Reportajes

“Splash! Famosos al Agua”: vergüenza ajena en la piscina

El último fenómeno en televisión es la humillación de famosos –tirados al agua desde un trampolín de diez metros– con la excusa de un reto de superación personal. Anoche el share echó humo

4,4 millones de personas estuvieron ayer pendientes de su televisor para ver cómo siete celebridades de nuestro país se tiraban desde un trampolín. Aunque, para que nos vamos a engañar, en realidad lo que la gente esperaba era ver el bañador de Falete.

La telerrealidad ya no es un escaparate televisivo lo suficientemente atractivo para los famosos y famosetes de segunda que habitan en la pequeña pantalla. En tiempos de crisis, cuando sus ingresos se han visto mermados, las ‘celebrities’ se apuntan a cualquier bombardeo con tal de seguir alimentando su ego y acrecentar sus cuentas corrientes. Todo vale, incluso armarse de valor para lucir cacha ante millones de personas y emular las andanzas de un saltador olímpico de trampolín (o, al menos, intentarlo) como, si en vez de viejas focas, fueran la reencarnación de Greg Louganis. De eso trata precisamente la nueva artimaña de Antena 3, “Splash! Famosos al Agua”, un programa que toma el formato del británico “Splash” del canal ITV y que en escasos días se tendrá que ver las caras con su competencia directa, “Mira Quién Salta”, otro programa cortado del mismo patrón a estrenarse en Telecinco.

Con la fiebre del trampolín instaurada en las televisiones privadas, ayer noche nos dimos cuenta de lo morboso que el asunto en sí es. Incluso malsano. Porque por mucho que se quiera enmascarar el experimento de ese halo de superación personal que busca desesperadamente la empatía con el espectador (el caso más explícito fue el de la Miss España en 2006, Elisabeth Reyes, que sufre pánico a las alturas desde que su padre falleció al caerse de una grúa de 27 metros de altura mientras trabajaba), lo que el público pide es carnaza, posibles planchazos en un directo falseado y bizarrismo competitivo. No, de accidente no hubo ninguno, pero al menos sí los suficientes alicientes como para trasnochar más de lo debido a costa de varias intervenciones estelares.

Arturo Valls, más espitado de la cuenta (a los dos minutos ya estaba literalmente mojado… de sudor), fue el primero en bromear con la intervención de esa nueva Risto Mejide que semana tras semana ejercerá de villana en el jurado: nada más y nada menos que Anna Tarrés, la que fuera durante 15 años seleccionadora del equipo español de natación sincronizada en europeos, mundiales y juegos olímpicos. Gran fichaje el de ‘la pequeña dictadora’: ella no se anda con chiquitas y siempre que la ocasión lo requiere escupe veneno por su boca. La actitud, comparada con los masajes verbales de José María Gutiérrez Hernández, ‘Guti’, y un Santiago Segura hasta en la sopa al que le viene grande no ejercer de payaso, es más que aplaudible atendiendo a esa fama de bruja y mujer sin escrúpulos que le precede. A la neumática Daniela Blume casi le hace saltar las lágrimas. Es por ello que confiamos en la catalana para reflotar un programa que peca de demasiado extenso en minutos y que ayer dejó patente que acabará cansando a medida que los concursantes más mediáticos sean expulsados por su inutilidad aéreo-acuática.

Ese fue el caso de Toñi Salazar, la mitad de esa enaltecedora de los himnos de verbena que siempre fueron y serán Azúcar Moreno. La andaluza, con un par, se atrevió a concursar confesando desde un primer momento que no sabía nadar. Con unos corchos flotadores para evitar la desgracia que despertaron vergüenza ajena, la cantante se tiró desde la plataforma de tres metros. Aunque eso sí, de pie. Que aproveche el cheque que le han dado, porque desde ya tiene vetada la entrada en cualquier piscina municipal.

"Es a Falete a quien le debe la ‘cadena triste’ ese 26,4% de share (4,4 millones de espectadores)"

Tieso como un palo también se tiró Falete desde cinco metros; indiscutiblemente, el gran atractivo de la noche (por ello lo dejaron para el final), el gran protagonista de la historia, como lo es la ballena blanca en “Moby Dick”. Con un bañador de folclórica, lunares y volantes incluidos, el cantaor voló por los aires no sin antes sacar la coplera que lleva dentro antes de dar el salto y hacer uno de sus particulares paripés montando un altar que, curiosamente, salió de su vestidor. Ya en los entrenamientos previos dejó claro que no iba a tirarse de cabeza y que le preocupaba más echarse el cigarrillo que ser una futura promesa del salto de trampolín. Pese a acabar con la misma mala suerte que Toñi Salazar, expulsado a la primera de canto, media España estuvo en vilo de sus prominentes carnes. A él le debe la ‘cadena triste’ ese 26,4% de share (4,4 millones de espectadores), diez puntos por encima de esa decimocuarta edición de “Gran Hermano” que ya huele a rancio. Porque, seamos sinceros, aunque Miki Nadal saltara con gallardía desde diez metros con un mortal de espaldas, ningún concursante podía competir ante un freak de tal envergadura torácica.

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