Reportajes

Unsound: primeras impresiones desde Cracovia

Comenzó el festival de electrónica exploratoria más cool, con highlights del calibre de Julia Holter (y su bolso), el terremoto de Factory Floor y el porno gay de Atom TM

Estamos en el festival Unsound de Cracovia para contar todo lo que podamos de todo lo que está sucediendo. Hoy, primera crónica con nombres de la importancia de Julia Holter, Daniel Lopatin & Tim Hecker, Emptyset, Pole y Factory Floor. En breve, más.

Es llegar a Polonia y todo son buenos presagios. En los quioscos asoman revistas con Copérnico en la portada y en la sección de snacks de las tiendas venden unas galletas, de esas de mojar en la leche con un toque de mantequilla, que se llaman Leibniz. Todo muy racional, muy científico, a la vez que útil y nutritivo, y poco que ver con el halo tremendista que envuelve este año a Unsound, que ha elegido como eje temático para el festival la idea de “The End”: el fin de los tiempos, el Apocalipsis, la Parusía (o Resurrección de los Difuntos), el Armaggedón, todo al hilo de la profecía maya, que comenzó siendo un gag y que entre todos hemos ido estirando. Unsound, probablemente el festival de música electrónica, en su versión experimental y underground, más cool del planeta, como mínimo ha aprovechado la coyuntura apocalíptica para sacar de ahí un programa soberbio, hilvanado con una sólida continuidad expresionista que logra ennoblecer, una vez más, la propuesta de su director, Mat Schulz.

Quien ha visitado alguna vez Unsound sabe cómo funciona: espacios inusuales –generalmente pequeños, con aura clandestina, artística o sagrada (sinagogas, museos, iglesias)– repartidos en enclaves señalados del mapa de Cracovia, ciudad de Electores y Reyes que garantiza un síncope de placer cuando se pisa su centro histórico y uno se ve rodeado de su arquitectura y sus conjuntos escultóricos, muy nutrido de castillos, un empedrado que brilla, catedrales y flores. Una aventura musical, la de este ciclo con diez años ya de andadura, que normalmente te lleva a lugares inesperados –no sólo sonoros, también geográficos; servidor se perdió, sólo el miércoles por la noche, tres veces por las calles de Kazimierz, el barrio judío, en la zona aledaña en la que el río Vístula, como el Duero cuando pasa por Soria, traza su curva de ballesta–.

Llegamos a Cracovia vía Katowize el miércoles por la tarde, cuando el programa ya estaba en marcha desde el pasado domingo. Nos hemos perdido a Teengirl Fantasy y a Vatican Shadow entre otras golosinas envenenadas del cartel, pero el miércoles, en el elegante Muzeum Manggha, entramos en el momento justo en que Pole comenzaba a encontrar la velocidad de crucero para su directo, en el que demuestra que ha vuelto a retomar con inspiración renovada su aureola de reformador del dub. Antes había ocupado el mismo escenario The Haxan Cloak, el heraldo del apocalipsis recién fichado por Tri Angle. Como no lo vimos, hay que fiarse de lo que cuentan los expertos: Philip Sherburne y Ángel Molina, gourmets que saben dónde está la acción y no se pierden un Unsound ni queriendo, coinciden en la opinión de que el comienzo fue demasiado contemplativo y el final, chirriante y con ruidos diversos entrando en fricción, rozó lo épico. Es imaginable que, tras esa hecatombe, el reggae digital de Pole, que se sostiene por los detalles sutiles y la paciente moldura del espacio vacío que queda entre los sonidos, significara una desactivación de la tensión. A Ángel le aburrió – “siempre hace lo mismo”–, pero en justicia, no fue lo de siempre (hay que recordar que Molina es un hombre oscuro, tanto que se cuenta que no tiene luz eléctrica en casa y que odia al Sol). El Pole que vino a Unsound parte de la misma estrategia de su gloriosa trilogía de finales de los 90 –dub urbano, digital, de textura fría que consigue calar con calidez–, pero ha conseguido dominar, especialmente en los EPs de la serie “Waldgeschichten”, aquel errático giro analógico, con samples de guitarras reales, de “R” y el tibio “Steingarten”. Lo mejor que le ha pasado a Stefan Betke ha sido descansar y hacernos descansar, mantener en hibernación su visión única del dub durante un tiempo razonable y devolvérnosla con una adaptación adecuada al presente, justo cuando empezábamos a echarlo de menos. Fue hipnótico y el bosque de cabezas en la pista del Manggha se movía como las ramas tiernas que agita el aire de la mañana.

Completó el cartel de la noche Uwe Schmidt con su alias Atom TM, que es, a diferencia de Señor Coconut –su broma latina– o Lassigue Bendthaus –su exploración pop a lomos del cinismo digital–, su manera de ejercitarse en los ritmos de baile con una fractura irónica. De hecho, toda su aparición en directo fue irónica: repeinado para atrás, con el bigote limitado a una finísima línea pajiza sobre el labio, jersey de cuello alto y chaqueta, enhiesto y con la espalda recta y la mirada al frente, parecía estar parodiando a Ralf Hütter –la broma con Kraftwerk se prolongaba en las proyecciones, a partir de código binario que escondía escenas de porno gay, como las antiguas codificaciones del Canal +, las que te obligaban a mirar los folleteos con ojos achinados–. La música, una especie de electro a trompicones salteado con house con paradinha y melodías robóticas, fue puro Atom: por un lado te saca una sonrisa y por otra te causa un esguince si intentas seguir el ritmo con los pies.

El jueves, o sea, ayer, empezaron a suceder cosas a todas horas y distintos lugares. Fue el primer día en el que Unsound obligaba a estar ocupado, con cuatro conferencias en el céntrico Bunkier Sztuki del tirón, entre ellas una de Biosphere y Lustmord, heraldos del ambient negro como la pez, que hablaron del proyecto “TRINITY” que presentarán en directo esta noche, en el que todas las grabaciones de campo están hechas en espacios de Nuevo México afectados (y todavía contaminados) por detonaciones nucleares, esa clase de lugares “a los que debes entrar sin que te vean porque tienen vigilancia y si te pillan te disparan sin preguntar”, según Lustmord. O la muy interesante, a priori, “Where Does A Circle End? Magick And Pop Music In Britain, 1888-1978”, cortesía del teórico Mark Pilkington, puro paganismo pop con Aleister Crowley y Throbbing Gristle como protagonistas que hubiera necesitado, no una hora, sino una semana para desarrollarse a fondo como la cuestión lo exige.

Y es aquí cuando llegamos a Julia Holter. Lo de la Holter fue muy ‘fuerta’. Por cuarto año consecutivo, Unsound ocupa un espacio sagrado –la iglesia de Santa Catalina, en el barrio judío, parte de un inmenso complejo religioso que incluye más iglesias y un convento de clausura; en el intermedio entre conciertos incluso se ven las monjas pasar, a través de una celosía al otro lado del edificio, para atender el mantenimiento de los altares–, y ese espacio sagrado, neo-gótico y de altas bóvedas, sirve para programar conciertos de una carga solemne atractiva. El cartel de anoche era doble: Julia Holter por un lado, Daniel Lopatin & Tim Hecker a continuación, ambos con propuestas exclusivas y de estreno. El problema es que Holter, que venía acompañada del Sinfonía Iuventus Quartet –cuatro chicas rubísimas que acariciaban las cuerdas de los violines, la viola y el violonchelo con pausado primor–, toco cuatro canciones y se fue (en realidad fueron tres, con la última dividida en dos partes).

Fueron 20 minutos. Completamente inéditos, sí, que nadie escuchará en mucho tiempo, pero 20 minutos que supieron a poco a pesar de la dulzura de las canciones. Cuando empezábamos a entrar en la propuesta, cuando sus artes de seducción habían estrechado el lazo, aquello acabó. Hubo un amago de continuar, pero quizá por inseguridad o porque no había más material preparado, Julia decidió acabar. Hay que reconocerle también a Holter un carisma casual bastante depurado: se situó ante su piano eléctrico como quien sale a comprar zapatos –con el bolso colgando de un hombro y cargada de partituras–, y susurró de pie, hechizando la nave principal de la iglesia, aligerando de cualquier adorno sobrante los temas y dejándolos en su esencia. No hubo opción ni de bis: cuando se esperaba alguna propina en forma de hit de “Tragedy” o “Ekstasis”, los operarios arramblaron con los atriles y las sillas para dejar paso a Hecker y Lopatin.

Escenario a oscuras, ellos frente a frente, manejando sintetizadores y dialogando en sus respectivos lenguajes hasta encontrar un entendimiento: su concierto, basado en el disco que editarán en Software en menos de un mes, tenía trazos del ambient envolvente de Oneohtrix Point Never y motas rugosas de la bifurcación noise de Hecker: el flujo de música alternaba entre lo celestial y lo infernal en intervalos muy breves, todo ello sostenido por un bajo constante y áspero que, en según qué lugares de la iglesia, hacía retumbar retablos, muros –y vaya muros, casi un metro de grosor–, arcos y vidrieras. Más tarde nos contaban que aquel temblor había causado preocupación en la sacristía –quizá por ser lo más parecido a un signo del fin del mundo–. Es lógico: el live fue ganando poco a poco en aspereza y concluyó satisfactoriamente: a veces, sólo hay que dar un poco más para alcanzar el punto de cocción exacto. Ese poco más que, a pesar de la delicia, no se atrevió a dar Julia Holter, que fue la diferencia entre comerse un bombón o la caja entera.

El último acto de la noche nos devolvió al Muzeum Manngha, el doble de lleno que el miércoles –he ahí un síntoma de que Unsound ha emprendido el ciclo de crecimiento exponencial, que su público se multiplica en paralelo al interés que despierta a nivel internacional su propuesta y su hospitalidad–, y con actuaciones jugosas. Aunque la gracia del Muzeum Manggha está en que permite la socialización en su piso superior, donde está el bar, o en el exterior, donde la gente sale a fumar aprovechando que el clima está siendo benévolo estos días en Polonia –y, por socializar entendemos hablar con Ron Morelli, que considera que nuestro Raül/DJ Zero es “dios”, o escuchar de cerca a Julia Holter narrar la experiencia de la iglesia y demás encuentros de este calibre– el verdadero meollo, decíamos, está dentro.

Evian Christ, reciente fichaje de Tri Angle en su versión ‘rap fantasmagórico’, todavía es un proyecto por pulir, o quizá es que rinde todavía mejor como home listening que como experiencia colectiva: sus fraseos chopped & screwed y sus beats acolchados no tuvieron el mismo efecto que su mixtape de principios de este año. En cambio, los bristolianos Emptyset sacaron la fiera techno que llevan dentro y articularon su directo a partir de sus cortes más abruptos, con beats afilados y una superficie de ruido y feedback guardando las espaldas al fondo, en una línea intermedia entre los últimos Autechre ‘dance’ y unos Pan Sonic reunificados bajo la consigna de transformar su techno-dub helado en una especie de charco embarrado. Aunque si alguien quería un directo exultante, ahí estuvieron Factory Floor, el tipo de banda –ácida, trepidante– en el que deberían haber evolucionado LCD Soundsystem de seguir existiendo. Momento ideal para volver al refugio, que esto es muy largo y aún falta lo mejor.

Fotografías de Black Box Photo

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