Reportajes

Lana del Rey: la folclórica del susurro decadente

La diva melodramática estuvo anoche en Madrid y, como no podía ser de otra forma, nos trasladamos hasta La Riviera para comprobar cómo se defendía en vivo. Hubo momentos para todo, pero lo que está claro es que aún le faltan tablas a la muchacha.

Lana del Rey se deja querer por sus fans en medio de la histeria enfermiza. Como materialización de su estatus de diva lo entendemos, pero en lo musical hubo momentos totalmente soporíferos durante los 80 minutos que duró.

Para que les voy a engañar: envidio a Lana del Rey. Da igual que pestañeé como buena humana que es, se pase por el arco de triunfo la ley antitabaco encendiéndose un cigarro, se suba el vestido para mostrar muslamen o perpetre un atentado contra ese “Blue Velvet” que se le queda grande. Lo que anoche vimos en La Riviera fue un tsunami de piropos agotador. Que si ‘guapa’, que si ‘reina’, que si ‘I love you’. La devoción folclórica es ciega y falsamente visceral. Todas las mujeres, una vez en la vida por lo menos, deberíamos tener el derecho de sentirnos como ella para aumentar nuestra autoestima. Da igual que te subas al escenario con dos leones de cartón piedra y unas palmeras del chino de debajo de casa. El poder de esas marquesinas que venden trapos suecos ha hecho efecto, agotando todas las entradas con meses de antelación y convirtiendo la cita en una pasarela provinciana de trendsetters que twittean emocionados, gays (ese sector de público tan agradecido siempre) y mariliendres que creen que les quedan bien las ornamentaciones florales capilares.

Salir respaldada por tu propia banda (y un cuarteto de cuerda que hasta que no sonó “Carmen” no se ganó el sueldo) y cantar que tu coño sabe a Pepsi Cola (esa frase para enmarcar de “Cola”) tiene su qué. Aunque la cosa cambia cuando tienes que llevar las riendas de un show de 80 minutos entre psicofonías vocales y un timbre de voz más limitado que las articulaciones de un Playmobil. En el primer tramo “Blue Jeans” o “Born To Die” cumplieron como buen calentamiento, pero ciertamente muchos no pudimos renunciar a los bostezos cuando en la mitad del show apeló al “Terciopelo Azul” lynchiano y promocionó esa “Young And Beautiful” de la banda sonora de “El Gran Gatsby”. Nos pegamos un buen atracón de váliums sin comerlo ni beberlo.

Suplió las deficiencias de la mejor forma posible: creyéndose un maniquí andante. Dicharachera, mostrando el buen hacer de su dentista en todo momento y dejándose querer por el público menos exigente, Lana del Rey quiso demostrarnos que ella no es la chica atormentada y sufrida que explota en sus videoclips. Como punto a favor habría que destacar lo cercana que se muestra ante sus seguidores. Parecía que en cualquier momento se arrancaría con ese “Gracias Por Venir” con el que Lina Morgan se engorilaba cuando era alguien en el Teatro La Latina. Cada una tiene sus armas para disimular la mediocridad, y ella hizo de sí misma el mejor polo de atracción visual.

Cuando únicamente nos quedaba la ingesta masiva de cerveza para sobrellevar la noche, la cosa empezó a animarse. Pese a marcarse una innecesaria versión somnolienta y falta de garra del “Knocking On Heaven’s Door” de Bob Dylan, el directo sumó puntos en su recta final al sonar “Ride”, “Summertime Sadness” o la celebradísima “Video Games”, tres de sus principales puntales. No obstante, alargar hasta los diez minutos “National Anthem” con un tramo instrumental interminable que le sirvió para creerse Isabel Pantoja y gastar la tinta de un boli Bic firmando autógrafos, se lo podía haber ahorrado. Sí, diva hasta sus últimas consecuencias, pero también un icono soporífero que en contadas ocasiones brilla como es debido.

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