Reportajes

Princesas de barrio

O cómo el dance comercial invadió el R&B

Princesas de barrio O cómo el dance comercial invadió el R&B

Por Mónica Franco

Si en el repaso a los trend topics del año 2010 hubiésemos dado cabida a otro fenómeno, ese hubiera sido el del R&B yéndose por las ramas del dance. No han sido pocos los artistas que han incluido en sus últimos trabajos un corte que dejaba de lado el sonido genuinamente negro para pasar a acogerse al clásico 4x4 de la música de baile. David Guetta, por presencia y por incidencia, ha pasado a ser la cabeza de turco de esta historia. A Kellly Rowland ya la ayudó a salir del atolladero con “When Love Takes Over” en 2009; en 2010 repetía éxito y jugada con “Commander”. Otro anthem del politono de 2010 fue el “Sexy Chick”, que Akon se encargó de vocalizar a partir de una base de Guetta originalmente bautizada como “Sexy Bitch”. Al saco del francés hay que sumar las producciones firmadas en el último álbum de la renacida Kelis. Tampoco faltan el trabajo de otros que ya venían practicando el método en los últimos años, como los suecos StarGate y su “Only Girl (In The World)” de Rihanna o el cameo de Usher con Pitbull; el de Miami tiene experiencia en el cargo de embajador de esto que llamamos el acercamiento del gueto a la pista de baile. Hasta ahora, me he limitado a nombrar temas que, aunque no nos hayan gustado, hemos escuchado. Bien porque nos hemos mamado los anuncios de la MTV mientras veíamos Jersey Shore, bien porque nos la hemos encontrado sonando en algún comercio y/o taxista enchufado a la radio fórmula, bien porque un grupo de guiris borrachas la bailaban en el metro camino del Port Olímpic. Sin embargo, esta tendencia es como una mancha de sirope: no sólo se extiende, sino que también traspasa y además empalaga. El fenómeno no se ha dado sólo en el top ten de Billboard. Artistas que en este momento no gozan de tanto hype como los anteriormente nombrados, también han incurrido en “delito” en sus últimos discos, aunque en estos casos la cosa quedaría en falta grave.
Princesas de barrio O cómo el dance comercial invadió el R&B
Ciara quiso repetir el éxito de “Love Sex Magic” pero le encomendó la misión a Tricky Stewart y The-Dream; ahí quedó la vulgar “Turn It Up” pero también la resultona “Gimmie Dat”, que ha gozado de buena respuesta por parte del público. Otro que ya se apuntó en su momento fue P. Diddy. Él primero viajó a Ibiza y se lo pasó tan teta que le entraron ganas de ser el puto amo de las pistas de baile. Para ello entabló relación y amistad con Felix Da Housecat. Esto ocurría en 2006 y el resultado fue “Jack U”; cuando estás a buenas resulta hipnótica, cuando estás a malas parece un mal viaje de Felix o un buen viaje de Diddy. La cosa es que Sean Puffy Combs se quedó con la espinita, pues “Jack U” pasó desapercibida para el gran público. Ahora se llama Diddy - Dirty Money (el alias incluye la presencia de las dos jamelgas esas que son la versión barriobajera de Nina Sky) y su reciente “Last Train To Paris” tiene algunas incursiones más del polémico rapero en el dancefloor. “Ass On The Floor”, con Swizz Beatz redimensionando el “ Pon The Floor” es una de ellas; a “Strobe Lights” ya la delata su título. Pero la verdadera joya se llama “I Hate That You Love Me” y el responsable es Darkchild aka Rodney Jerkins, si la única referencia a la producción del tema que he encontrado es correcta. “The Boy Is Mine” de Brandy y Monica o “If You Had My Love” de Jennifer Lopez también son responsabilidad de este señor, así que no necesita más crédito.

Más alejada de todo este juego entre Def Jam, LaFace y el resto de grandes majors del hip hop se encuentra Kid Sister. Si bien la de Chicago siempre se ha caracterizado por su visión electro del urban, en 2010 la hemos visto más arrimada que nunca al house. La evidencia la encontramos en su última mixtape: Green Velvet, Afrojack, Carte Blanche y DJ Gant-Man, cuatro maneras de entender la pista de baile diferentes, pero todos temas cortados por el patrón del 4x4.

