Reportajes

"¡Yo alucino contigo, Mickey!" Una guía brutal para moverse en Disneylandia

La mayor fantasía infantil vista desde las oscuridades del mundo adulto

Esta historia de John Jeremiah Sullivan apareció publicada por el New York Times en julio de 2011, y en ella encontramos a uno de los mejores cronistas de nuestro tiempo en su máximo esplendor. Comparado con firmas como Tom Wolfe o David Foster Wallace, Sullivan despliega todas las herramientas narrativas a su alcance para elevar el periodismo al arte de los hechos. En España, la editorial Mondadori acaba de publicar Pulphead, que reúne sus mejores reportajes. Traduce Mauricio Bach.

¡HOLA, MICKEY!

Una cosa que aprendes criando niños en este joven milenio es que la palabra «Disney» funciona como verbo. Por ejemplo en «¿Tú disneas? o «¿Este año vas a disneyar?» Técnicamente una persona podría utilizar estos términos al hablar de la Disneyland original, en California, pero sería un uso anómalo. Uno visita Disneyland y se lo pasa en grande, probablemente –nunca he estado–, pero uno disnea en el Walt Disney World Resort de Florida. Tiene la implicación de rendirse a algo descomunal.

Una noche mi mujer, M. J., me dijo que debería prepararme para disneyar. No me lo planteó como una pregunta, ni siquiera como algo con lo que hubiese que perder el tiempo dándole vueltas, sino como un hecho que había que asumir, porque estaba sucediendo. Tenemos unos viejos amigos, Trevor y Shell (abreviación de Michelle), padres de una niña, Flora, que con cinco años es solo un año mayor que nuestra hija, Mimi. Las niñas han crecido creyendo que eran primas y se llevan maravillosamente bien. Shell y Trevor también tienen un hijo más pequeño, Chuchito. Tiene un verdadero nombre absolutamente digno, pero sus abuelos son las únicas personas a las que les he oído referirse al niño con él. Toda su vida ha sido Chuchito. El mote no surgió de ningún modo especial. No tiene ninguna historia detrás. Fue como si, en el momento de nacer, el propio niño hubiese hablado y elegido su mote. Cuando lo miras, hay algo en él que te hace desear decir: «Chuchito». Es un chaval pequeño, de cabello rubio y buenos músculos, con una sonrisa bobalicona y relajada, y cuando lo levantas siempre pesa el doble de lo que habrías imaginado.

Gracias a alguien de su familia, Shell había conseguido unas entradas con descuento, suficientes para los siete. Pareció que no hubiera pasado ni un día entre que me llegaron vagos rumores de esta noticia y el momento en que me encontré al volante de un Honda negro en dirección sur-sudoeste desde Carolina. Que los acontecimientos se hubiesen sucedido con tanta rapidez no es difícil de creer. Mi mujer a menudo me organiza viajes o citas, en algunos casos literalmente de la noche a la mañana, sabedora de que si elimina el factor tiempo yo no seré capaz de inventarme falsos planes alternativos fruto de mi neurosis para escaquearme. Muchos de mis mejores recuerdos de viajes de vacaciones se los debo a estas estrategias, que prueban de nuevo un útil principio para todas las parejas: no intentéis cambiaros el uno al otro. Estudiad y subvertid al otro.

La autocaravana con Shell, Trevor, Flora y Chuchito avanzaba en dirección sur-sudeste desde Chattanooga. Íbamos a converger como las líneas de un simulador gráfico. A menos que seas muy, muy fuerte, te llegará el momento de disneyar, y nuestro momento había llegado, desplegándose ante nuestros ojos como un formulario gubernamental. Era sábado. Al día siguiente sería el Día del Padre. Resultó que todo este viaje se había orquestado como un regalo del Día del Padre para mí y Trevor, que en mi caso era como si me hubiesen disparado con un dardo repleto de barbitúricos y me hubieran envuelto como regalo para mi propia fiesta de cumpleaños. Sin embargo, apenas estaba nervioso; la absoluta falta de opciones a menudo provoca una sensación extraña y liberadora. En el espejo retrovisor, Mimi prácticamente había destrozado los cierres del cinturón de seguridad de la sillita por los nervios, atenta a cada salida de la autopista que pasábamos. Mis divagaciones de carretera atravesaron una curiosa fase de gratitud hacia Walter Disney como individuo por haber hecho posible tal grado de intensidad en el regocijo infantil. Tal vez Trevor estuviese experimentando las mismas sensaciones con su prole, a unos cientos de kilómetros de distancia, que se iban reduciendo.

Hay algo que mencionaré sobre Trevor, aunque no lo haría si no fuese relevante para entender buena parte de lo que pasó después, y es que fuma una ingente cantidad de hierba. Pensad en una persona que fuma un paquete al día, o sea, veinte cigarrillos. En un día intenso Trevor fuma más o menos el equivalente en canutos, el primero mientras se prepara el café. Y, sin embargo, es perfectamente operativo en todos los aspectos sociales y profesionales, o en casi todos. Yo desde luego le he visto perder el hilo en algunas conversaciones. De todos modos, el 90 por ciento del tiempo es uno de los tíos más agudos e interesantes que he conocido en mi vida. Pero insisto: el colega está siempre, siempre colocado. No estamos hablando de un material que tu compañero de piso tiene plantado en un solar semiescondido. Esto es material de primera calidad procedente de California, que consigue a través de una especie de cooperativa nacional de marihuana para uso médico, que exporta la hierba cultivada legalmente en California a otros estados. Aparentemente funciona igual que cualquier compra regular de marihuana. Solo que en este caso no estás financiando a ninguna organización criminal. Es una de las muchas contradicciones de vivir en una época en la que la mitad del país considera que la marihuana es mucho menos peligrosa que el alcohol y la otra mitad la considera como un paso previo a sumergirse en las drogas duras. En una ocasión necesitaba que Trevor me explicase detalles sobre su fuente de aprovisionamiento. Me dijo que desgraciadamente había una regla: no se lo cuentes a tus amigos.

