Reportajes

Sonar Tokyo: una exploración del underground japonés e internacional pasada por agua

La edición nipona de Sonar ha mostrado este pasado fin de semana una amplia selección de pujantes y talentosos artistas electrónicos, todos en busca de la frescura y la novedad

La última edición de SonarSound tuvo lugar este fin de semana en el Ageha de Tokio, lo que ofreció una buena exposición de lo que actualmente es bueno en el underground electronico. Estuvimos ahí y esto es lo que vimos.

Mientras cruzamos Tokio a bordo del Shuto Expressway de camino a la noche del sábado de SonarSound Tokyo 2013, un amigo bromeaba pidiendo que sonara la banda sonora de “Blade Runner”. Observábamos cómo el característico paisaje de la ciudad aparecía y desaparecía a través de la ventana debido a la lluvia torrencial; la capital japonesa se mostrara más cercana que nunca a su más obvio estereotipo, fomentado por la ciencia-ficción. El mal tiempo quizá había arruinado la primera noche del festival pero, al menos, había convertido el trayecto a través de la ciudad en uno de los mejores que he experimentado nunca.

Ageha Studio Coast es una de las salas más grandes de Tokio, un espacio interminable situado en el muelle de Shin Kiba, un codiciado distrito industrial cerca de Odaiba, una isla artificial situada en la bahía de la ciudad. Todo esto significa que, básicamente, está en medio de la nada si lo comparamos con los habituales espacios donde ocurren cosas por allí. Llegar hasta ahí con propósitos ociosos supone un cierto esfuerzo. Y, lloviendo como llovía el pasado sábado, es un esfuerzo que quizá mucha gente se iba a negar a hacer, a tenor de que la asistencia de público parecía mucho más baja de lo que recordaba de la edición de dos años atrás, o incluso la del pasado año, según me explicaba un periodista amigo que reside en Japón. Observar la pista de baile principal de Ageha desde uno de los balcones parecía confirmarlo, pero a pesar de estos números bajos, la convocatoria a lo largo del fin de semana fue más que correcta y, en sus puntos álgidos del sábado y el domingo, el lugar se mostró ajetreado y vibrante.

La rama japonesa del festival Sónar ha sido la que con más regularidad se ha celebrado a lo largo de sus veinte años de historia. Una cita que desde 2011 es anual y que se divide entre el desenfreno de la noche del sábado y la calma de la tarde-noche del domingo. Un formato que cumple bastante bien su cometido de proveer una experiencia musical prácticamente continua durante cerca de 24 horas.

Las inclemencias meteorológicas del primer día, unidas a otros contratiempos, conspiraron para que el panorama fuera un tanto desolador cuando el festival empezaba a rodar. La pequeña entrada del escenario de la Red Bull Music Academy estaba completamente inundada, con el personal atrapado en el bucle de achicar el agua sólo para que volviera a llenar aún más rápidamente, mientras que los problemas de sonido significaban que el volumen estuviera mucho más bajo de lo deseable; las áreas exteriores para fumar y comer se convirtieron en zonas de “apiñarse debajo de la cubierta y evitar las riadas”; y el escenario SonarLab, situado en la terraza de Ageha, sufría por todo ello. No fue el inicio que uno querría, especialmente después de oír que la noche anterior A Taste Of Sonar en Osaka también había sufrido ciertos problemas logísticos.

El escenario principal y el área SonarComplex se rebelaron como las apuestas más seguras en las primeras horas de la noche con John Talabot en el primero y los trabajos visuales de Daito Manabe y otros en la segunda. Actress tomó el testigo de Talabot en el escenario principal y puso las cosas en marcha, tomando el control del gigantesco espacio con su narcoleptica visión de la música de baile. Parapetado detrás de la luz de su laptop, con iluminación azul parpadeando detrás suyo y completa oscuridad en el resto del espacio, su música se mostró tan fascinante en directo como lo hace en el contexto doméstico. A pesar de que ciertas sutilezas de su música se pierdan en un espacio como ese, se compensaban por un tipo de sensaciones que no sueles tener en directos de música electrónica, en mi caso una incomodidad placentera y pensamientos de ciencia-ficción oscura y siniestra al tiempo que la música se volvía insistentemente monótona, haciéndose casi insoportable.

