Reportajes

Primavera Sound 2010

We were never being boring

Miércoles por la noche. Se impone acicalarse y salir de casa en dirección a la sala Apolo, donde se celebra un showcase del sello Wichita como previa al San Miguel Primavera Sound 2010. Entonces cae en el móvil una llamada que advierte que no hace falta ni bajar a la calle: ya no dejan pasar a nadie más a los conciertos. Llenazo. ¿Jugamos a la bola de cristal? Claro: aquello presagiaba que, del 27 al 29 de mayo, el recinto del Parc del Fòrum estaría más petado que nunca y así fue. Este ha sido el año que recordaremos como el de la internacionalización y masificación del público primaveril, con todo lo bueno y lo malo que esto comporta. Y que aquí cada uno rellene los apartados de "bueno" y "malo" a su conveniencia. Porque, al fin y al cabo, es algo subjetivo.

Lo que no deja espacio para la subjetividad, sin embargo, es el éxito general de un evento que, año tras año, ha ido creciendo hasta convertirse en un referente del panorama musical actual, en un puente gigantesco entre diferentes escenas internacionales que, durante unos días, se encuentran en Barcelona. En esta edición, por fin, se han solventado ciertos problemas de solapamiento de sonido que deslucieron algunas actuaciones de años pasados. Si hay que poner algún pero es inevitable pensar en los encajes de bolillos que se hacen imprescindibles cuando empiezas a destapar las coincidencias de grupos a la misma hora: ¿ Pavement o Sleigh Bells? ¿ Pixies o Major Lazer? ¿ Gary Numan o Liquid Liquid? ¿Chocolate o vainilla? ¿Choconilla? No se puede tener todo en esta vida, no. Lo que está claro es que si llegamos a este punto de indecisión es precisamente porque el cartel está petadísimo de nombres más que interesantes. Los imprescindibles se acumulan y, por mucho que te conviertas en un maestro del Excel capaz de rubricar unos horarios perfectos (y os juro que yo llevaba unos de esos en los que se jerarquiza todo por colores), al final tienes que recurrir al acierto / error y rezar para que en tu bolsillos hayan caído cuantos más aciertos mejor.

