Reportajes

Unsound

Es casi una experiencia religiosa

Unsound 2011

Más de siete millones de personas visitan Cracovia al cabo del año; el corazón histórico de la vieja Polonia es una ciudad eminentemente turística, pero hasta hace poco quienes venían aquí a pasear por la imponente Plaza del Mercado –o a visitar la antiquísima capilla de San Wojciech, fechada en el siglo X, que ocupa uno de sus espacios laterales– no lo hacían con intención de pisar clubes o salas de arte moderno. En Cracovia, la cultura –vibrante, eso sí– respira sobre todo los aires nobles de un pasado ilustre, con murallas renacentistas, edificios medievales, universidades con siglos de docencia a sus espaldas y restos del viejo reino y de los tiempos en los que el país formaba parte de la Gran Prusia. También se respira religión, incluso más allá de la colmena de iglesias (muchas dedicadas al culto; algunas reconvertidos como centros culturales) que no dejan de aparecer en ningún momento. En Cracovia, en definitiva, está escrita buena parte de la historia más iluminadora de Europa y sin embargo, entre sus calles se está abriendo paso, poco a poco, también el futuro, dando codazos invisibles a los cafés en los que se interpretan nocturnos de Chopin y a los vendedores de flores.

El futuro, en cierto modo, va cosido de una forma muy tenue al carácter de Cracovia: fue en su Universidad Jagellónica, en el extremo noroccidental del centro histórico, tocando a los jardines que lo rodean, donde estudió en sus primeros años Nicolás Copérnico y donde dio los primeros pasos para demostrar, años después, su teoría heliocéntrica, el giro de 180º –o sea, copernicano, que se dice– que nos hizo relacionarnos de una manera diferente con el cosmos y nuestro propio planeta, a diferencia de los día en los que el cielo se veía estático, tal como lo describía Plinio el Viejo. La propia idea de futuro –que no ciencia-ficción– ha estado durmiendo aquí durante centurias, como también ha estado durmiendo durante años uno de los festivales jóvenes más entusiastas, cuidadosos y cuidados de Europa. Este año, el lema de Unsound era Future Shock, igual que el libro de anticipación histórica del sociólogo Alvin Toffler: este enfoque ha ido en beneficio de una programación en la que entraban en juego diferentes observaciones de cómo debe ser el progreso en la relación entre música y tecnología, apelando a interpretaciones pasadas –el techno, que ocupó toda la noche del viernes en el Teatr Laznia Nowa, casi en las afueras de la ciudad– y a revisiones actualizadas con un elemento entre nostálgico e irreverente en el caso de The Fun Specialists o The Experience Makers, sendos showcases en el museo Manggha dedicados al sello Not Not Fun y a la nueva ola psicodélica. Ejemplos al azar entre la mucha y buena oferta que se dio la semana pasada en el alma de Polonia.

Unsound no es un festival como la mayoría de los que conocemos. No se parece a Sónar como tampoco es exactamente igual que Mutek, aunque toma elementos de diferentes modelos instaurandos en toda la geografía mundial: la experimentación y el ocio, los DJs y los directos, el cine y los conciertos, las charlas y las expos. No es, para empezar, un evento concentrado en pocos días: Unsound se celebra durante una semana entera –concluyó este pasado domingo tras ocho jornadas de actividades–, y se celebra en simultaneidad en diferentes sitios, en pequeños espacios adaptados a las necesidades de cada experiencia, un poco como funciona el Amsterdam Dance Event holandés aunque sin la parte de foro de la industria musical y sin tanta coincidencia de horarios. Unsound es un activo ciclo de conferencias –promovidas por The Wire y Resident Advisor– a la vez que otro ciclo de cine en paralelo, más un fin de semana de club completado, a la vez, por una lujosa colección de conciertos especiales en recintos acondicionados para la ocasión, como iglesias y museos. Una amplia oferta con precios de entrada distintos, con públicos cambiantes, pensada para que cada tipo de aficionado se construya un Unsound a la medida de su curiosidad y de su bolsillo –como lo es la ciudad; una ciudad residencial y turística, una ciudad fría pero también cómoda como lo demuestran los amplios carriles para runners que jalonan las orillas del río Vístula a su paso por el Castillo Real que se erige en la colina Wawel–.

