Reportajes

Un hombre, un billete de cien y dos colegialas

Suazilandia es el país con más prevalencia del VIH en el mundo. Nadie parece combatir una de sus principales causas.

Hace dos semanas, mientras esperaba a que mi novio terminara de comprar en un supermercado de Mbabane, Suazilandia, dos colegialas se instalaron a un lado de la puerta automática. Tendrían unos diez o doce años, el pelo muy corto. Iban conjuntadas con un una falda y un chaleco de distintos tonos de verde, calcetines blancos y los mismos zapatos. Ellas también parecían estar esperando a alguien, se entretenían observando el hormigueo de la gente por el centro comercial.

Un hombre salió entonces de una tienda de licores hablando con el móvil. Cuando pasó frente de las adolescentes, se detuvo. Habló unos segundos más por teléfono, de espaldas a ellas y frente a mí. Colgó. Vi como sacaba un fajo de billetes y pinzaba uno de 100 rands con dos dedos. Entonces se giró y dejó caer el dinero a los pies de las colegialas. Como si fueran mendigas o un monumento sagrado.

El primer impulso de las niñas fue mirarse entre ellas y sonreír con la cabeza baja, como si aquella extraña oferta, que yo no podía descifrar, las avergonzara como lo hace un piropo. De repente, una de las niñas empezó a caminar con prisa, con los brazos cruzados, visiblemente molesta. Dejó a su amiga sola con el hombre. Él la miraba fijamente, sin decir ni hacer nada. Esperaba una respuesta. Tras unos momentos de indecisión, la niña se agachó con cuidado, doblando las rodillas. Cogió el billete y se lo entregó a su dueño.

Después corrió hasta alcanzar a su amiga.

Su Majestad, el rey Msuati III

Llevábamos cuatro horas en el Reino de Suazilandia. Parecía lógico que no pudiéramos interpretar una escena como la que acababa de fotografiar con el móvil. Sin embargo, a medida que conocíamos detalles del diminuto país en el que nos hallábamos, nuestra perplejidad iba en aumento.

Con poco más de un millón de habitantes, el Reino de Suazilandia es uno de los países más pequeños de África. También es la última monarquía absolutista que queda en el continente. Actualmente está gobernada por el rey Msuati III, hijo del rey Sobhuza II. Fue coronado en 1986 a la edad de 18 años.

Msuati III tuvo suerte de ser elegido, una suerte estadística, porque su padre tuvo 210 hijos con sus 70 esposas. Él es el número 67.

Hoy en día este monarca es un señor fofo de 48 años, de rostro amable. No encaja con el estereotipo de “dictador africano con gafas de sol y cara de malvado”. La imagen de Msuati se repite en la calle en forma de carteles propagandísticos, también preside todos los establecimientos en forma de retratos kitsch. En ellos siempre luce el traje tradicional —el que deja ver sus michelines—; nunca el uniforme militar.

Por su aspecto, el rey Msuati III tiene la ferocidad de un gatito, pero lo cierto es que gobierna a sus súbditos a base de decretos junto a su madre, quien posee el título de Gran Elefanta (este cargo oficial suele ostentarlo la esposa favorita del rey anterior).

Suazilandia es una dictadura sin partidos políticos (Msuati los prohibió de nuevo en 2003), en la que prevalecen leyes represivas, como el Acta de Sedición y Actividades Subversivas.

Pese a que de vez en cuando se producen manifestaciones en la capital y Msuati se sabe cuestionado, hay opositores en el exilio y encarcelados, y casos documentados de personas que han sido víctimas de tortura por motivos políticos y de libertad de expresión.  

¿Y qué relación tienen los asuntos palaciegos de este oscuro país con las colegialas y el señor del billete en el suelo?

Al principio solo intuí que debía tratarse de alguna costumbre obsoleta, pero cada nuevo rasgo de este reino de África austral hacía la escena más organizada. Más estremecedora.

80.000 vírgenes

Cada mes agosto se celebra el ritual más famoso de Suazilandia, la "danza del junco" o Umhlanga. Miles de jóvenes (entre 20.000 y 80.000, las cifras bailan según la fuente que cubre el acontenimiento, y de año en año) se desplazan hasta Mbabane para danzar, cantar y mostrar su virginidad.

La Umhlanga es un rito de iniciación zulú que también celebran otros países vecinos, como Sudáfrica o Botsuana. Se ha convertido en un evento turístico atractivo y es motivo de orgullo comunitario y cultural.

Pero en Suazilandia el rito tiene una función especial. Msuati III tiene derecho a elegir una nueva esposa entre las vírgenes, a tener sexo con ella y "probar su fertilidad". La joven no puede negarse al matrimonio y puede ser repudiada por el rey si no se queda embarazada.

Actualmente, Msuati III tiene 14 mujeres, con las que ya ha tenido 24 hijos. Cada una de ellas vive en un palacio propio financiado por el estado. Esto en un país donde la mayoría de la población es muy pobre.

Sobre los condones, los hombres piensan: "No se puede degustar un caramelo con envoltorio"

Según datos del Banco Mundial, el 63% de los habitantes de Suazilandia vive por debajo del umbral de la pobreza (con menos de 1,25 dólares al día). En cambio, el patrimonio personal de Msuati III fue valorado en 200 millones de dólares por la revista Forbes el año 2009. A día de hoy es uno de los 15 monarcas más ricos del mundo. Ha terminado prohibiendo que se fotografíen sus coches deportivos.

