Reportajes

South by Southwest ?09

Ofrenda de una ciudad entera

Foto por Jaime Martínez Por Issa Villarreal

Si el sexo, las drogas y el rocanrol es el trío recomendado para la vida loca, la ofrenda del South by Southwest (por sus siglas, SXSW) es el trío para expandir la mente y el alma: música, cine y tecnología. Los tres elementos no sólo se acoplan gestálticamente durante el festival estadounidense celebrado en semana y media en marzo, sino que cada uno es un evento por sí mismo.

La parte de la música del SXSW de este año registró mil 800 bandas para tocar en apenas cuatro noches. Equilibró héroes alternativos con trayectoria ( Dinosaur Jr., PJ Harvey), novedades ( Vivian Girls, HEALTH) y la inevitable música comercial (visitas sorpresas de Kanye West y Metallica). Pero el plato fuerte fueron las leyendas. Roky Erikson, uno de los pioneros del rock psicodélico, revivió a los Thirteenth Floor Elevators con la de psicodelia de nueva generación de Black Angels. Los satíricos Devo radiaron energía frente a visuales de alta producción comparables con los de Kraftwerk, y cerraron su concierto con aquel personaje tétrico, Booji Boy, entonando “Beautiful World”. Y el preferido de casa, el cantautor fuera de la realidad Daniel Johnston, descontroló al público en el Emo’s con “Live and let die”, en voz casi acabada y con requintos slash-escos por la banda de funk tex-mex Grupo Fantasma.

Aunque su lista de conciertos es sumamente atractiva, lo que distingue a este de otros festivales como el Coachella o el Primavera Sound es su sede. El festival vive en las entrañas de Austin, la llamada “capital de la música en vivo”. Como una ola que comienza desde el centro de la ciudad, los bares, tiendas de discos, museos, galerías, patios y calles se abren como lugares para concierto. Son espacios que van desde las 100 personas, en eventos que se sienten como privados, hasta más de 5 mil, como el Austin Music Hall y el auditorio al aire libre a la orilla de lago Lady Bird. El resultado entre las poderosas fuerzas encontradas de artistas y espacios son combinaciones casi aleatorias. Ver a Marnie Stern tocando virtuosamente su guitarra eléctrica en una iglesia presbiteriana en la madrugada. O escuchar el verso “Parece ser que va a llover…” del cantautor Nacho Vegas abriéndose paso en un escenario para comediantes. O entrar en el edificio del ballet de Austin (con los zapatos de tacón en mano) para poder ver a los salvajes Monotonix.

Así como se abren estos espacios, las calles del centro de Austin se cierran para dejar fluir a los incontables viajeros. La Sexta – 6th street, la vena principal de los espacios de música– es un caudal de paseantes, de inmensas filas para los hot dogs y las pizzas, y trovadores ambulantes y músicos que regalan sus discos (o que comparten los audífonos de un iPod con sus canciones) con tal de ser escuchados. En parte esto tiene que ver con la reputación del SXSW como tierra para el nuevo sueño americano. De los dos millares de invitados, una gran parte son bandas independientes en busca de distribución, auspicio o explosión mediática para su trabajo. Entre ellas, este año asistieron unas diez bandas independientes de Monterrey, México, localizada a 7 horas de distancia de la capital de Texas. Autosustentando su viaje aún con el cambio de dólar a 15 pesos mexicanos, algunas de ellas lograron tocar más de cinco veces durante el festival: XYX, Ratas del Vaticano y Los Llamarada, con sendas perspectivas del punk, para los showcases para la estación de radio WFMU (de Nueva Jersey) y el sello discográfico Siltbreeze (el de Sebadoh y Times New Viking).

Entre este rango factorial de las presentaciones, la logística impecable del festival y la infraestructura urbana que recibe miles de visitantes desde hace más de 20 años, quien asiste al SXSW difícilmente puede quejarse. Si acaso, algo habrá que decir de las ya conocidas ampollas por caminar a lo largo de la calle Sexta de Austin o por tocar frenéticamente en uno de sus bares. Con una ofrenda de tamaño de una ciudad entera, la única preocupación posible es la de quedarse varado en el placer –el síndrome de Stendhal de la música– y nunca poder volver.

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