El escenario RBMA empezó a andar poco después de la mano de las melodías infantiles y los ritmos hip hop de Kidsuke, el proyecto colaborativo entre el japonés Daisuke Tanabe y el británico Kidkanevil, este último ataviado con un gorro de Totoro durante todo el show. Con la lluvia empezando a remitir en el exterior, aportaron una muy necesaria dosis de excitación al público, alternando entre los cortes más bailables de su álbum, interludios planeadores y latigazos de breaks de jungle y 808s como las que adornan sus recientes trabajos en solitario. Allanaron perfectamente el terreno para las actuaciones de Addisson Groove, xxxy y Cosmin TRG, quienes representan diversas ramificaciones de la música de baile: footwork, jungle, house y techno. Puede que vivamos en una era en la que parezca que no haya nada demasiado “nuevo” en la música de baile underground, pero la gente sigue disfrutando olvidándose de sus problemas -en este caso húmedos- bailando durante toda la noche.

El mejor representante de la saludable escena underground electrónica de Japón a lo largo del primer día fue el showcase de Day Tripper Records en el pequeño escenario de SonarComplex. El sello de Osaka estuvo representado por siete artistas que bascularon entre géneros y estilos de una manera sorprendentemente coherente, desde los beats soñadores al trap desmadrado pasando por el juke y el house. A pesar de que, probablemente, eran los artistas menos conocidos de la noche mantuvieron la pista bulliciosa y los ánimos inflamados, demostrando que no siempre son los grandes nombres lo que tienes que buscar en este tipo de eventos.

Abordando el escenario principal mientras el cielo se despejaba definitivamente, Sherwood & Pinch exprimieron al máximo el soundsytem con una demostración de lo que convierte al dub jamaicano en una estética tan imperecedera, resiliente y, por encima de toda, seductora. Juntaron lo viejo y lo nuevo no únicamente en el plano sonoro, sino también en lo físico, con Sherwood controlando el mezclador mientras Pinch se ocupaba de un plato y su laptop. La música era a ratos cálida e hipnótica, llevando el cuerpo a bailar, y en otros momentos fría y rigurosa, desafiándote a moverte.

El residente en Tokio Submerse cerró el escenario SonarLab con un set de dos horas que fue, de lejos, mi actuación favorita del primer día. Debido a que la lluvia ya no era un problema, el público empezó a acumularse alrededor de la piscina del centro de la terraza mientras que el joven productor británico despachaba una selección de beats soñadores, sonidos ambientales y parsimoniosas jams bailables a través de su sampler. Incluso la luna hizo una conveniente aparición a medio camino de su set, iluminando el cielo nocturno y transformando la atmósfera en una suerte de éxtasis moderado que se rebeló cono el antídoto perfecto ante los sonidos duros que emanaban de todos los demás escenarios en ese punto. Cerrando con clásicos hip hop de los 90 y un homenaje a “Singing In The Rain” demostró unas tablas para el control del público y la creación de estados de ánimo impropias de su edad.

El segundo día llegó con un cielo claro y azul que permitía disfrutar de unas vistas impresionantes de la bahía de Tokio, tanto llegando al recinto como desde los diferentes puntos de vista del mismo. El ambiente era una mezcla de tranquilidad y energía, sin duda una representación de aquellos que habían resistido la noche anterior y habían dormido poco y aquellos que no habían aguantado y querían exprimir al máximo ese día.

Las actuaciones de los locales ocuparon la primera mitad del día con Yosi Horikawa ofreciendo su mezcla única de sonidos electrónicos en el escenario de RBMA, Tofubeats haciendo un set de DJ en el SonarLab y el suave groove de Green Butter And Toe tomando el escenario principal.

Con la noria de la bahía de Tokio brillando en la distancia, Pinch hizo su segunda aparición, convirtiendo el área de la piscina del SonarLab en una vibrante pista de baile para el deleite de aquellos en busca de deleitarse con las bajas frecuencias. En el escenario de RBMA, Nguzunguzu firmó un set de piezas con acento global no muy diferente al que les vi hacer en Sónar Barcelona el pasado mes de junio, mientras Space Dimension Controller demostró que se puede hacer un álbum de música de baile conceptual que funcione igual de bien en directo como en los auriculares, complementado con divertidas parodias en vocoder. Donde Actress había sonado como la banda sonora de una historia épica de oscura ciencia ficción, SDC propició funk intergaláctico para una pista de baile digna de la cantina de Mos Eisley.

