PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Las ambulancias que llevan a los enfermos a cumplir sus deseos antes de morir

H

 

Una organización holandesa lleva 10 años cumpliendo gratis los últimos deseos de personas que están al borde de la muerte. Ya llevan más de 9.000.

astrid otal

02 Junio 2017 06:00

En sus últimos días, mientras esperaba la muerte, no hacía más que hablar del mar. Del mar y del sonido del agua. De las arrugas de los que llevan años zarpando. De que antes de despedirse de todos y de todo, quería que el viento le despeinara el escaso pelo que aguantaba en su cabeza. Porque el olor salado hacía tiempo que no existía: solo olía a hospital.

A Rob van Zundert, un hombre grandón de tez rosada en su cuenta atrás, le hubiera dolido irse como lo hacen la mayoría de los pacientes terminales: dentro de una habitación, inmóvil en una cama, en un ambiente de espera enfermizo. Le hubiera matado no volver al puerto de Róterdam una última vez. Al muelle al que fue a por trabajo de adolescente y acabó abriendo dos tiendas propias y encontrando dos amores.

Aunque sea una imagen atípica, Zundert fue capaz de despedirse de los marineros, de los barcos y de la espuma en el puerto, acostado en una camilla.


I. Sacarles afuera para un último recuerdo feliz

Los que habitan cuartos en los que se va a morir tienen deseos. Sueñan con cosas sencillas, nada estratosféricas. Lo dice Kees Veldboer, un conductor de ambulancias holandés que hace diez años fundó una organización en su país para cumplir los últimos anhelos de todas las vidas que se marchan.

Comenzó inesperadamente. Un señor, al que tenía que trasladar de un hospital a otro le rogó no volver a la cama en la que se había pasado los últimos tres meses. Aquel hombre, que resultó ser un ex marinero, le pidió como Rob van Zundert sentir una vez más el mar.

"Vi que quizá valía la pena sacar a la gente del hospital, de toda su tristeza o dolor, para darles un último recurso feliz", confiesa en una conversación por Skype.

A la fundación, llamada Stichting Ambulance Wens, le han pedido un último concierto, un último partido de fútbol o el último café al sol en la plaza en la que uno jugaba. Salir para estar en la boda de ese hijo que se casa o salir para ser el que diga sí quiero en una iglesia y desafiar el final. Echando cuentas, llevan más de 9.000 deseos cumplidos, todos de forma gratuita.

El hijo del hombre grandón al que llevaron al puerto cuenta que su padre estaba como cuando ibas a ir a una excursión en el colegio y la emoción en las tripas no te dejaba dormir. "Fue hermoso. Era como si se acordara de vivir", matiza.

Se pide un último concierto, un último partido, un último café al sol. Cosas sencillas, como volver al mar

Rob Oostrum lleva en la organización desde casi sus inicios. A sus 57 años, cuando acaba su trabajo diario de policía, se mete a llevar alguna de las seis ambulancias de las que disponen. Reconoce que ahora todo es más sencillo porque les conocen, cuentan con recursos y se han sumado 230 voluntarios. Al principio no, y realizaban miles de llamadas hasta lograr reservar billetes de avión, mesas de restaurante o pases para un espectáculo de ballet gratis. Y para convencer a quien estaba al otro lado de la línea telefónica de que irían, lo haría sobre una camilla y probablemente con oxígeno asistido.

Él no se atrevería a decir cuál sería su último deseo, al igual que le sucede a Wilma Donkersloot, una enfermera que ayuda desde hace tres años y que en la primera ocasión trasladó a un hombre hasta la fachada de la nueva casa en la que iba a vivir su hijo. Pero ambos reconocen que son más conscientes de que la vida se agota y que, a veces, se nos escapa.

Se evapora a los 52 años por un tumor que ha envenenado hasta el límite tus pulmones, con cuatro hijos y una mujer que no dirigieren las prisas de la muerte. Se va ya tarde, a los 101 años, con el pelo blanco y el deseo de montar en caballo para saludar como la reina que una nunca fue. O a los 10 meses, cuando ni siquiera la vida te ha dado una oportunidad y tus padres solo quieren tumbarte en el sofá de la casa en la que jamás has estado.

"Aquí, a los que estamos ayudando, todos los deseos nos hacen mella. Originan un impacto. Durante el trayecto hay algunos que incluso se desahogan y te cuentan cómo se sienten", nos señala Wilma.

Todas las voluntades que se atienden vienen de pacientes a los que ya se les ha retirado el tratamiento. Debido a su delicadeza, se han encontrado con médicos reticentes a dejar que vivan una experiencia intensa. Pero conforme pasan los años, la situación ha dado la vuelta y ahora afirman que son los propios doctores los primeros que dan el contacto de la fundación.

"Se debería entender como un cuidado paliativo. Se está atendiendo a lo que una persona desea al final de la vida, siempre vamos los que somos profesionales sanitarios y supervisamos que no tengan dolor. Lo único malo es que se encuentren un poco agotados al siguiente día, pero el cansancio no les apena", resalta Veldboer.

II. Faltan deseos, falta morfina

El placer, el dar otra vez vida al final, ni siquera sucede en otras partes del mundo porque escasea hasta lo más básico. Mientras que en Holanda se da momentos felices, en otros se sigue muriendo con dolor. Falta morfina que calme al cuerpo.

En España, responsables europeos critican la carencia de atención paliativa en muchas regiones, sobre todo en las rurales. Se estima que unas 50.000 personas se quedan sin estos servicios y fallecen sufriendo.

Pero si salimos de Europa las cosas están mucho peor. En dos actas presentadas recientemente sobre cuidados paliativos para analizar la situación, se desvelaba que solo hay 646 programas de este tipo en todo el continente africano. Son menos de los que existen solo en el Reino Unido. En Africa, de media, únicamente acceden a un miligramo de medicamento opiodie al año para aliviar el dolor cuando en Europa disponemos de 120 miligramos por habitante.

La Asamblea Mundial de la Salud considera que los cuidados paliativos son un derecho fundamental. Ese sosiego físico pero también psicológico cuando uno se va haciendo huesos y solo debería preocuparse de tener una muerte digna. Y si uno quiere, ver por última vez el mar.

share