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“¡Putos guiris!” (o, ¿es posible reinventar el turismo de masas?)

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Ante el turismo masivo, nuestras ciudades están en la encrucijada. ¿Resistir o reinventarse?

Natxo Medina

23 Julio 2014 10:08

Hablamos con Carolina del Olmo, Jorge Carrión y Andres Martínez de la Riva sobre algunos lugares comunes del turismo, procesos urbanos y la perspectiva de un turismo sostenible. ¿Será posible?

Ilustración de Adrian Tomine.

En una conferencia reciente, la filósofa Marina Garcés cuenta la siguiente anécdota: una noche, de vuelta a casa, se encuentra a un grupo de jóvenes francesas. Una de ellas ocupa el lado izquierdo de la escalera mecánia, de manera que impide el paso a quien quiera subir. Al advertir que detrás de ella hay alguien (la propia Garcés), la chica sigue plantada en su sitio. En esas, le dice a la amiga que tiene a su lado:

—Me da igual. Me haré la turista.

Minutos después Garcés concluye la conferencia reclama a sus oyentes, muchos de ellos estudiantes de turismo, que por favor no permitan la recurrencia de este tipo de fenómenos: turismo no ha de ser equivalente a la pérdida de lo común, ni a barrera social y humana, ni a desprecio total por el entorno.

Garcés no culpa a la chica, claro, sino que orienta su atención hacia esa idea contemporánea de lo que significa “hacer turismo”. A la vez propone una crítica que vaya más allá de la oposición al forastero y que se centre en las actitudes, sistemas urbanos y políticas institucionales que amparan un modelo de consumo cada vez más cuestionado. Desde aquí queremos seguir ese hilo de pensamiento e interrogarnos qué ocurre con el turismo, cómo integramos al turista y si es posible un turismo sostenible.

“Muchas veces caemos en esta trampa, como si el problema fuera el turista”, apuntaba Garcés durante su charla. Si realmente concebimos una crítica real al fenómeno, lo primero que hemos de entender es el papel que en este tablero jugamos “nosotros” como ciudadanos y “ellos” como visitantes. Aunque en realidad, lo primero que deberíamos entender es la propia ciudad. A fin de cuentas, el espacio público es y debe ser siempre un espacio de conflicto. Por eso no tiene sentido estigmatizar a uno u otro colectivo según su pertenencia o no al lugar. Per se, la calle es de todos los que la pisan y desarrollan en ella su vida, y así debe seguir siendo si la entendemos como lugar común. Una historia muy distinta es el impacto de estas poblaciones flotantes sobre los barrios.

Un ecosistema en desequilibrio.

"No creo que sea una aversión al turista, sino a las consecuencias que genera"

Tal y como lo conocemos, el turismo moderno es hijo directo del capitalismo y de la acumulación de plusvalías en los núcleos urbanos. Esto quiere decir que sus consecuencias se notan más o menos dependiendo de cuánta riqueza y qué prácticas económicas se dan en cada lugar. A mayor concentración de capital, más brutales e industrializadas serán las prácticas de tráfico de personas, y mayor la pérdida de contexto y la sensación que el lugareño tiene de que algo le ha sido robado.

“Yo vengo de Santiago de Compostela, ciudad que lleva recibiendo 'turistas' desde hace 1000 años, y origen de la primera guía de viaje de la historia —dice Andrés Martínez de la Riva, urbanista afincado en Barcelona—. Allí los turistas-peregrinos no se ven como algo externo o como algo ajeno. También es importante ver que la gente que visita Santiago viene de un camino largo y bonito, con una experiencia muy personal, y esto provoca que la gente tenga respeto al lugar y no 'moleste' tanto como en Barcelona.”

Preguntado precisamente sobre el modelo barcelonés, Martínez afirma: “realmente no creo que haya una teoría conspiratoria: lo que pasa es que la ciudad está en manos de la economía de mercado. En cuanto a la reacción de la gente que habita la ciudad, no creo que sea una aversión al turista, sino a las consecuencias que genera (especialización de las ciudades, empleos precarios, más corrupción, etc..). El único freno que tienen estos fenómenos es la voluntad política”. Una voluntad que en las grandes ciudades de la modernidad ha favorecido tradicionalmente a la institución y a las élites burguesas, primeras generadoras de un fenómeno que viene de lejos.