"Lo verdaderamente interesante y emocionante vino de las actuaciones de los artistas japoneses y de la cohorte de artistas internacionales underground"

El escenario RBMA cerró con Om Unit e Illum Sphere, cada uno representando el underground en mejor estado de forma de sus respectivas ciudades, Londres y Manchester. Om Unit recogió el testigo footstep de Nguzunguzu con una hora impecable de placeres rápidos y lentos para la pista de baile, tal y como hiciera en Barcelona, mientras que Illum Sphere hizo lo que mejor sabe hacer, enviando a todo el mundo a su viaje musical plagado de géneros, estilos y clásicos que merecen la pena ser nombrados en cualquier crónica, confirmándose como el último de una tradición de DJs geniales de Manchester capaces de mover multitudes gracias a su instinto para la selección y su oído para la calidad, sin atender a modas o exclusividades. Los cinco minutos de borrachos gritando “una más” después de que se apagara el sonido prueban más si cabe lo anteriormente dicho.

Si te estás preguntando por el resto de actuaciones principales que todavía no he mencionado, digamos que quien suscribe no se sentía particularmente atraído o impresionado por ninguno de ellos, incluso cuando se tomó la molestia de comprobar cómo sonaban. Y, quizás, ésta es para mí la lección más sorprendente de esta edición de SonarSound Tokyo. Mientras que el festival está comprensiblemente construido (principalmente) por cabezas de cartel occidentales que también participan en la edición barcelonesa, lo verdaderamente interesante y emocionante (lo que te hace sudar) vino de las actuaciones de los artistas japoneses y de la cohorte de artistas internacionales underground.

El underground japonés, electronico o no, es un próspero microcosmos de música emocionante y genuina. Seguro que internet ha ayudado a convertir esta emoción en aburrimiento en los últimos años, haciendo más fácil para los proyectos japoneses copiar aquello que estaba de moda en el resto del mundo, pero se puede decir prácticamente lo mismo de la escena local de cualquier país del mundo. Vivimos en un lugar en el cual los artistas ya encuentran su voz en la intimidad de sus habitaciones antes de compartirla con el resto del mundo, sino que este proceso tiene lugar en los comentarios de Soundcloud y Youtube, los retweets de Twitter y los likes de Facebook. El mayor problema de esto es el impacto que tiene en nuestra búsqueda colectiva de qué será lo próximo “nuevo”. Sin embargo, esto no significa que no haya oro en algún lugar entre el ruido ni que instituciones respetadas como Red Bull Music Academy continúen actuando como un flitro necesario para dicho oro, aunque no siempre acierten según nuestras opiniones subjetivas.

Quizá debería ser el momento de que los grupos japoneses estuviesen en igualdad de condiciones que sus homólogos occidentales, en lugar de actuar como segundas espadas. Seguro que no se venderían tantas entradas, algunos de los artistas japoneses del cartel de este año son a menudo más populares fuera que dentro de sus fronteras, lo que aprovechan para tener cada vez más viajes fuera de su país, mientras que otros tienen un seguimiento saludable local y nacional pero no han conseguido salir fuera. Si los festivales japoneses promocionasen sus artistas del mismo modo que lo hacen con los extranjeros, podríamos llegar a una situación en la que tendrían una base de fans más fuerte desde la que expandirse a través del globo. Los artistas occidentales en el cartel de SonarSound y festivales similares normalmente tienen la misma atención en casa que en el extranjero, algo que aún se echa en falta en Japón, especialmente en un nivel independiente o underground.

Puedes discutir que no hay demanda para ello, que no se ha llegado al punto de ruptura en términos de popularidad que se necesita para que sea posible. Pero durante mi tiempo viviendo en Japón he asistido a festivales diurnos o de fin de semana más pequeños, predominantemente con artistas indies locales, y funcionaban, reuniendo multitudes y causando excitación. Pero esos eventos estaban centrados internamente y lo que se necesita ahora es que un reconocido e internacional ‘alguien’ aproveche la oportunidad para encender esa llama inicial que puede llevar las cosas a direcciones nuevas. Y si eso parece injusto o imposible de pedir a una organización como la del Sónar, pese a su historial, entonces quizá necesitamos algo nuevo, quizá casero, que tenga los cojones y la ambición para ser esa plataforma que muchos de nosotros sabemos que se necesita pero que aún falta. Alguien que se pueda convertir en el Sónar de Japón, exportando el talento que existe aquí a otros países del mismo modo que Japón amablemente importa el talento extranjero a sus orillas.

Hasta entonces eventos como SonarSound Tokyo continuarán trayendo a Japón una porción de lo que Europa ha estado disfrutando durante un tiempo ya. Y eso no es una cosa mala, por supuesto, pero Japón tiene más que ofrecer al mundo que ser simplemente una parada en el circuito de actuaciones internacional.

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