Reportajes

Lee en exclusiva un avance de “Retromanía”, el último libro de Simon Reynolds

La editorial argentina Caja Negra publica la traducción al español de uno de los ensayos definitivos sobre la cultura pop en el siglo XXI

Por cortesía de la editorial Caja Negra, os ofrecemos un adelanto de la traducción al castellano de “Retromanía”, el completísimo ensayo de Simon Reynolds sobre la cultura de la nostalgia y la obsesión del pop con su propio pasado.

Esta semana, la editorial argentina Caja Negra, con base en Buenos Aires, lanza la esperada traducción al castellano de “Retromanía. La Adicción Del Pop A Su Propio Pasado”, un ensayo publicado originalmente por Faber & Faber en Inglaterra en la primavera de 2011 y que se ha confirmado como uno de los libros sobre música más inteligentes y certeros de los últimos años. La obra de Simon Reynolds analiza la oleada de nostalgia reciente y la desmenuza hasta intentar resolver una pregunta crucial: ¿está el pop condenado a repetirse, vistos los últimos movimientos encaminados a lo vintage y a la autorreferencia, o hay todavía posibilidades de que la cultura de masas encuentre formas novedosas de expresarse?

“Retromanía” es un esfuerzo titánico por localizar las raíces de la moda retro, sus primeras manifestaciones en décadas anteriores y el boom masivo de lo retro en los últimos diez años, con abundantes entrevistas y capítulos temáticos dedicados a escenas diversas relacionadas con el coleccionismo –de discos, ropa o instrumentos– o la efervescencia de movimientos musicales con un ojo en el pasado y en el presente a la vez.

Por cortesía de Caja Negra Editora, hoy os avanzamos un fragmento de su edición en castellano, en traducción de Teresa Arijón y al cuidado de Pablo Schanton. Además, a partir de mañana podréis leer, también en PlayGround, una extensa entrevista con Simon Reynolds en la que nos cuenta cómo gestó y desarrolló un libro esencial para entender cómo es la cultura pop en la segunda década del siglo XXI.

Introducción: La década “Re”

Vivimos en una era del pop que se ha vuelto loca por lo retro y fanática de la conmemoración. Bandas que vuelven a juntarse y giras de reunión, álbumes tributo y cajas recopilatorias, festivales aniversario y conciertos en vivo de álbumes clásicos: cada nuevo año es mejor que el anterior para consumir música de ayer.

¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado?

Es probable que estas palabras sean innecesariamente apocalípticas. Pero el escenario que imagino no es un cataclismo sino un debilitamiento gradual. Así termina el pop, no con un bang sino con una caja recopilatoria cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar y una entrada sobrevaluada para la puesta en escena, tema por tema, del show del álbum de los Pixies o de Pavement que escuchábamos a morir el primer año de la universidad.

Alguna vez, el metabolismo del pop zumbaba de energía dinámica, produciendo esa sensación de sumergirse-en-el-futuro tan característica de periodos tales como los sesenta psicodélicos, los setenta post-punks, los ochenta del hip hop y los noventa de la rave. Los años 2000 tienen otra impronta. Tim Finney, el crítico de Pitchfork, advirtió “la curiosa lentitud con que avanza esta década”. Finney se refería específicamente a la música dance electrónica, que a lo largo de los noventa había sido la vanguardia de la cultura pop y producía un nuevo “Próximo Gran Éxito” cada temporada. Pero la observación de Finney no solamente puede aplicarse a la música dance sino también a la música pop en su conjunto. La sensación de estar avanzando se fue volviendo cada vez más lánguida con el transcurso de la década. El tiempo parecía aletargado, como un río que comienza a serpentear dejando aguas estancadas a su paso.

Si el pulso del ahora se sentía más débil con cada año que pasaba, es porque en los 2000 el presente del pop fue paulatinamente invadido por el pasado, ya sea en forma de recuerdos archivados del ayer o de viejos estilos pirateados por el retro-rock. En lugar de ser lo que eran, los 2000 se limitaron a reproducir muchas de las décadas anteriores al unísono: una simultaneidad temporal del pop que termina por abolir la historia e impide que el presente se perciba a sí mismo como una época dotada de identidad y sensibilidad propias y distintivas.

En vez de ser un umbral hacia el futuro, los primeros diez años del siglo xxi resultaron ser una década “re”. Los 2000 estuvieron dominados por el prefijo “re”: revivals, reediciones, remakes, reescenificaciones. Retrospección interminable: cada año traía una nueva racha de aniversarios, con su concomitante superabundancia de biografías, memorias, rockumentales, biopics y números conmemorativos de revistas. Además estaban las reformaciones (nuevas formaciones) de las bandas, ya se tratara de grupos que se reunían para realizar giras nostálgicas cuyo objetivo era reabastecer (o abultar todavía más) las cuentas bancarias de sus integrantes (The Police, Led Zeppelin, Pixies… la lista es interminable) o de una precuela para retornar al estudio de grabación y relanzar sus carreras (Stooges, Throbbing Gristle, Devo, Fleetwood Mac, My Bloody Valentine et al.).

Si sólo se tratara del regreso de la vieja música y de los viejos músicos, en forma de archivo o como artistas reanimados… Pero los 2000 fueron también la década del reciclado rampante: géneros del pasado revividos y renovados, material sonoro vintage reprocesado y recombinado. Con demasiada frecuencia podía detectarse en las nuevas bandas de jóvenes, bajo la piel tirante y las mejillas rosadas, la carne gris y floja de las viejas ideas.

A medida que transcurría la década, el intervalo entre la ocurrencia de algo y el momento de revisitarlo parecía achicarse insidiosamente. La serie televisiva “I Love the [Decade]”, creada por la BBC y adaptada por VH1 para los Estados Unidos, depredó los setenta, los ochenta y los noventa, y luego –con “I Love the Millenium”, que salió al aire en el verano de 2008– depredó los 2000 incluso antes de que terminara la década. Mientras tanto, los tentáculos de la industria de la reedición ya habían abarcado hasta el último tramo de los años noventa con las cajas recopilatorias y las versiones remasterizadas/aumentadas del minimal techno alemán, el britpop y hasta los peores álbumes de Morrissey. La marea creciente del pasado histórico está mojándonos los tobillos. Los revivals fueron la escena musical más influida por la “Regla de los veinte años del revivalismo”: los ochenta estuvieron “in” durante gran parte de los 2000 bajo la forma del post-punk, el electropop y, más recientemente, el resurgimiento gótico. Pero también hubo etapas precoces de revivalismo de los noventa, con la moda del nu-rave y el ascenso del shoegaze, el grunge y el britpop como puntos de referencia para las nuevas bandas indie.

La palabra “retro” tiene un significado específico: se refiere a un fetiche autoconsciente por la estilización de un período (en cuanto a música, ropa y diseño) que se expresa creativamente a través del pastiche y la cita. Lo retro, en su sentido más estricto, tiende a ser la prerrogativa de los estetas, los connoisseurs y los coleccionistas, personas que poseen una profundidad de conocimiento casi académica combinada con un afilado sentido de la ironía. Pero la palabra empezó a usarse de una manera mucho más vaga para describir todo aquello que está relacionado con el pasado relativamente reciente de la cultura pop. Siguiendo este uso común y menos estricto de la palabra, “Retromanía” investiga el espectro completo de usos y abusos contemporáneos del pasado pop. Esto incluye fenómenos tales como la presencia cada vez mayor de la vieja cultura pop en nuestras vidas: desde la accesibilidad de los discos de catálogo hasta el gigantesco archivo colectivo de YouTube y los cambios masivos en el consumo de música que son consecuencia directa de aparatos reproductores como el iPod (que muchas veces funciona como una estación de radio personal donde sólo transmiten “oldies”). Otro aspecto importante es el envejecimiento natural de la música rock después de unos cincuenta años de existencia: artistas del pasado que continúan vigentes y siguen haciendo giras y grabando discos, pero también artistas del pasado que preparan su regreso después de un largo período de silencio. Por último, está la “nueva vieja” música de los músicos jóvenes que buscan sustento en el pasado, y casi siempre lo hacen de manera claramente ostentosa y arty.

Por supuesto que las épocas anteriores a la nuestra tuvieron sus propias obsesiones con la Antigüedad, desde la veneración renacentista por el clasicismo griego y romano hasta las invocaciones medievales del gótico. Pero nunca existió en la historia humana una sociedad tan obsesionada por los artefactos culturales de su propio pasado inmediato. Eso es lo que distingue a lo retro del “anticuarismo” y de la historia: la fascinación por las modas, las tendencias, los sonidos y las estrellas del pasado reciente. Cada vez más, eso remite a una cultura pop que experimentamos por primera vez en su momento (como individuos conscientes y conocedores del pop, a diferencia de lo que vivimos sin tomar conciencia cuando éramos niños).

Esta clase de retromanía se ha transformado en una fuerza dominante de nuestra cultura, a tal extremo que parecemos haber llegado a una suerte de punto de inflexión. ¿La nostalgia obstaculiza la capacidad de avanzar de nuestra cultura? ¿O somos nostálgicos precisamente porque nuestra cultura ha dejado de avanzar y por lo tanto debemos mirar inevitablemente hacia atrás en busca de momentos más potentes y dinámicos? ¿Pero qué ocurrirá cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigiendo a una suerte de catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la historia pop se habrán agotado? Y de todas las cosas que ocurrieron durante la década pasada, ¿cuáles podrían alimentar la locura nostálgica y las tendencias retro del mañana?

No soy el único que se siente perplejo ante estas perspectivas. Ya perdí la cuenta del número de columnas periodísticas y posteos en blogs que se preguntan dónde quedaron la innovación y la rebeldía en la música. ¿Dónde están los nuevos grandes géneros y las subculturas del siglo xxi? A veces son los propios músicos los que hacen vibrar la nota de un cansado déjà vu. En una entrevista de 2007, Sufjan Stevens declaró: “El rock and roll es una pieza de museo. […] Hoy existen grandes bandas de rock: me encantan los White Stripes, me encantan los Raconteurs. Pero es una pieza de museo. Ir a esos clubes es como mirar el History Channel. Lo único que hacen es volver a poner en escena un viejo sentimiento. Canalizan los fantasmas de aquella era: los Who, el punk rock, los Sex Pistols, lo que sea. Ya fue. La rebelión ha terminado”.

Más allá de su ubicuidad a lo largo y a lo ancho de la cultura, la conciencia retro prevalece crónicamente en la música. Esto quizás pueda deberse a que, en cierto modo, su presencia parece especialmente errada allí. El pop debería ser el reino del tiempo presente, ¿no? Se lo sigue considerando el territorio de los jóvenes, y se supone que los jóvenes no son nostálgicos: todavía no han andado lo suficiente como para construir un rezago de recuerdos preciosos. Del mismo modo, la esencia del pop es la exhortación a “estar aquí ahora”, lo que significa “vivir como si el mañana no existiera” y “romper las cadenas del ayer”. La conexión de la música pop con lo nuevo y con el ahora explica su capacidad inigualable para destilar la atmósfera de una etapa histórica. En las películas y los programas televisivos de época no hay nada que conjure la vibra de un determinado período histórico con mayor eficacia que las canciones populares de aquel momento. Nada… excepto tal vez la moda, que, misteriosamente, es la otra área de la cultura popular donde cunde lo retro. En ambos casos esa misma actualidad, esa cualidad epocal, les impone una fecha de vencimiento. Pero luego, después de un intervalo decente, las vuelve poderosamente evocadoras y totalmente aptas para el revival.

En términos del mainstream de la música pop, la mayoría de las tendencias comercialmente dominantes de los 2000 incluían el reciclaje: el resurgimiento del garage-punk con The White Stripes, The Hives, The Vines, Jet et al.; el estilo vintage-soul de Amy Winehouse, Duffy, Adele y otras cantantes jóvenes blancas británicas que pasan por lady singers negras norteamericanas de los sesenta; femmes inspiradas en el synth-pop de los ochenta como La Roux, Little Boots y Lady Gaga. Pero donde lo retro verdaderamente reina como sensibilidad dominante y paradigma creativo es en la tierra de lo hipster, el equivalente pop de la alta cultura. Las mismas personas que uno esperaría que produzcan (en tanto que artistas) o defiendan (en tanto que consumidores) lo no convencional y lo innovador: ese es justamente el grupo más adicto al pasado. En términos demográficos, es exactamente la misma clase social de avanzada, pero en vez de ser pioneros e innovadores han cambiado de rol y ahora son curadores y archivistas. La vanguardia devino retaguardia.

Llegado a cierto punto, la voluminosa masa del pasado acumulado en la música empezó a ejercer cierta fuerza de gravedad. La sensación de movimiento, de dirigirse hacia algún lugar, podía ser fácilmente satisfecha ( más fácilmente, de hecho) yendo hacia atrás, sumergiéndose en ese inmenso pasado, que yendo hacia adelante. No dejaba de ser un impulso exploratorio, pero transformado en arqueología.

Uno ya podía observar cómo este síndrome comenzaba a surgir allá por los ochenta, pero alcanzó grandes proporciones en la década pasada. Los jóvenes músicos que llegaron a la mayoría de edad en los últimos diez años crecieron en un clima en el que el pasado musical es accesible hasta un grado de saturación sin precedentes. El resultado es un método de composición recombinante que por lo general conduce a una constelación meticulosamente organizada de puntos de referencia y alusiones: tramas sonoras de exquisito y con frecuencia sorprendente gusto que atraviesan las décadas y los océanos. Yo acostumbraba llamar “rock hecho por coleccionistas” a este enfoque, pero hoy en día ya no es necesario coleccionar discos; basta con tener una buena cosecha de Mp3 y recorrer YouTube. Se puede acceder gratis a todo el sonido, la imagen y la información que antes costaban dinero y esfuerzo físico: basta con pulsar algunas teclas y clickear el mouse.

Esto no equivale a decir que no ha pasado nada en la música de los 2000. En muchos sentidos, hubo una vorágine de microtendencias, subgéneros y estilos recombinados. Pero las transformaciones más potentes estuvieron relacionadas, de lejos, con nuestros modos de consumo y distribución. Y estos modelos fomentaron la retromanía. Nos hemos vuelto víctimas de nuestra siempre creciente capacidad de almacenar, organizar, acceder instantáneamente y compartir enormes cantidades de información cultural. No sólo nunca hubo antes una sociedad tan obsesionada con los artefactos culturales de su pasado inmediato; tampoco hubo nunca antes una sociedad que pudiera acceder al pasado inmediato con tanta facilidad y abundancia.

No obstante, “Retromanía” no es una denuncia lisa y llana de lo retro en tanto que manifestación de regresión o decadencia cultural. ¿Cómo podría serlo, cuando yo mismo soy cómplice? Así como he escrito artículos y reseñas periodísticas sobre la “música que abre nuevas fronteras” como la rave y la electrónica, y así como he celebrado la existencia de movimientos que eran puro futurismo como el postpunk, también he sido un ávido partícipe de la cultura retro: como historiador, como reseñista de reediciones, como cabeza parlante en documentales de rock y como escritor de booklets. Pero esto va más allá del desempeño profesional. Como fan de la música, soy tan adicto a la retrospección como cualquiera: merodeo por las tiendas de discos de segunda mano, estudio minuciosamente los libros de rock, vivo pegado a VH1 Classic y YouTube, devoro documentales de rock. Añoro el futuro que nos ha dejado atrás, pero también siento la atracción del pasado.

[...]

He dedicado mucho tiempo y amor a ciertas bandas que podrían ser fácilmente desestimadas como un mero pastiche retro. Tuve que recurrir a argumentos ingeniosos y metáforas torturadas para explicar por qué más de una banda particularmente adorada por mí no integra el grupo de los necrófilos ladrones de tumbas. El ejemplo más reciente es Ariel Pink, probablemente mi músico favorito de los 2000, cuyo “Before Today” fue unánimemente aclamado como uno de los mejores álbumes de 2010. Sin el menor rastro de vergüenza, Ariel describe su sonido –un entramado de ecos borrosos de pop radial idílico de los sesenta, setenta y ochenta– como “retrolicioso”. ¡Y lo es! Después de todo, la nostalgia es una de las grandes emociones pop. Y a veces, esa nostalgia puede encarnar la agridulce añoranza del pop por su propia edad dorada perdida. En otras palabras: algunos de los grandes artistas de nuestra época están haciendo música cuya emoción primordial se dirige hacia otra música, hacia una música anterior. Pero una vez más ¿no hay algo profundamente errado en el hecho de que tanta de la mejor música de la última década suene como si hubiera sido compuesta veinte, treinta o incluso cuarenta años atrás?

Hasta ahora, la introducción era lo último que escribía cuando escribía un libro. Esta vez empecé por el principio. No estoy tan seguro de lo que voy a encontrar en el camino. Este libro es fundamentalmente una investigación: no sólo acerca de los comos y los porqués de lo retro en tanto que cultura y en tanto que industria, sino también acerca de otros temas más amplios relacionados con vivir en, vivir fuera de y vivir con el pasado. Dado que yo mismo disfruto de muchos aspectos de lo retro, ¿por qué sigo sintiendo, en el fondo, que es vulgar y vergonzoso? ¿Qué tan nuevo es este fenómeno de la retromanía y hasta dónde pueden rastrearse sus raíces en la historia del pop? ¿La retromanía llegó para quedarse o un buen día la dejaremos atrás y descubriremos que no ha sido otra cosa que una etapa histórica? De ser así, ¿qué hay más allá de ella?

Ficha técnica

Retromanía. La Adicción Del Pop A Su Propio Pasado

Autor: Simon Reynolds

Edición al cuidado de: Pablo Schanton

Traducción: Teresa Arijón

Páginas: 448

Precio: 22 euros (España) / 130 pesos (Argentina)

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