester, y con la mirada me dijo: 'Adelante'».

6. COMECOCO

«Lo bestia de todo esto es que tenía una sensación de culpa porque iba a joderle la vida a otra persona. Cuando yo no he sido la agresora ni me he metido en este lío sola. En todo caso estoy ejerciendo autodefensa. Si hubiera recordado con nitidez todo lo que pasó, hubiera ido a machete desde el minuto cero. Pero primero tienes que validarte a ti, tus recuerdos, tu historia.

»Mi comecoco era: ¿Y si yo en un inicio sí que quería irme con esta persona? Yo recuerdo salir yo detrás de él, no me estaba arrastrando. Cuando piensas en una agresión sexual piensas en forcejeos, en alguien que te asalta por la noche. Yo salí por mi propio pie y volví a entrar en la discoteca del mismo modo. Yo quería algo, aunque fuera una conversación con esa persona.

»Darme cuenta de que aunque haya sido así llegó un punto en el que se ejerció la fuerza y yo no estaba conforme me supuso un trago muy difícil. Todavía hoy, si me pongo a pensar, me cuesta no sentirme culpable. Sigo teniendo el sentimiento de que es una acusación muy fuerte.

»No sé cómo lo hizo, ni qué sustancia utilizó. Eso siempre va a ser un interrogante. Pero no es normal que yo perdiera por completo la conciencia durante un lapso tan corto de tiempo. Qué fue, ¿media hora? Ni siquiera lo sé. Apenas había bebido, mucho menos una cantidad tan bestia como para tener esta laguna. ¿Cómo narices conseguí tener esa amnesia en ese periodo tan concreto? No era alcohol. Todas hemos estado muy borrachas y eso para mí no era normal. Además, yo nunca me he drogado».  

7. HABLE MÁS ALTO

En la fase de instrucción Andrea tuvo que enfrentarse por primera vez a un juez como paso previo al juicio. Ester García asegura que tuvo que recordarle al juez que su clienta era la perjudicada: "La trató muy mal. Su tono era de 'qué me estás contando'". García preparó a Andrea para todo tipo de preguntas muy duras que podían salir: "Prefiero que las hostias se las lleven aquí". 

«Formábamos una cuadrícula el juez, los dos abogados y yo. Me senté en medio y por enésima vez oí: 'Cuéntenos'. Me temblaba todo, me quería morir, porque era como materializar lo que había decidido, la denuncia.

»Lo que más duele es el cuestionamiento constante, la cara de póquer de la persona que te está escuchando cuando le estás contando una cosa que te hiere en el alma: 'Hable más alto', 'Concrete un poco más', 'No se oye bien, esto se tiene que grabar'. 

»Una de las primeras preguntas que me hizo el juez fue por qué había tardado dos semanas en denunciar. Respondí la verdad: era una acusación muy gorda como para hacerla a lo loco. Necesitaba tenerlo muy claro y necesité tiempo».

8. DESTIERRO

Pasaron más de dos años hasta que llegó el juicio. Durante ese tiempo, Andrea tuvo que vivir sin orden de protección, a escasos metros de distancia de su agresor, que sabía que ella le había denunciado.   

«Hice vida normal. Veía a mis amigos, iba a la universidad. Los fines de semana, en el trabajo, me pegaba unos hartones de llorar. Me iba al baño cuando tenía bajones. Lo único que no quería era salir de fiesta: dejé de verla tal y como la entendía hasta entonces.

»Eso sí, tenía pánico de encontrármelo, así que las primeras semanas me fui a casa de mi padre. Me sentí desterrada, en cierta manera. Por esa época empecé la terapia psicológica. Estuve 10 meses, luego volví. Me ayudó a quitarme el sentimiento de culpa, a reafirmarme en mis recuerdos…y a intentar que la situación me dejara unas mínimas secuelas.

»Cuando volví a casa de mi madre, ocurrió. Me lo crucé por la calle un par de veces. La primera vez me metí en una tienda pensando 'por Dios que no me vea'. En otra ocasión se me quedó mirando súper desafiante.

»Se lo conté a mis padres pocos días antes de denunciar, y puede ser lo más duro que haya hecho en mi vida. Están divorciados y tuve que pasar dos veces por el mismo proceso. Estaba harta de contar la historia, de dar explicaciones, de todo. Con mi padre fue un drama: 'Me tienes que decir quién es y dónde vive'. Obviamentre, no se lo dije. Mi madre no se lo creía, estaba pasiva, se derrumbó como mujer. Supongo que entre mujeres… es diferente, tienes empatía. Luego dos me apoyaron y cuidaron, al completo. Saben que cuando hablo no miento».

9. ALMODÓVAR

Finales de 2015. Día del juicio. El "individuo" tenía un abogado de oficio y debido a un cambio de letrado de último momento arguyó que no había podido preparar su defensa. Quizá por ese motivo el agresor de Andrea apareció en la Audiencia Provincial de Barcelona con un bebé de meses en los brazos. Afirmó que era su hijo, que no tenía a nadie que lo cuidara y su abogado pidió un aplazamiento. La abogada de Andrea dudó de que el bebé fuera suyo, pero su clienta reconoció su sonrisa. El juez, por su parte, no aceptó la petición.  

«No iban a poner mampara, y no lo supimos hasta el último momento. Entré en la Audiencia por una puerta trasera custodiada por dos mujeres policía. Eso me tranquilizó. Ellas mismas me dijeron que el acusado había intentado montar un cristo para alargar el proceso, pero no le había funcionado. Cuando entré en la sala él estaba allí. Las policías hicieron de mampara, ocultándome, pero le vi. Mi silla estaba justo delante de él. Lo tenía a un metro de distancia, justo en la nuca.