La primera experiencia sonora la vivimos el jueves en el interior de la solemne iglesia de Santa Caterina, a las puertas del trístemente célebre barrio judío; una edificación del siglo XVI inserta en un complejo de edificios religiosos –entre ellos un monasterio de clausura en el que se veían las monjas pasar, al otro lado de la rejilla– a la que se accede (si se quiere hacer el recorrido completo, que no es necesario) tras atravesar un espectacular claustro empedrado y presidido por robustas estatuas. Allí tocaban Deaf Center: silenciosos, entristecidos, sintiendo el peso del aire sobre sus hombros, los noruegos repasaron con aplomo los cortes de “Owl Splinters” (Type, 2011) y firmaron un concierto que, más bien, fue como sentir que se marchitaba el corazón. Erik Skodvin manejaba los pedales de efectos, la guitarra –a veces tocada con arco, para alcanzar más serenidad y dramatismo– y los teclados; Otto Todland se ocupó exclusivamente del roce de las teclas del piano. Se podía rasgar con una uña la tensión silente entre estos muros.

Era la noche llamada Transience, dedicada a la contemplación, la calma, el sondeo del alma; por ahí también quisieron seguir Ricardo Villalobos y Max Loderbauer con la participación de Christian Wallumrod al piano, recreando parte de la música de su álbum “Re:ECM”: un ejercicio de improvisación pura que durante dos horas estuvo dando tumbos, sin saber si apostar más por la línea John Cage de su discurso, o si por la electroacústica –a Villalobos, sobre todo, no se le ve madera de músico jazz, y poco jazz hubo–, y que acabó fastidiándose cuando el chileno, buscando un final memorable, quiso soltar un bombo techno que no sólo desentonaba en el lugar, entre las vidrieras y los santos, sino que arruinó todo el trabajo hecho.

Poco después, la acción se trasladaba al auditorio del museo Manggha, un centro para el arte contemporáneo a orillas del Vístula –y con una interesante exposición en curso centrada en Japón– que daba acogida al bloque más arty de la electrónica programada en Unsound, especialmente el nuevo underground ensoñador y retrofuturista. Descorchó el line up en ese espacio –pequeño, cuadrangular, buen sonido, ideal para la ocasión– Sun Araw, que empezó a crear la atmósfera psicótica, envolvente, descascarillada que luego reforzaron con una inyección de dubs monstruosos Hype Williams, que cuando suenan –siempre caóticos, siempre desafiantemente libres– son lo más cercano a estar bajo el efecto de algún narcótico. Había una parte de público impaciente –joven, con ganas de alegrías para el cuerpo, imaginamos que esperando el final de fiesta con Rustie y su sinfonía de breaks viscosos y multicolores–, pero otra profundamente sumergida en la experiencia ensoñadora de la música que más tarde llevaron a la excelencia Laurel Halo –entre el techno líquido y el pop de hadas, con un final abrupto, casi footwork, que pone de manifiesto su profunda conexión con la música de baile– y la capucha de Holy Other, filtrando las excelencias de su post-dubstep para corazones rotos (parecía pregrabado, pero daba igual; era el cielo).

El viernes fue el día de los recuerdos, la memoria perdida y el tiempo pasado; un día proustiano al que contribuyó James Kirby –alias The Caretaker, alias Leyland Kirby, ex V/Vm–, primero en una charla el refugio blanco y neutro de la sala de conferencias, el Bunkier Sztuki, que fue un intercambio de monosílabos, negativas y glorificación del alcohol ante una pobre Lisa Blanning (The Wire), incapaz de reaccionar ante el tamaño del freak. Porque Kirby, a pesar de sus discos profundamente emocionales que versan sobre alternativas utópicas en el espacio-tiempo y la decepción por el curso que ha tomado la historia (en vez de hacia la comodidad, hacia la grisura de una época sin esperanzas), es una especie de nihilista que se esconde tras chupitos de whisky. En su concierto por la tarde, en la platea de Kino Kijow –aparentemente, el cine más grande toda Cracovia–, volvió a defender el caos, el alcohol y su relación tormentosa con chicas inconvenientes, que aparecían proyectadas en la pantalla en grabaciones caseras, como la base de su discurso. Subió al escenario revolcándose por el suelo al son de “Ace Of Spades” (Motörhead), dedicó media hora a sublimar el ambient sangrante de su proyecto Leyland Kirby –con capas de ruido, frases de pianos desafinados y sintetizadores volátiles–, pero creando una sensación de desconfort muy ad hoc cuando le daba por cortar los temas a lo bruto. Acabó haciendo playback con una balada cutre con la que la gente sacó mecheros –fue enternecedor volver a ver mecheros cuando ya todo el mundo extiende la bombilla del móvil; hauntológico, a su manera–.