Jueves

Pese a todo lo dicho, es difícil pensar en aciertos y errores cuando atraviesas las puertas del festival impregnado en una llovizna de esas de principio de verano barcelonés, en las que el agua y la humedad ambiental resulta que no son una misma cosa y llega un momento en el que no sabes si estás todo mojado por la lluvia o por el sudor corporal. Esto ocurre, además, en el mejor momento: como el 70 % de los mortales, en mi caso llegaba al festival con más retraso del deseado (¡culpa del trabajo!) temiendo que la actuación de The xx hubiera empezado antes de tiempo. No fue así. No todo a va ser mala suerte y drama. De hecho, si alguien aterrizó en el recinto en las mismas circunstancias que yo, casi debió agradecer acercarse al borde de la gradería del escenario Ray-Ban y sentir cómo los graves de las primeras canciones de los británicos chocaban contra su pecho, haciéndolo vibrar en una emoción que muchos echamos de menos en los primeros conciertos en salas pequeñas de The xx (de esto hace sólo unos meses). Casi puede decirse que se tomaron la revancha y borraron el recuerdo del sonido pobre de aquella actuación a base de un claridad ultrasónica y unos bajos demoledores que no echaron abajo el anfiteatro porque era de piedra (y porque la organización les hubiera pedido una pasta en compensación). El trío demostró que no echa en falta el formato de cuarteto exhibiéndose más que a gusto con su repertorio: las canciones nuevas, que las hubo, sonaron gloriosas, y con las ya conocidas se permitieron juguetear, alterando ritmos y velocidades, subiendo y bajando los intestinos y corazones de todos los presentes. Wild Beasts amenizaron la hora de la cena desde el escenario Pitchfork. Aunque, más que "amenizar", habría que hacerles justicia utilizando el término "poner del revés": su actuación fue una fiesta en la que hicieron saltar los fideos tailandeses y los burritos del estómago del público. Por si quedaba alguien a quien la histriónica voz de Hayden Thorpe siguiera sin convencerle, Wild Beasts pusieron sobre la mesa (de la zona de comida) una actuación en la que tocaron con una pericia sobrenatural (más todavía si consideramos que tan sólo acaban de lanzar su segundo disco). Vamos bien: dos aciertos de dos pruebas. Seguimos para bingo.Y aquí es cuando el bingo se tuerce. En el mismo escenario, poco después, The Big Pink demostraron su condición de posers absolutos: el teclista, rozando la histeria a lo Nacho Cano, se zambulló de lleno en el método Stanislavski. Sabía cuál era su papel y lo tenía más que interiorizado, con su capucha, sus bailes epilépticos, su entrega inversamente proporcional a la pericia necesaria para hacer lo que estaba haciendo, al fin y al cabo. Que no era demasiado. Lo mismo vale para los otros dos miembros de la banda. Canciones normalitas. Melodías normalitas. Concierto prescindible.Así que se impuso correr hacia el escenario ATP para remontar el vuelo con una de las actuaciones más esperadas del festival: The Books estaban en boca de todos como "la única banda que, a día de hoy, puede mirar frente a frente a Animal Collective" (¡exagerados que somos!). Y eso sólo con un par de filtraciones del que será su cuarto álbum... Sea como sea, hicieron honor a los rumores con una actuación sinestésica en la que era tremendamente fácil quedarse enredado, embobado, centrifugado por un bucle delicioso en el que los visuales se entrelazaban mágicamente con lo que estaba ocurriendo sobre el escenario. Dicho a las bravas: lo que sucedió sobre el escenario fue inmenso. Más que una alternativa a la deconstrucción del pop psicodélico de Animal Collective, lo de The Books trata de desmontar la folktrónica como si de un intrincado Lego se tratara y volver a ensamblarla con una brillantez y originalidad que deja totalmente en pañales a propuestas tan superficiales como la de Tunng. Estos últimos son la epidermis. The Books es un corazón musculado que abraza las arritmias.Y ahora sí que podemos decirlo en voz alta: seguimos para bingo. Porque mientras la gran mayoría disfrutaba de Pavement en el escenario San Miguel, en el Pitchfork degustábamos una delicatessen sólo para entendidos. Si de delicatessens hablamos, Sleigh Bells son como un chute de sushi con toneladas de wasabi. Venían abalados por " Treats" (NEET, 2010), un álbum repleto de hits demoledores a medio camino entre los nuevos desvaríos punkorros de M.I.A. y los delirios de percusión electrónica distorsionada a toda caña. Y aunque la crítica podría ser fácil (aquí la suma: una tipa gritona pero resultona + un tipo con una guitarra que va soltando líneas sueltas aquí y allá + bases pregrabadas en un playback patillero), lo cierto es que no hay que subestimar el poder de la fiesta, que es lo que básicamente ofrecen Sleigh Bells: Alexis Krauss es una diva en ciernes, los riffs de Derek Miller son demoledores y el resto es playback, sí... Pero, ¿qué más da cuando son las 2 de la madrugada y ya rozas la fiesta con la punta de los dedos? ¿Qué más da cuando consiguen transmitir semejante festival a base de violentas ráfagas de metralleta musical?Habrá a quien Fuck Buttons les pareciera un bajonazo como continuación de este ímpetu fiestero. Pero yo digo… bullshit! Los artífices del genial "Tarot Sport" demostraron que se puede plantar la fiesta sobre la mesa de un manotazo sin necesidad de llevar el puño repleto de substancias químicas. Aquello fue una fiesta inteligente. Claro que podías bailar y brincar y perder la cabeza con las reveladoras evoluciones digresivas de Fuck Buttons, pero lo realmente sorprendente de aquella actuación en el escenario Ray-Ban fue la tensión que serpenteaba sobre la mesa que separaba, a escasos metros, a Andrew Hung y Benjamin John Power mientras ellos batallaban contra canciones ciclópeas y construcciones megalomaníacas. Salieron victoriosos. No podía ser de otra forma.Será por eso, por la sucesión de aciertos, que el último error tampoco consiguió deslucir la noche: Moderat tuvo imposible superar la marca del salto de longitud que ellos mismos se autoimpusieron en la edición del año pasado del Sónar. En el escenario Vice sonaron sin sangre, sin músculo, sin pliegues en una sucesión de canciones que corrían el riesgo de pasar desapercibidas a las 5 de la madrugada, justo antes de que la jornada se cerrara con un balance de aciertos muy superior a los (inevitables) errores. Viernes

Después de cerrar el jueves a las 6 de la mañana, parecería improbable (por no decir imposible) descolgarse por el festival antes de las 9 de la noche. Pero la presencia de un nombre mayúsculo a las 4 de la tarde en el escenario Rockdelux (en el siempre entrañable Auditori) despertó a más de uno a una hora prudente con mayor eficacia que un radiodespertador. Owen Pallett agradeció el esfuerzo colectivo ofreciendo la que fue, sin duda, la gran actuación oculta del festival: un recital de hombre orquesta en la que, ayudado exclusivamente de su violín y un conjunto de pedales (bueno, también de otro músico que se le sumaba eventualmente para ayudarle con la guitarra y la percusión), ofreció todo un festín de apasionadas canciones pop despojadas hasta llegar al extremo de los roídos huesos de un esqueleto folk. Recurrió a algunas canciones de su proyecto anterior (Final Fantasy) e incluso a una sublime versión puzzlera del "Odessa" de Caribou, aunque las ganadoras por goleada fueron las de su excelente último trabajo, "Heartland", espacialmente esa "The Great Elsewhere" donde muchos agradecieron la oscuridad como mejor subterfugio de las lágrimas de emoción depurada.Será por las altas cotas de intensidad a las que llegó Owen Pallett pero, poco después de salir Hope Sandoval y sus Warm Inventions al mismo escenario, la gente empezó a migrar como patos que vuelan al sur al llegar el invierno. También pudieron haber otros motivos: en otros escenarios empezaban a barajarse nombres más que seductores, la diva se mostró arisca desde antes de salir al escenario (cuando una voz anunciaba reiteradamente que, a petición de la artista, no estaba permitido realizar fotos con o sin flash). Y, sí, claro, también está el hecho de que, pese a la pericia de la propuesta de Sandoval, allá había más cáscara que corazón. Así que se imponía la dispersión hacia, por ejemplo, The New Pornographers en el escenario San Miguel. Los canadienses hicieron florecer su propuesta de pop hipervitaminado inyectando el primer subidón del día a los allí congregados. No hicieron nada que no hubiéramos visto antes, pero es que incluso en los márgenes de la normalidad, los de A.C. Newman se muestran geniales.No se puede decir lo mismo de Low: su escenificación de "The Great Destroyer" zozobró al enfrentarse contra los tsunamis provocados por sus actuaciones pasadas (dentro y fuera del Primavera Sound). De hecho, muchos salimos del Auditori con la sensacion de que Low se están desintegrando poco a poco a causa del sorprendente outing que Alan Sparkhawk realizó con su banda paralela, Retribution Gospel Choir. Hace meses que quedó claro que ese ejercicio ajeno a Low se trataba de algo "hacia fuera", mientras que su proyecto más familiar era algo "hacia dentro". Pero en su actuación del pasado sábado, por el contrario, Sparkhawk sorprendió con un exhibicionismo fuera de lugar a la hora de abordar un material tan introspectivo como el de los de Duluth. Su guitarra dejó de sonar en tensa contención para expandirse como una ola de rock pagado de sí mismo que recuerda inquietantemente a los mencionados Retribution Gospel Choir. ¿El fin de Low? El tiempo lo dirá.A partir de entonces, tocó deambular hasta el siguiente plato fuerte: Beak> (con el que Geoff Barrow demostró que hay vida, y mucha, después de Portishead) y Ganglians (que sorprendieron sobre el escenario Pitchfork plantando unos papeles de divorcio con esos The Beach Boys a los que siempre se les asocia) fueron unos aperitivos más que abundantes que, aun así, no consiguieron quitarnos el hambre de Beach House. Da igual que ya los viéramos en el Primavera Club del año pasado. Por aquel entonces no conocíamos las canciones. Ahora, sí. Y este factor no hizo más que aumentar exponencialmente la intensidad con la que desde el público se abrazaron temas como "Norway" o "Lover Of Mine". Intensidad a pie de las tablas y sobre ellas. No en vano, Victoria Legrand se ha erigido en los últimos tiempos como una diva explosiva que, en esta ocasión, incluso perdió un collar en una sucesión de cabezazos que harían palidecer a algunas de las bandas metaleras que circulan cada año por el festival. El pop brumoso de su "Teen Dream" brilló con un fulgor cálido y dulce sobre el escenario ATP, donde Beach House demostraron que sí, que son la banda del año.Nueva espera hasta el siguiente plato fuerte: en esta jornada, Japandroids amenizaron la cena a base de la típica pregunta (¿cómo pueden dos tiparracos hacer tanto