Reportajes

Cóndor: así fueron las décadas de muerte y tortura en Latinoamérica con permiso de la CIA

"Me preguntaban si alguna vez me habían tirado de un avión, me amenazaban con fusilarme y me daban descargas eléctricas", recuerda la superviviente uruguaya Lilián Celiberti

“Unos militares uruguayos llegaron a mi casa y nos detuvieron a mí, a mi compañero y a mis dos hijos pequeños”.

Corría noviembre del 76. La uruguaya Lilián Celiberti acababa de llegar junto a un compañero del izquierdista Partido de la Victoria del Pueblo a la ciudad brasileña de Porto Alegre.

La detención —y tortura— fue posible gracias a la cooperación de inteligencia entre dictaduras en la represión a disidentes del Plan Cóndor. Durante los años del Cóndor, murieron decenas de miles de personas (25.000 sumando recuentos de comisiones de varios países) en los países miembros debido a la represión de sus dictaduras. Unas  350 muertes son atribuibles directamente al Plan Cóndor.

Colaboraron Argentina, Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay y, en menor medida, Perú y Ecuador. Y contaron con la complicidad de la CIA estadounidense, preocupada por la izquierda revolucionaria en la región.

El pasado 17 de enero, un tribunal de Roma condenó a cadena perpetua a ocho militares y civiles de Perú, Bolivia, Chile y Uruguay por la desaparición y muerte de 23 ciudadanos italoamericanos en el marco del Plan Cóndor.

Entre los condenados están los ex presidentes Francisco Morales Bermúdez, de Perú, y Luis García Meza, de Bolivia.

Pero entre los absueltos, “hay militares uruguayos que torturaron”, lamenta Celiberti, a la que dichos perdones le dejan un sabor amargo después de una juventud que pasó perseguida, en la cárcel y exiliada.

Una jugada de película para salvar su vida

Cuando fue detenida en Porto Alegre, Lilián sufrió torturas y, sobre todo, lo pasó mal porque la separaron de sus hijos. “Los tenían detenidos en Montevídeo y los usaban como rehenes para sacarme más información”, lamenta.

“Me preguntaban si alguna vez me había tirado alguien de un avión, me amenazaban de fusilamiento, me dejaban de plantón encapuchada y me daban descargas eléctricas con picana (un instrumento de tortura con electricidad). Como creían tenerme controlada por mis hijos, me torturaron físicamente menos que a Universindo (su compañero), al que le golpearon mucho y colocaron en un caballete”.

Lilián había vivido en Italia tres años después de pasar otros dos en la cárcel (del 72 al 74) por su condición de disidente. Decidió en el 76 instalarse en Brasil, cuyo régimen aún no estaba tan claro que participara en Cóndor y que vivía ya “una situación excepcional” con un cierto relajamiento de la dictadura.

Esta condición resultó crucial para el desenlace de su historia.

Los disidentes Universindo Rodríguez y Lilián Celiberti, en Montevideo, junto al activista Jair Krischke (medio) en los 80.

Lilián llamó a París desde la comisaría como si llamara a quien debía presentarse en la reunión. Pero, en clave, lo que les dijo es que mandaran a algún periodista.

La joven tenía claro que la podían matar allí mismo, de modo que explicó a los agentes que en su casa iba a tener lugar una importante reunión unos días después. Era la única forma de ganar tiempo. “Ellos tenían una versión grotesca de que estábamos allí armados preparando una acción”, cuenta.

El día en cuestión, un viernes de noviembre, el fotógrafo Joao Baptista Scalco y el reportero Luiz Cláudio Cunha se plantaron en casa de Lilián e hicieron fracasar la operación contra los izquierdistas uruguayos. Los agentes uruguayos y brasileños quedaron totalmente consternados con la inesperada visita de la prensa.

La operación salió en los medios brasileños y la visibilidad del caso probablemente salvó la vida de Lilián y Universindo.

Me preguntaban si alguna vez me había tirado alguien de un avión, me amenazaban de fusilamiento, me dejaban de plantón encapuchada y me daban descargas eléctricas con picana —Lilián Celiberti

Cunha y Lilián son hoy buenos amigos. El periodista escribió después un libro de investigación sobre Cóndor que le valió importantes premios. “Aquello también cambió su vida”, dice Lilián.

De cualquier forma, ella aún pasó otros cinco años detenida en Montevideo, según supone, “como castigo” por el engaño.

“Lo peor fue saber que mis hijos estaban retenidos. Se los entregaron a mis padres 17 días después del secuestro, pero para mí fueron meses porque me informó posteriormente un policía de manera extraoficial”.

Una de las escenas que marcó al hijo mayor, de entonces siete años, fue ver a la pequeña de tres, que no sabía muy bien lo que estaba sucediendo, jugando con los militares. “A él le dio mucha rabia”.

