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Mexicanos hablando inglés en el D.F.: ¿sangrones? No, deportados

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Los call center dan trabajo a muchos repatriados de Estados Unidos. Les cuesta hablar español, readaptarse a la cultura y encontrar empleo de calidad

Germán Aranda

20 Mayo 2017 09:21

 A la esquina del ‘call center’ Tele Tech, a pocos metros del monumento de la Revolución en Ciudad de México, muchos la conocen ya como “el pequeño LA”.

Los repatriados mexicanos que han sido deportados de Estados Unidos encuentran rápido trabajo en estas empresas (muchas de ellas estadounidenses). Hablan inglés entre ellos, compartiendo recuerdos de su sueño americano truncado, o explicándose las dificultades de adaptación a su propio país de origen después de pasar años en EEUU.

“El 90% del tiempo sigo hablando inglés porque muchos de mis amigos son deportados. Algunos me escuchan por la calle y dicen ‘qué sangrones (entre pedante y graciosillo), ¿por qué hablan en inglés si están en México?’ y no entienden que es mi cultura”, explica a Playground Israel Concha, deportado de los Estados Unidos en 2014, cuando era presidente Obama, y fundador de la asociación civil New Comienzos que ayuda a los deportados recién llegados a México.

Desde la orden ejecutiva de la Administración Trump el número de deportados se ha acelerado y Concha tiene más trabajo que nunca. Solo de enero a marzo han llegado alrededor de 40.000.

La construcción de coches blindados y la seguridad privada son otros sectores que han ofrecido empleo a los deportados, según informó Excelsior.

Las diferencias culturales, la discriminación por el uso de tatuajes, los problemas con el idioma o con la validación de estudios para encontrar empleo, o los salarios bajos en comparación con EEUU son algunos de los problemas que se encuentran a su regreso los deportados mexicanos de la era Trump.

El lado bueno es que su alto nivel de inglés y la formación adquirida en trabajos como la computación, la construcción, la electricidad y la plomería les dan un valor añadido en el mercado mexicano, según informan desde la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo de la Ciudad de México.

Pero la falta de empleos de calidad y la caída del envío de remesas desde EEUU (que supone un 2,5% del PIB mexicano) abren sombríos interrogantes en la economía mexicana y en sus propias vidas. La pobreza es ya una realidad para muchos de los deportados.

El gobierno de Peña Nieto, además, ya ha advertido que le será imposible recibir a los repatriados no mexicanos que la administración Trump también quiere enviar a México.

Hay una historia de nuevas esperanzas y frustraciones en cada uno de los dos millones de deportados entre 2011 y 2015 por Obama, o los casi 40.000 mexicanos expulsados por entre enero y marzo por Trump. Con la nueva administración, hasta 8 millones podrían estar en riesgo de correr la misma suerte si esta cumple sus promesas.

De empleador a empleado de los 'gringos'

La forma que encontró Israel Concha de dar sentido a su regreso a México después de ser deportado en 2014 fue abrir en 2015 una fundación, New Comienzos, que ayuda a los deportados de Estados Unidos.

Entre donaciones y parte de su sueldo como trabajador de un 'call center', echan cables a los recién llegados con apoyo psicológico, ayuda de mentores deportados que llevan más tiempo en México, clases de gramática en castellano, certificaciones de inglés y otros estudios obtenidos en Estados Unidos, o con ayudas de comida y alojamiento para los más vulnerables.

Después de más de 35 años viviendo en Estados Unidos, adonde llegó con apenas dos, Concha fue detenido en 2012 por pasarse de velocidad. “Ahí empezó mi pesadilla”.

Era un indocumentado a pesar de tantos años en el país. Vivía con sus primos y tíos, pero la cercanía familiar no fue suficiente para que le concedieran un visado. Eso sí, consiguió estudiar en la universidad Administración de Empresas e incluso montar un negocio de taxis y limusinas que le funcionaba bien. “Yo empleaba a ciudadanos americanos”, cuenta.

Tras ser arrestado, fue trasladado a un centro de detención de inmigrantes donde estuvo dos años, que pasó batallando judicialmente. En ese tiempo, no pudo ver a su entonces esposa, que estaba embarazada de 5 meses, ni a su hijo, que nació durante su detención. “Cuando lo conocí yo estaba en una corte, pero no me permitieron abrazarlo o besarlo”, rememora.

Deportado en julio de 2014, a Ignacio, que vivió todo el proceso sin llorar ni una sola vez, se le derrumbó el mundo cuando cruzó la frontera. “La policía se pone detrás de ti y te dice que cruces andando, te corren como a un perro. Cuando llegué a México, rompí a llorar”.

“Toda mi vida de más de 30 años en Estados Unidos era una pequeña bolsa con pertenencias. Y me la robaron”, narra Israel en referencia al secuestro que sufrió cuando cruzó la frontera nada más llegar a su país de origen. Le torturaron, además, al confundirlo con un agente de la DEA porque portaba un documento sellado por el FBI que acreditaba su falta de antecedentes penales.

Una vez en el Ciudad de México, por su nivel de inglés, a Concha no le costó encontrar empleo en un ‘call center’, pero su vida de empresario exitoso no es ya más que un recuerdo. “Desafortunadamente, el outsourcing (externalización) está muy de moda en México, de forma que a veces trabajamos en los ‘call center’ para una multinacional estadounidense pero sin los sueldos que tendríamos allí”. Aunque él ha tenido más suerte, los contratos en los 'call center' no se suelen prolongar por más de ocho meses.

Aunque con su asociación Israel ayuda a adaptarse a los nuevos deportados, él sigue echando de menos ciertas cosas del país donde creció. “Allí las leyes las cumple todo el mundo y aquí parece que a mucha gente le da igual”, cuenta.

Y define como “terapia” ir a comprar a Walmart, los grandes almacenes estadounidenses emplazados en la capital mexicana donde revive sensaciones de su vida pasada.

Dice que vive “un exilio americano” y le gusta describir a los repatriados como "dreamers", como si el Sueño Mexicano fuera la versión 2.0, obligada, del ‘american dream’ que muchos saborearon.

Problemas con el español

Para Luis Fernando Ortiz, que a sus 22 años fue uno de los primeros deportados de la era Trump el pasado mes de febrero, lo más difícil está siendo vivir la inseguridad de Ciudad de México en relación a su vida en Lexington, Kentucky, donde creció.

“Todo el mundo te avisa de que no vayas por un sitio o por otro porque te pueden atracar. Uno no anda tranquilo hacia el trabajo o hacia su casa. Tienes que andar con cuidado con cómo vistes o con no enseñar el teléfono”, lamenta. Los deportados, muchas veces, visten ropas más caras y vistosas que el común de los mexicanos.

Cada cuatro frases, Luis Fernando suelta un “so”, en inglés, del que se adivina que todavía piensa en el idioma con el que creció desde los 10 años. "He tenido problemas para volver a hablar español y, sobre todo, para escribirlo", reconoce.

Cuando fue detenido después de una discusión con su mujer en casa, cuenta, se encontraba en medio de un proceso para arreglar sus papeles por el DACA, excepción para legalizar migrantes que crecieron en Estados Unidos. “No les importó”, asegura.

Después de siete meses luchando por quedarse, cuando vio que “no había esperanza”, firmó su deportación. “En el centro de detención, me mezclaron con presos comunes y sufrí discriminación tanto de algunos oficiales como de otros detenidos”, explica.

Trabajador de la construcción y en ranchos en Estados Unidos, se truncó su carrera profesional cuando ya era supervisor de una constructora.

Sus cursos de diseño gráfico, ‘webdesign’ y de administración de empresas no le sirven por ahora en México, cuyo estado está trabajando para homologar las titulaciones estadounidenses.

Así que, como tantos otros, fue a parar a un ‘call center’, después de recibir durante un tiempo la ayuda de 2.246 pesos mensuales que presta el gobierno de la Ciudad de México de desempleo para los repatriados. “El ‘call center’ es un trabajo que queriendo o no tienes que aceptar. Es el único que aplica rápidamente tus habilidades como bilingüe, porque en otros hay todo un papeleo de certificar cursos o conocimientos que aquí no tienen validez”.

Sólo un 5% de los deportados se convierten en emprendedores según un reportaje de Univisión. La gran mayoría dan varios pasos atrás en su vida. “La vida es muy diferente. Yo tenía mi casa, mi carro, lo tenía todo. Ahora no tengo nada y además se me complica el idioma”.

La decepción con el gobierno de Trump de Luis Fernando es contundente: “Con Obama estábamos más seguros. Aunque México sea más peligroso, allí también vas preocupado por la calle desde que gobierna Trump, pero no con los atracos, sino con que te deporten, te criminalicen o te detengan durante meses”.

"Con Hillary Clinton me habrían deportado igualmente"

Juan Carlos Cardona piensa radicalmente diferente a su paisano sobre la victoria de Trump: “Obama ya deportaba a muchos y, aunque hubiera ganado Hillary Clinton, seguramente me habrían deportado”.

En los últimos diez años, Cardona fue circulando por lo largo y ancho de Estados Unidos allá donde hubiera trabajo. Como ilegal.

Aunque salió con la carrera de Derecho bajo el brazo, empezó trabajando en la pizca del chile rojo, cerca de la frontera, desde las cinco de la mañana hasta las cuatro de la tarde. “Vivíamos en una casita móvil con diez personas en dos cuartos, nos pagaban un dólar por cada bote de chile que llevábamos y yo conseguía entre 80 y 100 diarios”, recuerda.

En Arizona encontró un trabajo mejor, en la limpieza de estadios deportivos. “Empecé de abajo y llegué a supervisor. Estados Unidos tiene eso: tú trabajas y vives mejor, vas ascendiendo”.

Las Vegas, Los Ángeles, Oregon, North Dakota, Chicago vieron pasar a Juan Carlos, siempre trabajando, según cuenta, hasta llegar a un pueblo “a 20 o 30 casas de Canadá, donde hacía un frío endemoniado”.

“En Estados Unidos trabajas para comprarte cosas, tu televisión, tu carro... En México, con los sueldos que hay, a duras penas da para subsistir. Ese es el problema. No es que no haya trabajo: es que pagan muy mal, como tres veces menos”, lamenta. Ttiene claro que no quiere volver a trabajar más como asalariado en México.

De hecho, ha regresado con una mentalidad emprendedora que, asegura, aprendió en Estados Unidos. Los 2.500 pesos al mes que le da el Estado como subsidio de desempleo los invierte en dulces que luego vende en ciudades cercanas a Ciudad de México. “A lo mejor a una señora que vende en la calle no le sale a cuenta perder unas cuantas horas en ir a comprar el producto al D.F. para comprarlo más barato”.

Los estadounidenses son muy buenos vendiendo y a mí eso me ha servido. Te explican bien lo que tiene cada producto, tienen la información de los ingredientes, de la procedencia y cuidan al cliente. Yo hago lo mismo y aquí a muchos vendedores les da un poco igual”, expresa.

A Juan Carlos le gustaba la variedad gastronómica de Estados Unidos, donde comía sobre todo comida china y hamburguesa. Pero es sorprendente que el plato que más extraña en su propio país sea un plato mexicano. “Allá comía muchos burritos, me gustan más. No me va mucho el picante”, lanza.

Desde que lo expulsaron el pasado mes de febrero de Estados Unidos, dice, presta más atención a la calidad del producto que al precio. Por eso, y parece un ritual de repatriados, prefiere comprar en Walmart antes que en cualquier comercio mexicano. Las multinacionales ‘gringas’ también sirven para atenuar nostalgias.

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