Reportajes

Portishead vuelven a arrollar en una noche para el recuerdo

La primera de las dos veladas del trío en el Poble Espanyol siguió el guión previsto, pero exhibió la abrumadora pericia de los británicos

El trío de Bristol, adalides de la electrónica experimental, ofrecieron en su primera velada (de dos) en Barcelona un concierto casi calcado al de sus últimas visitas a España, pero cargada de momentos memorables y hits que crecen con los años

Cuando se anunciaron las dos noches de Portishead en el Poble Espanyol de Barcelona nos planteamos seriamente si era realmente necesario que viniesen a tocar, pues lo más probable era que fueran a ofrecer nada nuevo. Veamos: su más reciente disco, “Third”, data de 2008 y ya visitaron el Festival Internacional de Benicàssim el año pasado donde ni siquiera tocaron la soberbia “Chase The Tear”, que hubiese sido la única novedad (¡pero menuda novedad!) respecto a su arrollador doble pase en el Primavera Sound 2008 –cameo de Chuck D (Public Enemy) mediante–. Pero por supuesto que es necesaria cualquier visita de Portishead. Primero, porque la doble velada viene aderezada con una serie de artistas de lo más interesante (la fiesta continuó anoche en Razzmatazz con Nathan Fake, Beak> y Prefuse 73, entre otros, y sigue hoy). También porque es una oportunidad de verles en las distancias cortas, en una ubicación que no es el Auditori del Fòrum, pero tiene su encanto, por artificial que sea. Pero más importante, porque es una de las formaciones electrónicas más respetadas e influyentes, con tres discos que se mueven entre la categoría de excelente y obra maestra. Así que carta blanca y a besar el suelo por el que pisan.

Antes de disfrutar del trío de Bristol también quisimos ver a los teloneros que habían seleccionado, Thought Forms y King Creosote & Jon Hopkins, cuyo disco en colaboración, Diamond Mine, pasó excesivamente desapercibido el año pasado. Los primeros, penúltimos ahijados de Geoff Barrow en Invada Records, ofrecieron un concierto en el que la psicodelia, el noise y los drones infinitos tuvieron todo el protagonismo. Tirando de pedales de efectos y llantos infinitos dieron con un sonido muy atmosférico, que abrazaba unas veces el shoegaze de My Bloody Valentine y otras los pasajes cinematográficos de Mogwai. Un directo que fue de menos a más en cuanto a intensidad y que nos descubrió a una banda a tener en cuenta. Por su parte, la dupla nos brindó un set acústico en el que despojaban a sus canciones de todos los adornos instrumentales y arreglos electrónicos del álbum. El escocés cantó y tocó la guitarra, mientras que el productor de Wimbledon se repartió la faena entre el piano y el acordeón. Se distinguieron cortes como “Bubble” y “John Taylor’s Month Away”, pero se dejaron esa maravilla que es “Third Swan” (en cambio, tocaron una versión de “Song To The Siren” de Tim Buckley). Su folk sereno es musicalmente intachable, pero quizá no era ni el lugar ni el momento para oírles.

"No hubo ningún tema en el que no se luciesen"

Por fin llegó el momento esperado, lo gordo de la velada. El trío de Bristol ofreció su habitual repertorio, 16 canciones en hora y media, en la que no faltaron los puntos culminantes de “Dummy”, las dos canciones de rigor del homónimo – “Over” y “Cowboys”– y lo bueno y mejor de “Third”. El orden y la selección, prácticamente calcados a los de anteriores giras. Salieron respaldados por un teclista, un bajista/guitarrista y un batería, que aunque cumplieron sus roles solventemente, quedó claro quiénes son los que mandan. No hubo ningún tema en el que no se luciesen Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley.

Ella vistió completamente de negro, con su habitual pose de diva atormentada, apoyada seductoramente al micro casi en todo el momento y sin apenas soltarlo (sólo para ver fugazmente los scratches de Geoff Barrow). Apenas se dirigió al público, salvo un par de “gracias” y unos tímidos gestos en plan “no sé qué más decir”. Por eso sorprendió que, cuando “We Carry On” daba sus últimos coletazos, bajase al foso para abrazarse con toda la primera fila. Su voz frágil y apasionada brilló como nunca, especialmente en momentos como “Cowboys”, donde demostró con su registro alto que sigue tan en forma como hace 20 años, o en los rugidos de “Threads”, exhibiendo su lado más fiero.

Geoff Barrow se encargó de imprimir ritmo a las canciones con una percusión ejecutada a la perfección. La doble batería cobró todo el sentido del mundo en cortes como “Nylon Smile”. También actuó las veces de DJ –especialmente alucinantes y aplaudidos fueron los scratches que hizo en “Over” y “Mysterons”– y hasta se atrevió a soltar unos alaridos en “Threads”. Desbordante pieza esta última en la que Adrian Utley, a la guitarra, desprendió una virulenta electricidad. También se lució en “Nylon Smile”, con unos sugerentes punteos, en “The Rip”, donde empezó con guitarra acústica y terminó asaltando los sintetizadores, en “Machine Gun”, con unos sonidos que parecían sirenas de guerra, acariciando las cuerdas con un arco en “Magic Doors” y, en general, con unos riffs que demostraron su desbordante talento a las seis cuerdas.

Fue éste un concierto de grandes momentos, a la altura de la leyenda. Por ejemplo, las imágenes que se mostraron de una huelga general en España durante la atronadora “Machine Gun”; la inclusión de “Chase The Tear”, que se dejaron en el FIB y que aportó los minutos más sintéticos; el crescendo final ligeramente modificado respecto al original de “Mysterons”; un sonido que rozó la perfección; y, otros tantos instantes que ya se han mencionado más arriba. Pero si nos tuviésemos que quedar con uno sería con esa despojada versión que hicieron de “Wandering Star”, situada inteligentemente en la parte central del set, en la que tocó el trío en solitario. Emocionante y personal, sobrecogedores Utley y Barrow y vulnerable Gibbons, dibujaron conjuntamente atmósferas densas y nebulosas. Una noche para el recuerdo.

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