Reportajes

LEV Festival

Ese pequeño oasis musical (así lo vimos)

Por Mónica Franco

Fletar vuelos Barcelona-Asturias a las seis de la mañana no debe ser la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, el vuelo del pasado 29 de abril tenía prácticamente todas las plazas vendidas. Los ocupantes, en su mayoría, no superaban los 35 años, llevaban gafas oscuras y los auriculares colgando del cuello. Eran los más madrugadores de un numeroso grupo de personas; y lo mismo debió ocurrir desde Madrid. El Laboratorio de Electrónica Visual, al que todos conocemos como LEV, cumplía un lustro demostrando que su razón de ser no era cubrir un vacío de mercado en el siempre techno-aficionado norte español, sino ofrecer una experiencia global en la que la calidad artística es el contenido; pero la buena gastronomía o el disfrute turístico son un continente de lujo que atrae no sólo a sus vecinos geográficos, sino a los “übermodernos” (como bautizó un asistente al target vía Twitter) de las capitales, donde debería abundar la programación musical lo suficiente como para que el desplazamiento hasta el Principado no merezca la pena. Y esta última frase resulta una paradoja: un desplazamiento al Principado, sea para lo que sea, merece la pena siempre. Buen yantar, sidra corriendo como si brotara con el deshielo de la Cordillera Cantábrica, espectacularidad natural y hospitalidad.

Viernes 29 de abril

Con el estómago repleto de las bondades culinarias propias de la tierra, nos dejamos caer por el recinto del festival. La Laboral –antigua universidad de oficios de tremendismo arquitectónico neoclásico que bien podría ser el castillo de Hogwarts– invita a curiosear entre sus dependencias; sin embargo, Jóhann Johánnsson comenzaba su actuación en el Teatro, acompañado de un piano de cola, un portátil y sus conjunto de cuerda, que demostró una certeza y compenetración con el islandés poco apreciables en un festival de corte electrónico. Recital de melodías grandilocuentes, desasosiego orquestal y de una propuesta cuya calidad hacia justicia a la fantástica acústica de la sala. Tras salir a fumar y reconocer un par de caras, en el Teatro nos esperaba la proyección de “Dust”, combinación audiovisual ideada por Herman Kolgen, que juega a deformar las leyes físicas y a traicionar las percepciones del espectador. Prestidigitador de los sentidos ajenos, tan pronto te sitúa en el ojo de un tornado cruzando una cementera, te sumerge en el océano y te mece con el vaivén de la corriente como te pone en la piel de una mosca atómica. La imagen juega un papel de contexto y el sonido, el muñir de las frecuencias, soporta todo el peso sensorial. Una experiencia increíble.

Con la hora zulú cambiamos de recinto. La Nave-Lab Café acogería ambos días la programación más nocturna. Los encargados de estrenar el enclave fueron Demdike Stare, trasladando su trilogía de magia negra sonora editada por Modern Love. Girones de ruido, ahora chirriante ahora vaporoso, que se mezclaron con gritos, ahogos y demás efectos espeluznantes calentaron a un público un poco descolocado todavía. Sin embargo, los casi imperceptibles golpeos rítmicos de Canty y Whitaker calaron entre la gente, que respondió con suaves contoneos para entrar en calor. Por su parte, Pantha De Prince fue correcto: ni demasiado desmedido en sensiblería ni demasiado contundente en potencia. Bailó, hizo bailar y se llevó ovación por haber caldeado el ambiente. Resultado prácticamente calcado al que consiguió Apparat, que, a pesar de venir acompañado con visuales puede permitirse quedarse con el aprobado ya que le preceden fans y fama. SBTRKT sorprendió por aparecer en el stage junto con Sampha y un remolque de artefactos sonoros. Batería, MPC, dos sintes y la voz de Sampha convirtieron sus himnos de nuevo house en fórmula de banda. Se notaba que les falta rodaje sobre las tablas, pero el concepto es original, atrevido, laborioso e igual de bailable que las grabaciones. La noche acabó con Architectural, artista local que vino a cubrir el espectro más contundente y efectivista de la música de baile. Satisfacción para el público “technoastur”.

