Reportajes

Pop y niñatos

O de la explotación infantil en la música de consumo

Pop y niñatos

Por Sergio del Amo

Con estupefacción y risotadas histéricas recibimos, hace no muchos días, una noticia que publicaba el tabloide The Sun. Se trataba de la historia de Campbell Britney, una niña de ocho años a la que su madre le estaba inyectando botox y practicándole una cuidadosa depilación a conciencia cada pocos meses con un claro objetivo: hacer de su hija una estrella. La metodología para materializar este seguro de vida era de juzgado de guardia –y con un poco de suerte, entre todos conseguiremos que la madre pierda la custodia legal–, pero si de algo ha servido esa muestra flagrante de basureo amarillista ha sido para hacernos una pregunta nada inocente: ¿por qué la industria tiene que sacar a la palestra cada cierto tiempo a una nueva camada de muchachas premenstruales y niños a los que aún no les sale barba –y que además no protestan– para que editen discos, graben vídeos y se conviertan en ídolos de masas? ¿Hay una explotación mediática obscena con el consentimiento de los padres, o es algo tolerable dentro de la lógica de la economía de mercado?

La búsqueda de la fama prematura es, sin lugar a dudas, uno de los atractivos primordiales de toda esta historia, y hay que tenerla en cuenta. Muchos padres fracasados ponen toda la energía en sus hijos para ser lo que ellos no fueron. Da igual si son bebés que anuncian pañales o niñas con coletas en un spot de champú. El problema es que el menor es casi siempre el último en enterarse de qué va la copla y hay veces en que llega a la edad adulta sin un solo dólar de ahorro en la cartilla del banco. Los papás, seres protectores y guías espirituales a priori de las criaturas, pueden personificarse en el mal y actuar como una bandada de buitres con tal de ver sus cuentas corrientes a rebosar de ceros. Los críos, cuando cumplen la mayoría de edad, como decíamos, no ven un céntimo, faltaría más. Si no, pregúnteselo a Macaulay Culkin.

¿Qué factores han llevado a que en nuestros días el fenómeno de “artistas pop jovencísimos que adornan las carpetas de las niñas en el instituto” esté más vigente que nunca? ¿Debemos permitir que la radio y la tele nos esté encasquetando cualquier teen a toda costa en todo momento? Muchas son las preguntas que se nos vienen a la cabeza. Hay que reconocer que algunos chavales tienen madera de artista, que muchos discos –o sea, muchos productos– están bien hechos y que, aunque el procedimiento sea tan reprobable como poner a mil niños chinos a coser zapatillas, salen hits indiscutibles (como también salen buenas zapatillas). Pero no es a los niños prodigio a los que queremos juzgar aquí, sino a los que manejan los hilos por detrás. Ellos son los que se merecen un brote de inquina.

La muerte del dibujo animado

Puestos a buscar un origen, habría que fijar la mirada en el canal temático Disney Channel de la factoría que nos descubrió al Pato Donald y al perro Pluto. Antes, Disney era una cadena de montaje del entretenimiento centrada en los dibujos animados hasta que, de golpe, empezó a trabajar con artistas (más bien inanimados) que no habían llegado aún a la mayoría de edad. Puestos a buscar pioneros del fenómeno pre-teen, hay que señalar a Lindsay Lohan, que estuvo antes que nadie. Antes de que se quisiera convertir en una nueva Winona Ryder, mangando por ahí a diestro y siniestro y pisando talego, y de que se introdujera en el entourage de Paris Hilton –ese eje del mal etílico-festivo que tanto juego ha dado a las webs de gossip–, Lindsay Lohan ya había probado las mieles del estrellato infantil actuando, cantando y haciendo de modelo. Memorable fue el remake de “Tú A Boston Y Yo A California” (1998), que hizo de nuestra amada LiLo una estrella prematura en el show business, un crédito que, ya saben, se fue mermado con el tiempo por los escándalos, la pérdida accidental de sostenes y de tangas, los excesos con el perico y demás meadas fuera de tiesto por parte de una adolescente que nunca ha sabido cómo gestionar bien su millonaria cuenta bancaria. El dinero llama al vicio.

Gracias al fenómeno Lohan, Disney Channel supo que ahí había un filón y esta historia empezó a cobrar su forma actual. En 2001 ficharon a la ahora desaparecida Hillary Duff para la serie “Lizzie McGuire”. Márketing perfecto: chica rubia, mona y que encima canta, la gallina de los huevos de oro hasta que llegó otro de los mayores puntos de inflexión (en cuanto a popularidad) del canal por cable: la eclosión de “Hannah Montana” y “High School Musical”.

Estamos en 2006 –o sea, parece que fue ayer– y una chica con semblante de Cabbage Patch Kids llamada Miley Cyrus se lo montó bien ser una ídolo teen después de que su padre Billy Ray, penoso cantante de country para más señas y competencia de Garth Brooks a finales de los 80, la paseara por todos los castings de jóvenes talentos de Tennessee. Con el alter ego de Hannah Montana, y bajo las directrices de Disney, Miley se convirtió en la amiga soñada (o en la primera imagen fija mental para masturbaciones precoces) de millones de púberes de medio mundo. La niña tenía madera: su sonrisa perfecta estaba en todo tipo de merchandising habido y por haber. Con el tiempo creció, prescindió de los pantalones en favor de las bragas (protagonizando durante la metamorfosis algún que otro escándalo) y la niña se hizo mujer a la vista de todos los paparazzi y aquellos fans que preferían la versión cándida. Y no nos vamos a meter más con ella, porque, al fin y al cabo, ese guilty pleasure titulado “Party In The U.S.A.” lleva su nombre y hay que respetar.

Coincidiendo en el mismo espacio temporal, Zac Efron y Vanessa Hudgens, a través de “High School Musical” y sus insufribles secuelas, pretendieron reinventar el musical adolescente ( “Glee” llegaría años más tarde como una respuesta más cool y gay-friendly, a la vista de tanta caspa impúber). Pero la locura llegaría dos años más tarde con aquel “Camp Rock” en el que tres hermanos aportaron las dosis de testosterona que a Efron le faltaban. Sí, estamos hablando de esa boy band integrada por los Jonas Brothers. Si bien en los noventa las boy y girl bands que partían la pana se aferraban al pop de consumo rápido ideado por unos directores de casting que a la vez ejercían de managers (prosigan la secuencia: New Kids On The Block, Take That, Backstreet Boys, Spice Girls, All Saints y así un largo etcétera que copiaban, a su vez, el ejemplo lejano de Bananarama y The Flirts), Jonas Brothers son un producto algo diferente. Durante estos años, han intentado ganarse las simpatías de las adolescentes bobaliconas haciendo ver que tocaban la guitarra y sin necesidad de apoyarse en coreografías atléticas. El rock (por ponerle una etiqueta) halló su nuevo target potencial en las puertas de los colegios, y así Disney consiguió en 2008 lo que había soñado Avril Lavigne ocho años antes: que las niñatas pidieran a sus padres por su cumpleaños una chupa de cuero.

Disney ha despertado pues, cual Cthulhu en R’Lyeh, el monstruo de los niños artistas adaptados al siglo XXI, en un contexto urban, y creando auténticos fenómenos del marketing agresivo. Algunos de ellos, como Miley Cyrus, ya se han desligado de sus redes. Así que lo único que esperamos es que, en breve, no acaben en esos resorts estadounidenses que funcionan a modo de centro de desintoxicación. Suele haber mucho tránsito por ahí.

Internet como escaparate

Una vez soltada la fiera, todo vale. Ahí está el ejemplo reciente del fenómeno viral de Rebecca Black y esa dudosa (en cuanto a intenciones) fábrica del autotune que responde al nombre de Ark Music Factory, una compañía que tiene como objetivo sacarle la panoja a padres despistados a cambio de vídeos de bajo coste y canciones hechas con piloto automático para que las niñas pijas se sientan artista por un día. Ark Music Factory es, pues, el mayor ejemplo de la falta de escrúpulos que actualmente reina en la industria musical estadounidense. Cogemos a una niña (cuanto más pequeña mejor, que se entera menos), le componemos un tema borderline y la lanzamos a través de internet al escarnio público. Por una simple ley de probabilidades, alguna de las cantantes que engrosan la lista de Ark Music Factory acabará dando de qué hablar en un futuro. Sin embargo, alguien debería decirle a estos insensatos que las nuevas promesas de la canción ligera, por lo menos, tienen que aparentar que saben cantar y bailar (aunque luzcan brakets), porque si no mal vamos. En la era del fast food no todo es comestible y el pueblo es soberano. Ark ha demostrado que en esta maniobra comercial no vale todo y que hay límites que no se deben traspasar. Principalmente el del mal gusto.