Cuando Trevor y yo nos hicimos íntimos –éramos vecinos siendo veinteañeros–, yo fumaba un poco, casi compitiendo con él. Pero cuando cumplí los treinta paré el carro, como se suele decir. De hecho, nunca dejó de gustarme la hierba ni dejé de tener la sensación de que tenía efectos beneficiosos, pero el hábito empezaba a atontarme y a los treinta ya tenía, supongo, la suficiente humildad para darme cuenta de que no había nacido con munición mental suficiente como para ir despilfarrándola voluntariamente. Mientras tanto, Trevor siguió dándole. Y cuando nos vemos, un par de veces al año, no voy a mentiros, me dejo arrastrar por los viejos hábitos. Cada cierto tiempo, eso genera preocupación a mi mujer, sobre todo desde que está nuestra hija. Pero mayormente creo que lo ve como una útil válvula de escape que me mantiene equilibrado y disciplinado el resto del año. (Piénsalo y subviértelo: felicidad = ganador.)

Esa noche, en nuestra suite del hotel Disney –no un hotel temático, sino un resort de lujo estándar–, los niños se pusieron a corretear psicóticamente trazando ochos. Un niño pequeño en la víspera del gran día Disney es como un purasangre esperando a que se abran las portezuelas. Observé a mi mujer y a Shell, que estaban sentadas hablando y riendo junto a la iluminada encimera de la pequeña cocina. Shell, que dirige una tienda de jardinería, sigue teniendo el mismo aspecto que tenía cuando la conocimos, una mamá activa con aire hippy, hermosos rasgos germánicos y cabello rubio oscuro, cuya expresión facial pasaba en un instante de la frialdad a una desarmante sonrisa. Tenía una larga historia a sus espaldas con Disney, algo que yo desconocía. Nos explicó que venía aquí de niña, con sus hermanas, y que su padre, un militar de carrera, las hacía recorrer el parque a toda velocidad, insistiendo en que subieran a todas las atracciones para maximizar la inversión de cada dólar en diversión. A mediodía volvían al aparcamiento y se metían en la furgoneta. Allí comían comida preparada. Y después todos hacían una siesta. «¿Los cinco?» Los cinco, mamá, papá y las tres niñas en la Econoline. Cuarenta y cinco minutos de silencio. Y después vuelta al parque. «¿Lo hacíais todos los años?» Lo hacían dos veces al año, en primavera y en otoño, recorriendo las atracciones como si formasen parte de una carrera de obstáculos a toda velocidad, sin repetir nunca. El detalle de las siestas en la furgoneta me sedujo. Me imaginé siendo un niño que permanecía tumbado y despierto mientras los demás dormían, lo extraño que debía de resultar ese silencio.

Más tarde, cuando los niños se habían transformado en bultos acurrucados y desperdigados por el sofá cama, Trevor y yo salimos al balcón. Él se puso a hablar del reto al que se enfrentaría mañana, y los siguientes días y noches en el parque, sin poder fumar. Eso no estaba en los primeros puestos de mi lista de preocupaciones; de hecho, yo había sido lo suficientemente ingenuo como para pensar que el hecho de disneyar, de pasar estos días en un parque muy vigilado, suprimiría la mera idea de fumar hierba, facilitando la miniabstinencia de Trevor y de paso haciéndome a mí la vida más fácil, ya que no me pasaría tanto tiempo colocado, y unas caladitas por las noches, como ahora, no se convertirían en un tema de discusión en términos de armonía doméstica. Pero a Trevor no le interesaba escuchar nada de todo esto. Estaba verdaderamente agobiado.

–Me voy a volver loco aquí dentro –dijo–. ¿Ya has estado alguna vez?

Había estado una vez, cuando tenía once años. No recordaba gran cosa. Lo tenía olvidado.

–Bueno, nosotros venimos todos los años –me explicó Trevor–.

Y cada año me siento como si la cabeza me fuese a estallar.

–Pensaba que aguantabas con galletas –le dije.

–Sí, aguanto con galletas –admitió–. Tengo galletas. Pero ya sabes…

Lo sabía. La marihuana en comestibles está bien, y los listos se pasan a ese consumo conforme pasa el tiempo, para preservar sus pulmones, pero hay algo especial en la combinación de privación de oxígeno e intensa descarga de THC que se produce al fumar, y sobre todo al fumar canutos. Para el adicto no hay ningún sustituto que valga. Una galleta te puede cambiar el humor durante unas horas, pero con los canutos una escoba psíquica barre a tu alrededor; se crea al instante un espacio libre.

–De hecho, entré en ese rollo en internet –comentó Trevor– en el que la gente hablaba sobre cómo colocarse en el parque.

–¡En Disney World! –dije, como si no hubiese estado escuchando.

Me invitó a entrar y sin hacer ruido abrió su portátil en la encimera.

–Mira esto –susurró.

Solo nosotros dos seguíamos despiertos.

Me dejé caer en uno de los taburetes frente a la resplandeciente pantalla. Estaba leyendo antes de saber qué estaba leyendo exactamente, pero era una especie de chat. «Foro» es el término más preciso. Un motivo con hojas de cannabis y mujeres desnudas sosteniendo relucientes brotes recorría todo el margen izquierdo: un foro de fumetas. Trevor fue bajando hasta llegar a un post en cuyo título se leía: «Re: Hola desde Disney World».

