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Ruta por la Barcelona sin techo

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Juan es uno de los guías de Hidden City, una iniciativa que ofrece recorridos turísticos alternativos y remuneración a personas que han vivido en la calle o que no tienen hogar

Alba Muñoz

24 Marzo 2014 08:53

Recorremos la Barcelona turística de la mano de uno de los guías de Hidden City, pero también los lugares más desconocidos de la ciudad, del Chiringuito de Dios a los coffee shops secretos en el Raval…

Fotografías de Mahala Marcet

Estamos en uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, en la Plaza de la Catedral, al encuentro de Lisa, Frank y Juan. Lisa es la promotora de Hidden City Tours, una empresa que ofrece rutas turísticas por el centro histórico de Barcelona con una peculiaridad: sus guías son personas sin hogar o que han vivido en la calle, la misma que cada día pisan miles de extranjeros distraídos y barceloneses apresurados que los esquivan.

Frank y Juan tienen hoy formación con Lisa, pues sólo hace un mes que han empezado a aprender el oficio y aún no conducen sus propios grupos. Las suyas parecen vidas cruzadas. Frank es alemán, era transportista y su vida dio un giro cuando no pudo controlar su adicción al alcohol. Juan es español, pero se hizo mayor en Alemania, donde vivió y trabajó durante 32 años. Entonces tuvo problemas con la justicia y le echaron del país. “Yo nunca había vivido en la calle, fue al llegar aquí”.

Juan intenta recordar de qué siglo datan los cimientos de la catedral, pero no puede. A nuestro alrededor hay una jauría de sonidos muy molestos: bromas de una joven italiana, silbatos labiales de los vendedores ambulantes y las explicaciones ralentizadas que una guía inglesa dispara contra la audiencia septuagenaria a través de un micrófono integrado. “Nunca me acuerdo de los siglos; sé que la estructura de abajo es romana y que el interior es gótico catalán”, dice Juan.

Lisa le pide que desarrolle una explicación sobre otro edificio cercano, la Casa de l’Almoïna (antigua casa de caridad), donde las monjas daban de comer a los pobres: “eran los servicios sociales de antes. Ahora, las cosas han cambiado mucho, se calcula que hay 6.000 personas durmiendo en la calle. Cataluña es el sitio con más pobreza de España. Un 21%. ¿Lo he dicho bien?”. Lisa asiente; Frank le guiña el ojo.

Momentos así son los que uno puede experimentar con las rutas de Hidden City Tours: las explicaciones históricas se mezclan con experiencias personales, anécdotas, y datos poco favorecedores para una ciudad volcada en el turismo y que despliega muchas energías en vender la “marca Barcelona”.

Desde las olimpiadas de 1992 la ciudad ha ido convirtiéndose en un escaparate que se rinde a los pies del visitante adinerado. Las diferencias sociales en Barcelona no paran de atildarse, y los comercios de siempre y las viviendas del casco histórico se transforman según el tráfico de visitantes en deterioro de los vecindarios. La miseria y los guetos no terminan de encajar con el shopping, el espíritu emprendedor o los yates de la Barcelona cívica, y ya hace tiempo que los habitantes del casco antiguo tienen una difícil relación con lo que califican de “turismo insostenible”.

Problemas en Holanda

Para Juan todo cambió cuando le pillaron con droga encima. Él solía aprovechar sus viajes entre Holanda y Alemania para sacarse un dinero extra, hasta que se enamoró: “Conocí a mi mujer, nos casamos. Con ella no me hacía falta trapichear; yo trabajaba. Tuvimos una hija que murió con cinco meses y ya no teníamos ganas de estar juntos. En ese parón volví y me cogieron. Llevaba tres quilos de hachís y cien gramos de hongos alucinógenos. Me condenaron por delito contra la salud pública y pasé dos años y ocho meses en la cárcel”. Entonces lo repatriaron.

Juan llegó aquí con todos sus ahorros y dinero de su familia. No conocía a nadie. Tampoco se acordaba de hablar su lengua materna: “Hablaba como en un telegrama. Ni siquiera sabía lo que era la ‘ñ’. Me metí todo ese dinero en las venas. Nunca olvidaré aquellos dos primeros meses”. Le esperaban cuatro años viviendo en la calle.

Nos movemos hasta la Seu de Santa Eulàlia. Un poco impresionado, Frank cuenta la leyenda de esta niña martirizada y sacrificada en el siglo VII, en época romana, que después pasó a ser patrona de Barcelona: “La metieron en un barril con cuchillos y la tiraron calle abajo”.

Inmersos en El Call, el barrio judío, Juan explica que en este barrio las calles se organizaban según los oficios, y señala una taberna en la que siempre le daban los pinchos sobrantes. Frank cuenta la historia de las placas con caballos en el Carrer de la Palla, y también los antiguos baños femeninos que aún pueden visitarse en los bajos de la cafetería Caelum. “Los guías de Hidden City no son oficiales”, cuenta Lisa, “no podemos entrar en museos u otros equipamientos, pero Barcelona está llena de historia y de arte que se pueden admirar con un solo paseo”. Así pues, estos guías permanecen en el exterior, en la periferia.

Hace diez años, a Juan no le pareció que tuviera que ponerse a pedir: “Soy un tiarrón, la gente me iba a preguntar por qué no me pongo a trabajar. Así que empecé a hacer monederos con brics, me iba al Imax y los vendía a un euro. Había días que ganaba hasta 70 pavos. Me lo gastaba todo en caballo o coca. He llegado a meterme 10 gramos –unos 250 euros– al día”.

