Reportajes

Lee un avance de “El Libro De Las Bromas”, la novela erótica y escatológica del heterodoxo Momus

El debut literario del excéntrico auteur indie, editado originalmente en 2009, llega en traducción española este lunes vía Alpha Decay

Momus, al margen de sus más de 20 álbumes dentro del indie, ha empezado hace poco una carrera como novelista. Su primer libro es “El Libro de las Bromas”, con ecos de Bataille y Rabelais, que la semana que viene pone a la venta en castellano la editorial Alpha Decay. Aquí ofrecemos un avance sólo para tus ojos.

Fotografía de Paul Mpagi Sepuya

Nicholas Currie tiene un currículum abrumador como compositor de canciones –ha editado más de 20 álbumes desde 1986 que le han ubicado en el circuito indie como uno de los autores más productivos e inteligentes, siempre con su nom de plume Momus–, y hace tiempo también que se dedica a escribir. En el principio fue el articulismo: ha entregado ensayos y piezas de análisis pop para el New York Times o Wired y, durante un tiempo, incluso mantuvo una columna mensual en esta web que ahora lees. Pero comenzó a llamarle la atención la novela y en 2009 firmó la primera de muchas que están por venir: “The Book Of Jokes”, un libro que la editorial Alpha Decay llevará en castellano a las librerías la próxima semana con el título de “El Libro de las Bromas”, dentro de su colección ‘Héroes Modernos’.

Pero antes de que llegue ese día –el lunes 22 de octubre, para ser exactos–, queremos que puedas leer un fragmento del libro para hacerte una idea de su contenido (aunque eso, en realidad, es difícil de explicar). El punto de partida es el siguiente: Sebastian Skeleton escapa de la cárcel con un asesino y un pederasta y durante la fuga narra su historia, vivencias dentro de una familia rara donde los acontecimientos se suceden en una delirante espiral de escatología, sexo y brutalismo. El libro, por tanto, es una memoria ficticia de unos años de formación –una anti-educación sentimental– con abundantes referencias a los fenómenos fisiológicos y culturales más repugnantes. Las críticas en el mundo anglosajón fueron unánimes y entregadas, poniendo de relieve las deudas contraídas por Momus con el cuento tardo-medieval –principalmente Boccaccio y su “Decamerón”– y la novela renacentista francesa, que es como decir el “Gargantúa” de Rabelais, pero sobre todo con la novela erótica –también francesa– de principios del siglo XX, la que llegó a sus mayores cotas de perversión y descontrol surrealista con Apollinaire ( “Las Once Mil Vergas”) y Bataille ( “Historia Del Ojo”). Todo ello mezclado, cómo no, con el cinismo escocés de Momus que siempre ha exhibido en las letras de sus canciones. El lunes dejaremos que sea él mismo quien nos cuente cosas sobre “El Libro de las Bromas” en una entrevista que le hemos realizado. Ahora es el momento de catar su literatura. Aquí van los dos primeros capítulos de “El Libro de las Bromas”.

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1.

Es una noche de finales de junio y nieva al tiempo que la leche se derrama por el mundo resquebrajado que habita en la cabeza asesinada.

Me despierto en la casa de cristal. Fuera, los faroleros trepan a mi ventana por escaleras de vidrio mientras humedecen sus lámparas ardiendo. Dentro, las polillas se dan de bruces tontamente contra los rincones.

No puedo esconderme en ninguna parte. Papá bloquea la entrada de la habitación de mi hermana, sobre cuyo vientre de vello fino se cierne la sombra de él. Los faroleros asoman sus cabezas para ver mejor. Contarán lo que han visto a los carteros, los carteros se lo contarán a los profesores y los profesores se lo contarán (en tono solemne) a sus alumnos. Y luego, los matones de la escuela vendrán a buscarme a un lavabo pringado de pis y me lo contarán a mí.

Pero yo esa historia ya me la sé. Porque ya me conozco las correrías de la polla de papá.

Sucedió en los lavabos de la escuela. Schott y sus secuaces abrieron la puerta de mi cubículo a patadas y se quedaron plantados frente a mí, que tenía los pantalones bajados, formando un círculo y con aire socarrón.

—¿Qué prefieres? ¿Morir plácidamente mientras duermes, como tu abuelito? —me preguntaron, agarrándome y metiéndome la cabeza dentro del retrete—, ¿o gritando de miedo, como sus pasajeros?

Era una pregunta retórica. No, más bien era una broma.

Aunque breve, aquella broma tenía un tiempo, un espacio y un escenario. Podías detenerla y dejar el chiste final en suspenso el tiempo suficiente como para irte a fumar un cigarrillo, charlar con los demás pasajeros, echar una meada o mirar por la ventana.

Me sumí en aquella grotesca historia. Subí al autocar de mi abuelo y me estiré en dos asientos. Estaban forrados con fibra acrílica de orlón, una mezcla de goma elástica y tejido sintético. Sabía que se llamaba así porque en una ocasión, mi abuelo, al volante del vehículo, me lo había comentado.

El orlón resultaba cómodo. Por el hueco entre asiento y asiento vislumbré la coronilla del abuelo y, reflejados en el retrovisor, sus ojos todavía en avizor.

Me marcharía de aquella comedia antes del accidente mortal, pero de momento no tenía ninguna prisa. Me sentía como el jugador de videojuegos que abandona una historia llena de acción para irse a pasear y contemplar árboles poligonales en parques pacíficos y configurados en mapas de bits amenizados por múltiples cantos de pájaros.

—¿Todo bien? —les pregunté a una mujer y a su hija regordeta que estaban sentadas frente a mí al otro lado del pasillo.

—Muy bien, gracias —contestó la madre con cierta frialdad mientras la hija me clavaba su mirada de ojos saltones.

Me puse a soñar despierto. Soñé con pastores tocando zampoñas, con cuadros escoceses expresionistas, con campos de golf, con cuadras y con Edith Sitwell (la «siéntate bien»). Me entró sueño, pero enseguida me puse alerta, pues mi vida dependía de que no me quedara dormido en mitad de aquella historia. Si me dormía moriría.

Volví a dirigirme a la madre y a su rolliza hija justo en el momento en que aquélla sacaba sándwiches de pepino de una caja de plástico.

—Soy el nieto del conductor del autobús —dije, en un tono más alto que el ruido del motor.

—¡Ah! —leí en sus labios—, ¡pues qué bien!

—El nieto del director de esta farsa. Pero el ruido del acelerador engulló mis palabras.

Giramos en una esquina especialmente traicionera. El abuelo metió primera.

La chica entrada en carnes cogió la cajita de su base de maquillaje de color rosa anaranjado y la levantó, apuntando el espejo que contenía hacia la ventana. Me conocía el juego: si inclinabas el espejo hacia delante cuarenta y cinco grados, lo ponías de cara a la ventana y enfocabas un ojo, te daba la sensación de estar dentro de la cabina de un vehículo puntiagudo y de estar precipitándote en un excitante paisaje simétrico.

Qué pena, aquella chica nunca llegaría a tener mi edad. Formaba parte de una historia en la que habría un accidente de autobús. Me pregunté si debía sacar el tema, advertir a los demás pasajeros, poner en alerta a mi abuelo y servirle café del termo que sabía que guardaba en su bolsa militar de lona.

Pero insisto, ¿para qué? No era más que una broma que el viejo se había inventado para ver saltar su autobús por los aires en su imaginación. Todo el paisaje era de cartón piedra, y todas las personas y cosas que lo poblaban se habían creado para echar unas risas. Él y yo tendríamos la oportunidad de vernos en otras bromas.

Volví a mirarle a los ojos por el espejo del retrovisor y me di cuenta de que le pesaban y de que se le estaban cerrando. En apenas unos segundos el autobús invadiría el duro arcén, explotaría al atravesar la barrera de seguridad y, poquito a poco, se precipitaría por el barranco de contorno irregular. Había llegado la hora de marcharse.

Una risa estentórea retumbó en el lavabo emporcado de pis. Pero yo no fui capaz de esbozar una sonrisa.

—No lo pilla —gritó Ben Nelson, el fiel lugarteniente de Schott.

—Lo pillará; tenlo por seguro —afirmó Schott.

2.

Me llamo Sebastian Skeleton y éste es mi diario de prisión.

Hoy en el patio de la cárcel he oído a dos criminales discutiendo sobre si es posible que dos individuos sean tíos respectivamente el uno del otro.

—Pues claro que es posible —ha dicho uno (el pederasta).

—No, es imposible —le ha contradicho el otro (el asesino).

—Vamos a ver, ¿verdad que un individuo puede ser tío de otro individuo? —ha preguntado el pederasta.

—Por supuesto que sí, no es eso lo que pongo en duda —ha respondido el asesino.

—Entonces lo único que tengo que demostrarte es que un individuo puede tener un tío que al mismo tiempo sea su sobrino.

—¿Pero cómo puede llegar a ocurrir tal cosa? —ha inquirido el asesino.

—Pues porque ese individuo sería su tío como fruto de una unión carnal y su sobrino como fruto de otra.

El asesino, que era un poco corto de luces, ha permanecido en silencio un rato mientras trataba de desentrañar en su cabeza si tal cosa podía o no podía llegar a ocurrir.

—Necesito un trozo de papel —ha dicho.

El pederasta ha caminado hacia una parte de la pared que estaba limpia, ha cogido una piedra afilada y ha garabateado un enrevesado árbol familiar en el cemento oscuro.

—Vamos a ver —ha empezado a explicar—, aquí hay una familia. Y aquí hay otra. Y aquí en el medio estoy yo.

—Muy bien —ha asentido el asesino.

— Pues veamos, mi tío es el hermano de mi madre, ¿no?

—Sí —ha contestado el asesino—. Ése es tu tío. El hermano de tu madre.

—Pero resulta que también es mi sobrino —ha proseguido el pederasta.

—¿Pero cómo?

—Porque yo soy hermano de su padre.

—¡No puedes ser hermano de su padre!

—¿Y por qué no?

—¡Porque tu tío es hermano de tu madre!

—¿Y qué tiene eso que ver? —ha objetado el pederasta. Se ha puesto a llover y he desviado mi atención de la discusión un par de minutos, durante los que he estado observando una refinería química perdida en el horizonte. Diminutas llamas humeaban sobre chimeneas de acero y se reflejaban en las misteriosas estructuras abovedadas de los alrededores. Era un paisaje que contemplaba a diario y que me colmaba de optimismo.

Cuando me he vuelto a centrar en la discusión, los dos hombres seguían sin ponerse de acuerdo.

El asesino parecía confuso:

—No puedes ser hermano de su madre ni de su padre porque..., porque es imposible que seas tan mayor.

—¿Por qué no puedo ser tan mayor? —ha opuesto el pederasta.

—Pues porque tienes que ser lo bastante joven como para ser el hijo de su hermana —ha sostenido con firmeza el asesino.

—Su hermana es mayor, muy mayor —ha precisado el pederasta—. Me tuvo cuando era muy joven. Así pues, sus padres le tuvieron a él cuando ésta era muy mayor. Si se empieza a follar bien prontito, hay un lapso de tiempo bastante grande como para que quepan dos generaciones, ¿entiendes lo que quiero decir?

—Maldito depravado —ha refunfuñado el asesino, dirigiéndome la mirada primero a mí y luego otra vez al pederasta—, deberías haberte ahogado el día que naciste.

—¿Ahogado? menudo asesino de pacotilla que estás hecho —ha dicho el pederasta, dirigiéndome la mirada primero a mí y luego otra vez a su amigo el asesino—. A la gentuza como tú la pena de muerte se os debería aplicar como medida preventiva. Pero volviendo al asunto que nos ocupa, debes admitir que tengo razón: dos hombres varones pueden ser tíos respectivos el uno del otro.

—No lo entiendo —ha dicho el asesino, frunciendo su ceja rubicunda y pronunciada. No entender el problema le estaba haciendo perder los nervios.

—De acuerdo, déjame que te lo explique despacito, Einstein —ha dicho el pederasta—. Pongamos que tengo cuarenta años. mi madre, que, recuerda, es hermana de mi tío, tiene cincuenta y cinco y a mí me tuvo a los quince.

El asesino estaba furioso.

—Sigue —ha ordenado al pederasta.

—De modo que cuando yo tenía quince años, ¿cuántos años tenía mi madre?

El asesino se lo ha pensado:

—Tenía treinta años, claro.

—Correcto. Y además era una zorra guarrindonga.

Y bien buena que estaba. así que me la tiré. Nueve meses más tarde tuvo a mi tío. Lo llamaron Brian. Era quince años más joven que yo, pero era mi tío, dado que era hermano de mi madre.

Los dos hombres me han mirado y luego se han mirado el uno al otro.

—¡Eso es una puta locura! —Ha chillado el asesino—. ¿Cómo pudo engendrar a su propio hermano follándote a ti? ¡Eres un sucio depravado! ¡Deberían estrangularte!

—Espera, espera, ¡sólo te estaba poniendo a prueba! —Ha reído el pederasta, dando unas palmaditas en el hombro del asesino—. Era sólo una pequeña broma. Claro que tienes razón. Brian nació cuando mi madre tenía treinta años. Los padres de él son los de ella. Brian y mi madre son hermanos. Pero ahora viene lo bueno del caso. ¿Preparado?

El asesino ha contestado con un gruñido.

—El padre de Brian era el hermano de mi madre.

—Te voy a matar —ha amenazado el asesino, fijando su mirada más en mí que en el pederasta—, a ti y a toda tu jodida familia.

Ficha técnica:

Momus: “El Libro de las Bromas” (Alpha Decay, 2012)

Fecha de publicación: 22 de octubre

Páginas: 232

Precio: 22 euros

Traducción de Mónica Sumoy

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