Un internauta anónimo, evidentemente un veterano con un pasmoso número de experiencias fumando hierba en el parque (¿un antiguo empleado?), había hecho una sustancial aportación a la comunidad exponiendo sus conocimientos de un modo sistemático. Era, ni más ni menos, una guía perversa de Disney World. Indicaba los sitios más seguros para fumar la proverbial hierba y te decía con qué debías tener cuidado en cada sitio. Caminos solitarios por los que no pasaba mucha gente, zonas de fumadores convencionales protegidas por un buen seto, puntos en los que podías esconderte debajo de un puente junto a un pequeño río artificial…, esos eran sus lugares de interés. La cantidad de consultas sugería que esa lista había ayudado a un montón de gente desesperada.

El consejo básico era claro y consistente: «Estar preparado para largarte cagando leches».

Por la mañana, agarré las varillas de plástico y abrí las cortinas: ¡llovía! Oh, maldición. Tendríamos que quedarnos en el hotel y pasar el día leyendo.

M. J. se rió de mí.

–Buena suerte cuando se lo digas a Shell –me dijo.

Durante la planificación pre-Disney de la noche, se evidenció que nuestra amiga había heredado más de la actitud de su padre hacia el parque de lo que habíamos imaginado. Estaba lista para ponerse en marcha, con el equipo necesario, y, tal como habíamos predicho, cuando le mencioné lo del tiempo que hacía me clavó la mirada como diciendo: «¿Hablas en serio?».

–¿Habéis traído ponchos? –me preguntó.

Cuando le respondí que no teníamos ningún poncho –teníamos un paraguas–, me dijo:

–Podemos comprar algunos extra por el camino.

Trevor me guiñó el ojo desde la puerta de su dormitorio, donde estaba vistiendo a Chuchito . «Todo irá bien, colega.» Hizo el gesto de liar un canuto, juntando los dedos.

Las dos familias cabíamos en la autocaravana, de modo que solo cogimos ese vehículo. Pero cuando aparcamos en la plaza asignada en uno de los aparcamientos con aire de paisaje lunar de Disney World, guiados hasta allí por una serie de ancianos, todos con el mismo rictus severo de tipo ebrio de poder, llovía demasiado para apearnos. Shell tendría que esperarse. Parecía inquieta, allí sentada con su poncho mojado y mirando no a través de la ventana empañada, sino la propia ventana, mientras los Backyardigans hacían de las suyas.

Yo pensaba en mi padre ya fallecido. No sé por qué. Él nunca nos habría traído aquí. No hubiera podido. Mi padre no habría disneyado jamás. Se necesita algo, no exactamente fuerza de voluntad, sino buena disposición. No se pueden fumar cigarrillos en las largas colas que se forman. Eso a él le hubiera desquiciado. El estrés de fingir pasárselo bien durante horas le hubiese exasperado; su irritabilidad le hubiera amargado el día a todo el mundo. Al final habría intentado arreglarlo todo con chistes vulgares, y nosotros, los niños, nos habríamos reído, incapaces de evitarlo. Mi madre se habría molestado con razón por ese triunfo comprado por un pecio tan barato y eso habría derivado en una cena cargada de tensión, y después sesión de tele.

Lo cual no quiere decir que nunca nos lo pasásemos bien, ni siquiera que nunca nos lo pasásemos bien en Florida, era solo que tenías que hacerlo a la manera de mi padre. Nada de Disney World, ni siquiera el Sea World…, el Ocean World, en Fort Lauderdale, eso es lo que le iba. Un parque marino ya desaparecido en el que podías acariciar y dar de comer a los delfines, siempre y cuando no te echase para atrás la piel irritada que tenían la mitad de ellos debido al exceso de cloro en el agua. En Ocean World también había monos y caimanes (el océano es vasto). Mi padre, que escribía sobre béisbol, estaba allí cubriendo los entrenamientos de primavera, no recuerdo de qué equipo. Nos reunimos con él durante una semana, instalados en un motel, en el que debíamos de ser los únicos clientes que no pagaban por hora o por mes. No sé cómo se las arregló para alquilar un coche que hacía diez años que no estaba a la venta, un enorme Ford LTD blanco de finales de los setenta. Ahora me doy cuenta de que en ese viaje parecíamos chusma, pero yo me lo pasé de maravilla. Papá tenía su Pabst, sus cortezas de cerdo y sus pastillas mentoladas, nada podía ir mal. Yo estaba pensando que su excentricidad, con todos los problemas que le trajo, de los cuales el menor no fue que acabara matándole, también había abierto un espacio en mi infancia que era uno de los pocos lugares en los que me podía relajar. Quizá Mimi tuviese una suerte similar conmigo. Parece que buena parte de lo que acabas haciendo como padre consiste en buscar maneras de salvar a tus hijos de ti.

La lluvia amainó tan abruptamente como si alguien hubiese cerrado bruscamente un grifo ahí arriba. Saltamos al pavimento mojado, bajo un cielo cambiante que apenas diez minutos después de la lluvia dejó paso a un intenso calor. Otra gente a nuestro alrededor hizo lo mismo, salió de sus guaridas y estiró brazos y piernas. Éramos un ejército de insectos desenroscándonos. Empezamos a montar el equipo. Shell había traído un cochecito biplaza. En cualquier momento, dos de los niños podían ir allí y el tercero, caminando o a hombros de alguien.

Acabábamos de plantar nuestros dedos en el escáner biométrico (porque si no puedes confiar tranquilamente tu información biológica a Disney…) y Trevor ya empezó a mostrar síntomas. Esa mañana no había podido fumar (un alojamiento demasiado concurrido); se moría de ganas. No es que se mostrase nervioso o de mal humor. Pero yo podía deducir por su lenguaje corporal y por la longitud de sus frases que eso le rondaba por la cabeza. Nada como un espacio cerrado –y Disney World, pese a sus gigantescas dimensiones, consigue que no olvides ni por un segundo que estás en un espacio completamente cerrado– para hacer que la mente empiece a buscar salidas.