ruido y hacerlo tan bien?) hasta que Panda Bear subió al escenario Vice. Flashforward: al día siguiente, alguien me explicaría que se rumoreaba que el miembro de Animal Collective sufrió un conjunto de problemas técnicos que le impidieron utilizar capas de sonido (y ya se sabe dónde reside la belleza de las composiciones de este chico). Volvemos al viernes por la noche: si no supieras lo mencionado en el flashforward, ¿qué pensarías de una actuación que se limitó a la digresión evolutiva que huía de la complejidad para instalarse en el peligroso territorio del acompañamiento musical para performance? Fuera por lo que fuera, aquello sonó a jugador de primera división que prefiere jugar en tercera para evitar el sobreesfuerzo. Si el despropósito se debió a problemas técnicos, por favor, que alguien le dé una oportunidad de resarcirse. Porque tras veinte minutos de perplejidad, el público empezó a huir en una estampida que ni la de ñús en "El Rey León".El espectáculo que estaba ofreciendo Marc Almond en el escenario Ray-Ban, por el contrario, se ajustaba a lo que podría esperarse de una estrella en declive: su pintalabios y su sombra de ojos no consiguieron ocultar que el ex-Soft Cell, pese a estar más que cascado, sigue conservando el ego intacto de una diva de revista. Le faltó cantar "Yo Soy La Vedette". Sea como sea, eso no quita que, a diferencia de lo que puede culparse a muchos otros que viven de las rentas, lo de Almond sólo rozaba el ridículo sin incurrir en él directamente. E incluso consiguió que muchos corriéramos hacia el escenario con los primeros acordes de "Say Hello Wave Good-bye". Nada de bromas fáciles: no es su mejor momento, vale. Pero no, tampoco es necesario decirle adiós prematuramente.Y entonces llegamos al momento de la discordia: Pixies en el escenario San Miguel... ¡y Major Lazer en el Pitchfork! Procede darle una oportunidad a Black Francis y compañía. Pero, sinceramente, lo único que les faltaba eran unos visuales fluorescentes en los que rezaran "in it for the money" para bordar una actuación desganada tipo "leña al mono que es de goma". Toma hit, toma hit, toma hit... dame la pasta. Los fans, que son legión, se quedaron hasta el final. Y el resto se lo agradecimos: nos dejaron bastante espacio para el desparrame de Diplo y su proyecto más gamberro. Si te acercabas al escenario una vez ya había empezado la actuación de Major Lazer, el shock seguro que rozaba la apoplejía: Diplo elegantemente enfundado en traje detrás de la mesa de aparatos, Skerrit BWOY desnudo de cintura para arriba escupiendo salvas dancehall y dos jamelgas sin miedo a acabar llevando taca-taca debido a la proliferación de golpes de cadera. Subidón absoluto en una actuación imprescindible que acabó con un espectáculo pseudo porno (en el que el MC se bajó los pantalones e hizo el salto del tigre sobre una voluntaria del público), el despiporre total de las bailarinas (que llegaron a escalar por las estructuras metálicas del escenario) y un grand finale en el que una parte representativa del público femenino se prestó a invadir el escenario para desafiar a las dancers "oficiales" a un "duelo de bailes" que hizo subir la temperatura del recinto un par de grados. ¿Y la música qué tal? Pura delicia para los que no nos avergonzamos de reivindicar la "Gasolina" (Daddy Yankee) como temazo fiestero. Yeasayer confirmaron, sin embargo, que el escenario Vice estaba algo gafado: parecía que ningún grupo conseguía sonar con cara y ojos allá, así que por mucho que el público fuera con las canciones del reciente "Odd Blood" bien aprendidas, de nuevo se impusieron las deserciones. Los que salieron mejor parados de la desbandada fueron The Bloody Beetroots en el escenario Ray-Ban: los italianos demostraron, escondidos tras sus máscaras antiheróicas de Venom, que incluso las estructuras más hardcore de la electrónica chunda-chunda son adaptables al formato banda. Muchas bocas abiertas, mucha sorpresa... y ningunas ganas de abandonar aquella propuesta que hizo mover más de una y dos cabezas contra todo pronóstico.Para acabar, y tras su triunfo con Major Lazer, Diplo optó por cerrar el escenario Pitchfork con una propuesta más dura de lo habitual. Dicen por ahí que los DJs de toda la vida se están pasando al lado más bestia de la vida, como dirían Albert Plá / Lou Reed. Y aunque no sé si lo de Diplo lo certifica, lo cierto es que un poco de reggaeatón, una sorpresilla popera o algún hit trasnochado no hubiera hecho daño a nadie.

