Reportajes

Janelle Monáe

Han nacido dos mil devotos

Janelle Monáe

Por Mónica Franco

La estrella, señores, ya había nacido. Su “The ArchAndroid”, sus videoclips o esos vídeos de sus actuaciones en directo en los late night más vistos de Estados Unidos ya demostraban sobradamente que Janelle Monáe no es una artista cualquiera. El nivel de superdotación de esta cantante va desde su técnica vocal, pasa por el baile y el ritmo y se extiende al plano de la interpretación. Lo que nació el martes pasado en una Sala Apolo hasta los topes, mientras el Real Madrid empataba en Lyón, es una heroína, la misma heroína que protagoniza la trama de “The ArchAndroid” y el EP precedente “Metropolis”, y que quedó teatralizada bajo los farolillos rojos de la sala barcelonesa. El reparto, con Monáe al frente, se completaba con una extensa banda de seis músicos, coristas, bailarinas e incluso un presentador que, minutos antes de que el espectáculo empezara, saltó al escenario enfundado en un elegantísimo chaqué para calentar las gargantas de los presentes. Durante una hora y cuarto, fuimos todos parte de un historia en la que hasta el más mínimo detalle estaba perfilado. Empezando con “Suite II Overture”, con el escenario vacío todavía y la cara de Monáe vistiendo el tocado de la portada de su disco en la pantalla de vídeo, elevando la mirada del espectador para que no se encontrara con el elenco de músicos preparándose para ejecutar su papel.

“Dance Or Die” y “Faster” siguieron a ese vídeo, sin descanso, con el frenético ir y venir de los bailarines, cambios de vestuario, los bailes de los músicos y la resistencia física y vocal de nuestra heroína llevada al extremo. Diez minutos que ya dejaron muy alto el listón y que depositaron en cada uno de los allí presentes la sensación de estar ante algo muy exclusivo, el sentimiento de formar parte de un espectáculo que sería recordado en los próximos años.

A partir de ahí, el repertorio, diseñado a la perfección para no dejar de atraer la atención del que lo disfruta, además de para dar tiempo al que lo ejecuta para que respire, fue un ir y venir entre el primer EP de la americana y su álbum. Con el ritmo más pausado, haciendo hincapié en las bondades técnicas no sólo de la garganta de Janelle, sino de los músicos de su banda, que también tienen su propio highlight en el diseño de personajes de esta obra. Monáe hizo las delicias de nuestros oídos controlando su laringe, poniendo en práctica años de sabiduría de técnica vocal, llevándola al extremo con un control desmesurado pero también necesario si quieres llegar con voz a un montón de compromisos; más teniendo en cuenta el desgaste físico que debe suponer interpretar el papel de heroína noche sí y noche no.

Y cuando parecía que toda la adrenalina segregada en los primeros diez minutos de actuación estaba a punto de agotarse, llegó “Cold War” seguida de “Tightrope”. El ritmo se impuso en el escenario y se extendió hasta los espectadores que, extasiados por el momento, chascamos dedos, palmeamos con el vecino y twisteamos con cadera y pies los dos himnos del disco mientras caía sobre todos una lluvia de confeti y enormes globos negros y blancos (¿cómo no? A juego con el resto de escenografía). “Tightrope”, como previmos en su actuación en el show de David Letterman, acaba con nuestra emperatriz retrofuturista enfundada en su capa, comandando los compases de su séquito musical al grito de “ one more time!”. Arrodillada, vencida por la extenuación pero habiendo vencido en su particular lucha, Janelle recibió una de las ovaciones más sinceras, calurosas y entregadas que servidora recuerda haber visto en su vida. El bis, a estas alturas de la historia, estaba más que cantado.

Tras pocos minutos de oscuridad en el escenario y el consecuente clamor del público, la banda volvió a empuñar sus armas musicales. El minutaje durante toda la noche fue perfecto, calculadísimo, demostrando una empatía y un conocimiento de la reacción del espectador increíbles. La vuelta de la música trajo “Come Alive (War Of The Roses)”, de la que tendría que aprender mucha niña rockabilly tatuada y perforada que habita en este país. Los tres minutos de canción se dilataron en un juego entre músicos, bailarines y el propio público; ahora cantan los de la derecha, ahora los de la izquierda, ahora coreamos todos juntos. La energía, convicción y entrega del grupo en el escenario consiguió que el público acabara agachado, esperando el subidón y la traca final. Y a ver quién es el guapo que consigue que dos mil almas de todo tipo (pues allí estaba desde tu profesor de instituto amante del blues, el rockero de libro español, la encargada con más antigüedad de los Zaras de Barcelona y hasta el clubber más moderno) se postren durante un minuto en el suelo sin llevar pistolas en las manos. Agacharnos era lo mínimo que se les podíamos ofrecer a unos artistas excepcionales, comandados por una diva de las de antaño, de las que cumplen a la perfección su papel en cualquiera de las facetas que desarrolle delante de la multitud, que nos había hecho partícipes de su propio arte, que nos habían embelesado durante cada minuto de los que estuvimos allí de pie y que no se habían dedicado simplemente a interpretar las canciones de un repertorio para que los otros las coreen. Eso es heroico señores, no ser una artista con todas las letras, sino entender a la perfección qué quiere el público de ti.

La actuación del martes de Janelle Monáe en Barcelona, primera en territorio español, confirmó la sospecha: estamos ante una artista cuyo nombre merece ser escrito en placas de mármol y letras mayúsculas. Estuvimos ahí, lo vimos y te lo contamos.

Janelle Monáe The ArchAndroid

Crítica: " The ArchAndroid"

Monáe hizo las delicias de nuestros oídos controlando su laringe, poniendo en práctica años de sabiduría de técnica vocal, llevándola al extremo

El ritmo se impuso en el escenario y se extendió hasta los espectadores que, extasiados por el momento

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