Internet también ha servido de plataforma para artistas como Willow Smith. La hijísima de Will Smith y Jada Pinkett está destinada a convertirse, con tan sólo 10 años, en una versión pocket de Rihanna, todavía sin tetas y sin tinte de pelo. Jay-Z ya le ha puesto un talón encima de la mesa con tal de ficharla para su sello Roc Nation. Y lo cierto es que la renacuaja apunta maneras tras ese “Whip My Hair” discriminatorio con la comunidad alopécica (con “21st Century Girl” no nos ha impresionado del mismo modo). Será fascinante comprobar si Willow puede acabar siendo un fenómeno pop. El tiempo pone a las pequeñas estrellas en su sitio aunque luzcan el apellido Smith Pinkett en su pasaporte.

Pero si un nombre es sinónimo de la la generación Youtube, ese es Justin Bieber. El canadiense, con 17 años y bajo la protección de Usher (Justin Timberlaken también pujó fallidamente por él), reinó el pasado año en las carpetas y las paredes de las colegialas alterando hormonas tiernas gracias a su cara limpia y su peinado semicircular. Hay mucha gente ahí fuera que desea ardientemente la desaparición del mapa del joven Beiber ( “South Park” y, sobre todo, “C.S.I.” nos han dado el gustazo de imaginarnos el momento), pero esto no quita que Bieber sea la personificación de la estrella infantil en el siglo XXI. Lo más curioso del caso Bieber no es tanto que triunfe –tiene toda su lógica, pues la voz la tiene apañada, la presencia también y hay un cuerpo de productores ahí detrás que le han hecho hits a medida, tipo “Baby”–, sino cómo algunas vacas sagradas del rap metrosexual, sea el caso de Drake o Kanye West, se han arrimado a él para pillar más cuota de mercado y share en las redes sociales. En el viejo mundo, habría sido diferente. Algo pasa en éste cuando Justin Bieber es un imán de celebrities.

Scotter Braun, ejecutivo de So So Def, le descubrió accidentalmente por Youtube tras ver algunos vídeos de él tocando la batería y entonando covers con voz aniñada. Y, acto seguido, contactó con su madre (quien colgó dichos vídeos) e invitó a ambos a que viajaran a Atlanta para proponerles un contrato que cambiaría sus vidas. Desde entonces, ya saben cómo sigue la historia: Bieber empezó a recibir indicaciones de coreógrafos, estilistas y demás oportunistas mercadotécnicos, se trazó su vida privada (le han encasquetado a Selena Gómez como novia, pese a que la sombra de Ricky Martin es muy alargada) y su cara ha sido retratada en todas las publicaciones adolescentes que pululan en los quioscos. Su camino al estrellato sólo acabará cuando sus cuerdas vocales maduren y vaya de tenor por la vida. Siempre y cuando, por supuesto, su madre no explote la dudosa vía de la hormonación.

Dicho lo cual, hay algo que a servidor le queda bien claro: cuando sea padre, juro por dios, pasearé sin descanso a mi hijo por cientos de castings y colgaré sus pinitos artísticos en la red con la esperanza de que al mundo entero se le caiga la baba y alguien me ofrezca un cheque en blanco por el talento del retoño. En definitiva, creeré en la fantasía de que algún día será mi hijo quien me retire y a costa de su talento pueda comprarme un caserón con gimnasio en las colinas, un jet privado y un vestuario Armani completo. No me miren con esa cara: ¿acaso ustedes no querrían lo mismo? Aprovechando que Justin Bieber actúa hoy en Madrid y mañana en Barcelona, exploramos el fenómeno que él representa: el del boom de las estrellas teenagers con un enfoque urban. ¿Vale todo en este juego? Lo analizamos a continuación.

britney justin Britney Spears y Justin Timberlake en MIckey Mouse Club

Macaulay Culkin

Lindsay Lohan

Miley Cyrus

Jonas Brothers

Rebecca Black

Justin Bieber

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