Chuchito y las chicas estaban dando vueltas en las alturas de la atracción de Dumbo, montados en tres elefantes sucesivos. Mimi tenía una expresión de vacilante felicidad. Decía: «Estoy dispuesta a considerar que esto es divertido, siempre y cuando no vaya más rápido ni suba más». Trevor y yo nos apoyábamos en la verja como apostadores en un hipódromo, sonriendo y saludando con la mano cada vez que los niños pasaban por delante, como si fuésemos muñecos con los brazos movidos con alambres. Trevor tenía preparado su teléfono, con internet conectado en la página de «la guía». La consultaba cuando los niños estaban en la cara oculta de la órbita. Cotejándola con el mapa del parque, dedujimos que uno de los puntos mencionados no estaba demasiado lejos de allí, un camino de servicio poco transitado, rodeado de árboles y algunos contenedores. Vigilando desde el ángulo correcto, podías dar unas caladas con relativa calma. Nos escabullimos.

Ahora estábamos de verdad en Disney World. ¡Uno no viene aquí todos los días! ¿Cuál es la escena? Hola, colores básicos; hola, microdramas de rostros humanos que pasan y se difuminan, decidiendo permanentemente si cruzar o no una mirada; hola, repetición como de ilusión óptica de las mismas casetas y tiendas de regalos idénticas. Caminábamos de puntillas. La superficie de las cosas se había vuelto porosa y permitía la posibilidad de disfrutarlas. ¿Dónde estaban nuestras chicas y Chuchito? Vamos a buscarlos. Vamos a ser buenos padres. Mañana era el Día del Padre. ¡Oh, Dios mío, ni siquiera me acordaba de eso!

–No es necesario que nos acordemos –dijo Trevor–. Nosotros somos los padres.

Como para remarcar esa observación con un signo de exclamación, me detuve y compré, por una obscena suma de dinero, dos ventiladores de plástico azules con aerosol. ¿Los habéis visto? Es una botella de aerosol, como la que utilizarías para rociar de agua tus plantas, pero con un pequeño ventilador incorporado a la boquilla. La idea es que te refrescas y te rocías agua al mismo tiempo. Trevor y yo empezamos a usarlos mientras buscábamos a nuestras familias. El ventilador no servía de nada, pero el agua atomizada sí tenía un efecto refrescante, aunque era cruelmente breve, como el alivio de aplicar hielo cuando te duelen las muelas. A estas horas –ya era casi mediodía– la temperatura era tan alta que el calor que subía del pavimento parecía calentarnos las células como un microondas. Para que el ventilador sirviese de algo tenías que caminar rociándote y ventilándote constantemente, cosa que parecía que solo un chif lado o un famoso estarían dispuestos a hacer. Acabamos por colgarnos los ventiladores del hombro con la correa que llevaban y seguimos nuestro camino.

Siguiente recuerdo: montados en la barca mecánica de It’s a Small World, rociando continuamente a Mimi, porque parecía que la hubieran cocido en una olla, por lo enrojecidas que tenía las mejillas y por cómo le resplandecía la frente. Mientras yo la iba rociando, ella saludaba a las muñecas frente a las que pasábamos, respondiendo al saludo de cada muñeca con el suyo; mostrando una especie de fijación digna de un trastorno obsesivo compulsivo por no olvidarse de ninguna. Parecía que no había entendido bien la mecánica de la atracción y creía que nosotros formábamos parte de algún tipo de desfile al que asistían las muñecas como espectadoras. Supongo que era una idea más lógica. Por qué ibas a ir flotando con una barca por un río para contemplar a unos niños apostados en las orillas; lo lógico era que ellos te mirasen a ti. Porque tú eres una princesa. Hubo gritos, Flora se enfadó con Chuchito por monopolizar el ventilador familiar. Tenía razón, el chaval se pasó todo el rato allí sentado rociándose la cara y al final del paseo había gastado toda el agua.

–Hijo –dijo Trevor.

Siguiente recuerdo: de pronto soy capaz de apreciar, por primera vez, el aire irlandés del nombre de Disney, al escucharlo en voz alta en mi cabeza con el cerrado acento de Kilkenny de su bisabuelo, Arundel Disney, con una cortante intensidad en la última sílaba. Y así soy capaz de entender mejor el carácter esencialmente trágico de su palabrería.

Era una doble alucinación: alucinabas en el interior de la alucinación de Walter Disney. Eso es lo que él pretendía

Esa noche en la cama, mi mujer, que es profesora universitaria –investiga el flujo transnacional del capital del ocio y cosas por el estilo–, me leyó un pasaje de un libro que se había traído, Married to the Mouse, del pensador político Richard E. Foglesong. Es sobre Disney y Florida, que resulta ser un tema más interesante de lo que yo creía o de lo que os podáis imaginar.

Para entender lo que sucedió aquí, hay que tener presente la decepción de Walt Disney con el Disneyland de California, no con el parque en sí mismo, sino con el entorno construido alrededor del parque, que creció rápidamente para acoger negocios turísticos y en el que aparecieron como setas hoteles cutres, carteles de anuncios chillones, una panorámica de gente demasiado vulgar. Disney estaba desolado; él, que era visualmente tan meticuloso que solía merodear por las diversas tiendas de animales y jardines zoológicos de Los Ángeles filmando a las pequeñas criaturas para asegurarse de que sus animadores dibujaban la musculatura y los movimientos correctamente. ¿Cómo iba a crear un impoluto entorno de sueño con una plaga urbana como telón de fondo? ¿Cómo podía abrir, en palabras de Bob Hope, «una vía de escape desde nuestra vida a base de aspirinas a un país de destellos, luz y arcos iris?». Para eso necesitaba poder controlar todo el entorno del parque. En otras palabras, no un país, sino un mundo. «Virgen»: esa es la palabra que utilizó en 1967 en una película promocional filmada justo antes de morir. Walt Disney falleció soñando con Disney World; se dice que, mientras permanecía postrado en la cama, en su habitación del hospital, convirtió las piezas del mosaico del techo en un mapa de su preciado «proyecto en Florida».

El modo en que Walt emprendió su proyecto fue astuto y digno de escucharse. Quería comprar más de sesenta kilómetros cuadrados de propiedades privadas contiguas en el centro de Florida. No era tierra virgen en absoluto –Florida central, después de todo, es donde empezaron los pecados norteamericanos–, pero estaba despoblada. Sin embargo, Disney era consciente de que si se filtraba una sola palabra sobre que Walter Disney estaba adquiriendo propiedades en la zona, los precios se dispararían y el coste global se haría inasumible. De modo que creó un montón de sociedades pantalla, con nombres improvisados, y a través de ellas fue adquiriendo las hectáreas necesarias para ir componiendo el puzzle. Los propietarios no se dieron cuenta de que en realidad una única persona estaba comprando las tierras de todos hasta que un periodista local lo destapó y Disney se vio obligado a convocar una rueda de prensa: ¡Lo habéis oído bien, muchachos! Era yo.

Desde cierto punto de vista, el estado había engañado deliberadamente a los ciudadanos para ayudar a una compañía a hacerse con la propiedad de un enorme pedazo de su territorio; desde otro, estaba salvaguardando un acuerdo que haría más por la economía de Florida que ninguna otra cosa desde las naranjas. La gente todavía discute sobre hasta qué punto fue inteligente el acuerdo. Disney World ha ganado un montón de dinero, pero no está claro si Florida ha recibido su parte del pastel. En buena medida esto se debe a los exclusivos y altamente irregulares acuerdos con los impuestos que Disney fue capaz de orquestar (o pedir, por utilizar el término que el hermano de Walt, Roy, dejó caer en esa rueda de prensa). Y esto no ha hecho más que acrecentarse a lo largo de los años. Hoy día existe incluso una suerte de «visado Disney» pactado entre la compañía y el gobierno de Estados Unidos para facilitar que Disney pueda cubrir sus necesidades de acentos extranjeros en Epcot.

Cuando la cosa se puso interesante fue cuando, para obtener estos extraordinarios poderes, Disney tuvo que embaucar al gobierno de Florida en el preciso momento en el que ambos estaban confabulados en todo lo demás. Es un tema complejo y repleto de legalismos, pero se podría sintetizar así: Disney montó Disney World en Florida no como un centro turístico, sino como una auténtica ciudad. Habréis oído hablar de Epcot (el Prototipo Experimental de Comunidad del Mañana). Si sois unos locos de Disney, quizá sabréis que originalmente debía tener una atmósfera más utópico-futurista, no ser la vuelta-al-mundo-en-un-día en que básicamente se ha convertido. Sin embargo, todavía menos gente sabe que Epcot no solo pretendía representar, sino ser una utopía en funcionamiento, un «proyecto vivo», tal como se refiere a él con entusiasmo Disney en esa película, en la que aparece ante los diagramas geométricos de los planos urbanos, que ocupan toda la pared; unos diseños que podrían provenir del siglo xxv o de la Revolución francesa. Estaba previsto que veinte mil personas vivieran allí, en esa gigantesca comunidad en forma de burbuja abovedada, «completamente cerrada […], con control climático […], protegida día y noche de la lluvia, el calor, el frío y la humedad […], por cuyas calles solo circularían vehículos eléctricos». Disney encargaría a los gigantes industriales que diseñaran y probasen nuevas y audaces tecnologías para Epcot, «para encontrar soluciones a los problemas de nuestras ciudades».

La verdad, tal como muestra Foglesong, es que Disney en realidad nunca concibió Epcot para que allí viviese gente de forma permanente. Foglesong encontró en los archivos Disney un memorándum, el llamado memorándum Helliwell, redactado por uno de los abogados de Disney y con anotaciones en los márgenes del propio Walt, que deja las cosas muy claras. Disney tachó todas las menciones a «residentes permanentes». Los habitantes de Epcot estarían de paso, serían turistas con largas estancias que se instalarían allí como mucho durante unos meses. ¿Cómo iba Disney a actuar de otro modo? Si tu ciudad tiene residentes permanentes, entonces esas personas se convierten en ciudadanos de algún gobierno local de Estados Unidos, el tuyo. Pueden votar. Pueden votar contra ti. Y eso no tenía sentido como parte de las estrategias de desarrollo de una compañía. Pero sin un estatus de distrito, Disney no podría asegurarse el feudo legislativo que acabó consiguiendo, con sus jugosas ventajas fiscales, su supervisión sin precedentes del uso de la tierra y el agua, de las normativas de los edificios, etcétera. Para obtener eso necesitaba residentes. De modo que Disney dijo una mentirijilla y fingió que sí los quería. La teoría de Foglesong es que estas maniobras sitúan a Disney World en una ambigua categoría legal. Goza de las ventajas que le corresponderían a una entidad política autónoma (y algunas más), pero nunca ha tenido ningún habitante permanente. Siendo rigurosos, Disney World no debería existir.