Sábado, 30 de abril

La hoja de ruta exigía cierto autocontrol el viernes noche y un desayuno potente para el sábado por la mañana. En el Jardín Botánico Atlántico, los “andorranos” Downliners Sekt iban a desarrollar su discurso de alt-dubstep mientras una lluvia de chirimiri se mezclaba con la humedad de la selva atlántica. El enclave era maravilloso para apreciar el directo del dúo. Sin embargo, fue el japonés Ametsub quien se llevó el gato al agua, que empezó bajo los preceptos del beatmaker elegante y acabó exprimiendo el ritmo con la delicadeza nipona. Entre Aoki Takamasa e Isolée, ahora sabemos por qué le gusta tanto a Riuychi Sakamoto.

Sidra, comer, siesta, más sidra. Ésa fue la dinámica previa a Darkstar, para los “übermodernos” (demonios, me encanta este término), uno de los mayores atractivos del LEV. Tanto para los que amaron y/o aman “North” como para aquellos que no quedaron del todo satisfechos con el álbum del trío, era una oportunidad maravillosa para reafirmar sus propios juicios. Epic fail para los segundos, pues allí salió maravillado el 100% del público. La propuesta del trío es escalofriante, minimalista, desgarradora y de una belleza espeluznante, apoyada en su repertorio más darky y en su faceta más emo; más si ese directo se desarrolla en un enclave con buena acústica y que invite a la concentración.

Tal y como ocurriera el viernes, a partir de ese momento el sitio en el que estar era el LABCafé, donde a primera hora nos esperaban Ital Tek, que estuvo agradable, colorista pero discreto; King Midas Sound, que dieron la sorpresa por haber sido la única actuación cuyo sonido dejó mucho que desear y, a juzgar por cómo se desarrolló el resto de actuaciones, habría que atribuir la culpa al propio equipo del trío. Oscuridad humeante, sí; pero como si estuvieran haciendo hogueras de bandejas de poliespán… Por suerte, Mark Pritchard tomó los platos y las mentes de los asistentes con una sesión donde cupo de todo, desde jungle hasta footwork. La versatilidad estilística de este hombre no se ciñe sólo a su faceta productiva.

Con la sesión de Harmonic 313 dio comienzo la recta final de la noche, donde la oscuridad no fue tan oscura como uno podías esperar de los tres artistas que quedaban por ver. Lorn, a pesar de la fama que le precede y de los tenebroso de sus producciones, repartió beats futuristas de todos los colores, muy a la manera Flying Lotus pero sin la excelencias del dueño de Brainfeeder. Al igual que Photek, del cual muchos esperaron una lección de breaks añejos. En cambio, los sonidos de su último trabajo, “Avalanche”, y otras renovaciones de la bass music fueron en ingrediente primordial de su set, que cerraba la velada a altas horas de la mañana. La palma en oscuridad se la llevó Jon Hopkins, que dio la sorpresa con su directo cargado de peso, gravedad y latigazos metálicos. Se llevó la ovación del público, además de un buen puñado de nuevos fans, y se ganó el premio de uno de los mejores live sets del festival. La discreción de la poca fama es lo que tiene.

Y con el lustro cumplido, los asistentes –emborrachados de la calidad de la propuesta artística, de la buena resolución técnica y de producción, de la humildad que desprende el evento y de la experiencia global que ofrece Asturias como ubicación geográfica– nos preguntamos qué nos deparará el siguiente LEV. Porque no se contempla la idea de no volver: el que lo ha vivido repite.

Entrevista: Downliners Sekt

Entrevista: Jon Hopkins

Entrevista: Harmonic 313

La quinta edición del festival LEV de Gijón se ha saldado con un gran éxito de público y de calidad artística. Estuvimos allí para asistir a todo lo que acontecía en los escenarios y aquí te lo contamos con pelos y señales.

Fotografías de Elena de la Puente.

TeatroTeatro

Jardín Botánico AtlánticoJardín Botánico Atlántico

Apparat Apparat

AmetsubAmetsub

DarkstarDarkstar

King Midas SoundKing Midas Sound

Jon HopkinsJon Hopkins

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