Reportajes

Música, morriña y salitre atlántico: la versión más atípica de Sinsal San Simón 2013

Caxade, Stealing Sheep y Triángulo de Amor Bizarro enamoraron en esta versión algo improvisada del festival gallego, celebrado este fin de semana

Tuvo que celebrarse en julio, con Austra, Sam Amidon y Samaris en su cartel, pero no pudo ser. Al cierre de agosto, sin embargo, la pequeña isla gallega de San Simón pudo por fin celebrar su día anual de música secreta en directo, entre la niebla del Atlántico. Una vez más, estuvimos ahí para contarte cómo fue.

Fotografías de Rohe Rodríguez

Esta historia empieza con un desayuno y termina con otro desayuno. El primero tiene lugar en el pequeño bar del puerto de Cesantes de Redondela. Allí nos tomamos un café mientras esperamos nuestro turno para embarcar rumbo a la isla de San Simón. En el resto de las mesas, los pescadores y lugareños desayunan y comentan en el menos oficial de los gallegos que hoy “eso” se hunde con la cantidad de gente que hay, que vayan preparándose los de salvamento. “Eso” es la isla de San Simón y la de San Antón, que unidas por un estrecho puente de piedra son el idílico enclave en el que se celebra el festival Sinsal San Simón desde hace tres años. Nada más desembarcar en la isla acreditamos lo que comentaba el señor: no aquello de que se va a hundir –era pura sorna–, sino la cantidad de gente que abarrota la isla. Podríamos no estar allí. Ni nosotros ni ninguna de las mil y pico personas que han desembarcado en este rincón aislado de la Ría. Y así nos lo recuerda la parafernalia de los patrocinadores, en la que todavía lucen las fechas y el cartel artístico de la edición que no se llegó a realizar, la de julio [en gesto de solidaridad con las víctimas del accidente ferroviario de Santiago].

A diferencia del año pasado, este año el primer concierto tiene lugar en el islote de San Antón, en el extremo opuesto del punto en el que desembarcan los asistentes. No es música lo que oímos nada más llegar, sino gente preguntándose qué es esa cola y dónde está la música. Mientras la mayor parte de los asistentes aguardaban su turno para hacerse con su vaso retornable y sus tickets de bebida y comida, Germán Díaz y sus improvisaciones a la zanfona inauguraban oficialmente los conciertos de la jornada en la otra punta de la isla. Al zanfonista le siguieron Caxade, un trío autóctono compuesto por acordeón, trombón y parca batería que gozó de mayor afluencia de público. Vestidos con aquello que se apolilla en los armarios de las aldeas, los gallegos reivindican en lo sonoro la humilde tradición musical de zonas recónditas del norte (quien haya tenido un antepasado acordeonista o sepa qué es una vaqueirada, sabrá reconocer las raíces de Caxade), dejando que las letras actualicen la propuesta y la hagan más atractiva. Tanto, que han sido los triunfadores de la primera mitad de la jornada.

Las pistas previas al festival prometían la aparición de un miembro del prestigioso sello Warp y ese era Nick Talbot, el bristoliano que sustenta el proyecto Gravenhurst. Se subía al escenario de San Antón en formato dúo, acompañado de una escueta batería y una guitarra acústica. Quietud, dulzura y baladeo melancólico tuvieron doble efecto en el público: a unos les dio por charlar con el vecino; a otros por echarse la siesta del borrego. Las dos del mediodía no es una buena hora para escuchar el directo del británico, definitivamente, que cerró el primer tramo de festival y dio paso a la hora de comer. Pero la música no paró del todo; continuó sonando en algunos escondites de la isla, con propuestas extrañas y especiales. Eran las Músicas Escondidas de San Simón y nos obligaron a colarnos entre la vegetación para descubrirlas.

Con la programación vespertina llegaba el cambio de escenario –del San Antón New Balance al San Simón Estrella Galicia– y también el cambio de ritmo. Denis Jones recibió a un público recién comido y con ganas de moverse, que guardaba las esterillas y se descalzaba para bailar sobre la hierba (siempre buscando las zonas de sombra, resguardándose del inusitado calor que castiga Galicia estos días). Aquellos que todavía estaban en modo tranquilo fueron jaleados por el propio Jones para que bajaran al pie del escenario a bailar su extraña mezcla de soul y loops. Denis Jones es un hombre orquesta que trabaja encima del escenario con guitarra, su poderosa voz, un mixer y un montón de pedales. A pesar de que su directo es una filigrana compleja de ejecutar –más cuando ni a guitarra ni el mixer son los propios, como era el caso–, el hombre todavía invierte otro tanto de energía en simpatía e interacción. Rentabilizó esa inversión con creces, pues todo el mundo le perdonó que no acabara la última canción del directo. Los problemas técnicos afearon el momento y, aunque nadie se lo echó en cara, el de Manchester abandonó el escenario enfurruñado.

Las intenciones bailables continuaron con Le Parody, otra de las propuestas nacionales del día. Sole Parody tiene una voz agraciada y talentosa que quizás brillaría más y mejor si sacrificara alguno de los elementos que maneja en directo. La mezcla de ukelele, samples de película y rítmicas electrónicas (algo trilladas, como de la vieja escuela de Carlos Jean) mantienen al público en movimiento, pero profanan todo el apartado lírico. Todo lo contrario que les ocurre a las muchachas de Stealing Sheep, el trío de jóvenes de Liverpool que nos hizo volver a visitar el escenario de San Antón cuando ya el calor arreciaba y algo de esa brisa marina que inunda la ría por la tarde llegaba hasta la isla.

Pero antes de que nos volviéramos a mudar de escenario, quedaba la actuación de los franceses Baden Baden. Probablemente, el concierto más ortodoxo de la jornada. Sin peros en la ejecución, sin dificultades técnicas y sin extrañas mezcolanzas de géneros. El quinteto francés hace pop-rock de una manera muy llana y sincera. En ocasiones suenan más tristones y recuerdan a Wilco; otras veces tiran de distorsión y hacen pensar en Favez. Incluso se atrevieron con una versión de Händel… O eso dijo en un buen castellano el teclista de la banda.

Si el año pasado fue Maïa Vidal la que nos recordó a Grimes con sus pinturas y sus vestimentas, este año el título de ninfas se lo llevan las chicas de Stealing Sheep. Ataviadas con largas faldas vaporosas, maquilladas en tonos azules y verdes, decoradas con brillantes, estas muchachas encandilaron con sus juegos de armonías vocales, su dulzura naif y su entramado de folk y pop pastoral. Todo lo contrario a lo que hacen Triángulo de Amor Bizarro, que cerrarían el festival con su maquinaria noise y su estatus de héroes locales. Los gallegos han sido el nombre grande de este San Simón casi improvisado y, tras defender su reciente “Victoria Mística” sobre las tablas, también se puede decir que lo suyo ha sido un veni, vidi, vici. Puede que hayan brillado más en otras plazas esta temporada, pero en la isla encendieron al vulgo, agitaron las melenas de los más veteranos y pusieron la música para que el público más joven (aquel que todavía tiene edad de ir a la guardería) hiciera sus primeros cuernos rockers con las manos.

Exhaustos por el calor y las horas de vaivén, aguardamos a que los barcos nos devuelvan a tierra. En una de las embarcaciones se repetía la escena del año pasado. DJ Patrón, el hombre al timón, manejaba en la megafonía su mixtape de grandes éxitos de gasolinera y arrancaba los últimos bailes y las últimas carcajadas de la jornada, ya rumbo a tierra firme. Al día siguiente otros repetirían; nosotros ya hemos cumplido con la promesa que hicimos en 2012. Habíamos vuelto a San Simón, aunque fuera en la más atípica de las circunstancias.

El desayuno que cierra esta historia se produce el domingo, después de dormir como si hubiéramos acabado una guerra y no un festival. Hacemos memoria de lo visto el día anterior con otros asistentes –algunos primerizos–. Hay cierta decepción por el cartel musical, cierto desasosiego por las colas y todavía tenemos las piernas hinchadas por el calor, pues ni siquiera hizo acto de presencia la famosa brisa de pleamar. Entonces alguien recupera de su mochila el vaso reutilizable de este San Simón. En él aparece su fecha truncada, la de julio, y el cartel que tenía que haber sido, con Austra, Sam Amidon o Samaris en letras bien grandes. Y un sentimiento de culpa nos invade a todos por añorar lo que pudo haber sido y no fue en vez de valorar lo que finalmente ha sido.

* Aquí puedes ver todas las fotos de la última edición del Sinsal

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