Reportajes

Primavera Sound 2009

Tres días para volver al principio

Primavera Sound –el festival de festivales, leí en algún blog con resaca festiva- había apuestas seguras, otras de nuevo cuño, y otras, claro, a descubrir. Los mejores, sin duda, los que fraguaron su razón de ser en el siglo pasado. Por partes.

A Veracruz les tocó la lotería: abrir el macro-evento, y hasta lo podrían haber clausurado. Gestionaron su rock atormentado a golpe de lógica: demostrando que son un grupo de canciones. Epataron. Gustaron. Menos intenso fue lo de Girls, un grupo de chavales de acusada androginia, pop de medios tiempos, y ganas de parecerse a John Maus.

Ya en el escenario Atp, Magik Markers cayeron en uno de sus típicos soliloquios de cara a la galería que no hacen honor al talento de Elisa D’Ambrogio, a la que le gusta más el paroxismo que la rotundidad. De vuelta al Pitchfork, The Tallest Man On Earth hizo lo que preveía su debut "Shallow Graves": sorprender. Relee la herencia de Skip Spence como no lo ha hecho nadie jamás, y su concierto en el PS invita a pensar que estamos ante uno de los genios del folk que viene. Impresionante. Queda dicho.

Lo de Lighting Bolt –perdónenme-, es algo a lo que, con el tiempo, me cuesta llegar. La repetición, el avant-rock, y Load Records…, merecen más. En un escenario tan grande, y sobre las tablas, LB es un perro mucho menos mordedor y ladrador de lo que suena en "Hipermagic Mountain" –que hace eones que se publicó, por cierto.

Marnie Stern. En frente del mar y con el brazo en alto. Vestida de camping pero con esa actitud cool necesaria para no rozar el ridículo. Por lo que sea, pero Marnie, a pesar de no convencer a mayoría, demostró que su música es arriesgada, desafiante, casi incomprensible, de una calidad fuera de toda duda. Si a Deerhoof les quedará alguna idea valida en la cabeza, deberían pedir de rodillas a Marnie que tocara con ellos.

A The Vaselines, sintiéndolo muy mucho en el alma, le queda poco más que reivindicar tiempos mejores. Sí, se hartaron a redondear hits con celofán un tanto arrugado, pero a base de (excesiva) nostalgia. No me valen. Al público, me dio a mí que tampoco. A los magníficos Bowerbirds, pues los caté tangencialmente, lo que no deja de ser una pena, porque sus discos aseguran el futuro del folk minimal. Si es que tal cosa es necesaria. Phoenix. O cómo sacar partido a la simpleza. Eran la anomalía del cartel: grupo simplón, sin ínfulas, al que sólo le vale lo divertido. Craso error, amigos, craso error. Ofrecieron uno de los directos más coherentes del certamen. Compactos, divertidos, resolviendo cada tema –hits a porrillo y pipas pa’l pájaro- con precisión. Creo que me gustan. Nunca pensé que diría algo así.A Joe Crepúsculo, a sus destructores, a sus fan, y a todo Cristo que sienta aprecio por el pop raro, les tuvo que gustar el set ofrecido en el PS. “Maravilloso”, me comentaba una periodista querida y admirada –tanto como el propio Joe-. Pues eso, la cosa no podía salir mal. Entre el respetable del resto festivales del verano –todos, no se deja ni uno-, habrá opiniones para todos los gustos, y casi siempre favorables.

Spectrum, ya despojados del tedio que caracterizó a Sonic Boom en los 90, habían prometido reinventar a Spacemen 3, y así lo hicieron ¿Quién se puede resistir algo así en un festival como éste? Que vuelvan. Valen la pena. Menos, quizá, que los siempre profesionales Yo la tengo. Son como un disco perfecto que al finalizar una canción te asalta la melodía del siguiente. Demasiadas veces han hecho lo mismo, y siempre bien.Algo extraño sucedió al pisar de nuevo el Atp. Una irrevocable sensación de música que deja huella, que vuela alto, que convence sin mayor esfuerzo que el estar expuesto a ella. The Jesus Lizard ofrecieron un concierto de punk total, avasallador, inmenso. David Yow tiró en exceso del stage diving, pero no les restó credibilidad. Alucinante. De una intensidad inusitada en el nuevo punk.

Llegó el momento del festival: My Bloody Valentine en el escenario grande. Es difícil imaginar un concierto más devastador –ni High on Fire, ni Today is the day…, nadie-, Kevin Shields hizo que el pop se convirtiera en algo atronador, el ruido y la furia al servicio de la melodía, y nunca mejor dicho. Fue un espectáculo en el que los bajos adquirieron un protagonismo desmesurado, pero, sin duda, un espectáculo difícil de olvidar. Hasta el más curtido tuvo que apretar la mandíbula.

Aphex Twin, por momentos. Empezó mal, suave, acomodado. Acabó lidiando con la electrónica absolutista, y se olvidó de la patina acid. Squarepusher, genial, casi perfecto. Batería en directo y mil ideas a la vez que reformulan viejos patrones del jungle.

The Horrors y Ebony Bones ribetearon una primera noche que marcó el resto del festival. Pese a quién le pese, los primeros convencen en directo; y la segunda, será una estrella de la talla de Santigold o M.I.A., que no es poco.

El viernes actúo a modo de transición. Extra Life, escondidos entre la multitud oficialista, no pudieron/supieron demostrar casi nada. En cualquier caso, no les perdáis la pista. Llevan a Eyeless in Gaza en el corazón, y, quizá, pecan de eso, de viscerales. Vivian Girls…, todo lo que se dice de bueno de ellas, es siempre un poco menos en directo. The Pains of Being Pure at Heart…, prescindibles . Y lo digo con desilusión. Sus adhesivas melodías merecían más. Bat for Lashes, después del ridículo de hace un año en el Daydream, hicieron bueno el gusto de la mayoría.

The Drones son uno de los mejores grupos de rock del mundo ¿Por qué? Porque saben cómo hacer la misma canción quinientas veces y nunca te cansas. Riffs clásicos que suenan a años luz del resto, energía de stadium band, música de andamiaje complejo. Son el punto de unión entre The Triffids y Nick Cave, pero parecen algo más…crudos.

Quería ver a The Mae Shi, de verdad –la hoja de ruta así me lo indicaba-, pero es que fueron incluso peores de lo esperado. Punk bizarro de la peor calidad. Les vino grande el festival. Dan Deacon Ensemble, adorado por esta santa casa y el grueso del potencial lector de esta web, hizo lo que tenía que hacer: arrasar. Con su grupo, o a pelo, aceleró el pulso, el ritmo, y algo más de un respetable que vibró con las estrambóticas ideas sobre la electrónica moderna. Se podía escuchar, pero se debió bailar. No sólo fue divertido, fue algo serio, aunque parezca mentira.

Pasado Jason Lytle, al que no cabe más que respetar (¡¡atención a su último disco!!), The Extraordinaries y Fucked Up tenía el camino allanado para lo que viniese. Los primeros siguieron en su línea ascendente, y los segundos…, mucho me temo que –por mucho que se empeñe el personal-, no pasan de banda de nuevo hardcore apolillada. Los mandaba de vuelta Tombuctú sin billete de vuelta, pero se ve que es lo que se lleva. ‘Vaya usted a saber’…

Jarvis, Bloc Party, y Saint Etienne confirmaron porque son estrellas –unas menos resplandecientes que las otras, pero ahí siguen, en el firmamento-. Lo de A Certain Ratio era tan previsible como pincharlos en myspace, pero a Mahjongg no se les puede juzgar a la ligera. Su avant-pop moderno, bailable, espectacular, tiene todo lo bueno del pop de hoy en día (beyond Animal Collective, dicen), y a eso se dedicaron el Forum, sin más.

El sábado no podía tener mejor comienzo que Ariel Pink. Hace cinco años, en la sala Apolo, se contaban con los dedos de media mano los que apostaban por él, hoy, es uno de los grandes. Con un regusto amargo a todo lo que le hubiese entrado por la nariz y la boca desde que aterrizara en España, el tipo ofreció un set de rock espontáneo y lirica afilada. Veníamos avisados, y avisados quedamos. Pink es como un cólico miserere hecho pop. Sólo de pensarlo, duele.

A The New Year, que me perdone Dios, Steve Albini, Jesús Llorente, y los encargados de esta casa, me los perdí. Se supone que en directo son algo diferente, y prefiero creer algo así antes que guiarme por sus dos primeros discos. Jeremy Jay es un tipo que no deja que me olvide de "Three Ordinary Boys” de The Cure, le veo la cara, y me recuerda a ese disco, y por eso no puedo hacer nada que no sea pasarlo bien viéndole mover el esqueleto con sus temas de redomado sabor 80 y su visión plácida del pop. Nunca puede hacer un concierto malo, porque no le sale. En el PS, -pues eso- tampoco.

No es éste un lugar para tratar a fondo a The Bad Plus –necesitan su espacio-, pero los que estuvieron en el auditorio al calor de sus versiones, disfrutaron como nunca se podrían haber imaginado. Son músicos de jazz, ¿Qué queréis?

En el escenario ‘enorme’, tres nombres de pasmo. Neil Young hizo lo que tenía que hacer: historia, o cualquiera de las exageraciones que acompañan a los enormemente grandes. No se dejó ni una de sus grandes canciones, nada. De nuevo, fue emocionante y especial. Sonic Youth, aunque parezca imposible, sorprendieron tocando temas que pocas veces interpretan y acometiendo sus clásicos con una precisión de cirujano. Parece mentira, pero dan ganas de volver a verlos.

Deerhunter y Bradford Cox repetían en el festival por méritos propios. El problema es que pasaron del directo oscuro y opresor del año anterior a ser los Radiohead de esta edición. Cualquier grupo sería feliz por ello, pero Cox, no. Faltó intensidad y sobaron guiños al rock caduco para universitarios sin inquietudes. Faltó intensidad, sobró grandilocuencia. A los que no les faltó de nada –el favor del público, sobre todo-, fue a The Black Lips que rehacen el garaje a base de algo que suena saturado, que no suena a rock, pero que suena tan sucio y curioso, que, creo, vuelve a ser rock garagero. No lo sé…, tamaña sorpresa no se digiere en menos de una semana.

Lo más curioso de los tres días: un pedazo de Wu Tang-Clan. Ghostface Killah, a pesar de berrear en vez de rapear, puso patas arriba al escenario Pitchfork. Recuperó éxitos añejos del clan e imprimió funk al asunto. Sin respiro, así es cómo dejó al personal. Las arengas del hip hop, sí tienen cabida en el PS.

En ascuas, así es cómo se esperaba a A-Trak, pero dejó el pop aparcado en la playa del Forúm y –me preguntó por qué-, para acicalar una sesión dibujada sobre electrónica demasiado afilada. Dj Mehdi siguió dándole a algo parecido al techno, pero que acaba siendo otra cosa. En ambos casos, la calidad nunca se echó en falta.

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