Por su parte, el escritor Jorge Carrión señala que “la reforma de Haussmann (en el París de mediados del XIX) acaba con la ciudad laberíntica e histórica y apuesta por las grandes avenidas y bulevares. De ese modo, son mucho más fáciles las intervenciones militares de la caballería y muchos más difíciles las barricadas. Efecto colateral: los grandes museos, los grandes espectáculos, las grandes masas turísticas del futuro se beneficiarán de ese urbanismo.” Por si fuera poco, el de Hausmann es un ejemplo que fue replicado en muchos grandes centros urbanos, entre ellos el barcelonés, con el famoso Plan Cerdá, pensado como plan de legibilidad urbana. “La legibilidad neutraliza el conflicto. La ausencia del conflicto es buena (supuestamente) para el turismo”, añade Carrión.

Recuperar el aquí y ahora.

"Ante la invasión del turismo masivo contemporáneo, incurrir en el apartheid o la confrontación no parece la solución"

Cierto es que el XX fue un siglo de revueltas urbanas en nuestro país, pero es que hoy también parece que la politización de las calles vuelve a ser algo en boca de muchos: casi se diría que ese modelo de higienismo urbano y de no contestación política que se trata de imponer no ha acabado nunca de funcionar del todo.

En este sentido, lo que a la socióloga Carolina del Olmo le “resulta de verdad increíble —y, sin embargo, parece que es verdad— es que buena parte de las elites políticas […] hayan actuado pensando no solo que estaban beneficiando a sus amigos empresarios, sino que también estaban poniendo en marcha políticas públicas bien diseñadas, productivas, y con efectos beneficiosos para toda la ciudad. O sea, que cada día estoy más convencida de que a la corrupción y el business se añade una estulticia y una ignorancia muy preocupantes”.

En muchas grandes ciudades, los conflictos derivados de la invasión turística hoy por hoy son muy reales, y en parte se deben a la depredación de recursos autóctonos, que casi siempre se reflejan en un empobrecimiento del ciudadano, así como en una pérdida de capacidad de decisión política en cómo se usan espacios que considera suyos. De esta incomodidad muchas veces se deriva la sensación de que las cosas ya no son lo que eran, de que se ha perdido el carácter auténtico de un lugar. Pero ojo, como Garcés también comenta:

—Lo auténtico no existe. Si algo nos han enseñado los estudios postcoloniales es que el paisaje es siempre compartido. Que nuestra Historia (la de todos) es compartida.

Como ocurría con las primeras dinámicas imperialistas, hay que atender a las causas (y a sus causantes) antes que las consecuencias. Ante la invasión del turismo masivo contemporáneo, incurrir en el apartheid o la confrontación no parece la solución. De hecho, prácticas integradoras como Airbnbn, el couchsurfing, el intercambio de apartamentos o las casas de cocinas para turistas son ejemplos de que puede existir una forma más rica de intercambio entre personas nómadas.

Del Olmo, sin embargo, no cree que estas experiencias supongan apenas cambio:

—El turismo es una forma de consumo y, como tal, tiene un aspecto voraz y destructor absolutamente inevitable. Creo que la única forma de que no sea destructivo es que esté limitado cuantitativamente: más allá de un cierto número de visitantes es prácticamente imposible que la vida urbana no quede de algún modo sometida.

Entonces, ¿qué nos queda? Si la convivencia parece obligada, deberíamos en primer lugar comprender mejor nuestro entorno. Como habitantes, esto pasa necesariamente por reconstruir nuestras voluntades políticas colectivas. Y a partir de ahí restaurar las comunidades heridas, y entrar necesariamente en contacto con la gente (sea de aquí o de fuera) con la que compartimos esos lugares que alguna vez fueron comunes y de todos. Es lo que algunos llaman “ecología de los pobres”. No queremos que nada permanezca intacto: sólo ejercer nuestro derecho de vivirlo.

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