Reportajes

Música entre la niebla: crónica de Sinsal San Simón

Nite Jewel, Alt-J y Shangaan Electro acaparan la atención del cartel (secreto) del pequeño e idílico festival en la ría de Vigo, que finalizó ayer

Sinsal San Simón es el festival más peculiar del verano español: en un islote envuelto en brumas, como Avalon, en el mismo Atlántico, con cartel secreto –luego supimos de la participación de Shangaan Electro, Nite Jewel, Aries y Maïa Vidal– y magia. Estuvimos ayer y os lo contamos hoy.

Aterrizar en la Ría de Vigo a las diez de la mañana suponía encontrarse un mar de bruma amarillento. Podía ser la ría de Vigo; podía ser la de Betanzos. Daba igual, no se distinguía nada 20 metros más allá de tus narices. Así que subirse en una lanchita y adentrarse en la niebla tenía un punto denodado. “Al menos tenemos empanadas gallegas”, pensé al verlas lucir dentro del barco, mientras mi acompañante me decía: “con esta niebla, la isla es como un secreto”. Exacto; apenas unos cuantos conocen el evento, que celebra su segunda edición este año. Sin embargo, todos a los que se les pregunta conocen la trayectoria de Sinsal y alaban el trabajo de los últimos diez años como promotor en Galicia. “Esta gente ha traído cosas muy increíbles. ¡Aquí, a Vigo!”, se sobresalta alguno cuando se le tira de la lengua. La exquisitez es uno de los valores intangibles que más ha trabajado la gente de Sinsal, además de la excusa perfecta para cometer ese acto de romanticismo de no anunciar a ninguno de los artistas que pasan hoy por la isla de San Simón.

El islote finalmente aparece en medio de la niebla en un frame totalmente cinematográfico. Esa sensación no cambia según vas inspeccionando el terreno, localizando los escenarios y situando las barras entre edificios de piedra gris, musgo y eucaliptos. El lugar es idílico, ése es el primer input que recibe tu cuerpo cuando llegas a San Simón. Probablemente existen otros lugares igual de idílicos, pero ninguno con estos rasgos. El cielo empezaba a clarear con la llegada del primer público mientras el trío belga Hoquets se ponía detrás de sus set de contrachapado, hojalata y demás barredura doméstica con la que construyen sus instrumentos. Lo suyo es pasión confesa por Congotronics, pero tienen idiosincrasia belga: bandarrismo Soulwax y actitud Vive La Fête, además de poco sentido del ridículo y un falsetto fantástico. Sudaron, arrancaron risas, algún baile y dieron la bienvenida a la gente que iba llegando al embarcadero. Era la una de la tarde, lucía el sol y el festival había arrancado.

Mientras se iba acercando la hora de la comida pasaron, por el escenario Paseo Dos Buxos, L’Enfance Rouge y Christian Kjellvander. Los primeros amenizaron los aperitivos y musicaron esos viajes hasta la cafetería en busca de algo para abrir estómago. El segundo, el sueco Kjellvander y su delicadeza acompañaron la digestión del platazo del menú y arroparon algún amago de siesta bajo los eucaliptos. Hasta que llegó Aries con su guitarra y su Korg y su sonrisa y su encanto y se hizo con la mirada de todos. Nos levantamos para bailar sus ritmos enlatados y sus letras peculiares; aunque fallara un poquito en ejecución, se le hubieran perdonado crímenes mucho peores en ese momento. En 30 minutos de extractos de “ Magia Bruta”, Aries había conseguido que la sangre fluyera otra vez por nuestro cerebro, que ordenaba cruzar el puente de piedra hasta el islote contiguo para ver a Al-Madar. En San Antón, el cuarteto formado por miembros de la Orquesta Árabe de Nueva York llevaba ya tocando desde las tres, así que solo pude captar 10 minutos de folk arcaico mediterráneo, música con nombre de antiguos pobladores ibéricos. Si te gusta el rock sefardí de Radio Tarifa o disfrutas con la celebrada Orquestra Àrab de Barcelona, Al-Madar son tu gente.

La climatología, que había sido benevolente todo el día, se volvió adversa en el escenario San Antón con la llegada de Alela Diane. El viento húmedo arreciaba en el extremo de la isla, de la misma manera que el temperamento contenido de Diane se desplegaba en el escenario. Parca en conjunto, pero generosa en cumplidos para el festival, la norteamericana amenizó en reencuentro de un público separado por dos escenarios y una comida de por medio. No obstante, con la siguiente actuación la cosa sería diferente. Maïa Vidal, la ninfa del acordeón –un triángulo aguamarina y brilli brilli a juego, muy Grimes pero en mejor– y la estoica manera en la que se enfrentó a la ventisca y los problemas derivados (incluido ruido de árboles, caída de pandereta, colocar espumas en los micros y apagón momentáneo) se ganó al público en un plis plas. Ella y su falda vaporosa ondeando, su sonrisa y su voz de mujer con rico mundo interior, sus composiciones con toques de fantasía infantil e instrumentos de juguete provocaron que una oleada de niños, smart phone de papá en mano, se juntaran en primera fila para inmortalizar el momento. Decidme un solo festival en el que tengas esa estampa. ¿Entendéis a lo que me refiero?

"La chispa entre los tres músicos, Ramona y los espectadores saltó en forma de bengala cuando se esperaba un castillo de fuegos artificiales"

Y después de Maïa Vidal, llenos de amor pero ateridos de frío, la relocalización del público en el escenario Estrella Galicia evitó labios morados. Cosas de la pleamar y la marea, a las siete de la tarde el fuerte viento húmedo desaparece. Más por la desaparición del viento que por las canciones de Ramona Gonzalez, el público volvió a entrar en calor y en movimiento. Nite Jewel sonó correcta; las expectativas con ella eran precisamente altas y eso también se notó en la predisposición del público a devolverle energías. Digamos que la chispa entre los tres músicos, Ramona y los espectadores saltó en forma de bengala cuando se esperaba un castillo de fuegos artificiales. A Alt-J le pasaría algo casi opuesto poco después. Pero antes había que subir hasta el Paseo Dos Buxos para ver a la segunda propuesta nacional. Unicornibot son la polla. Llevan papel de plata en la cabeza. Hacen un ruido riquísimo que suena a ZA! con las extremidades multiplicadas y tratamiento psicológico, a Battles con más sentido del humor y del ritmo o a Berri Txarrak de formación clásica de conservatorio suizo. Encima dicen cosas graciosas entre canción y canción e invitan al público a subirse al escenario a liarla con ellos en el último tema. Abanderados olímpicos.

De la euforia de Unicornibot había que pasar a otro de los nombres del cartel que mayor expectación despertaba. Alt-J se postula como revelación del año; ver cómo se desenvuelven los de Cambridge en el escenario podía marcar la diferencia. En completa harmonía con el entorno, tocaron los temas de “An Awesome Wave” convirtiéndolo en rock de cámara. Voces domadas por años de disciplina y usadas también como instrumento, originalidad suprema en los arreglos, el carisma del teclista, la precisión y la importancia que gana la batería cuando le prestas la atención merecida y una total comunión con el entorno natural hicieron del bolo de Alt-J uno de los momentos del día para quien firma. El fin de fiesta estaba cerca y no es una alusión al nubarrón que apareció con las últimas notas de Alt-J. Sólo quedaba una línea del line-up por tachar. Los encargados del fin de fiesta , Shangaan Electro.

Luces lilas alumbran las esquinas y se mezclaban con el atardecer amarillo de la ría. Llegaban los barcos al muelle pero nadie quería abandonar todavía ese peñasco en el mar. El escenario Peirao estaba hasta arriba de excusas para ser el último en irse. La primera y primordial: DJ Spoko, al frente de Shangaan, dándole al play y gritando “one eight nine” (en referencia a los bpms de la música). Nite Jewel desmelenada. Los Hoquets armando gresca en primera fila. Imitaciones del movimiento de cadera de las mujeres surafricanas, sonrisas por doquier, tres congas multitudinarias, niños manteniendo el ritmo incluso cuando los párpados les flojean… Felicidad instantánea. Catarsis.

Voy a intentar no ponerme muy cursi, lo juro. Pero no sé si voy a poder escribir acerca del Sinsal San Simón sin caer en la adulación constante. Más allá de valorar el cartel (secreto hasta el martes), de alabar el enclave, de reducir el aforo en número pero sumando calidez o de la logística y la producción –prácticamente impecable–, del San Simón hay que valorar que algún alma bondadosa, un ángel de la guarda del buen gusto, se ha esforzado para que todos esos factores confluyan y un evento musical trascienda de lo veleidoso convirtiéndose en una oportunidad única para disfrutar de la buena vida. Si vas y no lo sientes, es que no tienes corazón. Si vas y no repites, es por fuerza mayor.

Fotografías de Mónica Franco.

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