De cualquiera de las maneras, existe una diferencia primordial entre los temas enumerados en el primer párrafo y los del segundo: la procedencia del productor. Mientras que Ciara, Diddy y Kid Sister han entrado a la pista de baile de la mano de algún portador de pasaporte americano, el resto de artistas han confiado la producción a únicamente don entes musicales: David Guetta y StarGate. Tanto los suecos como el francés capitalizan una escena que hace que muchos amantes del urban y del R&B se echen las manos a la cabeza, mientras que otros con más apego a la escena dance aplauden la iniciativa y celebran la presencia en sus reproductores y en sus noches de borrachera de los vozarrones de las divas. Buscar las causas de este crossover podría llevarnos meses de investigación. En primer lugar habría que preguntarle a Rihanna, Akon, Kelis o Rowland qué tiene David Guetta que no tenga, por ejemplo, Armand Van Helden. También habría que husmear en la agenda de contactos de las grandes majors que rigen el mercado del Billboard interplanetario, pues en muchas ocasiones un featuring trascendental surge de la más pura casualidad, del sempiterno estar en el momento adecuado en el lugar idóneo. Incluso se podría plantear un estudio económico antropológico en busca de la orientación estilística del público dependiendo de su raza (no queda tan lejos el estigma de que el dance es música para “blanquitos” y que el R&B es música para “negratas”). Pero ante todo, existe una evidencia –quizás no tan evidente– que justifica el fenómeno.
Y es que el rhythm’n’blues, desde su nacimiento a mediados del siglo XX, no ha dejado de hibridarse con escenas emergentes. Y en la mayoría de ocasiones en las que se ha cometido el injerto, el resultado ha gozado de una aceptación masiva. El primer hijo bastarde del rhythm’n’blues, no lo olvidemos, fue el rock’n’roll. En la lista continúan el new jack swing, que vino con el empuje del primer hip hop. Luego llegó el urban de los noventa, donde la relación con el hip hop era más plausible e incluso había momentos en los que la frontera entre ambas corrientes quedó difuminada. En ese momento, con la escena saturada y el sampleo a la orden del día, lo más inteligente por parte de un productor era buscar la inspiración en otros géneros. Cuanto más lejanos, mejor. Entre ellos, la electrónica, estilo que empezaba a ganar adeptos, a sumar puntos y a hacerse ver fuera de la oscuridad de la pista de baile. Más tarde llegaría el star system de DJs y la consagración de la música de baile como parte esencial de las listas de éxitos de los noughties.
Ejemplos del fenómeno más cercanos en el tiempo nos dejan ver que el crossover va a dar para largo y que los vericuetos del dance que están explorando los productores desde Estados Unidos van más allá del tech-house ibicenco de David Guetta. Ahí está Busta Rhymes colaborando con Tiësto y Diplo; Kid Cudi sampleando el “Children” de Robert Miles en “Rollin’” o toda la corriente southern usando el trance y sus sintes como elemento indispensable en sus beats. Con esto quiero decir que las posibilidades, como suele pasar con todo lo que concierne a la música, son infinitas. Y la evolución del R&B, tal y como lleva ocurriendo desde que nació, inevitable. Por lo tanto, dejemos que se desarrollen los acontecimientos; que una llamada, un encuentro fortuito o lo que tenga que ser haga que otro productor se convierta en el de “referencia”, desbancando a David Guetta y propiciando un nuevo paso adelante en la escala evolutiva del R&B. Ya lo dice el propio término; dejemos que el ritmo y la melancolía nos digan por sí solos a qué sonará la música del futuro. La fusión progresiva de pop negro y música dance comercial europea está dando lugar a uno de los fenómenos musicales más inesperados de los últimos tiempos. Y sin embargo, funciona. Aquí arrojamos luz sobre el fenómeno.

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