Cuando uno sabe todo esto, ver la película promocional resulta inquietante. Prefiero mantener mis ideas sobre Disney como enemigo de la democracia a una confortable distancia puramente teórica. Disney no estaba vendiendo utopía, sino la perversión de las clásicas aspiraciones utópicas. No habría propiedad privada, en efecto, ninguna posesión (de nuevo, si la gente era la propietaria de los terrenos, habría que concederles el derecho a voto), pero en lugar de sustituir la propiedad comunal por parcelas individuales, tal como los planificadores sociales han luchado por hacer durante siglos, los epcotianos serían inquilinos. Arrendatarios (como lo son actualmente los residentes de Celebration, Florida, la comunidad que planificó Disney). ¿Los altos y arquitectónicamente innovadores edificios de oficinas en el centro de la ciudad? Esos serían «diseñados especialmente para cubrir las necesidades locales y regionales de las grandes corporaciones». Aquí estuvieron las primerísimas utopías levantadas en territorio norteamericano, las olvidadas misiones franciscanas de la Florida española, que habían sido construidas y después violentamente destruidas cuando los colonos de Carolina del Sur las quemaros hacia principios del siglo xviii, mataron a los sacerdotes y esclavizaron a las poblaciones de nativos americanos. Los constructores de Disney arrasaron plantaciones de naranjos que pervivían de los tiempos de esas misiones. Esa es la virginidad del Nuevo Mundo.

A la mañana siguiente, Mimi tenía un ojo morado, un auténtico ojo a la funerala. La causa era un accidente en la piscina la noche anterior. Flora intentó tirarle una barca de plástico. Parece que cogió una corriente de aire y se aceleró como un planeador durante unos segundos. Le dio a Mimi en toda la cara, con la proa. Las dos niñas rompieron a llorar, mi hija además sangró. Chuchito miraba desconcertado, montado como un tritón en su cocodrilo hinchable. Los adultos nos enfrascamos en el rito antropológico de tranquilizarnos unos a otros insistiendo en que no había pasado nada, que nada de malos rollos, que no lo había hecho aposta. Pero el ojo tenía un aspecto horrible; lo que nos preocupaba es que pudiese quedar una cicatriz.

Ahora yo estaba desmoralizado al comprobar que la lesión no había enfriado su entusiasmo por Disney. Igual que veinticuatro horas antes había depositado mis esperanzas en el mal tiempo, la noche anterior me había esperanzado la perspectiva de quedarme en el hotel sosteniendo una bolsa de hielo pegada a su cara. Podríamos leer. Le leería mi libro de mayores en voz alta. Pero M. J. me estaba despertando y me decía que me vistiese y me preparase para salir.

Me fui hasta la pequeña salita de la televisión. Shell estaba allí preparando su bolso y con su cara guerrera. Yo debía de tener una expresión parecida a la de Chuchito la noche anterior.

–¿Vamos a volver?

¿Por qué? Estuvimos ayer. Y yo no había salido con la sensación de no haber exprimido al máximo todas las posibilidades del parque.

Trevor y yo habíamos acabado realizando nuestro acto a escondidas un par de veces más. «Recuerda –me había dicho más de una vez, susurrando–: estar preparado para largarte cagando leches.» Como si alguien pudiese escapar con éxito de Disney World, con cámaras por todas partes, los túneles subterráneos y la fuerza de seguridad privada. ¿Huir adónde?

Los túneles en realidad no son «subterráneos». Lo oí en un documental sobre Disney World. Los túneles están a nivel del suelo. Todo lo demás está construido encima. Disney World es un gigantesco montículo, uno de los más grandes construidos jamás en Norteamérica. Cuando uno camina por el parque, está unos cuatro metros y medio por encima del nivel en el que empezó a construirse.

Una de las funciones importantes que estos túneles cumplían para Disney era que le permitían mantener a los personajes ocultos cuando no llevaban puesto el disfraz. No quería que los niños viesen, por ejemplo, a Pluto dirigiéndose cabizbajo hacia la sala de descanso al acabar su turno. De modo que en Disney World los personajes aparecen cuando se les necesita y después desaparecen.

Sucede lo mismo, a gran escala, con el parque; cuando te desplazas entre los distintos parques dentro del parque (Magic Kingdom, Typhoon Lagoon, Epcot, etcétera), atraviesas grandes espacios yermos entre uno y otro, pero son espacios yermos a la manera Disney, un vacío maquillado. Los huecos eran en cierto modo más importantes para Disney que cualquier atracción del parque. La pantalla tenía que estar en blanco. Una vez más, un día de calor ecuatorial que te aplastaba de un modo casi físico. La piel de los hombros de los tipos y mujeres ataviados con camisetas sin mangas que nos rodeaban se veía machacada por los rayos ultravioleta de un modo precanceroso. Se necesitaba un gran acopio de energía mental para fortalecer el espíritu y poder afrontar esos largos días de diversión. Ni siquiera habíamos salido del aparcamiento cuando los niños ya estaban discutiendo quién iba a ir montado en las dos plazas del cochecito. Finalmente, ganaron las niñas. Mimi y Flora se sentaron una al lado de la otra, dos mascarones de proa gemelos de nuestro desordenado navío terrestre, mirando orgullosas hacia delante, rociándose la cara con agua mientras avanzábamos, Mimi con su ojo morado. Yo no sé por qué acabé cargando con Chuchito. Eso le ahorraba muchos pasos a sus pequeñas piernas en esta travesía del desierto plagada de espejismos debidos al calor. Hay algo poco natural, o tal vez debería decir sobrenatural, en el peso de Chuchito, o en su densidad. Era como cargar con un meteorito. Llevar a las dos niñas hubiese sido mucho más ligero.

En cuanto entramos en Epcot, Trevor empezó a consultar su teléfono, y aunque no os voy a aburrir con los detalles, porque no hay aburrimiento equiparable al aburrimiento del fumeta, baste con decir que la guía también cubría este mundo subterráneo, y el resto del día transcurrió en una sucesión de episodios pendulares de tres horas de exultante e hiperatenta actividad parental seguidos de una separación de la familia para dar rienda suelta a la adicción y el vicio.