Toxicómanos sí; pobres no

Para dormir, Juan eligió la montaña mágica, Montjuïc. A él le pareció que allí estaría resguardado de una Barcelona inhóspita: “Un chaval español y yo compramos una tienda de campaña, vivimos un año y medio así, hasta que la policía nos dijo que no podíamos estar y la quemó. El barrendero nos lo dijo; lo vio”.

En aquellos días Juan aprendió algo que le sirvió para sobrevivir en Barcelona, una ciudad en la que, “si te mueves”, siempre encuentras comida y siempre hay gente que ayuda: “Iba a los sitios a pedir ayuda y me cerraban las puertas. En España, como no seas toxicómano o alcohólico no te ayuda nadie. Ser pobre no sirve. Si eres drogadicto, comes tres veces al día, te duchas. Para mí que es porque si eres toxicómano estás enfermo. Si eres pobre, algo habrás hecho, se ve de forma negativa”.

Llegamos a una Plaza Sant Felip Neri alborotada; esta vez son niños en la hora del recreo. Juan explica bien su parte, habla de la iglesia y del Museo del Calzado, cuya fachada fue trasladada desde uno de los laterales de la Catedral: “Cuando yo dormía aquí, la policía llegaba a eso de la una de la madrugada. Algunos te despiertan y te preguntan si vas bien, otros te dan una patada y te dicen que te largues”. Juan añade que ahora esta plaza alberga un hotel de lujo. “Mira, un menú de mediodía vale lo mismo que un día de pensión (22 euros)”, apunta Frank.

El Chiringuito de Dios y los coffee shops de la Rambla

"La policía no se entera, pero Barcelona tiene más coffee shops que Amsterdam"

Si Juan tuviera que hacer de guía por el Raval, no podría: “Pregúntale a cualquiera, todos me conocen, me saluda mucha gente”. Eso es porque desde hace tres años trabaja como voluntario en El Chiringuito de Dios, un centro social regentado por Wolfgang Striebinger (un religioso alemán que le puso en contacto con Lisa Grace). Allí está Juan todos los días “hasta diez o doce horas”. Él se encarga de cocinar los segundos platos y de apaciguar la cola que se forma cada día a las seis de la mañana: “Están revueltos, les falta la droga, tengo que saber quién necesita de verdad porque hay mucho buscavidas. En el Raval hay gente que no sabe leer ni escribir, algunos ni siquiera saben lo que es Gràcia”.

A cambio Juan obtiene una residencia de la que paga la factura del agua, aunque con los 40 euros mensuales “o menos” que cobra en el Chiringuito no le llega. Por eso quiere ser guía. “Sinceramente”, lo que más le gusta del proyecto es que pagan: los trabajadores de Hidden City Tours cobran el 50% de los ingresos netos de los tours, unos 35-40 euros, mas las propinas. Él explica:

“Antes eran los moros, ahora el barrio ha cambiado mucho. Están los rumanos, hay más violencia y prostitución. Te puedo enseñar diez tiendas de comestibles y peluquerías donde puedes echar un polvo, comprar opio y morfina. Los pakistaníes son muy callados, pero ellos llevan el negocio en la Rambla. La policía no se entera, pero Barcelona tiene más coffee shops que Amsterdam”.

O la coca, o el pie

El gran pino que da nombre a la Plaça del Pi vivió durante la invasión francesa. Cuenta la historia que un soldado napoleónico atravesó el tronco con una bayoneta y murió. Más tarde fueron plantándose otros hasta llegar al actual: “Ahora la gente viene aquí a tomar algo y a oír música, es un lugar muy tranquilo”. Mientras Frank le cuenta cosas a Lisa, Juan dice que desde que conoció a una chica, hace ya siete años, no prueba la droga. Nos sentamos en unas escaleras antiguas y liamos unos cigarros. “¿Sabes qué es esto?”, dice bajándose un poco el calcetín y mostrando unas cicatrices moradas en el tobillo. “Estaba muy enganchado al caballo, no sabía qué hacer. Me pinché la coca mal, hacia abajo, y tuve que ir en muletas. La doctora no entendía por qué no se me curaban las heridas hasta que se dio cuenta. ‘O lo dejas o tendré que cortarte el pie’, me dijo. No la volví a tocar”.

"El problema es que la droga es muy barata, está por todos lados y encima está cortada"

Cuando se le habla a Juan de pobreza y crisis, dice que lo que hay es lo de siempre, solo que ahora hay más mafias extranjeras. Cuando se le pregunta por la asistencia social, responde que sería injusto afirmar que en España se preocupan más por los extranjeros: “El problema es que la droga es muy barata, está por todos lados y encima está cortada”. ¿Hay algo que la gente no entendamos o no veamos de lo que significa vivir en la calle? Juan responde:

“Tráeme una persona que no tenga la cabeza caliente pensando en el trabajo, en la familia o lo que sea. Le puedo contar todo, pero cuando llegan a su casa, qué van a pensar, ¿en un tío que duerme en la calle o en cómo dar de comer a sus hijos?”.

Llegamos a las Ramblas y nos diluimos en un torrente de acentos extraños. Lisa le pide a Frank que haga la parte del Liceo: “Hubo un incendio en 1861, después pusieron unas bombas y más tarde se volvió a quemar. Entonces lo reformaron y lo dejaron como está. Servía para entretener a la gente con dinero, y eso sigue igual”. Fin del recorrido.

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