Sábado

Si el viernes empezó por todo lo alto con Owen Pallett, no se puede decir menos del sábado con Van Dyke Parks. Se comentaba que Clare & The Reasons habían preparado el terreno con una actuación en el escenario Rockdelux de la que todo el mundo salió utilizando la palabra "precioso" sin rastro de ñoñería ni subtexto peyorativo. A continuación, Parks se acompañó sobre el escenario del Auditori de algunos de los músicos de su predecesora para desbrozar un setlist clásico que bebía del pop de opereta más sublime y que acabó coronado por una desacomplejada canción de hace casi dos siglos en las que animaba a deletrear la palabra "chicken". Su pelo blanco, su vocecilla de abuelo amable y su figura ligeramente encorbada sobre el omnipotente piano despertaban un irrefrenable sentimiento entrañable que te dejaba en bragas al comprobarse que de abuelo indefenso no tiene nada y que su genialidad ensombrece muchas de las propuestas más novedosas del festival.A continuación, en la otra punta del recinto, Sian Alice Group se erigieron como la sorpresa sin precedentes del cartel. Una sorpresa en dos partes: para empezar, en lo que toca a la estética: la vocalista de la banda, Sian Ahern, perecía desafiar los golpes de cuello de Victoria Legrand moviendo una melena mucho más lacia que leonina. Su pelo negro dejaba perplejo en el mismo grado que su cortísima falda roja. Y todo impactaba más cuando se ponía al lado de la segunda parte de la sorpresa: una propuesta musical capaz de aunar los delirios más psicodélicos de The Incredible String Band con las digresiones más tranceras de Fuck Buttons. Sí, suena raro así escrito. Pero suena a gloria sobre el escenario. Incluso hacía pensar en un nuevo género: el rave-folk. Perdonadme: a aquellas alturas del festival, la capacidad para la broma ingeniosa había alcanzado sus cotas más bajas.El hecho de que, poco después, la actuación de The Drums llegara como una de las más esperadas del festival chocó de frente contra la maldición del escenario Vice mencionada anteriormente. Y lo cierto es que los del "Best Friend" disfrutaron de un sonido más que aceptable, aunque fracasaron por méritos propios. Que nadie se lleve a engaño: quien iba a por fiesta bailonga de pop surfero y vitamínico, tuvo fiesta bailonga de pop surfero y vitamínico. Pero por momentos parecía que los chicos de The Drums estaban más preocupados en salirse de la norma con pasos de baile freaks que en tocar con corrección. Y aunque los descuadres entre los diferentes instrumentos despedazaron algunas de las canciones, lo cierto es que para tener en su haber sólo un EP (con un largo inminente), la cosa podría haber sido mucho peor. También podría haber sido mejor. Pero recordad la maldición de este escenario.Nada de maldiciones para Grizzly Bear en el escenario Ray-Ban. Lo suyo fue un llegar, ver y vencer en toda regla. Tenían parte del terreno ganado gracias a ese "Veckatimest" (Warp, 2009) que todos hemos llevado en palmitas desde que descendiera sobre nosotros el verano pasado, como una aparición mariana. Así que muy mal tendrían que haber ido las cosas para que su actuación no se recordara como una de las destacadas de este año. El pop fragmentado hasta el límite del arte de Grizzly Bear sonó a lluvia refrescante de verano (no como la del primer día), a gloria en cápsulas de una droga que abre los sentidos... También es cierto que a veces incurren en lo cerebral y descuidan la pasión, lo emocional. Será por ello que, por momentos de aquella actuación, algunos fantaseamos con qué ocurrirá cuando lo pongan todo sobre el asador: cerebro, corazón y entrepierna.El súmum de la maldición del escenario Vice llegó cuando la mayoría nos quedamos con estupefactos esperando la actuación de un Gary Numan que salió finalmente con más de 20 minutos de retraso. Para entonces, muchos ya estábamos guardando sitio ante el escenario San Miguel, donde Pet Shop Boys despegaron hacia las estrellas con una colección de hits irrefutables que, guantazo mediante, nos quitó de la boca la pregunta: "¿tú te hubieras imaginado alguna vez que estaríamos en un Primavera Sound coreando todos ' Go West'?". No way. Ya sea por lo espectacular de su propuesta visual (toda una performance cubista cercana a la hipnosis), por lo imparable de su colección de pepinazos sonoros (¿quién es capaz de quedarse sin corear el estribillo de "Being Boring" o sin marcarse unos saltos hooligans cuando suena "New York City Boy"?) o por las excelencias de ese "Yes" que les ha devuelto a la primera liga musical. Sea por lo que sea, no había espacio para las deserciones en el concierto de Pet Shop Boys. Sólo había lugar para el disfrute desprejuiciado.A partir del final apoteósico en el que Neil Tennant y Chris Lowe concatenaron "Being Boring" y "West End Girls", sin embargo, no puede decirse lo mismo al respecto de las deserciones. Muchos decidieron dar carpetazo al festival en aquel momento y los que nos quedamos en el recinto dispuestos a exprimir la noche hasta las últimas gotas (y las últimas consecuencias) empezamos a picotear de aquí y de allá con cierto desenfoque. Es lo que toca a las 3 de la madrugada. Orbital estuvieron correctos y consiguieron enfervorizar a la parroquia ravera (e incluso a los ex-raveros que ahora se han pasado a cualquier otro estilo que esté de moda), mientras que The Field y Fake Blood cogieron el relevo de la electrónica dura del Diplo del día anterior. Se imponía, por lo tanto, el fin de fiesta con DJ Coco. Pero si nunca has estado en una de sus sesiones de cierre del festival, no voy a ser yo el que te chafe el misterio. Tendrás que esperar al año que viene para descubrirlo por ti mismo. Allí nos vemos.

Fotografías de Inma Varandela, Dani Cantó, Eric Pàmies, Luz Gallardo.

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