Aunque para desconfort, el venerable Morton Subotnik acompañado de Lillevan: media hora de computer music –como la que se editaba hace años en el sello Wergo– sin piedad, una vomitona de improvisación salvaje con módulos analógicos entre los que se atisbaban pasajes de “Silver Apples Of The Moon”, pero que fue en realidad el diálogo a gritos entre dos volúmenes de máquinas con aliento que olía a rayos: un cortocircuito cerebral con la que el septuagenario visionario se quedó a gusto. Acto seguido, la noche en el teatro concluyó con el nuevo montaje perpetrado por Kode 9 y MFO del corto “La Jetée” de Chris Marker, mítico trabajo de imágenes fijas y argumento sci-fi –amenaza nuclear, el fin del mundo, viajes en el tiempo, etc.– al que apenas se le aportó nada nuevo más allá de un fondo musical predecible –como la banda sonora de “Planeta Prohibido”, o sea, muy visto ya– y una reescritura de la voz en off, esta vez desde el punto de vista de la chica. Interesante a ratos, sólo eso.

Era, en cambio, en el Teatr Laznia Nowa donde se jugaba el partido más importante de la jornada. Era la noche “Mutations 1: Techno Rebels”; una noche sólo de techno (y algo de house), sólo dance music con mucha nostalgia y mucho retrofuturismo; purismo en vena para esa gente que ha hecho del respeto a Detroit su credo. Space Dimension Controller fue el primero en encender los mandos de la nave: directamente a los 80, a Detroit, al funk sintético sin ambajes ni disculpas. Kassem Mosse fue más abstracto –aunque menos épico–, destilando un sonido más sucio, y Morphosis el más purista, quizá porque después suyo estaban Model 500 –la formación mítica de Juan Atkins, desde hace unos años convertida casi en una banda-tributo a Kraftwerk en directo– sacando de sus sintes un electro vintage que era como si te chorreara miel de las orejas en vez de cera. Pero quien se salió por todos lados, en cambio, fue Ital (bueno, MMM también; en el techno actual, no se puede ser más terrorista y lúdico a la vez, que conste en acta).

Pero volvamos a Ital. Ital –o sea, Daniel Martin-McCormick– quizá fuera el hombre clave de todo Unsound, el pilar del fin de semana. No sólo por la burricie con la que desgranó su directo esa noche, rebosante de acid desencuadernado, techno con lesiones en la pierna, euro-cheese chistoso –seguido del set más Chicago de su compañero en la banda art-rock Mi Ami, Magic Touch–, sino por la media hora de demencia con la que inició al día siguiente el showcase de Not Not Fun en el museo Manggha, esta vez bajo su alias Sex Worker. Desafinando como Jesulín, empezó con su revisión del “Rhythm Of The Night”, siguió con un pop electrónico descascarillado y le siguió dando al descontrol techno con más ráfagas de acid que hacían temblar las gafas del personal. Le siguió Dylan Ettinger, que empezó a poner en marcha las canciones del que será su próximo álbum – “Lifetime Of Romance”–, indicando que, esta vez, anda más cerca de Joy Division que de Cabaret Voltaire o Klaus Schulze. Adorable, tanto como Maria Minerva –resfriadísima, hizo lo que pudo– y la bacanal post-punk de Amanda Brown al frente de su proyecto LA Vampires.

Había que regresar el domingo –llegar a Cracovia exige pasar antes por Katowice; las distancias son largas y los vuelos poco frecuentes– y la última noche de sábado dio para poco (a riesgo de pasar la noche en vela, que uno ya no está para eso). Había juke a porrillo –con DJ Rashad y DJ Spinn–, forajidos del post-dubstep –Jam City, Addison Groove, Sepalcure– y, por suerte, un directo de Andy Stott a medianoche, ideal para irse a dormir precariamente antes del madrugón con la sensación del deber cumplido: su puesta en directo del techno arrastrado que ha firmado en sus dos últimos EPs, “Passed Me By” y “We Stay Together”, está a la altura de la ambrosía que derrama el vinilo cuando la aguja cepilla su surco. Una hora de inmundicia, de ritmos apagados, de voces a punto de temblar, de bajos como rastros de babosa por una pared; el techno que más se acerca al futuro ahora mismo lo estaba destapando de su tarrito de las esencias un hombre de Manchester con una idea, no nueva, pero sí profundísima y estéticamente llevada al límite.

Y entonces, Cracovia quedo atrás, pero no la certeza de que Unsound es un festival que vale la pena. Un festival con una idea, con un criterio férreo, consciente de que la música hay que disfrutarla, cada una, en sus condiciones idóneas. Un festival que respeta al artista, al público y al hilo invisible que los une. Apunten, por tanto, este destino en las agendas: Cracovia merece una visita el próximo otoño, y no únicamente por el reloj de la Torre de Santa María y la tarta de manzana del Castor Coffee Club –que te la sirven, por cierto, acompañada de una bolita de helado de vainilla–. PlayGround es media partner de Unsound

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