Y, sin embargo, por mucha disposición que uno tenga a martirizarse con el cilicio, resultaba difícil no ver que esa era la manera perfecta de disfrutar del parque. Yo no tenía ganas de mostrarme malhumorado por la crispación que provocaba ese imperio tardío. Dejé de intentar recordar de qué compañías es propietaria o copropietaria Disney: ESPN, Marvel, y ¿era la ABC o la CBS? ¿Qué enormes franjas de nuestro entorno visual está moldeando meticulosamente esta compañía igual que hizo con estos parques? No quería meterme en eso.

Monté con Mimi en una pequeña montaña rusa (alentado por su madre; no es que yo me hubiese convertido en un cabroncete; y la niña quería montarse). Pero, pobrecita, resultó que todavía no estaba preparada. La atracción era pequeña, pero iba bastante rápida. En cuanto empezamos a movernos, bajó la cabeza. En ningún momento gritó «¡Haz que se pare!» ni nada por el estilo. Se limitó a agarrarse a la barra de seguridad que tenía delante, bajó la cabeza de modo que tenía la cara prácticamente sobre el regazo y, mientras dábamos vueltas a toda velocidad, no paraba de repetir «Oh, madre mía» como un mantra. Dos minutos después, ya se había acabado. Y sentenció: «Da mucho miedo, pero es un poco divertido». ¡Es una niña tan noble! Me recuerda a mi madre, tanto por su nobleza como por los ocasionales toques de comedia de sus puestas en escena; por ejemplo, en una ocasión, en St. Augustine, Florida, mientras estábamos todos comiendo pizza en un local del centro, en la calle se produjo un apuñalamiento. Mi madre agarró a Mimi como si fuera a salir corriendo con ella atravesando una barrera de fuego. «Te voy a sacar de aquí, pequeña», dijo. Siempre he pensado que si alguna vez aparecía la policía secreta preguntando por mí –como podía aparecer la de Disney–, preferiría que abriesen la puerta las mujeres de mi vida antes que cualquier hombre al que conozco.

Estábamos observando a la gente. Eso es lo que uno hace básicamente en Disney World. Por encima y por debajo de todo lo demás, es un sitio en el que la gente mira a otra gente (las colas, las interminables caminatas y los restaurantes a rebosar) para reafirmar el hecho de que estamos allí todos juntos, que el sitio es tan fantástico que ha merecido la pena viajar hasta aquí desde todas partes del mundo. No sabría decir qué pensábamos unos de otros al mirarnos. Cuando se construyó, Disney World representaba la idea compartida de América como fantasía capitalista. Ahora ya no transmite esa idea; la idea ya no resulta inteligible. No sé qué transmite. Las viejas virtudes han desaparecido, las nuevas son inidentificables.

Y, sin embargo, no importa a qué parte del mundo vayas, te encuentras con un sorprendente número de personas para quienes Orlando es América. Si uno pudiera dibujar mentalmente uno de esos mapas de las viñetas humorísticas del New Yorker representando cómo ve a Norteamérica el mundo, los torreones del Magic Kingdom aparecerían a una escala mucho mayor que cualquier otra cosa, mayor que el Empire State Building, por ejemplo. Justo este año se ha anunciado que Orlando se ha convertido en el primer destino turístico estadounidense que ha recibido cincuenta millones de visitantes anuales. El impacto ambiental de este tráfico humano debe de ser impresionante. He conocido a ingleses, alemanes, latinoamericanos. Les preguntas: «¿Has estado alguna vez en Estados Unidos?». «He estado en Orlando», te responden. Cuando di clases durante un año en un colegio de Lima, Perú, no había mayor héroe entre los alumnos que el chaval que acababa de volver de Orlando. No querían oír cosas sobre California o sobre Nueva York. Tenía a un alumno llamado Lucho. Volvió de su viaje con un grueso fajo de fotos metidas en uno de esos sobres de papel. Quería irlas pasando para enseñarlas. ¿Y perder treinta minutos de clase? Al final di mi brazo a torcer. Desgraciadamente, todas las fotos eran de culos de mujeres. No eran culos «bonitos» o bien torneados lo que había estado retratando Lucho, sino traseros gigantescamente gordos. Me di cuenta de que en la mayor parte del mundo no han visto jamás a gente con nuestro aspecto. Confisqué las fotos y me puse a mirarlas delante de la clase, ruborizado. Una instantánea tras otra de primerísimos planos de culos enormes y repletos de complejas ondulaciones, ceñidos por los pantaloncitos de licra más escandalosamente ajustados y reveladores concebibles. El joven Lucho se había topado con material suficiente como para gastar todo un carrete. Se hacía difícil reprender a un alumno que había demostrado tal capacidad de observación. Me acordaba de él cada vez que veía uno de esos bamboleantes culos americanos, en grupos de cuatro o cinco.

Hay mucha ansiedad en Disney. Lo que sientes cuando estás en el estado en que nosotros estábamos y todos tus poros emocionales están abiertos es ansiedad. Hay aquí una realidad en precario equilibrio para las familias, en el filo de la navaja entre el regocijo y la decepción. De modo que cuando ves a gente cuyos hijos no se lo están pasando bien, se quedan plantados llorando y los tienen que arrastrar con esas correas para que los niños pequeños no se pierdan, sientes un pálpito de tristeza. No están teniendo una buena experiencia Disney.

Miré a Mimi. ¿Se lo estaba pasando bien? Me pareció que sí; sonreía. Pero yo era consciente de que hubo ocasiones en mi propia infancia en que a mis padres debía de parecerles que me lo estaba pasando bomba y sin embargo me corroía por dentro alguna preocupación irracional. ¡Ah, la infancia! ¿Cuántos de mis genes habría heredado ella y podría yo enseñarle a utilizarlos mejor? Uno quiere que sus hijos se lo pasen bien, pero es uno mismo quien los ha traído a este mundo de sufrimiento.

La comida la servían princesas. O más bien nuestra mesa recibía la visita de unas princesas. Supongo que, hablando con un poco de rigor histórico, nuestras camareras, ataviadas con trajes populares escandinavos, se suponía que eran las criadas o las hijas de los vasallos de las princesas, muchachas de pueblo de tiempos pasados. Pedí albóndigas y cerveza. Toda la zona del restaurante en la que estábamos miraba a Chuchito porque se había quedado dormido en una postura increíble, embutido en su trona muy erguido, incluso con la cabeza levantada, pero con los ojos cerrados y la boca abierta. Ofrecía una imagen muy extraña, como si estuviese en un coma permanente, pero «lo hubiéramos traído con nosotros de todos modos». Incluso cuando lo despertamos, no era capaz de centrarse o de comer.

La Bella Durmiente salió de entre bastidores. Las niñas sacaron sus libretas de autógrafos para Princesas Disney. Eso es lo que les habían comprado sus madres mientras nosotros estábamos colocándonos y comprando ventiladores-rociadores que después resultó que le provocaron a todo el mundo quemaduras solares en la cara.

La Bella Durmiente, apoyada sobre una rodilla, firmaba autógrafos con una estilizada letra cursiva que imaginé que practicaría antes de pasar la prueba para el trabajo. Mimi pasó de la excitación directamente al arrebato.

–Dale las gracias a la princesa.

Más tarde yo estaba a solas, no recuerdo exactamente por qué, pero los demás se habían marchado y yo me había quedado sentado en un banco. Supongo que había ido a pagar algo. Al otro lado del banco estaba sentada una enorme familia, enorme en número y en tamaño. La hija, que parecía tener unos catorce años, iba en una sofisticada silla de ruedas y tenía una discapacidad severa. Empezó a gruñir; estaba teniendo un ataque. Cuando se le pasó, yo permanecí allí sentado escuchando a la familia, que discutía si debían volver al hotel y darle sus medicinas o quedarse allí pasándoselo bien, ya que el ataque había cesado y parecía que ella estaba bien. Para ser justos diré que la propia chica quería quedarse. El parque solo estaría abierto un par de horas más. Quizá llevaban un año soñando con venir aquí.

Ni siquiera era el último día. Quedaban más. Resulta difícil de creer, pero eso es lo que haces, te rindes, si no eres un gilipollas. Shell era incansable, y todo el mundo estaba de su parte, incluido Trevor, que ahora me daba cuenta de que me había utilizado como cómplice. Obligado a venir aquí más o menos cada año, la estancia se le hacía más llevadera trayéndome a mí. Nada de lo que avergonzarse, pero debería haberme advertido de lo que eso implicaba. Uno de los días fuimos a un sitio llamado Typhoon Lagoon, un parque acuático que forma parte del complejo de Disney World. Te deslizabas por unos enormes toboganes casi en caída libre. Las colas para subir eran como ciempiés formados por cuerpos humanos empapados que iban goteando mientras subían por la escalera, con tu cara a la altura del culo del que tenías delante. Chuchito y las chicas esperaban abajo, para ver cómo nos tirábamos Trevor y yo.

Mientras bajaba, una idea me rondaba por la cabeza, una idea fruto del colocón, pero al mismo tiempo tal vez una idea consistente. Normalmente, en todo colocón surge una idea que parece consistente incluso una vez pasados los efectos, y en ocasiones durante el resto de tu vida, y la idea en este caso era esta: que si no existe el libre albedrío, y yo cada vez dudo más que exista, no tenemos por qué atormentarnos sintiéndonos culpables y preocupándonos por nuestros hijos. No somos responsables de ellos. Sí de su crianza, pero no de su existencia. El destino los quiere aquí. Nos utiliza a nosotros para traerlos.

Lo más raro de todo lo que pasó fue lo último que pasó. Cuando salíamos del parque, la tarde del último día, empezó a caer una lluvia que parecía monzónica. Tenéis que creerme cuando os digo que era excepcionalmente intensa. A la mañana siguiente le comenté a uno de los botones del hotel:

–Supongo que aquí tenéis este tiempo a menudo, ¿verdad?

Él respondió:

–No, no es así.

Fue como si una nave extraterrestre negra hubiese descendido en picado y hubiera tapado el sol. Soplaban rachas de viento tan fuertes que se hacían visibles en la cortina de lluvia. Justo encima de nosotros caían relámpagos sin parar. El trenecito se tenía que detener continuamente, lo cual no hacía más que incrementar lo aterrador de la situación, como si nos hubiesen conducido al exterior como parte de algún tipo de ritual de sacrificio para ofrecernos a modo de dianas para las prácticas de tiro de un dios ofendido. También resultaba perturbador ver la precisión digna de un reloj de la maquinaria de Disney amenazada de este modo. Parecía ser el indicio de la subyacente emergencia de algo. El trenecito en el que íbamos montados estaba abierto por los lados y solo cubierto con un toldo de plástico. Estábamos a la intemperie y a merced de la tormenta. Pero teníamos los ponchos Disney. Shell nos había obligado a todos a comprarlos; en una gasolinera, de modo que seguramente eran imitaciones. Pero cumplieron con su función y sentándonos todos muy juntos y extendiéndolos pudimos montar una especie de tienda de campaña. Debía de tener una pinta muy rara. Pero por otro lado estoy convencido de que todos los demás pasajeros del trenecito hubiesen deseado estar debajo con nosotros, y estoy casi seguro de que en algún momento metimos allí a algunos niños de otras familias. Allí debajo, a oscuras, los niños estaban encantados. Mimi y Flora gritaban aterrorizadas cada vez que estallaba un trueno, pero su terror estaba repleto de diversión, y el grito iba seguido de risas. Y era maravilloso poder taparlas. Teníamos la solución para aquello, habíamos acertado de lleno.

Más adelante, cuando le preguntaban, Chuchito decía que aquella había sido su atracción favorita.

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