Muchos años después, en 1988, Lilián aún tuvo que revivir aquel episodio de una manera inesperada: el oficial que representó a Uruguay en la entrega del Premio Nobel de la Paz a los cascos azules era Glaucio Gianonne, uno de los que les detuvieron en el 76.

La anécdota da cuenta del gran manto de impunidad que ha cubierto durante años —y aún cubre— a muchos de los represores de aquellos años.

Una década de tortura contada en los "archivos del terror"

La operación Cóndor empieza a cocinarse, según algunos historiadores, en 1972. Pero su reunión clave para el arranque definitivo tiene lugar en 1975 en Santiago de Chile. Pinochet fue su principal artífice.

Los conocidos como " archivos del terror" —que salieron a la luz en 1992— mostraron cuatro toneladas de documentación que probaba aquel encuentro y otros muchos detalles de la cooperación entre dictaduras para la persecución de los disidentes.

A partir de aquella reunión, los gobiernos dictatoriales de Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay, Perú y Ecuador empezaron a colaborar para reprimir a los izquierdistas.

Realizaban formación entre unos y otros y compartían conocimientos de tortura física y psicológica. Se enviaban detenidos y permitían la entrada en sus fronteras para acciones represivas. Perseguían a disidentes extranjeros en sus territorios. Pocas víctimas sobrevivieron para contar lo que pasó en el plan Cóndor, que acabó con la vida de decenas de miles de personas.

También se robaron centenares de bebés hijos de las víctimas, muchos de los cuales siguen sin haber sido recuperados por sus familias originales. “Se ocupaban de mandar a hijos de un brasileño a Chile, a los de un chileno a Uruguay, cambiarlos de país para que no fueran nunca recuperados”, cuenta el periodista Roger Rodríguez en un documental de Discovery Channel.

La CIA y el Secretario de Estado estadounidense del gobierno de Nixon, Henry Kissinger, supieron en todo momento casi todo lo que estaba sucediendo. Ofrecieron formación a las policías dictatoriales y les enseñaron a coordinarse.

La CIA y el Secretario de Estado estadounidense del gobierno de Nixon, Henry Kissinger, supieron en todo momento casi todo lo que estaba sucediendo. Ofrecieron formación a las policías dictatoriales y les enseñaron a coordinarse.  

Su silencio con respecto a las sistemáticas violaciones de los Derechos Humanos fue estratégico, con tal de evitar que el marxismo se extendiera como un virus por América Latina en medio de la Guerra Fría.

No obstante, el historiador John Dinges, uno de los primeros en hablar de la Operación Cóndor en los 70 y que tuvo acceso a documentos clave, prefiere tildar el papel estadounidense en Cóndor como “complicidad”  y como “apoyo logístico e intelectual”, y no como participación activa.

“Defender, defender y defender, así me resumió la política de Kissinger frente a Chile (de Pinochet) un alto mando militar de la época”, cuenta Dinges, que también fue corresponsal de la revista Time en Chile en los 70.

El Cóndor fuera de América Latina y...¿en España?

Autor del libro Operación Cóndor: Una década de terrorismo internacional en el Cono Sur, Dinges divide el plan en tres etapas: una primera de cooperación en las detenciones de disidentes extranjeros, una segunda de operaciones conjuntas en países latinoamericanos y una tercera de operaciones en países fuera de América Latina.

Esta última fase derivó en el asesinato en Washington del que había sido ministro de Allende en Chile Orlando Letelier en 1976 por parte de los sicarios del Plan Cóndor.

A partir de entonces, Estados Unidos intentó frenar el Plan y dio una alerta a Francia sobre una operación que se iba a fraguar en su territorio. El país galo alertó a Chile de que si algo sucedía "habría un problema serio", cuenta Dinges, y la operación se abortó.

Según el historiador Eduardo González Calleja, “hubo una posible colaboración de los servicios secretos de Carrero Blanco e incluso posteriores” que vinculó a España con la Operación Cóndor

El historiador español Eduardo González Calleja va un poco más lejos y apunta también a “una red muy poco conocida que se traslada a Italia y a España” procedente de Chile y con connivencia de los gobiernos de los citados países.

Según apunta, “hubo una posible colaboración de los servicios secretos de Carrero Blanco e incluso posteriores” que vinculó a España con la Operación Cóndor. E incluso “una actitud como mínimo pasiva de Adolfo Suárez dejando pasar a este tipo de personas por España”, en referencia a los agentes represores de dicho dispositivo durante los primeros años de democracia en España.

González Calleja prepara el libro La guerra no ortodoxa: La estrategia de la tensión y la circulación del terrorismo neofascista en Europa y América Latina.

Y lamenta las dificultades para investigar en España debido a la Ley de Amnistía, los secretos de sumario e incluso la quema de documentos de la dictadura "que el propio Martín Villa (Ministro de Gobernación en el gobierno de Adolfo Suárez) confesó en sus memorias”.

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