Pero no es ni el régimen ni la economía medievales por lo que Suazilandia es tristemente conocida. Este trocito de montañas de tierra roja insertado dentro Sudáfrica el lugar con más persistencia del virus del VIH del mundo: un 27% de la población vive infectada y la esperanza de vida es de 49 años. Solo en 2013, 11.000 personas contrajeron el virus y 4.500 murieron a consecuencia.

En esta epidemia, a la que hoy también se añade otra de tuberculosis, las jóvenes menores de 24 años tienen tres veces más probabilidades de contagiarse que cualquier otro grupo de población.

Un 70% de las trabajadoras sexuales del país están infectadas.

Y se trata un fenómeno ampliamente heterosexual.

Caramelos con envoltorio

"No se puede degustar un caramelo con envoltorio". Este dicho popular es un ejemplo de lo que muchos hombres piensan de los preservativos en Suazilandia. Además, hay leyendas que asocian su uso a daños físicos, al encogimiento del pene y a la pérdida de virilidad.

Lo mismo ocurre con las campañas que promueven la circuncisión para evitar heridas durante el coito que puedan terminar en infección, y con los tests de VIH: muchos piensan que la piel resultante de la intervención es utilizada para brujería. No se someten a la prueba por miedo a ser estigmatizados y marginados. 

Al final, los hombres deciden sobre los derechos reproductivos de las mujeres y ellas no tienen poder para exigir relaciones con protección.

En Suazilandia no solo la poligamia está aceptada y vista como un sinónimo de estatus, también la cultura de la violación está tan extendida como la pobreza. Según Unicef, una de cada tres chicas menores de 18 años ha sufrido violencia sexual antes de cumplir la mayoría de edad.

La propia organización femenina Suaziland Young Women's Network, con sede en la capital, asume que en el Reino de Suazilancia las mujeres son vistas "como una propiedad".

Además, el sexo intergeneracional es habitual: hombres mayores tienen relaciones con chicas jóvenes, también menores. Muchas se ha quedado huérfanas debido a que sus padres murieron de las enfermedades derivadas del VIH, y deben hacerse cargo de la familia solas. Así que se prostituyen o tienen relaciones ocasionales y esperan alguna compensación en forma de comida o dinero.

De modo que es común que los hombres mayores les ofrezcan regalos a cambio de acostarse con ellas. Es normal, en definitiva, ver a un hombre intentando comprar sexo con niñas en la vía pública, en un centro comercial. 

La sonrisa infectada

En Suazilandia no hay noticias. Los locutores de la radio oficial se pasan el día leyendo las actividades de su majestad y consejeros a modo de lista, como si cantaran un menú.

Al atardecer, una radiofórmula musical estalla en las ondas con la suficiente energía como para provocar un paro cardíaco a toda la población: "Liiiife is beaaaaauutifiuuuullll!". El presentador parece tener la misión de recordar a los suazis que estar vivo, a pesar de todo, es un motivo para la alegría. 

Las canciones de Rihanna se combinan con temas noventeros y anuncios teatralizados sobre tests de VIH. Se hace propaganda sobre los grandes esfuerzos de Msuati III contra la epidemia, algo que también se encargan de recordar algunos organismos internacionales. 

"Le felicito por su compromiso personal y liderazgo en relación con el VIH, así como por las valientes decisiones que ha tomado para poner fin al sida en Suazilandia". Estas fueron las palabras de Michel Sidibé, director ejecutivo de ONUSIDA, durante un encuentro oficial el pasado abril.

Y sí, ha habido mejoras después de años de trabajo y recursos dedicados por parte de organizaciones como Médicos Sin Fronteras. En 2015 esta organización gastó 9,6 millones de euros en sus actividades médico-humanitarias y tuvo a 439 trabajadores sobre el terreno.

Y también: reforzar positivamente al monarca puede salvar miles de vidas y no parece responsable escatimar alabanzas a cambio de resultados. 

Actualmente, la prevalencia del VIH se está estabilizando en Suazilandia. Los nuevos casos han disminuido de un 2,5% en 2011 a un 1,8 en 2013. Sin embargo nadie parece comentar al rey Msuati III que la desigualdad entre hombres y mujeres en su reino es una de las principales causas de la vitalidad de un virus que mata a tantas personas.

Claro que los hombres miserables quieren sentirse reyes, y acostarse en un lecho con hermosas vírgenes. Como su majestad.

Claro que se ven tentados de comprar sexo seguro con niñas que no son sospechosas de estar infectadas. Como su alteza.

Claro que asumen que pueden comprarlas con dinero, e imponer su deseo sobre sus cuerpos. Como hace el mismo rey.

Pero ante este virus patriarcal, apenas nadie hace campaña. De hecho, la partida presupuestaria que Msuati III dedica a combatir el sida le sirve para recibir aplausos, confirmar su poder, legitimar un modo de vida.

Aunque lo que a mí me heló la sangre durante mi breve visita al país fue la sonrisa fugaz de las colegialas cuando aquel hombre les lanzó un billete a los pies. Fue reacción instintiva, pero aprendida, que conozco bien. Que muchas mujeres conocen.

La de ruborizarse y un segundo después sentirse agredida. Es una alabanza para la mente y un ataque violento para el cuerpo. Perceptible aunque no haya contacto físico.

Están, estamos infectados de este virus que se alimenta solo, y que puede matar bajo la forma del amor, de la tradición, del cuento y la leyenda. Y esa sonrisa es la prueba.

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