Reportajes

A Taste Of Sónar

The Roundhouse, Londres, 5 y 6 de marzo 2010

A Taste Of SónarSon casi las ocho de la tarde del viernes y el frío que ha estado castigando el clima de Londres durante todo el invierno parece haberse ido Camden High abajo. Estoy a las puertas del Roundhouse, mítico enclave de la cultura underground londinense, a un tiro de piedra de la estación de metro de Chalk Farm y pasados los establos en los que se mercadea con antigüedades y los turistas que vienen al mercadillo comen delicias chinas a deshoras. Bajando un poco está el Monarch, bar famoso por haber entretenido las noches de alcohol y humo de Amy Winehouse, pero no estoy aquí para trazar una ruta por la geografía insólita o canalla del barrio (ni siquiera es mi barrio). En The Roundhouse, donde antaño tocaron los primeros Pink Floyd, el festival Sónar celebra ahora su fin de semana de anticipo de la próxima edición barcelonesa. Iremos a Barcelona, por supuesto, pero nunca se puede renunciar a calentar motores, menos aún si la fiesta es en tu casa.

En la entrada de The Roundhouse, ocupando las escalinatas, hay un grupo de chicos de la calle con unos auriculares gigantes y una bolsa de CDs. Ofrecen al peatón la posibilidad de escuchar sus rimas y comprar su demo. Parece una pandilla grime en formación, con algo de fe en la promo callejera, quizá esperando que un A&R les entre por azar, se haga con sus beats y les llame al día siguiente para ofrecerles un contrato suculento. Pero nadie lo hace, el público pasa por delante sin hacerles demasiado caso. Espero a mi acompañante, que viene con retraso, y entramos, justo a tiempo para ver el show audiovisual de Ryoichi Kurokawa, a partir de ambient difuso y vestido de ruido no invasivo y una pantalla sobre la que se va formando un cuadro en tiempo real, paisajes digitales de verde y prados. No es el mismo espectáculo que le vi en Sónar: aquél era más negro, más violento, la pantalla parecía mutar en una cueva. Éste es bucólico, aunque Kurowaka afila el sonido hasta convertirlo en una experiencia sensorial incómoda. En media hora, nos ha trasladado a otro mundo. Es lo que siempre me ha gustado de Sónar, cómo en un mismo programa se simultanean lo urbano y lo museístico, lo bailable y lo sedante.

Próxima parada: bRUNA, un joven productor catalán que ofrece un breve directo de laptop y algo de equipo analógico con bellas melodías y sensaciones nostálgicas de la infancia. La información proporcionada por Red Bull Music Academy, que justo estos días cerraba su escuela anual de producción a orillas del Támesis, con vistas a la Torre de Londres, indica que bRUNA tiene un álbum publicado, “And It Matters To Me To See You Smiling”, que no he escuchado, pero que definitivamente buscaré. Transmite pureza.

De vuelta al escenario principal, la sala aparece repleta, expectante, ansiosa y algo nerviosa por el retraso que arrastra Doom. Resulta que Doom, sin que nadie lo esperara, es la auténtica atracción de la noche: los chicos negros –no los de la puerta, pero muy parecidos, con sus gorras y sus hoodies calzados simultáneamente en la cabeza– se mezclan con los blancos. Hay gente que lleva máscaras de plástico en la mano. Parece que Doom va a salir pero es una salida abortada: el público le abuchea, no quiere que se juegue con sus expectativas. ¿Quién iba a decir que Doom sería una figura de culto en Londres? Resulta que lo es, lo suficiente como para atraer hasta 1.500 personas devotas de su penetrante inteligencia –como el villano de cómic que encarna– y de sus bases adiposas. Y sale Doom, y aunque el sonido es pobre –los beats parecen planos, y los micros suenan demasiado histéricos–, el directo es un manotazo severo de hip hop sobre nuestros mofletes. Doom golpea y rima como un poseso, y conduce el concierto del caos a la satisfacción psicotrópica. Más importante aún: es él. Llegaban noticias de París y Amsterdam que lo afirmaban, que el hombre bajo la máscara era el auténtico Doom y no un doble contratado para rimar por esos escenarios perdidos mientras él tramaba nuevas aventuras en su agujero de Nueva York. Y justo cuando acabó Doom, la gente se fue.

COPYRIGHT: Alfonso Beato / Djtalmedia

Así es Londres: el horario de cierre del metro es un poderoso toque de queda, y toda esta gente estaba aquí por el hombre de Lex. Tras la desbandada, sólo quedaba seguir de pie y sin mover un músculo el set de house quebrado de Herbert, más errático que risotón –con un momento populista, el “Spastik” de Plastikman; lástima que no hubiera multitud a la que complacer–, y la última hora de funky house de Roska, todavía con menos público, pero con mucho más músculo y mejores vocales, conectando los puntos que unen el speed garage de 1997 con el dubstep de hoy. Y tras las sensaciones extrañas de la primera noche –mucho público, pero mal repartido en el tiempo–, un taxi y de vuelta a casa.

Sábado: vuelvo a llegar pronto a The Roundhouse. Sé que lo pagarán mis pies, pero lo mejor que tiene el formato Sónar es la inclusión de actuaciones experimentales en un contexto próximo al dance, y la posibilidad de ver caras atónitas en el concierto de Edwin van der Heide me seduce. Al final, se cumplen los pronósticos: su espectáculo de láseres y ruidos, como una mezcla entre lenguaje Morse codificado por un artista de Raster-Noton y la última tecnología en luminotecnia recreativa, resulta impresionante. No puedo evitar abrir la boca a la vez que el resto de espectadores, todos en el centro de la pista para sumergirnos en olas de luz verde que nos rodean como los efectos especiales de una película 3D. Al cuerno con la Pandora de Cameron, esto sí es un mundo nuevo: aire circular, luces que te barren el cuerpo de arriba a abajo como un escáner. No hace falta someterse a una resonancia electromagnética para sentir la luz y las ondas penetrando por tus huesos. La música, áspera como un vinilo de snd, acompaña.

Le toma el relevo Four Tet, en la cima de su popularidad, quizá, con el precioso “There Is Love In You”. Kieran Hebden pincha y se adentra por paisajes cósmicos y exóticos, entre la música espacial y el gamelán. Es un set corto, de transición, pero muy bajo de tensión rítmica, más pensado para un chill out que para una noche de sábado en la que la gente viene a desfogarse. Hay que tener en cuenta que a continuación venía Laurent Garnier y Four Tet estaba introduciendo, sin permiso, sedantes en la cerveza de la gente. Y entonces llegó Garnier, con un saxo y una trompeta y ordenadores, con el repertorio de “Tales Of A Kleptomaniac” bien ensayado. Cerró el show con “The Man With The Red Face”, su ya habitual catarsis jazz-house, pero antes de eso el francés, que acabó por definir su culto de seguidores en Londres gracias a sus maratonianas residencias en The End –y cómo echamos de menos aquel sótano tan cerca del British Museum, tan bien comunicado, tan en el centro de la vida nocturna y cosmopolita de Londres–, había dado señales de que su hibridación de techno y be-bop va más en serio que nunca. No fue la improvisación tibia de aquella gira suya con Bugge Wesseltoft, sino un directo mejor trabajo, con inserciones de drum’n’bass y dubstep, ese eclecticismo tan propio del monsieur parisino.Se iba acabando la noche. En la sala pequeña está Hudson Mohawke con un MC envalentonado que le pisa la mayoría de las bases, todas picadas con su consola MPC y estiradas con un laptop: puro estilo wonky que merecería una sala más grande y un sonido más potente. Volvemos arriba: pincha John Talabot tras la exhibición de Garnier. De Talabot sé poco: es catalán, y tiene un maxi excelente para Permanent Vacation, pero nunca le he visto de cerca. ¡Es casi un niño! Alucinante. Dirige una sesión elegante de house fino y disco sugerido, un breve entretenimiento hasta que llega el momento del invitado estrella de la noche, no anunciado por Sónar hasta el último minuto: 2 Many DJ’s, con su mash up de clásicos del disco y el rock bajo un suelo bombeante de electrohouse, encienden los ánimos y ya sí, todo el mundo baila, y acaba la noche en fiesta. John Talabot vuelve a retomar los platos para cerrar, y lo hace bien de nuevo, con esa profesionalidad que había mostrado en la primera manga de su set, pero las piernas ya no responden y toda la curiosidad ya ha sido saciada. Sónar ha venido a Londres a montar un pequeño festival y se ha llevado un gran éxito. Repetiremos en Barcelona. ¿Nos vemos allí?

Fotografías de Matthew Cheetham ( Watchlooksee)

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