»Fue horrible, no tanto por las preguntas como por el hecho de tenerle justo detrás. Mientras yo iba hablando y explicando, él iba suspirando fuerte. Las ganas de girarme y meterle un castañazo, y matarlo... y por otro lado estar muerta de miedo... Era una bipolaridad exagerada. Era su energía, el demonio ahí detrás.

»Había tres magistrados y uno de ellos me preguntó si solía practicar sexo anal y si me gustaba que me penetraran analmente. Eso también se lo preguntaron a mis amigas, que declararon como testigos.

»No me giré en ningún momento.

»En su declaración en la fase de instrucción, el 'individuo' había dicho que la relación fue consentida. Incluso afirmó que yo le había pedí su teléfono porque quería repetir otro día. Pero en el juicio la cagó. Prácticamente vino a decir que el violado era él. No mantuvo su declaración y añadió información nueva, como que ese día lo habían operado de la garganta y era imposible que él se hubiera comportado de ese modo. También dijo que fui yo quien le cogió el pene. La cagó.

»La paradoja es que mi madre tuvo que cuidar al bebé fuera de la sala porque no había personal para hacerlo. Cuando salí de declarar, aquello parecía una película de Almodóvar».

10. ME HAN CREÍDO

La sentencia: 9 años de prisión, 10 de libertad vigilada y prohibición de acercamiento y comunicación.

«Pegué un grito de alegría. ¡Me han creído, me han creído! No tenía esperanzas, pero cuando llegó la condena, y tan alta… no me lo podía creer. Es que me sentía tan insegura… ¿cómo me iba a creer el juez, que no me conocía de nada?

»Lo que he pretendido decir con mi denuncia es que tus actos tienen unas consecuencias. No me voy a quedar de brazos cruzados con lo que has hecho conmigo. Pero nunca he tenido sentimiento de venganza. Vale, hemos ganado, pero vuelve otra vez el sentimiento de culpa. Hace tiempo que no pienso en él, pero cuando lo hago, vuelvo a sentir que estoy condenando a una persona a estar prisión, una institución en la que no creo. Como si yo fuera una juez. Recuerdo que le dije a mi padre: estoy contenta, pero tú estás más contento que yo. Yo no me siento bien del todo.

»Creo que si lo hubiera recordado todo, si no me hubieran drogado, hubiera ido mucho más segura. Habría sufrido una agresión sexual y tendría que hacer algo al respecto. Ahora bien, las secuelas agradezco no tenerlas.

»He vuelto a quererme. Me hice una terapia de choque con el sexo, no quería que me generara un trauma. Cuando me vi un poco fuerte, retomé las relaciones con un chico al que estaba conociendo. A mí este tío no me amarga la vida. Y no tengo problemas a día de hoy.

»Salir de noche ya no me da tanto miedo, pero mi conducta ha cambiado. Ahora tengo herramientas de protección. Cuando denuncié, las policías me dijeron que antes de salir de casa mirara a lado y lado de la calle por si veía algo raro. Ahora lo hago de forma automática, lo he integrado. Dónde estoy, a dónde voy, qué hay. Y si estoy de fiesta y voy con el puntillo ahí me quedo, no pierdo el control por si acaso. Me he vuelto más controladora, en un sentido sano.

»No es justo que las mujeres tengamos que ir con estas precauciones. No lo es, pero es la realidad. Aparte de intentar paliar esto, hay que tomar medidas para protegerse. Como mujeres estamos en otra posición, así está marcado. No pienso si es justo o no, pienso que no queda otra. Eso no significa que nos quedemos de brazos cruzados.

»¿Cuánto de enfadado va a estar cuando salga y qué repercusiones va a tener eso en mí? Intento no pensar en ello. Cuando ocurra no sé si me lo van a decir, posiblemente me cague de miedo. No ha sido violento durante el proceso, pero lo que le haya podido pasar ahí dentro puede que le haya hecho cabrear…

»El poder. Eso es lo que creo que motiva a los hombres a drogar a las mujeres para agredirlas. El poder que tiene sobre la mujer que le plazca. No le encuentro otro sentido. Si le doy vueltas, puedo llegar a entender que el tipo puede ser una víctima de un sistema que no funciona, tener una historia familiar dolorosa, unos malos modelos. Pero tiene poder sobre las mujeres. En el barrio se sabía que tampoco trataba bien a su mujer, le había pegado alguna vez. Conmigo, en fin de año… supongo que le apeteció probar.

»Lo que pido es concienciación: la sumisión química es muy real. Pido voluntad política y formación a las personas que atienden a las víctimas. La policía, los centros de salud, tienen que tener un mínimo de sensibilidad y ser más rigurosos. No puede ser que se estén dando tantos casos y que se archiven, o que se queden pruebas para analizar, o que las víctimas se vayan avergonzadas a su casa. Porque entonces estamos dando vía libre. Tantos proyectos para la igualdad para que luego siga pasando lo que ha pasado toda la vida. No tiene sentido. Menos verborrea y más acción".

Este testimonio es la cuarta y última entrega de #NoFueUnSueño, una investigación sobre el aumento de casos de sumisión química en Barcelona.

Aquí puedes leer el primer artículo, sobre las características y cifras del fenómeno.

Aquí puedes leer la segunda entrega, una entrevista con la abogada Ester García, especializada en violencia y agresiones sexuales mediante drogas de abuso. 

Aquí el tercer texto, una entrevista con la psicóloga Anna Torres.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar