Reportajes

L.E.V. 2013: crónica de un fin de semana en el paraíso electrónico

En su séptima edición, el festival asturiano ha vuelto a apuntalar su prestigio con una generosa y alta selección de música electrónica al margen de modas y reglas

Un año más, el festival LEV sigue apuntalando su proyección como uno de los eventos electrónicos más interesantes de Europa. Estuvimos ahí para ver cómo Tim Hecker, Raime y Oneohtrix Point Never se las gastan en directo, y mereció la pena.

Fotografías de Piru de la Puente

Pequeño en dimensiones pero grande en ambición y resultados, el festival gijonense L.E.V. ha dado conclusión a su séptimo año de actividades con la sensación creciente de que estamos, no ya ante uno de los mejores festivales en España, sino de uno de los más interesantes de Europa, cada vez más en sintonía con el Unsound de Cracovia. Con una generosa selección de conciertos audiovisuales y propuestas electrónicas en los márgenes del ambient, la IDM y el techno, el L.E.V. de este año prometía y al final ha estado a la altura de las expectativas. Iván Conte (viernes) y Alicia Álvarez Vaquero (sábado) estuvieron allí este fin de semana y aquí nos lo cuentan.

El viernes

Un festival de música no deja de ser un muestrario de posibilidades a la hora de presentar en directo una propuesta musical. Esto es especialmente importante en el caso de festivales como el LEV, con una programación tan cuidada y enfocada al lado más experimental de la música de baile. La importancia que tiene el estudio en la música de los nombres que aparecen en el cartel de un festival como éste plantan una pregunta básica: ¿cómo es posible llevar estos discos al directo de manera que se justifique su propuesta en un contexto que no sea su medio natural: la sesión de DJ? En la jornada del viernes se pudieron ver y escuchar diversas respuestas a esta pregunta. La diversidad en cuanto a las mismas es una señal inequívoca de la salud del tipo de música al que está enfocado el LEV, que funciona así como un escenario idóneo para tomarle el pulso a la electrónica más inquieta del momento.

Supongo que de manera consciente, el viernes se articuló en torno a una serie de músicos que en los últimos años han integrado de distintas maneras el noise en la electrónica de baile o, simplemente, en contextos sonoros que no son estrictamente los del noise. Al fin y al cabo, la excusa argumental parecería estar sustentada por la charla organizada por la revista The Wire antes del comienzo de los conciertos, y que trató precisamente este tema, que se revela así como una de las líneas maestras de los últimos años. Otro aspecto en común en todas las propuestas fue, como iremos viendo, el énfasis en el aspecto visual.

"Hecker decidió sumergir al público en una oscuridad total, tan solo interrumpida por la iluminación que él mismo necesitaba para trabajar"

Tim Hecker fue el primer gran nombre de la noche, encargado de desplegar sus muros de ruido capaces de sonar, al mismo tiempo, abrasivos y delicados. Hecker decidió sumergir al público en una oscuridad total, tan solo interrumpida por la iluminación que él mismo necesitaba para trabajar. Por supuesto, esta decisión visual hacía la experiencia más inmersiva, sobre todo teniendo en cuenta la gran baza del festival, que es el impecable sonido del teatro de la Laboral. La música de Hecker siempre ha tenido dimensiones épicas, pero con la calidad y el volumen con el que pudimos disfrutarlo aquí se convertía en una experiencia arrolladora que permitía al público distinguir cada uno de los detalles que conforman el magma sonoro ya presente en discos como “Ravedeath, 1972”. En una época en la que la mayoría de los oyentes escuchan la música a través de los minúsculos altavoces de un ordenador o un Smartphone, el directo de Tim Hecker demuestra que para apreciar toda la majestuosidad de su obra es imprescindible hacerse con un buen equipo de música o, al menos, con unos buenos altavoces. Ciertamente, después de oírle en directo se hace complicado pensar en volver a escuchar sus discos en Spotify a través del ordenador, por ejemplo.

Uno de los puntos a favor del LEV es que los conciertos no se solapan. Al ser un festival de dimensiones pequeñas (en cuanto a número de músicos en el cartel, no en cuanto a calidad, claro), se pueden ver todos los conciertos uno detrás del otro con comodidad. Sin embargo, sí que parece haber sido un pequeño error programar a Raime a la una y media de la noche. Su propuesta estética, que avanza a un ritmo mortecino, no era la adecuada para ese momento, especialmente teniendo en cuenta que había que ver el concierto sentado en las comodísimas butacas del teatro. El resultado, claro, fue que una parte del público se durmió, y otra desconectó, a tenor del cansancio en los rostros al terminar. Seguro que con un horario más adecuado la recepción habría sido muy diferente, sobre todo porque al comienzo el entusiasmo entre el público era evidente, evidenciado por la gente que mandaba callar a los que se empeñaban en seguir charlando aún cuando la música había empezado. Musicalmente, eso sí, lo de Raime fue impecable. Como en el resto de conciertos, la buena calidad del sonido en el teatro amplifica el impacto de su música. Para completar, los visuales están tan cuidados como suele ser habitual en el sello Blackest Ever Black al que pertenecen. Estos consistían en inquietantes ralentís en altísima definición en blanco y negro, similares a los que aparecen en “Anticristo” o “Melancolía” de Lars Von Trier, y en la última adaptación al cine del comic Dredd. Creados por la compañía Darkus Films y rodados en una acería en Portugal, humanizaban la propuesta de industrial lúgubre del dúo londinense sin restarle extrañeza. Vistas en una ciudad post-industrial como Gijón resonaban de manera especial. Y en el contexto de la crisis, claro, al fin y al cabo su sonido se enmarca dentro de la afición por lo post-apocalíptico de los últimos años.

"Es posible que su directo sonase más fresco si Lopatin se dejase llevar un poco mas por la improvisación"

Oneohtrix Point Never presentó mucho material nuevo, ya que está a punto de sacar álbum. Lo cierto es que al principio me costó entrar, pero poco a poco sus nuevas propuestas se revelaban tan poliédricas y magnéticas como su producción anterior. A entrar en su mundo también ayudaron de manera especial los visuales, similares a los que aparecen en su DVD “Memory Vague”. El resultado, como ya es habitual en su música, parece como si sumergiésemos referentes sonoros y visuales de los primeros años de Windows y Apple en ácido, mezclados con kosmische musik. A juzgar por el material nuevo, Lopatin controla cada vez mejor el lado compositivo de sus canciones, quizás en perjuicio de la improvisación y del Lopatin solista, aspecto que Tim Hecker destacaba al hablar de su disco conjunto del año pasado. Es posible que su directo sonase más fresco si Lopatin se dejase llevar por la improvisación algo más, pero no parece ser la senda que está explorando en estos momentos. De todos modos, cuando recuperó composiciones anteriores, por ejemplo de “Replica”, estas estaban emborronadas por capas de ruido, así que no se le puede acusar de falta de inquietud. Y, en definitiva, Oneohtrix Point Never tiene una propuesta audiovisual tan sólida que resultó sin problemas una de las más memorables de la noche.

Para los dos últimos conciertos del viernes el escenario pasó a ser la iglesia desacralizada del monumental edificio de la universidad laboral que sirvió de sede, un año más, al LEV. Se trata de un escenario muy peculiar, por su forma ovalada y porque en general parece el decorado para un remake del “Satyricón” de Fellini dirigido por David Lynch (cortinas rojas incluidas). Al igual que el teatro, cuenta con una excelente acústica, y aquí se pudieron escuchar los conciertos de Pole y Andy Stott. El primero inundó la iglesia de su característica maestría a la hora de cimentar con tácticas dub una electrónica que se sirve igual de bien de Jamaica que de Alemania y sus respectivas lecciones sobre cómo levantar un buen proyecto de electrónica. Pole sonó suelto y relajado, su sesión se escuchaba sin esfuerzo y manejó el dinamismo sin problemas. Cuestión de experiencia.

"Stott sació las ganas de baile que se habían acumulado durante una jornada destinada a los sonidos más contemplativos"

Y para cerrar, uno de los nombres más esperados de esta edición. Andy Stott es uno de los productores que ha dominado la escena electrónica de los últimos dos años, gracias a un par de EPs y un LP de sobra conocidos. Apoyado en visuales sacados de viejas películas de terror, el inglés fue el único de la jornada que metió bombo, para algarabía de los asistentes. Y eso no quiere decir que Stott renunciase a sus señas de identidad: su directo, como sus discos, suena al mismo tiempo accesible y atrevido, y supo jugar a crear tensión con sus cartas más experimentales para soltar la bomba del 4x4 en los momentos clave. Quizás en algún momento traspasó la sutilidad de su música en estudio y de la progresión más lineal de sesiones disponibles online como la de Boiler Room, pero así sació las lógicas ganas de baile que se habían acumulado durante una jornada destinada a los sonidos más contemplativos, permitiendo también una lógica continuidad con el cartel del sábado, orientado de manera más evidente a la pista de baile.

Las otras dos propuestas del viernes fueron las que me resultaron menos interesantes. Por una parte Santiago Latorre sampleó en directo su saxo y creo una atmósfera introspectiva y melancólica, sugerente pero quizás demasiado melancólica en el sentido de recrearse en ese sentimiento. Por otra parte, Roly Porter –la (ex) mitad del estupendo dúo de dubstep Vex’d– no acabó de cuajar su directo quizás porque juegan con las mismas bazas sonoras que sus compañeros de cartel en la noche del viernes, pero no demostró la habilidad para construir a partir de esos elementos un discurso con una lógica interna exitosa.

A juzgar por lo visto el viernes, el LEV se vuelve a afianzar un año más como uno de los mejores festivales del territorio nacional. Es conveniente destacar que hayan conseguido sobrevivir en un contexto tan difícil como el actual, pero quizás lo hayan logrado a base de trabajo bien hecho y tener las cosas claras. Son los mismos ingredientes que llevaron al festival de cine de Gijón, bajo la dirección de Jose Luís Cienfuegos, a ser un referente nacional. Ahora que muchos hemos desertado del festival de cine de Gijón por la polémica salida de Cienfuegos y la despistada gestión por parte del partido político de Cascos –que ostenta en la actualidad la alcaldía de Gijón– el LEV es, sin discusión, la principal cita cultural del año en la ciudad asturiana. Iván Conte

El sábado

Tras el atracón visual del viernes, a la mente le resultaba complicado concebir la música sin el acompañamiento de imágenes en movimiento. Para eso estaba el jardín botánico y la IDM pastoral de dot tape dot. Suaves texturas lo-fi que daban los buenos días a los allí congregados de la forma más dulce. Daniel Romero (firma de este proyecto) parecía haber pasado horas de ensayo con el encuadre paisajístico para conseguir la perfecta interacción entre éste y la música. Las aves y el movimiento de las hojas de los árboles aparentaban una perfecta compenetración con el sonido. En esta ocasión, el proyector audiovisual era real, tangible.`

Superada la primera toma de contacto de la mañana y acomodados ya en el lugar, Martin Jenkins ( Pye Corner Audio) pasó a unas maneras más directas de recordarnos por dónde íbamos, a base de un ambient más oscuro, con sus característicos toques hauntology. Mientras el olor a mandanga se incrementaba entre las primeras filas, los cuerpos que hasta hace unos minutos permanecían sentados, se ponían en pie y las extremidades comenzaban ya a moverse por sí solas. El ritmo hipnotizante de la música incitaba al baile mañanero sosegado y a la sonrisa fácil. Minimalismos y repeticiones que cosquillean el cuerpo de abajo a arriba con parsimonia, haciendo que cada sensación resulte más placentera.

En este discurso de la primera parte de la jornada, que poco a poco fue yendo a más, la gota que colmó el vaso responde al nombre de John Roberts, una electrónica más encuadrada en la escena de club. Melodías envolventes que rompían en estallidos cercanos al house y al tech-house. Su sonido particular nos llevó por dónde quiso. Teniendo en cuenta la hora que era (15.00 h. y con el suministro de cervezas del puesto de bebidas del botánico recién terminado), el sonido nos venía al pelo. Calorcito y ramalazos deep-house que hicieron que los asistentes mirasen al artista medio enfurruñados cuando fueron conscientes de que la primera fase del día se había dado por finiquitada de verdad. Llegados a este punto, no quedaba otra que ver cómo se recogían los tenderetes varios del Botánico hasta encontrar alguna conclusión sobre la manera de enfocar la tarde sin que se fuera de las manos antes de tiempo. Mientras John Roberts, con su maleta en mano, abandonaba el lugar, algunos apurábamos un rato más de sol y sosiego… Y de ahí a atravesar la puerta de un garaje y aparecer en una sesión de música electrónica de tarde –muy acorde con la línea L.E.V.– sólo van unas cuantas sidras. Pero cuando se tiene una cita a las 23.00 h. con Futuregold, la demora ni se baraja. Kresy y Jay González debutaban con este proyecto en el escenario del L.E.V, y lo hicieron con una belleza sublime. Dos candelabros rojos ubicados en los laterales de la mesa de Kresy daban un aspecto aún más íntimo a la escena. Atmósferas envolventes que conseguían atrapar al público en un halo de misterio. La confluencia entre dub, R&B y hip hop experimental junto con la voz melancólica de Jay consiguieron que “Meltdowns” (su primer E.P) sonara de lo más evocador, emotivo y elegante (especialmente con la canción que da título a este primer trabajo). Una bonita apertura del último tramo del festival, en la nave, cuando apenas se intuía la que se nos vendría encima.

"Con Evian Christ se daba el pistoletazo de salida al baile incontrolado de la masa"

Pocos minutos más tarde, Evian Christ se ubicaba en el escenario. El fichaje de Tri Angle parecía haber calculado los graves justos y necesarios como para tirar la nave abajo. Durante su tiempo en escena escuchamos los tesoros que el artista esconde bajo “Kings And Them” y enloquecimos gracias el cierre majestuoso de su actuación con el tema “Fuck It, None of Ya’ll Don’t Rap” (orgasmo bass music de los que dejan exhausto al personal). Si el sonido de los graves en las primeras filas no hubiera sido tan brutal, yo también me hubiera metido en esa la locura de bailoteo y headbanging que había desde la famosa columna ubicada en el medio de la nave hacia adelante, pero el sonido en esa zona rebosaba hasta hacer daño. Samples vocales, drone, juke, footwork… el directo de Joshua Leary (su nombre real) es cosa aparte. Con él se daba el pistoletazo de salida al baile incontrolado de la masa, que tendría más capítulos en lo que estaba por llegar, para encontrar su punto más álgido en Emptyset. Tras la atmósfera ghetto y algo sucia que dejaba Evian Christ, llegaba la voz de ensueño de Sinead Mcmillian –50% de Face+Heel junto a Luke Taylor–. Se trataba del debut del dúo en España y a pocos minutos de comenzar consiguieron crear una esfera especialmente emotiva y sensual. Melodías de corte pop melancólico, a veces cercanas al trip hop; pianos infinitos, percusiones, sonido lo-fi. El directo de Face+Heel supuso el punto y final a este tipo de trances sensoriales. El barro y la zapatilla estaban al caer.

James Ginzburg y Paul Purgas (Emptyset) se encargaron personalmente de poner fino al auditorio a base de sacudidas noise. Distorsiones que se clavaban como cuchillos. Aquí los silencios se medían por el peligro de lo que vendría después. Los visuales, a cargo de Joanie Lemercier, simulando el efecto de las interferencias en la señal televisiva, jugaban con las formas y con el ritmo, proyectándose a una velocidad frenética, como flashes visuales; como los flashes de iluminación que nos cayeron a modo de golpe de efecto para aumentar aún más el desbarajuste sensorial que estábamos viviendo. Sin parpadear. Como almas poseídas por el ruido, por la saturación del sonido, completamente enajenadas. Así estuvimos durante toda la actuación de este dúo, que no tenían un escenario más adecuado para su puesta en escena que la nave de la Laboral.

El comienzo melódico de la siguiente actuación –la de Kid606 (el venezolano Miguel de Pedro)– quizá nos relajó aún más por lo acontecido anteriormente. En los primeros minutos que estuvo a los mandos, jugó con sonidos ambient, dance, pop, dubstep… El jungle y el toque más ravero no llegarían hasta los últimos minutos. Sus visuales, a cargo de Thr3hold, acompañaban la música a base de colores fuertes y llamativos, rayas horizontales que circulaban a ritmo frenético por la pantalla, interrumpidas con negro.

Después de la locura desbordante de Emptyset, lo que el público pedía a gritos era más caos electrónico, más melodías aceleradas, más estructuras violentas. Y ahí llegó Jon Hopkins, presentando “Immunity” (su último trabajo). La actuación del productor fue una suerte de experiencia electrónica épica, capaz de emocionar a base de agresividad y armonía. Apenas levantó la vista de la mesa, tan sólo en un par de silencios, para contemplar los aplausos sonriendo y con gesto humilde. Los visuales, realizados por Dan Tombs y en colores llamativos, tenían una estética psicodélica. El directo de Hopkins, tuvo tal aspecto de final apoteósico que quizá por eso, en el cierre real –el de Clark– pudo echarse algo en falta. Acompañado por los visuales de Vincent Oliver, de formas geométricas en blanco y negro, Clark puso el punto y final a la séptima edición del Laboratorio de Electrónica Visual enseñando su artillería pesada de ritmos IDM.

La última imagen del festival que conseguí retener fue la de Jon Hopkins, mezclado entre los asistentes, con las luces de la nave ya encendidas y mientras un público pausado iba saliendo del recinto.

Lo que vino después del después fue una sensación de tristeza (que no de bajona post-jarana de duda existencial) al caer en la cuenta de que, por este año, se ha cerrado el telón. No tengo ni una sola fotografía con mis compañeras de viaje pero me llevo documentos visuales sobre el fin de semana para aburrir a quien venga a preguntar. A lo maravilloso del festival (artistas, espacios y confluencia entre ambos) se le une un factor que consigue darle el toque mágico: el público asistente. Pocas veces en una cita de este tipo puede verse tanta interacción entre los congregados (y que va más allá de los espacios establecidos para las actuaciones, ya sea ruta de sidra o sarao improvisado). El sábado por la mañana, todo eran rostros conocidos y saludos amables. El Laboratorio de Electrónica visual de Gijón no es un festival por el que se pueda pasar a medias tintas; no deja indiferente. O no entras, o te metes de cuerpo entero en el lodazal. Alicia Álvarez Vaquero

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar